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Tras haber leído dos de las novelas de Víctor del Árbol y estar devorando la tercera, Un millón de gotas (Destino), debo reconocer que es uno de los autores más interentes del país. Tiene la capacidad de crear una red de personajes que encajan a la perfección, mientras te traslada a infiernos personales y sociales, históricos y ficticios, donde la culpa, la venganza y el dolor siempre están presentes. Sabe retratar la sombra humana de una manera magistral y Respirar por la herida (mayo 2014, Debolsillo), no es una excepción. Una novela que nos enseña las entrañas de sus personajes, sus oscuridades y el peso del pasado, y nos demuestra que todos podemos guardar sombras en nuestro interior.

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ARGUMENTO:

Eduardo lo ha perdido todo: perdió a su mujer y a su hija en un accidente de tráfico y, con ellas, perdió las ganas de vivir, de pintar, de respirar. Pero el cuerpo sigue respirando, por mucho que uno pierda las ganas de hacerlo, por mucho que uno no quiera seguir luchando. Deambula entre el alcohol y la soledad, ganando cuatro duros con los encargos que Olga, su marchante, le consigue. Pero todo está a punto de cambiar.
Olga le pone en contacto con Gloria Tagger, una violinista hermosa y poderosa que tiene un encargo para Eduardo: pintar el retrato de Arthur Fernández, el hombre que atropelló y mató a su hijo Ian. Quiere que Eduardo consiga captar la esencia que se oculta tras el rostro de ese asesino. El problema es que el rostro de Arthur no solo esconde lo ocurrido el día de la muerte de Ian, sino muchos otros secretos que se irán desgranando para descubrir que el destino tiene un sentido del humor macabro y que, casi todos, tenemos sombras en nuestro interior.

OPINIÓN:

El destino tiene un extraño y macabro sentido del humor. Y si no que se lo pregunten a los personajes de Respirar por la herida, de Víctor del Árbol, un libro donde nada está dejado al azar, donde cada individuo, cada acción, cada paso te lleva al siguiente sin titubeos, sin hilos sueltos. Todo está perfectamente hilvanado en una tela de araña donde el autor atrapa al lector y a sus personajes, y donde nada es lo que parece, donde todo tiene un segundo fondo donde se agazapa la sombra, la culpa, el dolor.

De la mano de un narrador omnisciente que navega entre diferentes focos, somos capaces de adentrarnos en el pasado y el presente de cada uno de los personajes hasta crear un cuadro perfecto donde los rostros poliédricos que ha creado el autor se unen y se muerden hasta sangrar. Porque no ha tenido piedad con ninguno de ellos. El dolor y la culpa de Eduardo, incapaz de olvidar la muerte de su mujer y su hija… o incapaz de olvidar lo que hizo después. El dolor y la rabia de Gloria, deseosa de que el hombre que mató a su hijo pague, pero con un secreto oculto… Y es que, ¿por qué escoger a Eduardo para que pinte el retrato del asesino de su hijo? ¿Simplemente porque comparten la pena de la pérdida, o porque comparten algo más? Y Arthur, ese hombre sin remordimientos tras sesgar la vida de dos personas por accidente, que desea encontrar su hija desaparecida… ¿Pero realmente no sabe nada de lo que le ha podido pasar a su pequeña? Todo el mundo esconde algo, todo el mundo miente y todos intentan huir, sin conseguirlo, del espejo que poco a poco se va situando ante sus ojos, y ante los nuestros, los del lector.

Cuando escribió La tristeza del Samurai, Víctor del Árbol ya demostró su capacidad para adentrarse en la sombra del ser humano con precisión milimétrica, para retratar su afán por la venganza como paliativo del dolor, aunque el dolor siempre permanece. De hecho el dolor desgarra, se asienta en el estómago, bajo la piel, y no te suelta, como demostró entonces y ha vuelto a demostrar. Es un escritor detallista, capaz de ir dibujando lentamente a sus personajes y, como Eduardo en el libro, acabar mostrando sus entrañas más oscuras.

Es difícil decir más de este libro sin desvelar su argumento. Pero sí que se podría decir que lo que hace el autor es colocar ante el lector una escalera, donde cada escalón te hace bajar un poco más hacia el infierno. Y en cada uno de los círculos ves la culpa, la rabia, la ira, la ciega venganza, el engaño, el abuso, el abandono… Todos los personajes están rotos, sumidos en un delirio agónico que hace que se arrastren sin darse cuenta de que, desde el inicio, ha existido un hilo que une sus vidas de una forma angustiante. Cuáles son esos hilos y los motivos por los que se han ido tejiendo alrededor de ciertos personajes sólo se puede descubrir abriendo el libro y dejando que te absorba.

Escrita con un ritmo que nunca decae, permitiendo que cada personaje deje volar sus recuerdos para compartir con el lector lo que lo ha llevado hasta este momento, esta novela avanza hacia un lugar que podríamos jugar a intuir, pero que no queremos intuir porque preferimos dejar que el narrador nos lleve hacia los puntos de luz donde se descubren los secretos. Es posible que haya a quien le extrañe que todo esté tan perfectamente hilado, relacionado… Pero ya se ha dicho muchas veces que seis grados de distancia nos separan, y que todos podemos estar conectados. ¿Por qué no puede conectarnos la desgracia?

Inés Macpherson
FUENTE: Anika entre libros (http://www.anikaentrelibros.com/)

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