Un milagro informal, de Fernando Iwasaki (Alfaguara)

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Descubrí a Fernando Iwasaki en una sesión de cuentos. Al finalizar la sesión, las narradoras mencionaron los autores y libros de los que habían extraído sus historias y me quedé con el nombre de uno de ellos: Ajuar funerario, de Fernando Iwasaki. Al entrar en aquel universo de relatos cortos donde la muerte, lo macabro, lo sorpresivo y el humor se daban cita, me quedé fascinada. Y sigo haciéndolo cada vez que me dejo llevar por alguna de sus historias.

Para acabar el ciclo #NoExpliqueu, dedicado al cuento literario, escogí a Fernando Iwasaki y a Lydia Davis como una pequeña muestra de la manera en que se puede tratar el cuento corto o el microcuento. Pero ambos tienen relatos que exceden ese concepto. La obra de Lydia Davis es un universo en sí misma, a menudo difícil de clasificar, pero fascinante igualmente. La de Fernando Iwasaki podría etiquetarse más fácilmente bajo la idea de cuento, aunque sabe perfectamente cómo maniobrar entre géneros, estilos y temas sin inmutarse. Es extraordinario, con una capacidad de narrar inusual y elegante, a la par que gamberra y sutil.

Un milagro informal

En 2003, Alfaguara publicó Un milagro informal, una recopilación de catorce cuentos. Algunos de ellos fueron publicados con anterioridad en sus libros Tres noches de corbata o A Troya, Helena (dos títulos que, por cierto, fueron recopilados en Papel Carbón, un libro publicado por la editorial Páginas de Espuma en 2012), pero otros son nuevos. Gracias a ese paseo por sus distintos relatos, sus distintos años, podemos ver el abanico de historias, estilos y temas que han ido surgiendo de las manos de este autor peruano afincado en Sevilla que domina el arte del cuento. Pero antes de adentrarnos en los relatos, Iwasaki ofrece un pequeño texto preliminar donde nos explica “Por qué escribo relatos o para cuándo novela”. Es un texto que, en sí mismo, aunque no sea un cuento, podría serlo, porque nos explica una historia. Pero no sólo eso. Nos habla, a través de una metáfora culinaria, de la diferencia entre la novela y el cuento. Para él, «la novela quita el hambre y el cuento abre el apetito». Y sus cuentos abren el apetito… de más cuentos.

Entre los relatos de Iwasaki encontramos historias que nos hablan de la irrupción de lo fantástico en lo cotidiano, del erotismo y el humor, pero también encontramos alguna parodia al género policial o juegos intertextuales. El propio autor explica que le encanta jugar con las palabras, con los dobles sentidos. De hecho, en el título de otro de sus libros, Helarte de amar, publicado por Páginas de Espuma en 2006 y cuyo comentario podéis encontrar en este blog, ya deja claro que le gusta la sutileza del lenguaje, la extrañeza que produce leer unas palabras que hacen referencia a ese arte de amar del que también nos habló Erich Fromm, pero que, en el fondo, nos hablan de otra idea, de ese helado, ese hielo que también nos puede recubrir al amar… literalmente. Pero me voy por las ramas.

Son catorce relatos, por lo que no hablaré de todos ellos, pero sí me gustaría destacar alguno. Ante todo, me gustaría destacar «Un muerto en Cocharcas», una especie de parodia sobre las historias policíacas donde encontramos a un muerto a quien muchos querían muerto, pero ninguno parece ser el culpable. Más allá de los diálogos, memorables, y de las explicaciones que dan cada uno de ellos para justificar que ellos no son los asesinos, el final esconde una reflexión sobre el machismo y el maltrato interesante. También en esta línea encontramos «La invención del héroe», un relato policíaco plagado de referencias literarias al género y que demuestra cómo, a veces, la lectura puede servir para mucho más que para dejarse llevar por la ficción.

Otro de los elementos que Iwasaki sabe tratar es el erotismo, pero no en el sentido más ortodoxo del término, ni buscando los extremos más románticos o casi pornográficos a los que se podría llegar en este terreno. No, lo que hace Iwasaki es crear historias donde el erotismo es un elemento más, a veces acompañado de humor, otras veces de un realismo relacionado con la mitología a la que hace referencia el título, como «A Troya, Helena», y otras con cierto toque fantástico, como en «Erde», un relato extraordinario con un final que también tiene ecos mitológicos y demuestra que lo erótico y lo macabro pueden congeniar en buenas manos.

En Ajuar funerario ya demostró su capacidad para manejar lo macabro, los finales sorpresivos y las historias sobre rituales, costumbres y muerte. «El ritual», aunque mucho más largo que los pequeños relatos de ese Ajuar funerario, podría entrar perfectamente en esa categoría. Desde los ojos de un niño, descubrimos la enfermedad del hermano, todo lo que intentan hacer para curarle… y poco a poco nos adentramos en un mundo que no está en la sala de espera de un médico, sino en otro lugar un poco más secreto, quizás más oscuro y ancestral, con regusto a tierra.

Quizás también merece una mención especial «La otra batalla de Ayacucho», una historia donde el paso del tiempo, la soledad y el miedo a la misma quedan patentes en el encuentro entre los soldados de plomo y Luke Skywalker.

Los cuentos de Fernando Iwasaki son una invitación a reencontrarse con el placer de la lectura. El próximo miércoles 19, sus cuentos y los de Lydia Davis se encontrarán en la librería Nollegiu para cerrar el ciclo #NoExpliqueu dedicado al cuento literario.

Hasta entonces, ¡feliz lunes y felices lecturas!

Inés Macpherson

Los cuentos de Lydia Davis

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Lydia Davis es una escritora extraordinaria, que ha hecho del cuento un extraño arte. En una entrevista que le realizaron en el diario El País, en 2015, esta americana nacida en el 1947 definía a la perfección su estilo y su obra tras ser preguntada por su única novela, El final de la historia: «Jamás me he considerado novelista. Desde que empecé a escribir me sentí cuentista… Bueno, si me remonto a los orígenes, lo primero que escribí fue poesía, aunque aquello era más bien una suerte de conjuro verbal. La novela surgió cuando llevaba más de veinte años escribiendo. Tengo un amplio espectro de registros […]. A medida que son más largos se vuelven más narrativos, y cuanto más cortos se parecen más a una canción. Puede que no sean poemas, pero el lenguaje, el ritmo y la forma son de un orden más musical, aspecto que se convierte en el elemento prioritario. Pero incluso entre los textos más breves los hay muy distintos. Algunos son como un grito, otros una especie de meditación».

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Lo cierto es que la primera vez que uno se adentra en los cuentos de Lydia Davis no sabe muy bien a qué atenerse. Lo primero que leí de esta autora fue Ni puedo ni quiero, una recopilación que publicó Eterna Cadencia Editora en 2014. Hay algún relato de una extensión mayor a las dos páginas, pero muchos de ellos son suspiros, pequeños relatos que a veces no ocupan ni media página y que incluso algunos podrían considerar que no son ni siquiera historias, pero eso no quita que no sean fascinantes. Encontramos sueños, reflexiones, cartas de reclamaciones a empresas por los más variopintos motivos, relatos que hablan de la escritura, del proceso de creación y de cómo los personajes pueden desviarse de su lugar, como el genial «Dos personajes en un párrafo», o relatos que juegan con el lenguaje de maneras increíbles. Ácida y sutil, crítica y mordaz, también deja caer pequeñas bombas existenciales, pensamientos de una profundidad vital (y mortal) que, a pesar de ser como una ráfaga de viento, una ilusión que hay que mirar dos veces para descubrirla escrita en tinta sobre el papel, se adentra en nosotros a su manera.

Cuentos completos Lydia Davis

Pero antes de esta recopilación, Lydia Davis había escrito mucho más. En 2009 aparecieron sus Cuentos Completos, que fueron publicados en castellano por Seix Barral en 2011. En sus más de 700 páginas hacemos un recorrido por todas las facetas de los relatos de Davis, desde los micro relatos a los más extensos, pasando por los cuentos-cartas, los que se asemejan a monólogos y los que son pequeños homenajes a grandes de la literatura como Kafka o Flaubert. Algunos desprenden un realismo fotográfico, lento y con una cadencia mesurada que nos recuerda a la vida misma, tan sencilla que uno se pregunta si valdría la pena ser narrada. Por supuesto, todo cabe en una historia. Pero también los hay ácidos, ingeniosos e irónicos, muestras del malabarismo lingüístico y conceptual que puede extenderse en varias páginas o condensarse en tres líneas.

Es difícil definir la obra de esta mujer. Es única. Sí, podría decir que hay en ella algún eco de otros autores de relatos, quizás Kafka, quizás muchos otros de los que ha traducido su obra. Pero no creo que sea necesario compararla con nadie. Es ella. Y eso es decir mucho.

El miércoles 19, los cuentos de Lydia Davis se encontrarán con los de Fernando Iwasaki en la Nollegiu en la última sesión del ciclo #NoExpliqueu. Así que si queréis adentraros de una manera diferente en sus historias, allí estaremos.

Hasta entonces… ¡Feliz lunes y felices lecturas

Inés Macpherson

Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson (Editorial Minúscula)

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SIEMPRE HEMOS VIVIDO EN EL CASTILLO, de Shirley Jackson (Editorial Minúscula) Segunda edición de enero de 2017, traducción de Paula Kuffer, revisión de Marta Hernández Pibernat.

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Escrita en 1962, Siempre hemos vivido en el castillo es una pequeña pero inmensa novela creada por Shirley Jackson. Pero, ¿qué tipo de novela es? Tras haberla leído, no sabría qué decir. Si consideramos su relato «La lotería» como una historia de terror, esta novela también podría encajar en esa categoría. Pero no estamos ante un terror sobrenatural, ni sangriento o burdo. Es sutil, muy sutil, con una capacidad extraordinaria de mostrar, como un espejo interior, la oscuridad humana.

La novela empieza con una primera persona que, en unas ocho líneas, hace una presentación de su persona y su situación que parece muy sencilla, muy cotidiana, pero que poco a poco se tiñe de algo extraño, de una imaginación fantástica… hasta que llegamos a la última frase: «Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet y la Amanita phalloides, la oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto».

La primera persona de Merricat nos explica un día a día ordenado, donde cada día tiene su rutina y cada objeto, su lugar. Podría parecer, de nuevo, todo normal, cotidiano, pero cuando la muchacha va al pueblo a comprar, notamos la tensión, esa manera que tienen sus vecinos de mirarla, de hablar de ella, con ella o a ella… y de cantar sobre ella y su hermana. Intuimos, comprendemos, que hay algo que rodea a esas chicas, algo oscuro, pero no en el sentido sobrenatural. Aunque Merricat considera que seguir sus rutinas, sus caminos marcados y vigilar que los objetos que ella ha ido enterrando y situando en lugares específicos del jardín y de los caminos que conducen a la casa son maneras de protegerse, de proteger a Constance y a su tío Julian, la presencia de la magia o lo sobrenatural se queda en ese terreno, no va más allá.

Como en el relato «La lotería», Shirely Jackson ofrece una visión de la crueldad del ser humano que da escalofríos. Porque lo curioso es que, aunque haya hechos en la historia más truculentos y más salvajes que el simple comportamiento humano de los hombres y mujeres del pueblo, es su manera de actuar la que nos incomoda. Sí, Merricat coloca libros en los árboles para proteger la casa y piensa a menudo que sus vecinos morirán y ella podrá ir a comprar pisando sus cadáveres. Pero la manera en que lo cuenta parece una fantasía… La fantasía de una niña de dieciocho años. Y quizás ahí radica la cuestión. Que aunque al principio nos ha dicho ella misma la edad que tiene, nos olvidamos y dejamos que el tiempo se suspenda en esa casa en la que no sabemos realmente qué ha pasado ni cómo, no sabemos cuándo. Sí, se nos dice, pero la atmósfera, la manera en que la voz de Merricat nos conduce por esa mente salvaje y fantástica que tiene y que ve el mundo de forma distinta, hace que nos dejemos llevar y nos sintamos parte de esa familia reducida y extraña.

La crueldad humana, la avaricia revestida de buenos modales que poco a poco se derrumban para mostrar el egoísmo más despreciable y una inocencia a base de capas que, poco a poco, se van cayendo, construyen este castillo literario en el que la sutileza, la atmósfera y, sobre todo, la voz narrativa, dibujan una historia impecable sin artificios, sin excesos y sin fantasmas con cadenas. Los fantasmas aquí son los recuerdos, los rumores, la extrañamente hermosa cárcel vital a través de la que poco a poco Shirley Jackson nos deja mirar.

La elegancia con la que sabe asestar los golpes esta escritora es increíble. Queda claro en esta novela y queda claro en sus Cuentos escogidos, también publicados por Minúscula, que, por cierto, se encontrarán con los relatos de Ray Bradbury este miércoles 21, a las 19:30, en la sesión dedicada a ambos autores del ciclo #NoExpliqueu de la librería Nollegiu.

Hasta entonces, ¡feliz lunes y felices lecturas!

Inés Macpherson

Futuros perdidos, de Lisa Tuttle (Ediciones Gigamesh)

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Todo el mundo sueña. Y todo el mundo, por norma general, piensa en algún momento esa famosa frase que empieza con un «Y si…». Esos «y si…», esas posibilidades que baraja nuestra mente, que se dibujan ante nosotros como opciones, tienen dos direcciones: hacia delante o hacia atrás. Todos sabemos que con cada acción, con cada decisión, estamos escogiendo un camino y desechando un sinfín de otras rutas, de otras posibles vidas, de otros futuros… Y Lisa Tuttle recoge precisamente la idea de esos futuros perdidos y los convierte en el hilo conductor de una historia que se publicó por primera vez a principios de los años noventa y que Gigamesh publicó en castellano en octubre de 2016; novela que, por cierto, ha sido nominada a los premios Kelvin 2017 del Celsius 232, como mejor novela traducida.

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Futuros perdidos es una novela que destila la esencia de Tuttle por los cuatro costados. No he leído otras novelas de esta autora, pero sí sus relatos y, como en ellos, esta historia se adentra en la psique humana, en el peligroso juego de desear siempre lo que no se tiene, de desear escapar de la realidad como elección, pues la huida como existencia tiene sus peligros y sus trampas. La insatisfacción está en nuestra naturaleza. Se supone que, de hecho, esa insatisfacción puede llegar a ser el motor para el cambio, para que alguien con iniciativa decida hacer algo para transformar lo que no le gusta. Pero hay cosas que no se pueden cambiar. El pasado no se puede cambiar. Pero, ¿y si existieran realidades paralelas, esos universos cuánticos donde los acontecimientos del pasado fueran distintos? ¿Y si pudiéramos acceder a ellos? ¿Sería algo bueno o caeríamos en una trampa todavía más peligrosa? Cuando huimos, al menos seguimos conectados a este mundo, aunque no nos gusta. Pero, ¿qué pasa si lo hacemos hacia otros lugares que no sabemos si existen o no más allá de nuestra mente?

La vida de Clare Beckett es anodina. Lleva desde la adolescencia cargando con el peso de algo que ocurrió y que no puede cambiar. Desea con todas sus fuerzas poder cambiarlo y sueña con poder escapar a un mundo en el que las cosas hubiesen sido distintas, a un mundo donde ella hubiese podido ser distinta. Poco a poco, sus sueños son tan reales que ella empieza a confundirse, a perderse entre sus posibilidades, acumulando en su interior todas las vidas posibles sin saber cuál es real, a qué mundo pertenece…

Narrada con su habitual prosa tranquila y sencilla, Lisa Tuttle nos adentra en un laberinto argumental y mental para mostrarnos la angustia que supone no saber quién es uno mismo, pero también para mostrarnos la importancia que tiene ser consecuente con uno mismo. Estamos sometidos a un sinfín de conceptos vitales que nos marcan lo que debe ser la vida y, más allá de lo que ocurrió en el pasado, la insatisfacción de Clare va más allá de esa culpa, de esa tristeza, porque, en el fondo, se pregunta si su vida es plena, si ha hecho lo que quería. Intentar llenarla con sueños de vidas posibles, de futuros que se perdieron porque no tomó la decisión que otra posible Clare sí tomó, es sumergirse en un intrincado pozo que, en el fondo, es otra huida, otra forma de negarse, de no atreverse. Y al final, la vida es eso, atreverse.

Con pinceladas terroríficas que nos muestran la angustia de esa multiplicidad personal, de esas sombras que acechan y que no sabes de donde salen, quiénes son, si es que son reales, la novela avanza jugando con los conceptos de la física cuántica, los universos paralelos y el sinfín de posibilidades que tiene una vida, para retorcer a Clare y al lector, haciéndole recorrer una serie de caminos en los que esas vidas soñadas tampoco son lo que parecen, no porque lo que ella imaginaba feliz no lo sea, sino porque nunca nada es lo que parece cuando está pendiendo de un hilo tan frágil como el deseo, el sueño de otra realidad que no sea la nuestra. Si los «y si…» sólo sirven para anclarnos a las sábanas y maldecir la mala suerte que hemos tenido, para envidiar los futuros que hemos perdido y que imaginamos en manos de otras versiones de nosotros mismos, corremos el riesgo de quedarnos para siempre atrapados en una mente que no es vida, porque aunque respiremos, no vivimos.

Y creo que es por eso que me fascina Lisa Tuttle. Porque más allá de conseguir que te angusties y que se te encoja el corazón o se te erice la piel, te está hablando siempre de mucho más, observando el comportamiento humano, señalando la complejidad de la mente y los deseos, de lo que se supone que hay que hacer y lo que realmente queremos, mostrando el horror que puede desatarse cuando esos conceptos chocan y nos quedamos en medio, incapaces de movernos, incapaces de saber quiénes somos.

Os animo a adentraros en el universo de esta fascinante mujer. Tiene algo extraño y a la vez cercano que hace que sus historias sean siempre más de lo que parecen.

¡Feliz lunes y felices lecturas!

Inés Macpherson

Un incendio invisible, de Sara Mesa (Anagrama)

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Hay autores cuyos nombres resuenan en tu cabeza, pero cuyas páginas no has tenido todavía entre tus manos.  Es el caso de Sara Mesa. Había leído sobre ella, pero no la había leído a ella. Como colaboradora habitual de Anika Entre Libros, tuve la suerte de poder descubrir Un incendio invisible, novela ganadora del Premio Málaga en 2011, que fue revisada por la autora para la edición que publicó Anagrama en febrero de 2017.

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Argumento

El doctor Tejada llega a la ciudad de Vado para hacerse cargo de la residencia de ancianos New Life. Este dato podría resultar poco relevante en otros lugares, pero en este caso lo es, porque lo hace justo en el momento en que toda la población está abandonando la ciudad. A Tejada no parece importarle. Busca la soledad, no conectar con nadie, huir de sí mismo y su pasado. Pero, curiosamente, a pesar de los escasos habitantes, su propósito se verá truncado. Poco a poco irá entrando en contacto con individuos que parecen tan perdidos como él: la recepcionista del hotel en el que se hospeda, un investigador de fenómenos migratorios y una niña solitaria a la que le gusta que la llamen Miguel.

Y mientras a su alrededor la gente se va marchando y la ciudad se va desmoronando, abandonada y olvidada, ellos permanecen, observan y contemplan cómo todas aquellas piezas que creemos inamovibles van cayendo, cómo esa solidez de asfalto que tanto nos reconforta, lentamente, se va rompiendo.

 

Opinión

Hay algo fascinante en las novelas que podrían entrar en la categoría de distopía sin necesidad de grandes cataclismos ni poderes totalitarios que nos ahogan en control y sumisión. Resultan fascinantes porque pueden mostrar sin necesidad de justificar, sin necesidad de dar una razón plausible a por qué ocurre lo que ocurre. Simplemente pasa. El lector tendrá que atreverse a interpretar. Y ese es otro de los rasgos fascinantes de Un incendio invisible: que te invita a reflexionar, a ir más allá de ir pasando simplemente páginas. Te pide, te exige y a la vez te lleva sin esfuerzos por ese universo extraño y personal que la autora sitúa en una ciudad imaginada pero que es, a su vez, muy real.

Como la propia autora comenta en la nota a esta edición, esta novela fue publicada en 2011. Desde entonces, Sara Mesa ha publicado otras novelas y un volumen de relatos. Ella misma comenta que, tras haber revisado Un incendio invisible ha descubierto ciertos rasgos que después ha ido desarrollando en sus otros libros, temas y elementos que han ido apareciendo, creciendo… No puedo opinar al respecto porque, como ya he dicho antes, esta es la primera novela que leo de la autora, pero debo reconocer que tiene un universo propio que resulta llamativo y que invita a leer más, porque es realmente suyo, difícil de comparar y de clasificar, y eso siempre es algo a celebrar.

Acostumbrados a historias con un principio y un final claro, con razones y porqués claramente delimitados, aquí nos sumergimos en un lugar que está siendo abandonado. ¿Por qué? Podría ser por la crisis, como ha ocurrido con Detroit. Pero ¿la decrepitud de la ciudad es el origen o la causa del abandono? ¿La abandonan porque está muriendo o es a la inversa? También podría ser por algún tipo de confabulación extraña organizada por los poderosos, como sugiere Benmoussa, el investigador de fenómenos migratorios que insiste en explicarle todas sus teorías a Tejada. Quizás también podría ser porque hay un desencanto generalizado en la sociedad, que intenta huir, buscar en otro lugar la respuesta que no ha encontrado en la ciudad. Quizás en otra ciudad la encuentre. Quizás en el campo… Aunque quizás no halle ninguna respuesta porque la pregunta debe planteársela en otra dirección un poco más interna.

Poblada de personajes extraños, la ciudad de Vado parece el reflejo de un mundo que se viene abajo, de un sistema que ha intentado brillar sin importar cómo ni a qué precio y que ahora va cayéndose, haciendo que todos corramos a resguardarnos en otro lugar probablemente idéntico. Entonces, ¿por qué hay gente que se queda? ¿Son los desarraigados? ¿Son aquellos a los que no les importa desaparecer? Es difícil saberlo. En torno a Tejada encontramos personajes peculiares como un viejo que espera con ansias en Fin del Mundo y el Juicio Final; una anciana en silla de ruedas que habla con Dios en la sopa o un enfermero convertido en jardinero por culpa del alcohol que parece obsesionado con destruir a Tejada… Encontramos a una enfermera que resiste a pesar de las pésimas condiciones; una recepcionista de hotel vestida con un kimono y decidida a no marcharse de Vado o una niña acompañada de un galgo esquelético que recoge tesoros rotos que la gente ha abandonado. ¿Qué une a todos estos personajes? ¿Es su relación con la ciudad o con Tejada? ¿Es su deseo de permanecer allí o la sensación de que tampoco tienen nada mejor en otro lugar? ¿Por qué nos quedamos en un sitio si éste se está desmoronando?

Las relaciones que se establecen entre los personajes resultan chocantes, extrañas y, en algunos casos, incluso incómodas por su ambigüedad. Pero, ¿cómo establecer una relación normal, estable y abierta en un mundo que parece que se está cayendo a trozos? Además, ninguno de ellos es del todo sincero, ni entre ellos ni con el lector, porque nunca sabes realmente cómo son, qué hacen allí. Intuimos, como lectores, algunos elementos, pero son eso, intuiciones, pequeños fragmentos que cazamos al vuelo entre la narración, creando una atmósfera extraña que nos sumerge aún más en ese universo de Vado. Tejada, con ese mantra personal con el que se va recordando que él es un gran hombre con una gran misión y ese fantasma con nombre que le acompaña pero no sabemos realmente por qué. Benmoussa, con otra gran misión entre manos, aunque con una tendencia paranoica que hace que uno dude de todo… Cada uno de los personajes tiene una forma precisa y a la vez difusa, como el mapa de Vado, que poco a poco se va vaciando.

Un incendio invisible es un libro extraño, que nos habla de una ciudad que se va vaciando, sumida en un calor asfixiante y un abandono paulatino que choca y fascina, y que parece un reflejo, una metáfora de aquellos que la habitan. Es un libro que nos muestra los caminos de unos seres que se cruzan, cada uno con una maleta a cuestas, real y simbólica. Es una novela alegórica, que sirve de espejo a la crisis que teóricamente ya se ha superado, pero que sigue vaciándonos, como a Vado, no de ciudadanos, pero sí de otras cosas sin las cuales, como la ciudad, podemos venirnos abajo o dejarnos derruir.

Un libro interesante y distinto que nos recuerda que la literatura es algo más que ir pasando páginas. La literatura, por suerte, sigue siendo una excusa, una chispa para hacernos pensar.

Inés Macpherson
Fuente: Anika Entre Libros (http://www.anikaentrelibros.com/)

Siete casas vacías, de Samanta Schweblin (Páginas de Espuma)

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Hace tiempo que Páginas de Espuma se ha convertido en una editorial de referencia para el mundo del relato. Con ediciones exhaustivas y extraordinarias de autores consagrados, como la dedicada a los cuentos de Edgar Allan Poe o los de Antón Chejov, y ediciones cuidadosas de autores actuales, son una apuesta segura para el amante del relato corto. Además, son los editores del Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, un premio al que cada edición se presentan más autores. En 2015, Samanta Schweblin ganó dicho premio con una recopilación impresionante: Siete casas vacías.

Siete casas vacias

El título de esta recopilación nos hace pensar enseguida en uno de los protagonistas de los relatos: las casas. En algunos cuentos la presencia de la casa es más palpable que en otros, pero siempre está presente, su interior o lo que ocurre al otro lado, en la periferia, de las casas propias y las ajenas. Y es que las relaciones personales, normalmente, tienen un espacio acotado, un lugar en el que nacen, se enraízan, se rompen… Quizás por eso en muchos de los relatos nos encontramos precisamente con esas relaciones tan habituales en las casas: las de las familias, las filiales, o las propias, las que tiene uno mismo con la familia y su espacio. Pero la acción no siempre ocurre en dichas casas. A veces es en el jardín, en la puerta, en el rellano o en el coche… Por eso hablamos de casas vacías, aunque a veces ese vacío está habitado, y es la persona quien quiere salir, sin poder hacerlo, huir, vaciar el lugar de su presencia. También por eso, en algunos relatos nos enfrentamos a los silencios, a la intimidad, a las crisis personales o a la locura. Como la propia autora comentaba en una entrevista en InfobaeTV, hay un recorrido por la locura en sus relatos, pero no por la locura de los “locos”, sino por la de las personas sanas, las que están cansadas de «arrastrar siempre los mismos problemas, con los que han luchado y han probado miles de maneras de escapar y, de pronto, empiezan a probar nuevas alternativas».

Las escenas que suceden en las casas de «Nada de todo esto», el relato que inicia el libro, tienen un punto extraño, pero no en el sentido de sus relatos anteriores, como los que podíamos encontrar en Pájaros en la boca. Aquí hay algo más cercano, más palpable, menos fantástico. La extrañeza es más difusa, está más enlazada con la realidad emocional y mental de los personajes, haciendo que lo extraño no se sitúe tanto en la imperturbable reacción de los protagonistas como en la sutileza que subyace en lo que está ocurriendo. Nos extraña, pero de manera distinta, incomodándonos por lo humano que nos llama y nos observa.

En «Mis padres y mis hijos» vemos ese difícil universo que es el de la pareja divorciada, siempre con ganas de echar la culpa al otro, de encontrarle los defectos para arrancarle los ojos, o como mínimo la custodia. En este caso, una pareja divorciada se encuentra ante un pequeño problema: ella quiere que los hijos se queden con el padre, pero el padre no puede dejar a sus progenitores solos… ¿Por qué? Pues quizás porque en este preciso instante van corriendo desnudos por el jardín. Y la desnudez es algo espantoso, o al menos eso nos han hecho creer. El impudor, la desnudez, tanto de los cuerpos ancianos como de los cuerpos infantiles, implica una serie de cosas en el imaginario colectivo. Lo interesante de este relato es cómo la autora llega al final, cómo el horror que se ha ido tejiendo alrededor del suceso contrasta con lo que se ve al otro lado del cristal de la casa. Algo similar ocurre con el relato «El hombre sin suerte», donde una niña acompaña a sus padres y a su hermana al hospital por una intoxicación y debe prestar sus bombachas (bragas), que son blancas, para que su padre las pueda sacar por la ventana del coche y le dejen pasar más rápido. Lo que ocurre al llegar al hospital, la situación que se da en los grandes almacenes y que sólo el lector puede rellenar, pues la narración no lo dice, nos recuerda que, las historias, a menudo, están hechas de a dos: con el autor y el lector. Y en ese dúo reside lo fascinante, pues la autora juega con nuestro imaginario colectivo, con nuestra mente; dispone una serie de elementos que nos hacen presuponer, intuir. ¿Qué ocurre realmente? ¿El hecho es inocente o lo es sólo la niña, que ve el mundo con unos ojos distintos que los nuestros?

En la casa de «Para siempre en esta casa», una mujer vive la pesadilla de tener que recoger cada cierto tiempo la ropa del hijo muerto de sus vecinos. Es una especie de ritual aceptado, doloroso para ambas partes, que nos recuerda la dificultad de algunos duelos, de saber que hay que dejar algún espacio para que circule el aire. En cambio, en el relato «Cuarenta centímetros cuadrados» asistimos precisamente a lo contrario, a esa falta de aire, de espacio, no tanto porque el lugar en el que se lleve a cabo la acción sea pequeño, sino por el espacio que uno siente que ocupa en su vida, en el mundo, en relación con los demás. Este es uno de los relatos más hermosos de la recopilación, aunque no el más potente. Ese adjetivo cae sobre el relato más largo de todo el libro, «La respiración cavernaria». En esta historia poética y llena de simbolismo, asistimos a la narración en tercera persona de una mujer mayor que quiere morir porque tiene una respiración cavernosa. Ella tiene una lista de todo lo que debe ir haciendo para morirse. Sus recuerdos se entremezclan con la narración de manera sutil, dejando que intuyamos, revistiendo la vulnerabilidad que nos transmite de algo distinto, algo extraño y que nos inquieta. Con un final y unas reflexiones fascinantes, este cuento se adhiere al lector, ofreciendo una visión brutal de la obsesión, la culpa y el dolor a través de una voz narrativa increíble.

Acaba la recopilación «Salir», un extraño relato donde una mujer sale de casa en albornoz y se sube al coche de un hombre. La sensación que tenemos como lectores es que, tras haber transitado por realidades palpables, en este caso hay algo onírico, irreal y fascinante que nos extraña y nos acoge.

Como ya anuncié hace unos días, los cuentos de Samanta Schweblin se encontrarán con los de Ana María Matute en la próxima sesión de la #NoExpliqueu, en la librería Nollegiu. Será este miércoles 24, a las 19:30.

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¡Feliz lunes y felices lecturas!

Inés Macpherson

 

Los amigos imaginarios llegan a Puck y Blackie Books

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Érase una vez un libro imaginario, digo, imaginado. Fue el primero, pero luego llegaron muchos más. Y es que la imaginación no tiene límites, y podemos darle la forma que queramos. Algo similar pasa con los amigos imaginarios e imaginados, que se supone que podemos darles la forma que queramos. Pero, ¿qué piensan ellos? ¿Qué les ocurre cuando no estamos? ¿Y si les olvidamos? ¿Y si descubren que son imaginarios y sufren una crisis existencial? Hay personas que se sienten invisibles y saben lo que es que nadie te vea, que nadie te note. ¿Es así como se siente un amigo imaginario?

Este año, dos editoriales españolas han decidido publicar dos magníficos libros que se han atrevido a contestar alguna de estas preguntas. Blackie Books publicó en febrero Los imaginarios, de A. F. Harrold, con ilustraciones de Emily Gravett. Y en abril, Puck ha publicado Confesiones de un amigo imaginario, de Michelle Cuevas. Ambos deambulan por el mundo habitado por los imaginarios, pero de maneras distintas y complementarias. Ambos están pensados para lectores de entre 9 y 12 o 14 años, pero lo cierto es que pueden arrancar una sonrisa a más de un adulto, porque no sólo nos cuentan una historia para jóvenes lectores, sino que nos hablan de la imaginación, la amistad y la identidad, temas que, en definitiva, tienen cierto aire universal.

Los imaginarios

Los imaginarios nos presenta a Amanda y Rudger. Rudger es el mejor amigo de Amanda. Y Amanda es la mejor amiga de Rudger. Hasta aquí todo parece normal, pero es que Rudger no existe. Es un imaginario. Un día apareció en el armario de Amanda y desde entonces no se han separado… Hasta que Amanda tiene un accidente. Separado de su mejor amiga y de la única que cree en él, Rudger empieza a apagarse. Consciente de que eso se debe a que Amanda está lejos, hará todo lo posible por llegar a ella. Pero, ¿cómo hacerlo si nadie más en el mundo real lo ve? ¿O está equivocado y alguien más puede verle? Pero, ¿por qué?

Confesiones de un amigo imaginario nos presenta a Jacques Papier, un niño que cree que, excepto su hermana Fleur, todo el mundo le odia, porque nunca lo escogen en el patio para formar un equipo, en clase los profesores le ignoran y nunca le devuelven el saludo. Pero un día descubre la verdad: es imaginario. ¿Eso significa que no existe?
¿Quién es él en realidad? Dispuesto a descubrirse a sí mismo, le pide a Fleur que lo imagine libre, aunque no tiene muy claro qué significa eso realmente. A partir de ese momento, emprenderá un viaje hacia lo desconocido lleno de aventuras y descubrimientos que harán que, poco a poco, vaya construyendo un mapa de sí mismo.

Confesiones de un amigo imaginario

La historia de A. F. Harrold es una historia sencilla pero hermosa, llena de humor y de una calidez entrañable. Con una dosis equilibrada de sombras y luz, jugando con las diferentes facetas del miedo y de la amistad, Harrold crea una pieza amable que te envuelve y te acompaña. Es divertida, ingeniosa y con diálogos maravillosos, como el momento en el que, tras ensuciar la moqueta de barro, la madre de Amanda le pregunta a su hija cuándo aprenderá. Amanda, ni corta ni perezosa, responde: «El lunes, en el colegio». Con esta frase, el autor consigue presentar perfectamente a la protagonista. Y la vemos, no sólo gracias a las magníficas ilustraciones de Emily Gravett, sino porque su manera de pensar, de hablar, están perfilados al milímetro.

Por su parte, Confesiones de un amigo imaginario utiliza una primera persona magnífica, la de Jacques Papier. La imaginación que desprende no sólo la historia en sí, sino las ideas e imágenes que Jacques crea hacen que este libro sea una oda a la imaginación en sí misma. Es un canto a los sueños, a la capacidad de crear, de pensar y de cambiar las cosas. Divertida, con unos dibujos con un toque gamberro e ingenioso, como su protagonista, la novela seduce porque hace referencia a la amistad, pero también a la identidad, a la capacidad de ser por uno mismo, algo que, seamos o no imaginarios, a veces nos cuesta. Las transformaciones de Jacques y sus otros amigos imaginarios (hay una Vaquera con patines, un calcetín maloliente y muchos otros seres imaginados que van de los animales más clásicos a las formas más insólitas, como la de una pelusa parlante) son un pequeño muestrario de lo que cabe en la mente de un niño.

Por supuesto, en ambos libros se plantea la preocupación que pueden tener los padres ante la imaginación desbordante de los hijos, así como el miedo que pasan los imaginarios al no saber qué les pasará si dejan de imaginarlos. Pero lo cierto es que, aunque dejen de estar allí, a nuestro lado físicamente, si es que eso es posible para un ser que sólo vemos nosotros y nadie más, siguen allí, forman parte de nosotros y nosotros de ellos. Porque la imaginación se transforma, no se seca a no ser que la sequemos, a no ser que la coartemos y la encerremos en una caja fuerte de autoimpuesta seriedad, como si ser adulto significara ser aburrido y atado a lo palpable, a la realidad. La mente vuela, siempre lo hace, y la imaginación es el fruto de esos saltos al vacío que hacemos de vez en cuando al soñar, al desear, al pensar que podemos hacer algo…

Dos libros que son un canto a la infancia, a la imaginación y a la amistad. Dos historias que nos hablan de la identidad, de la capacidad de superación y de la fuerza de voluntad que podemos tener para ser realmente nosotros: únicos y cambiantes, reales e imaginados.

¡Feliz lunes y felices lecturas!

Inés Macpherson

Pájaros en la boca, de Samanta Schweblin (Lumen)

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Hay nombres que, al leerlos en la prensa, te llaman la atención. Hace algunos años, leí una crítica sobre Samanta Schweblin y me quedé con su nombre, sobre todo porque escribía uno de los géneros que más me fascina, tanto como lectora como narradora: el relato corto. Así que decidí adentrarme en su obra. Hoy me gustaría hablar de Pájaros en la boca, una recopilación de cuentos que Lumen publicó en 2010.

Pájaros en la boca

Pájaros en la boca está compuesto por dieciocho narraciones que saben adentrarse en lo extraño desde distintas perspectivas. El universo de Schweblin es peculiar, y nos lo deja claro desde el principio. Al abrir el libro, nos encontramos con el relato «Irman», una historia que nos habla de algo cotidiano, como el hecho de parar en un restaurante de carretera, para convertirlo en algo distinto cuando descubren que el camarero no puede llegar a la heladera, porque es muy bajo, y la mujer que normalmente lo hacía está en el suelo, probablemente muerta. La capacidad de mezclar lo cotidiano y lo extraño, lo fantástico, la imperturbabilidad de algunos de sus personajes y sus narradores ante lo que ocurre, hace que Samanta Schweblin entronque con autores como Cortázar o Kafka, ambos maestros del arte de hilvanar lo normal y lo extraño, difuminando la línea divisoria entre esos dos mundos e introduciendo personajes que deambulan por esos mundos, atrapados y a la vez sin inmutarse, aceptando lo que ocurre sin más.

Algunos de sus relatos hablan de la mujer, de la feminidad y de su condición, retorciendo algunos elementos para llevar ciertos temas un poco más allá. Por ejemplo, el segundo cuento de la recopilación, titulado «Mujeres desesperadas» (nada que ver con la serie de televisión), nos habla de novios a la fuga. En un ambiente rural, en medio de la nada, hay una carretera. Una mujer recién casada es abandonada por su marido cuando éste para el coche para que ella pueda ir al baño. Lo ve alejarse por la carretera, envuelta en la oscuridad, y decide esperar a que vuelva. Pero otra mujer que está allí le dice que se ha ido para siempre. No seguiré explicando el relato, porque vale la pena sumergirse en él, pero diré que la atmósfera que crea, las voces en la oscuridad, el miedo que se va cerniendo sobre la mujer y el final, memorable, hacen que sea, para mí, uno de los mejores cuentos de la recopilación. Siguiendo con el tema femenino, más adelante encontramos un relato extraordinario, «Conservas», que se adentra en un tema muy peliagudo, pero usando de manera magistral lo fantástico para darle un giro a la realidad.

Relatos como «Hacia la alegre civilización», «En la estepa» o «La furia de las pestes» utilizan la atmósfera, el lugar mismo en el que se sitúa el relato, para crear un marco ya de por sí extraño. Sentimos, mientras nos adentramos en sus historias, que hay algo oscuro, algo inquietante que nos rodea; algo que poco a poco se va mostrando. En estos casos, lo interesante es cómo van sugiriendo las cosas, cómo los personajes van desgranando los elementos que el lector necesita para comprender, para intuir lo que se está llevando a cabo entre las páginas.

También encontramos la figura del niño como elemento central en algunos de los relatos de esta recopilación. «Pájaros en la boca», relato que le da título al libro, nos presenta a una niña muy peculiar. La manera en que este cuento se adentra en la extrañeza no es tanto a través de lo que hace la niña, que ya es raro de por sí, sino a través de los padres, de su actitud, y de lo que uno puede pensar que hay tras esa extraña afición infantil. «Papá Noel duerme en casa» nos muestra una realidad adulta a través de los ojos de un niño, con una reflexión final genial, y «Bajo tierra» nos lleva de la mano de unos niños a un universo inquietante y oscuro.

Hay relatos que utilizan un acto espantoso para hacer una crítica brutal a la hipocresía y al mundo del arte, como en el caso de «La pesada valija de Benvides», y otros que utilizan la sutileza para tratar temas complejos, como en el caso de «La medida de las cosas». Me dejo alguno en el tintero, no porque no tengan calidad, sino porque a veces es mejor no desgranar todos y cada uno de los cuentos, sobre todo cuando hay dieciocho, por no alargar excesivamente el comentario.

En definitiva, como en toda recopilación, hay relatos con una fuerza más impactante que otros, pero en general, todos deambulan por un universo que hace que sepas que has entrado en el mundo de esta interesante autora que vale la pena descubrir. Por cierto, para aquellos que quieran descubrirla de otra manera distinta a la lectura, el día 24 de mayo sus relatos se encontrarán con los de Ana María Matute en la próxima sesión de la #NoExpliqueu de la Nollegiu.

Hasta entonces, ¡felices lecturas!

Inés Macpherson

La última salida, de Federico Axat (Ediciones Destino)

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En marzo de 2016 la editorial Destino publicó La última salida, de Federico Axat. Hacía mucho tiempo que tenía ganas de sumergirme en esta lectura y por fin lo he hecho y, como siempre que uno se deja llevar por la prosa de este autor argentino, el resultado es magnífico. Te adentras en el laberinto que va tejiendo ante ti y, sin darte cuenta, ya te has perdido, desconfías de todo lo que ves, de todo lo que piensas, y con razón, porque sabe cómo llevar al lector por sus propias trampas.

La última salida

Ya en El pantano de las mariposas demostró saber jugar con los prejuicios instalados en el subconsciente personal y cultural del lector, pero en este caso demuestra que sabe incluso jugar con los “tópicos”. Me explico. Ante muchas novelas negras, policíacas, de misterio o de investigación, el lector acostumbrado a este tipo de géneros intuye, hace sus apuestas, y a veces acierta y otras no, pero normalmente sabe por dónde va a llevarle el narrador. En este caso no. En este caso, uno intuye, hace apuestas y, cuando cree que van a ser confirmadas, el narrador da una vuelta y te das de morros con algo que no esperabas. Y, como siempre, aunque creas que ya has llegado al final, no lo has hecho, porque como ya hizo en El pantano de las mariposas, nos aguarda una pequeña sorpresa en la última página, que nos deja, como lectores, en un estado de desconcierto maravilloso.

El argumento empieza de la siguiente manera: Ted McKay está a punto de pegarse un tiro en su despacho cuando llaman a la puerta. ¿Por qué quiere suicidarse? Se supone que es un hombre que lo tiene todo: familia, amor, respeto, dinero… Pero lo curioso no es eso, sino que el hombre que hay en la puerta sabe lo que está a punto de hacer y tiene una propuesta difícil de rechazar. A partir de aquí, Ted entra en un juego extraño que le manipula a él y nos manipula a nosotros, los lectores.

La prosa de Axat es limpia, sabe darle importancia a los detalles que deben tenerla y sabe crear unas escenas y unas imágenes que se quedan contigo al cerrar el libro. Me encantaría detallar algunas, pero temo poder desvelar elementos que es mejor ir descubriendo a medida que uno va avanzando en la lectura. Estamos ante un libro que te atrapa y te hace querer más, descubrir más, intentar desenredar la trama e imaginar la resolución, aferrándote a cada uno de esos detalles como si fueran la clave. Y muchos lo son, pero no en el sentido que uno espera. Por eso comentaba lo de los tópicos, porque cuando uno cree estar entrando en una historia clásica de trampas psicológicas, donde no sabemos qué es real y qué está en la mente del personaje, acertamos, pero sin acertar, porque siempre hay una capa más, un elemento que encaja pero que se bifurca hacia otro lugar distinto, para que volvamos a creer que estamos yendo en una dirección clara cuando, en el fondo, estamos caminando por un laberinto muy bien construido.

La última salida es un libro que empieza pareciéndose a la película The Game, de David Fincher, pasa a deambular por la mente de David Lynch, se adentra en los entresijos de la psique humana haciéndonos dudar hasta de nuestra sombra, y acaba dejando al lector en una especie de suspensión similar a la de Origen, de Christopher Nolan. Casi nada.

Así que, teniendo en cuenta que las librerías siguen teniendo un montón de libros deseando ser leídos a pesar de que ya no sea Sant Jordi, esta es una magnífica opción para que una tarde de fin de semana pase sin que te des cuenta.

¡Feliz martes y felices lecturas!

Inés Macpherson

Els noms dels seus déus, de Ruy D’Aleixo (Males Herbes)

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Como hago normalmente con los libros que leo en catalán, aquí os dejo un comentario doble, en catalán y castellano, sobre esta interesante recopilación de relatos publicada por Males Herbes: Els noms dels seus déus, de Ruy D’Aleixo.

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ELS NOMS DELS SEUS DÉUS (català)

Al 2015, l’editorial Males Herbes va publicar El noms dels seus déus, un recull de contes de Ruy D’Aleixo. Per a mi, era un autor desconegut i va ser una sorpresa descobrir-lo, perquè és d’aquestes veus valentes que saben utilitzar el conte de totes les maneres possibles, sense oblidar mai que és un recurs per mostrar la realitat. I la realitat es pot mostrar de diverses formes.

En aquest recull podem trobar històries que es mouen entre el retrat realista, fins i tot humorístic en alguns casos, passant per la ciència ficció, el fantàstic i la crítica brutal. Podem trobar faules post atòmiques i contes que, malgrat explicar-nos quelcom futurista, distòpic fins i tot, tenen un regust real que ens remou les entranyes. Entrem i sortim del fantàstic, dels relats que ens acosten al mite, passant d’un gènere a un altre quasi sense adonar-nos, en una mena de viatge que ens proposa una lectura, però també, potser, una pregunta.

La gràcia resideix en que, suposo que depenent del lector, la pregunta, i per tant la resposta que ens ofereix el llibre, és diferent. La sensació que jo he tingut és que estava davant d’una sèrie d’històries que passejaven pel món del poder, de la manera en que l’home s’hi relaciona, tant des de dins com des de fora, com a subjecte sobre qui exerceixen el poder. A vegades, la manera en que es parla del tema és subtil, però en general, sempre hi ha quelcom que ens convida a reflexionar sobre la forma en que l’ésser humà es relaciona amb el poder. I no només en sentit polític, sinó en tots els sentits: esclavitzant, destruint, manipulant i exterminant la llibertat dels altres.

En un recull sempre hi ha contes que ens fascinen més que d’altres. En aquest cas, hi ha contes que fascinen de formes diferents. Personalment, un dels que més em va cridar l’atenció en el moment de llegir el llibre va ser «Fes un esforç». Primer de tot, pel to del narrador, directe i dirigint-se a nosaltres o al seu altre jo, però també perquè mostra un món futurista on veiem petits fragments d’un món força actual, que, alhora, entronca en cert sentit amb un relat extraordinari de Villers de L’Isle Adam, «L’esperança». Un conte que és quasi com un monòleg on es parla de la manera en que es pot arribar a jugar amb l’esperança de la llibertat, d’una forma tan cruel o més que al relat de L’Isle Adam. Un altre relat que em va semblar extraordinari és «El tros de pa», un relat que també transita per l’univers futurista on el concepte de llibertat està trastocat. Aquest cop, però, ho fa plantejant un altre tipus de tancament de l’ésser humà. No sé per què, però certes reflexions sobre els tubs que habiten aquest relat em va fer pensar en certs objectes amb pantalla dels que no ens podem separar i que sembla que hagin pres possessió fins i tot de la nostra intimitat.

Altres relats, com «Retaule del condemnat» o «Veluvana» també transiten en una mena de distopia amb tocs futuristes però alhora molt creïbles i, fins i tot, propers a comportaments humans al llarg de la història. Hi ha d’altres, en canvi, que viatgen cap al passat per parlar-nos de la naturalesa humana més salvatge. «Ocular» se’n va fins l’antiga Roma per parlar de la barbàrie de la guerra. D’una altra barbàrie més propera ens parla «Botifarra negra», relat situat a la Guerra Civil i la postguerra, amb un retrat dur, però amb un final meravellós que, malgrat el que ens explica, fa que se’ns escapi un somriure.

En canvi, hi ha d’altres contes que s’allunyen una mica més del món que podem conèixer i s’acosten al surrealisme, com «Les eines» o «L’ou de Pasqua sóc jo», o que es mouen pels móns de les civilitzacions, conegudes i desconegudes, passades i presents. Hi ha alguns que entronquen amb relats del gènere negre, com «Assassí innocent», o amb el relat clàssic, com «Kshetrasannyasin».

Cada relat té el seu estil, la seva manera de lligar i deslligar els móns que plantegen, però en general, la sensació que un té en acabar el llibre és que està davant d’un escriptor que sap cuidar el llenguatge i els detalls, creant universos i retrats que tenen força per sí sols.

Aquest descobriment, a més, m’ha permès enllaçar els contes de Ruy D’Aleixo amb un altre autor per la propera sessió de la #NoExpliqueu a la Nollegiu, el proper 26 d’abril. La parella literària de Ruy D’Aleixo serà l’extraordinari Franz Kafka, així que, si voleu deixar-vos portar pels universos personals d’aquests dos autors, ja sabeu, el proper dimecres 26 d’abril, a les 19:30.

Fins llavors, feliç dimarts i bones lectures.

ELS NOMS DELS SEUS DÉUS (castellano)

En 2015, la editorial Males Herbes publicó El noms dels seus déus, un libro de relatos de Ruy D’Aleixo. Para mí, era un autor desconocido y fue una sorpresa descubrirlo, porque es de esas voces valientes que saben utilizar el cuento de todas las formas posibles, sin olvidar que es un recurso para mostrar la realidad. Y la realidad se puede mostrar de muchas maneras distintas.

Entre sus páginas podemos encontrar historias que se mueven entre el retrato realista, incluso humorístico en algunos casos, pasando por la ciencia ficción, lo fantástico y la crítica brutal. Podemos encontrar fábulas post atómicas y cuentos que, a pesar de explicarnos algo futurista, distópico, tienen un regusto real que remueve las entrañas. Entramos y salimos de lo fantástico, de los relatos que nos acercan al mito, pasando de un género a otro casi sin darnos cuenta, en una especie de viaje que nos propone una lectura, pero quizás también una pregunta.

La gracia, creo, es que, dependiendo del lector, la pregunta, y por lo tanto la respuesta que nos ofrece el libro, es distinta. La sensación que yo tuve es que estaba ante una serie de historias que transitaban por el mundo del poder, hablando de la manera en que nos relacionamos con él, tanto desde dentro como desde fuera, como sujetos sobre los que ejercen el poder. A veces, la manera en que habla del tema es sutil, pero en general siempre hay algo que nos invita a reflexionar sobre la forma en que el ser humano se relaciona con el poder. Y no únicamente en sentido político, sino en todos los sentidos: esclavizando, destruyendo, manipulando y exterminando la libertad de los demás.

En un libro de relatos siempre hay alguno que nos fascina más que los demás. En este caso, hay cuentos que fascinan de formas diferentes. Personalmente, uno de los que me llamó la atención al leer por primera vez el libro fue «Fes un esforç». Primero, por el tono del narrador, directo y dirigiéndose a nosotros o a su otro yo, pero también porque nos ofrece un relato futurista donde vemos fragmentos de un mundo muy actual que, a su vez, entronca en cierto sentido con un relato extraordinario de Villers de L’Isle Adam, «La esperanza». Se trata de un cuento que es casi un monólogo, donde se habla de la manera en que se puede jugar con la esperanza de la libertad de una forma tan cruel o más que en el relato de L’Isle Adam. Otro cuento que me pareció extraordinario es «El tros de pa», una historia que también transita por un universo futurista en el que el concepto de libertad está trastocado. Esta vez, pero, lo hace planteando otro tipo de prisión para el ser humano. No sé por qué, pero ciertas reflexiones sobre los tubos que habitan este relato me hicieron pensar en ciertos objetos con pantalla de los que últimamente no podemos separarnos y que parece que se hayan  apropiado incluso de nuestra intimidad.

Otros relatos, como «Retaule del condemnat» o «Veluvana» también transitan por una especie de distopia con toques futuristas pero creíbles que, en ocasiones, se acercan a comportamientos humanos que se han visto a lo largo de la historia. Hay otros, en cambio, que viajan al pasado para hablarnos de la naturaleza humana más salvaje. «Ocular» viaja hasta la antigua Roma para hablarnos de la barbarie de la guerra. De otra barbarie más cercana nos habla «Botifarra negra», relato situado en la Guerra Civil y la posguerra, con un retrato duro, pero con un final magnífico que, a pesar de lo que nos explica, hace que se nos dibuje una sonrisa con el punto final.

En cambio, hay otros cuentos que se alejan del mundo que conocemos y se acercan más al surrealismo, como «Les eines» o «L’ou de Pasqua sóc jo», o que se mueven por los mundos de civilizaciones, conocidas y desconocidas, pasadas y presentes. Hay algunos que se acercan al género negro, como «Assassí innocent», o al relato clásico, como «Kshetrasannyasin».

Cada historia tiene su estilo, su manera de ligar y desligar los mundos que plantea, pero en general, la sensación que uno tiene al acabar el libro es que está ante un escritor que sabe cuidar el lenguaje y los detalles, creando universos y retratos que tienen fuerza por sí solos.

Este descubrimiento, además, me ha permitido enlazar los cuentos de Ruy D’Aleixo con otro autor para la próxima sesión de la #NoExpliqueu en la Nollegiu, el próximo 26 de abril. La pareja literaria de Ruy D’Aleixo será el extraordinario Franz Kafka, así que, si queréis dejaros llevar por los universos personales de estos autores, ya sabéis, el próximo miércoles 26 de abril, a las 19:30.

Hasta entonces, feliz martes y felices lecturas.

Inés Macpherson