Los ojos bizcos del sol, de Emilio Bueso (Ediciones Gigamesh)

Etiquetas

, , , , ,

Hay libros que son un viaje, por la capacidad que tienen de llevarte a otros mundos, a otros universos, pero también por el viaje que proponen entre sus páginas y el que regalan a tus neuronas, que acaban girando en espiral intentando dibujar en tu cabeza todo lo que han visto: personajes, lugares, ciudades imposibles, simbiontes, seres habitados… Es el caso de la trilogía de Los ojos bizcos del sol, de Emilio Bueso (Castellón, 1974), que empezó con Transcrepuscular, siguió con Antisolar y ahora llega a su fin con Subsolar.

Ya se ha dicho en otros lugares que esta es una trilogía que busca jugar con un área del género, el sword and planet, para crear un híbrido entre la fantasía épica, la ciencia ficción, la aventura y el biopunk. Pero una cosa es leer los conceptos y otra cosa muy distinta es sumergirse en el mundo que ha pensado Emilio Bueso, original y un poco loco. Se trata de un planeta que está anclado a su estrella, que no rota sobre su eje y que, por lo tanto, tiene tres caras que nunca se mueven, que nunca cambian: una cara marcada por el sol, es decir, un desierto achicharrante; otra parte que habita en una noche aterradoramente helada, y la tercera, que es la región ecuatorial, en la que hay día y noche. En cada una de ellas el autor plantea distintas maneras de vivir, diferentes formas de distribución social y de poder, y también sutiles diferencias en los sistemas de creencias (templos, logias, hierofantes, misiones y otros lugares, sacerdotes e ideas, que son una forma de recordarnos la necesidad humana de creer que se tiene la verdad por encima de los otros).

Se trata de un mundo en el que los seres humanos conviven en simbiosis con organismos adheridos al cuerpo, una unión que amplía los sentidos humanos; una unión que también permite que se apoderen y penetren literalmente en ellos. Es una unión que puede ser sutil o brutal, a base de apéndices y tentáculos que van mucho más allá de la piel, que se convierten en parte integrante del cuerpo, que lo habitan. También es un mundo donde los seres humanos vuelan montados sobre libélulas y serpientes voladoras y en el que pueden cabalgar escarabajos acorazados; donde hay babosas traductoras, caracoles telépatas y muchos otros seres que irán apareciendo para crear un universo visual extraño y fascinante. Es un lugar en el que palpita el recuerdo de los Antiguos y sus artilugios, donde se mide el tiempo en horas caracol… En medio de la locura que supone un mundo como el que imagina Bueso, planean algunas preguntas que uno puede cazar al vuelo, si quiere, y puede intentar responder entre estas páginas. Porque sí, hay acción, un ritmo frenético en algunos momentos, pero entre los diálogos y los párrafos encontramos pequeñas reflexiones sobre la forma en que se comportan las culturas y sociedades, buscando su prevalencia, imponiéndose sobre los demás, discriminando a los otros, a los diferentes, a los que no se someten o aceptan nuestra manera de ver el mundo. En nuestra individualidad humana buscamos lo único, pero ¿lo somos? ¿Vivimos aislados, sin ningún tipo de simbiosis, sin ningún tipo de dependencia hacia otros seres o hacia otras creaciones? Si fuera necesario, ¿renunciaríamos a esa individualidad única a la que nos aferramos? ¿Pueden converger, integrarse y convivir diferentes especies en condiciones de igualdad o siempre habrá una que quiera someter a la otra?

Entre sus páginas encontramos naturaleza y tecnología, referencias a una cultura que reconocemos como propia en nombres y comportamientos, pero que después bebe de otras historias y otros conceptos que se nos escapan. La superioridad y la dependencia, la necesidad de gobernar, de dominar o de destruir se entremezclan con la trama que avanza a buen ritmo a través de los tres libros sin dar tregua a aquel que decida adentrarse en ellos.

Con Transcrepuscular, nos presentó este mundo y sus personajes, un grupo completamente dispar que se ve obligado a emprender un viaje para recuperar una reliquia robada por un ser que nunca han visto y que consigue ir más allá del Agujero del Mundo. Un grupo que va sumando elementos a media que avanzan los libros y que tiene en sus miembros uno de los puntos fuertes de la trilogía. Ninguno encaja, podrían matarse en cualquier momento, pero encuentran la manera de funcionar. En un principio tenemos a un aguacil que se ve arrastrado a un viaje que no ha buscado, pero que decide emprender con todo lo que tiene (y lo que no tiene o tendrá después); una regidora un tanto soberbia; un anciano astrólogo que es más de lo que aparenta, y un bandolero que habla a través de un títere o un Trapo parlante y faltón que se acopla a su amo para poder pasárselo en grande y soltar de vez en cuando un «putamente» maravilloso.

Y viajan y luchan. Hay duelos, tiros, ostias, picos, espadas, insultos, momentos con un toque de horror, sobre todo cuando describe algunos de los seres habitados con los que se topan. Y se adentran en un mundo que no conocen, decididos a encontrar respuestas, aunque quizá no sepan ni siquiera las preguntas.

Con el segundo libro, Antisolar, el lector y los personajes entran en la parte oscura del mundo, donde hay ciudades vacías y frías, donde las profundidades aguardan dispuestas a abrir sus fauces. La evolución de la trama aquí encuentra un equilibro magnífico con el universo descrito y con la forma en que Bueso organiza los capítulos, ágiles, rápidos, con una voz narrativa cada vez más libre y sólida. Los protagonistas han dejado un mundo más o menos conocido para chocar con una civilización tecnológica, de la que poco a poco vamos descubriendo pinceladas, pero de la que no entienden gran cosa. Es un choque interesante, porque se puede ver cómo cada uno de ellos cree ser poseedor de la verdad, algo que convierte al otro en un salvaje. Por otro lado, se presenta a nuestros ojos otra realidad más orgánica, que no entiende de cables, sino de carne, de conexión mental, de colonia, lo que nos permite explorar las distintas vertientes de la idea del colono, del imperio, del poder y su capacidad para someter sin que uno crea que lo están sometiendo. Serpientes, calamares, sombras, hielo, submarinos y unas relaciones cada vez más íntimas e intensas entre cada uno de los miembros del grupo, que sigue creciendo.  

Y llegamos a Subsolar, donde nos adentramos en el desierto, con un sol que lo abrasa todo, donde a muchos de los del grupo les cuesta respirar, aclimatarse. Parece que la misión y la aventura llega a su fin, hay un objetivo claro, o como mínimo la Regidora tiene uno. Y para conseguirlo, el grupo vuelve a crecer, se detiene en asentamientos y poblaciones a cada cual más peculiar. Volvemos a encontrar una realidad donde cada lugar contiene sus peculiaridades; hay algo único a pesar de estar teóricamente sometidos a un mismo clima, a unas condiciones similares e incluso a unas creencias parecidas. Pero las creencias varían, y las formas de adaptarse o de sobrevivir se transforman: hay quienes creen en la vida nómada y quienes funcionan con una vida militar, rígida y marcada por un reloj que señala unas horas nocturnas que no existen. Tormentas, eclipses salvajes, brujas del desierto, escorpiones gigantes… Una casa muerta, una ciudad viva, de carne… Porque aquí la carne, lo corporal y lo visceral están muy presentes. Quizá no a lo largo de todo el libro, pero sí en momentos puntuales que hacen que la imaginación se quede aturdida ante semejante creación.

Lo cierto es que se trata de una trilogía que fluye a lo bestia. Es ágil, tiene buen ritmo y su estilo y su lenguaje encajan con el universo creado y, sobre todo, con los personajes. No busquéis florituras, no las hay. Es directo, como si la voz narrativa lo estuviera soltando todo tal cual, como viene, creando un punto que, aunque quizá no sea del todo natural, sí que le da un aire distendido de crónica, relatada desde un yo que no se anda con miramientos ni pretende esconder nada. Cada personaje tiene su forma de hablar y eso es magnífico, porque con un par de frases ya te creas una imagen mental sin necesidad casi de descripciones; sus palabras, su ritmo y sus coletillas otorgan una personalidad potente y visual. Un apunte aparte merece el Trapo, su agilidad y sus «putamente», que se adhieren a la piel como una babosa.  Por supuesto, habrá a quien ese estilo no le guste por su rapidez, por sus frases a veces cortantes, pero por suerte no nos tiene que gustar a todos lo mismo, porque si fuera así, las estanterías de las librerías serían un aburrimiento uniforme y todos leeríamos libros idénticos y eso empobrecería el universo literario y la capacidad imaginativa de escritores y lectores.

Dicho esto, no sé si esto es una recomendación en sentido estricto. Es el viaje de alguien que ha devorado tres libros del tirón, disfrutando de cada bicho, de cada diálogo y agradeciendo que haya quien pueda imaginar mundos tan fascinantemente chalados como este. Si os apetece un viaje similar, ya lo sabéis.

¡Feliz lunes y felices lecturas! Y recordad, el Trapo sabe… Y si vosotros queréis saber, tendréis que leer.

Inés Macpherson

Inventari de coses perdudes, de Judith Schalansky (Més Llibres)

Etiquetas

, ,

Hi ha una casa a primera línia de mar. És antiga. Ja no hi viu ningú, però durant anys, va estar plena de vida. No necessito entrar-hi per recórrer les seves habitacions. Era la casa dels meus avis. Si tanco els ulls, em puc veure de petita pujant les escales, passant alguna setmana allà, perquè els pares havien de marxar. Puc sentir les olors, obrir els calaixos, sentir la veu d’aquells que ja no hi són. No sé si aquesta casa seguirà molts anys allà, esperant, guardant la meva infantesa i la de tants altres. Potser la tiraran a terra i faran pisos. Potser deixaran que mori de vella, oberta per les cicatrius que van apareixent a les parets, esgarrapant-la per dins i per fora. No ho sé. Si desapareix, la guardarem en algunes fotos, en la memòria, en les anècdotes que es van explicant de generació en generació. Però les vivències a vegades es difuminen, es transformen amb el temps, s’obliden. I aquesta certesa ens recorda la finitud, la mort, l’absència, la nostra, la dels altres, la de tot.

La pèrdua forma part de la vida. Perdre gent, però també coses, objectes, cases, fins i tot records. Pot quedar constància de la seva existència, però potser les històries que bategaven dins d’aquella persona, d’aquella casa, d’aquell bosc, desapareixen i només queda un nom, un dibuix, una nota a peu de pàgina, res més. Potser per això trobem en el record una forma de mantenir viu el que ja no hi és, aquells que ja no hi són. Però qui recordarà allò que només viu al nostre cervell, els fragments, les fotografies i vivències seleccionades que habiten la nostra memòria?

Alguna cosa de tot això batega entre les pàgines de l’Inventari de coses perdudes, de Judith Schalansky, publicat per Més Llibres. Com el seu títol indica, aquí trobem un inventari (una selecció) de coses perdudes, d’objectes, animals, illes, quadres, llocs que ja no hi són, que s’han perdut, que van deixar un rastre d’existència que es pot seguir fins el moment en què desapareix. La intenció de l’autora, com ella mateixa exposa al seu magnífic pròleg, és deixar alguna cosa que perduri, «de fer present el passat, d’evocar el que ha caigut en l’oblit, de donar paraula al que ha emmudit i plorar el que s’ha perdut». És cert que a través de la paraula, sigui oral o escrita, no es pot recuperar res, però es fa tangible, es deixa constància d’una existència que va ser, i això és el que fa Schalansky: crear un museu de coses que ja no tornaran, però que podem veure gràcies a la seva prosa, on combina història, records personals i ficció.

El primer fragment d’història que trobem ens porta a una illa, que l’autora no coneixia (i la que escriu aquestes línies tampoc, com moltes de les coses que s’exposen en aquest museu): l’illa enfonsada de Tuanaki. És interessant que la primera cosa perduda que apareix se’ns presenti en el format d’una recerca personal, d’una fascinació que ens convida a entendre el procés mental de l’autora per saber, per entendre, per imaginar i recollir un relat que ens porta de viatge sense abandonar mai els ulls de qui està dibuixant i recreant el trajecte, i el descobriment, amb paraules.

Després visitem l’antiga Roma per retre homenatge al Tigre del Caspi. Com en cada entrada, l’autora ens fa una petita introducció històrica i ens explica per què va desaparèixer. Aquí el narrador se situa a l’arena on els animals són espectacle, i recrea una possibilitat on la mirada es passeja pels humans, però sobretot es fixa en la bèstia, en el seu moviment, en la seva presència, en la seva acció. Ens parla, ens anima a observar el destí, el futur que ja coneixem, perquè som conscients des d’un principi de la seva desaparició.  

Els éssers màgics, la seva possibilitat o impossibilitat tenen també presència en aquest museu de la mà de l’unicorn de Guericke. En aquest cas, la veu narrativa té quelcom de personal i alhora de ficció, de natura màgica, simbòlica i alhora palpable, propera i real, de fred i d’ombres, de relat i de recerca, però també de conte.

I així es va omplint el museu, de retrats d’arquitectures on l’autora imagina una història, la mirada d’aquell que pinta, d’aquell que observa o d’aquell que busca un record en forma de pedra. En alguns casos hi ha apunts històrics que lliguen amb el relat, però també trobem una carta, una reflexió d’algun personatge a qui ella ha imaginat parlant, vivint allò que no sabem si es va viure. En el cas dels cants de Safo hi ha un estudi molt interessant sobre la seva figura, el que es va dir, el que es diu, allò que es conserva. La realitat, el mite, el record i les paraules s’uneixen i ofereixen un curiós quadre que va més enllà de la seva persona i la seva obra.

En cadascun dels retrats d’aquests objectes perduts, oblidats, desapareguts, trobem una prosa acurada, que sap utilitzar els diferents gèneres, els diferents punts de vista que cada entrada li permet. Primeres persones que recorden finestres, cementiris i els espais que van habitar durant la infantesa; primeres persones que recorden la pròpia vida i també n’imaginen una altra. La mort, les preguntes que desperta. La idea de desaparèixer. Algú que busca, algú que es posa en la pell d’aquells que potser ho van viure. Vides imaginades que es barregen amb la història, amb la recerca i l’assaig per convidar-nos a fer un viatge curiós i interessant que ens recorda allò efímer. Som finits. Desapareixerem, ens oblidarem, ens oblidaran… Però, com diu l’autora en un moment del pròleg, «en certa manera, el món és l’arxiu il·limitat de si mateix, i tota la matèria de la Terra, ja sigui viva o inerta, constitueix el document d’un sistema d’escriptura insòlit…».

Bon divendres i bones lectures!

Inés Macpherson

El càstig, de Guillem Sala (L’Altra Editorial)

Etiquetas

, ,

Hi ha cicatrius que es veuen i d’altres que no, marques que l’ull no pot percebre ni al cos d’una persona ni a la pell d’una ciutat, d’una societat, que delimita barris i estableix fronteres que són invisibles, però que a vegades són molt difícils de superar. Les de la Sandra, una de les protagonistes de la nova novel·la de Guillem Sala, El càstig (L’Altra Editorial), en té de les dues. A l’interior de la cuixa en té cinc, paral·leles. I això ja ens ofereix una pista de la seva personalitat, perquè no són cicatrius d’una ferida natural; són ferides buscades, les d’algú que necessita aquest ritual, que va acompanyat de vòmits, com si necessités netejar-se, buidar-se sencera, desfer-se d’ella mateixa, de la seva merda, del seu passat, del seu dolor. Perquè també en té d’invisibles, d’aquelles que van molt més al fons i que tenen forma d’una relació familiar complexa i difícil que fa de la Sandra una dona que per fora viu, però que per dins sembla en una lluita constant amb ella mateixa.

Les altres cicatrius de les que parla el llibre són més subtils i circulen pels barris i pels carrers. Guillem Sala ha plantejat una història que transita pels barris menys cèntrics de Barcelona, aquells barris que estan deixant clar, des de fa temps, que tenen tanta vida o més que els altres, i tantes coses a explicar com la resta. Aquesta ubicació li permet a l’autor jugar amb les similituds i les diferències, amb la diversitat de mirades i de vides que podem trobar a un mateix espai, i també amb la llengua, alternant el castellà i el català en els diàlegs i fins i tot en alguns pensaments, perquè quan pensem, sovint acabem utilitzant la llengua materna, i aquesta pot ser el català, el castellà o una barreja de les dues. La fluïdesa i la naturalitat amb què les dues llengües es van enllaçant entre les pàgines demostren l’habilitat de l’autor, però també són una forma de destacar una realitat que és molt present a la ciutat comtal i rodalies i que també denota una mena de frontera invisible que a vegades s’enquista, però d’altres fluctua i desapareix amb naturalitat.

Però El càstig no és únicament la història de la Sandra, de la seva relació amb l’Albert o amb la seva família i el seu passat, sinó que també ens parla de l’Izan, un dels seus alumnes a l’institut. És un nano despert, però el seu comportament envers les noies i la sexualitat és peculiar i això comporta situacions difícils de gestionar. És complicat parlar de segons quins aspectes del llibre sense entrar en detalls, però el que passa amb l’Izan ens obre una finestra que ens deixa veure la complexitat dels actes, de les emocions i de les seves conseqüències; ens sacseja i ens situa en un espai incòmode que convida a reflexionar. A més, algunes d’aquestes conseqüències ens permeten observar una altra cara del barri, on es fan reflexions sobre aquesta mena de cadena que mai es trenca, d’aquestes generacions que van passant i sembla que no es puguin moure, simplement anar canviant la forma de fer el mateix, perquè sembla que allò de la igualtat d’oportunitats és veritat només a mitges i segons en quins llocs (hi ha una conversa entre un professor i una alumna que exemplifica perfectament això i que genera una incomoditat diferent a la que provoquen certs actes de l’Itzan o de la Sandra).

Amb un panorama social força ben plantejat, en Guillem Sala ens presenta la trama en quatre parts o actes que fan referència a un curs escolar, i que reben com a títol els tres trimestres i les vacances. A través d’aquests quatre moments veiem l’evolució de la Sandra i de l’Izan, la forma en què cadascun d’ells segueix un camí que no és amable. Veiem el que implica la soledat, la recerca d’una vida que encaixi en el que toca, però que mai acaba de funcionar; les famílies trencades, les que intenten sobreviure com poden, portant els fills a uns extrems que poden ferir sense ni tan sols veure-ho. Ferides que són doloroses, però que l’autor sap exposar des d’una veu narrativa que no busca ni el dramatisme ni el victimisme. Retrata, amb fluïdesa i posant el dit a la llaga quan toca, i ofereix un viatge íntim i social intens, conegut per a algunes persones, molt real per a d’altres moltes persones, i que et deixa amb una sensació estranya en acabar la lectura, perquè ha estat fascinant, però alhora colpidor. Un llibre ple de vida i dolor, i amb uns quants temes que conviden a parlar-ne i que ja podeu trobar a les llibreries.

Bon dimecres i bones lectures!

Inés Macpherson

El imperio de Yegorov, de Manuel Moyano (Anagrama)

Etiquetas

, ,

Podríamos decir que llego tarde, muy tarde, a este libro. Fue publicado en 2014 y llegué a él gracias a una recomendación que leí en redes hace unas semanas (sí, a veces las redes sociales no sirven para discutir, insultar o humillar a otra persona, sino para descubrir lecturas y compartir vicios literarios y otros relacionados con la pequeña o la gran pantalla). Pero a pesar de llegar tarde, me apetece hablar de este extraño viaje que propone Manuel Moyano en El imperio de Yegorov (Anagrama, 2014).

Una de las primeras cosas a destacar de este libro es la construcción de la narración, que comprende desde la nota preliminar hasta los agradecimientos. Entre esos dos puntos no encontramos un narrador en sentido estricto, sino alguien que decide ofrecernos una serie de textos ordenados para que nosotros podamos comprender la historia y llenar los huecos entre lo que está escrito. Huyendo de la idea clásica de inicio, nudo y desenlace, circulamos por la trama a través de diarios, cartas, informes policiales, transcripciones de interrogatorios, grabaciones, correos electrónicos y otros elementos escritos que ofrecen pequeños fragmentos de información que permiten construir un rompecabezas cuya última pieza no está realmente en el último capítulo, sino más allá. Cada texto tiene su formato, su estilo, su personalidad (porque sin necesidad de descripciones concretas del carácter de los personajes podemos verlos a todos y observar su comportamiento), y la forma en que están hilados hace que todo fluya y te atrape mientras disfrutas de esa diversidad.

La historia empieza en 1967, a través del diario de un antropólogo, Shigeru Igataki, quien nos habla de su expedición, de la extraña enfermedad que ataca a una de sus compañeras, la bella Izumi, y de una flor amarilla que consigue que se recupere. Un episodio que nos sitúa en la selva y nos prepara para una aventura con chamanes, misioneros errantes, serpientes, peces y culturas y costumbres que se nos escapan. Pero el diario termina y descubrimos que la historia se traslada de geografía y de mirada y poco a poco comprendemos que ese pequeño apunte, esos elementos que nos narraba Shigeru Igataki eran solo una pincelada de lo que nos espera, y que lo que tenemos delante es una historia que nos llevará a Japón, a Estados Unidos y que recorrerá décadas hasta llevar al lector a una sociedad marcada a escala mundial por una realidad que perfectamente se podría considerar distópica. Y es que, entre detectives privados, escritores secuestrados y actrices que siguen al pie del cañón a pesar de los años, nos damos cuenta de que la pieza clave es cierto descubrimiento que se revela y a la vez se oculta; un descubrimiento sorprendente y a la vez conocido, porque entronca con uno de los deseos más antiguo de la humanidad, que ya aparecía en la mitología y que ha ido tomando distintas formas a través de los siglos. Un descubrimiento que despierta otro de los deseos y comportamientos más habituales de la humanidad: la codicia, el poder y la capacidad de hacer cualquier cosa para lograr un fin. Un poder y una ambición que, en manos de una concepción mercantilista y capitalista, nos ofrece un retrato salvaje y cruel de la naturaleza humana.

La estructura funciona a la perfección y nos ofrece un tema que ahonda en la capacidad de olvidar la ética o la empatía cuando uno tiene un objetivo, y está dispuesto a utilizar cualquier medio para conseguirlo, incluso cuando dichos medios podrían poner la piel de gallina a cualquiera. La impunidad con la que actúan los personajes, la forma en que la sociedad se divide entre los ricos y los que no pueden permitirse el lujo de soñar con otra vida nos invita a recordar que, sea como sea el mundo, al final siempre existirán los privilegiados y los explotados, los que no cuentan, los que pueden borrarse del mapa sin que nadie lo sepa. Y lo mejor de todo es que todo esto lo vas descubriendo como lector, porque el autor no se excede en explicaciones. Recibes la información a través de cada fragmento, a través de las distintas miradas, todas ellas escritas con un estilo impecable, y tú dibujas cada parte de la historia en tu mente hasta ver el cuadro completo.  

Podría decir más o ser más específica, pero creo que lo más interesante de este libro es entrar en él y dejarse llevar hasta el final (literalmente). Si os apetece adentraros en una historia con toques irónicos, una sátira con cierta mala leche sobre nuestra sociedad y ciertos funcionamientos capitalistas que señalan la brecha entre clases, entre los ricos y los pobres, podéis adentraros en El imperio de Yegorov y preguntaros en qué bando estaríais.

¡Feliz lunes y felices lecturas!

Inés Macpherson

L’horror de Rèquiem, de Marc Pastor (Mai Més)

Etiquetas

, , ,

Hi ha novel·les on imagines l’autor gaudint del que fa, perquè et fa gaudir a tu, però també perquè hi ha entre les seves pàgines un número d’escenes, referències i jocs narratius que demostren el plaer que suposa construir una història. Això és el que passa amb la nova novel·la de Marc Pastor, L’horror de Rèquiem (Mai Més, setembre 2020), una història d’humor còsmic on el lector ha d’estar preparat per un viatge visual, gamberro i una mica boig cap a la fi del món, l’apocalipsi o l’arribada dels Antics, els Grans Ancians, Aquell Qui No Es Pot Anomenar… escolliu vosaltres el nom.

L’horror de Rèquiem és una història que s’inspira en l’univers lovecraftià (el mateix títol ja és una picada d’ullet a L’horror de Dunwich, de H. P. Lovecraft), però que busca oferir una visió diferent d’aquest horror còsmic ideat pel mestre de Providence. I això es pot veure tant en la trama i els personatges com en la forma en què està narrada; fins i tot quan comencem a llegir el pròleg de Biel Perelló (i les notes a peu de pàgina) sabem que estem entrant en una mena de joc literari que té molt clar per on vol anar en cada moment.

La trama comença amb en Rèquiem, el personatge a qui fa referència el títol. En Rèquiem és un tècnic d’autòpsies que troba un anell amb un símbol estrany a l’interior de l’estómac d’una noia que acaben de trobar morta. S’emporta l’anell a casa i durant la nit comença a tenir malsons terribles on veu mons impossibles i monstres que podrien glaçar-te la sang fins que el gel interior et fes miques per dins. Això podria acollonir a molts, però en Rèquiem decideix que vol descobrir què li va passar a aquella noia i d’on ha sortit l’anell. I què passa quan fas preguntes? Doncs que trobes respostes, unes que et porten a visitar un despatx situat a un soterrani que no passaria cap inspecció de Sanitat, benzineres poc segures, dipòsits de cadàvers, prostíbuls maleïts, museus oblidats, o que ho semblen, mansions inquietants… I que et permeten entrar en contacte amb sectes, monstres, criatures fantàstiques i uns personatges que són per emmarcar, pel comportament, però sobretot per la manera en què els presenta i la forma en què es mouen per la trama.

Els personatges principals d’aquest horror que planteja en Marc Pastor són tres. En Rèquiem, un paio que no sembla aspirar a gaire, i els seus dos companys de pis: la Dalsy, una noia nascuda a Rangun, possiblement addicta a l’orxata i molt hàbil amb la catana, i en Kurosawa, un expresidiari  amb una higiene dubtosa, una lleugera tendència cap a les drogues i una obsessió amb certes pel·lícules tiroleses. En definitiva, un trio que s’allunya de l’èpica, de l’heroi, de l’antiheroi i que, com ens diu el propi narrador, són els protagonistes perquè estaven allà, quan hem obert el llibre o ell va encendre l’ordinador per posar-se a escriure (estem davant d’un narrador que a vegades es dirigeix al lector, l’interpel·la; un narrador de qui també parlen els protagonistes, que posa nerviós a un personatge per l’ús de les majúscules o que permet que hi hagi un número musical). Però els secundaris són igualment importants, fins i tot els que no tenen nom, perquè Marc Pastor sap com jugar amb ells, amb la seva personalitat, amb la seva presència en escena i amb la forma en què presenta la seva vida i la seva història, en alguns casos oferint la possibilitat de trobar paral·lelismes més enllà del llibre.

Escrita amb un ritme que et convida a llegir-la quasi en una tarda, o en una nit, perquè és trepidant, sí, però també perquè t’atrapa en una mena de teranyina estranya i extravagant, amb imatges meravellosament desagradables, o fastigosament meravelloses (hi ha escenes amb sang, protuberàncies, tentacles, budells, cadàvers, decapitats, uns quants decapitats…). Una història on trobes picades d’ullet a l’actualitat, amb un munt de referències culturals, cinematogràfiques i literàries que fan que vagis somrient cada cop que les trobes. En alguns casos aquestes referències estan lligades a l’univers d’on beu el llibre i la trama, com quan es parla d’El Rei de Groc, obra de Robert W. Chambers (obra, per cert, molt recomanable, com el conte d’Ambrose Bierce, L’habitant de Carcosa, ciutat imprescindible pels amants d’aquest univers). Però en d’altres casos, són referències que són alhora un joc, una mena d’homenatge, de picada d’ullet, i la demostració d’una capacitat remarcable de barrejar universos, que no especificaré, perquè crec que val la pena anar-los descobrint. Hi ha apunts mitològics, frases de programes de televisió, lletres de cançons allà, com qui no vol la cosa, subtilment cosides entre les línies d’un paràgraf; viatges narratius al passat en una mena de crònica medieval on trobem de passada el nom de Guerau Corvo (nom, o en aquest cas cognom que els lectors de Marc Pastor reconeixeran). En definitiva, un tiberi literari i cultural que s’escola entre les pàgines d’una història que en cap moment s’avergonyeix de sí mateixa, que sap com treballar el gènere i sap perfectament què ofereix.

Per si tot això us sembla poc, cal destacar dues coses més. La primera és un altre joc narratiu, el d’uns requadres que trobem en certes pàgines i que ens conviden a una mena de “tria la teva aventura” final. La segona és el llibre en sí, l’objecte com a tal. Si la forma que adopta el text és divers i enginyós, també ho són les dues imatges de coberta que proposa l’editorial i que són obra de l’il·lustrador Guillem H. Pongiluppi. I és que l’editorial, disposada a jugar amb aquells que han llegit més obres del Marc Pastor, ofereix una edició normal, amb el nom de Pastor, i una altra edició especial i limitada amb el nom de Víctor Negro, el seu alter ego.

Després de dir tot això, només us puc recomanar aquest llibre. És un llibre curiós, estrany, divertit i, encara que em repeteixi, esbojarrat. I sí, és possible que si teniu un estómac molt delicat hi hagi escenes que us facin tancar els ulls i voler esborrar-ho tot, però la veritat és que passareu una bona estona mentre sentiu de fons… Tekeli-li!

Bon dimarts i bones lectures!

Inés Macpherson

Breve crónica de una paulatina desaparición, de Juliana Kálnay (Acantilado)

Etiquetas

, ,

En febrero de 2020, la editorial Acantilado publicó una novela que desprendía una mezcla de magia y discreción, con un toque de fábula y fantasía. Se trata de Breve crónica de una paulatina desaparición, de Juliana Kálnay (Premio Aspekte 2017 al mejor debut en lengua alemana y Premio Hebbel 2018), una pequeña historia que nos sitúa en una ciudad, en una calle, en un edificio…

El edificio de vecinos del número 29 es un microcosmos insólito donde conviven familias, parejas, solitarios, insomnes crónicos, niños. Entre sus muros, las conversaciones se entremezclan con acontecimientos extraños que se comparten o se callan, se quedan tranquilamente en el interior de un piso o se deslizan por las escaleras, creando un universo que desprende un aire de fábula fantástica que lo impregna todo. 

Entre los inquilinos está Rita, una vecina que es tan vieja como el propio edificio, que observa, vigila y tiene respuesta para todo; también encontramos a Maia, una niña a la que le gusta cavar hoyos; Lina y su marido, o Bell y su familia. Tenemos a Tom, que vive en el ascensor, y el ejército de insomnes crónicos, siempre atentos, siempre observando los movimientos de los inquilinos, sus apariciones y desapariciones; o los niños, fascinados por el brasero que hay en el sótano. Un universo extraño y fascinante, mágico y real, absurdo y fabulosamente humano, donde las desapariciones, las transformaciones y los fantasmas conviven con peces que escapan y caracoles que crecen entre hojas escondidas.

Juliana Kálnay archivos - Libros y Literatura

Siempre se ha dicho que es importante que la primera frase, o el primer párrafo de un libro, atrape al lector. Pero, a veces, el magnetismo de una primera frase se adelanta al propio texto y se instala ya en la cita que da inicio al relato y a lo que la acompaña. Es el caso de esta Breve crónica de una paulatina desaparición, de Juliana Kálnay, donde lo primero que encontramos es el dibujo de un edificio, con la distribución de los inquilinos en ella, como si estuviéramos a punto de mirar por cada una de las ventanas, y esta frase de César Aira: «El edificio estaría terminado cuando todo se volviera interior».

Y hay algo de ese mundo interior en esta novela, porque, aunque la calle está presente y sabemos que hay tiendas a su alrededor y un patio trasero y un mundo más allá del muro principal, casi todo ocurre en el interior, aunque sea en el interior compartido de los balcones. Los inquilinos, los que circulan por las escaleras, los rellanos y los sótanos, los que decoran paredes, cruzan umbrales o riegan sus árboles son parte del edificio. Sin ellos, el edificio no respira, no palpita, se marchita.

En esta novela, Kálnay experimenta con gran habilidad con las normas fijas que uno asocia habitualmente con la escritura. Bucea entre géneros, estilos y tonos, se deshace de la norma cerrada de la estructura de introducción, nudo y desenlace y crea un calidoscopio que tampoco sigue un hilo cronológico lineal. Hay acontecimientos que se narran desde un punto de vista, se cierran, y luego se vuelven a abrir, se entremezclan y entrelazan con otros instantes y otros inquilinos. No se busca un relato cerrado, aunque haya un inicio y un final, sino que la autora nos ofrece una especie de juego donde las distintas voces a veces tienen nombre propio, pero otras veces no. Salta y nos invita a pasar de una primera persona a una tercera, de una narración a un diálogo a dos columnas en el que vamos moviéndonos de un interlocutor a otro, como si estuviéramos ante ellos en una conversación real. Uno podría perderse entre el laberinto de estas historias, pero en realidad nunca te pierdes del todo, porque Kálnay sabe tender perfectamente el hilo que te lleva de un lado a otro para mostrarte este cuadro de seres humanos que sueñan, conviven, y saben ver un poco más allá de lo palpable.

Poético, lleno de juegos, de dobles sentidos, de situaciones absurdas donde una metamorfosis casi mitológica es tan plausible como el abandono o la desaparición. Niñas que cavan hoyos, niños que queman cosas, y otros niños que aguardan en el armario a que alguien vuelva, sin saber si volverá. Peces que se escapan, árboles con una corteza que reacciona al tacto, edificios que transmiten sus emociones a las personas, o personas que están tan conectadas con las paredes que se sustentan mutuamente. El universo que crea Kálnay es fascinante. Tiene algo de realismo mágico, pero es tan personal que no sé si necesita una etiqueta concreta para acercarla a un género o a otro. Es un placer, un juego, una experiencia literaria, una forma de perderse por los apartamentos habitados y los vacíos, por las vidas que esperan, las que observan y las que sueñan.

Una pequeña maravilla que transmite una delicadeza curiosa, como si estuvieras acompañando a alguien a través de la fina capa que separa la realidad del sueño, de puntillas, observando a ambos lados cómo se construye el edificio de un relato.

Inés Macpherson

(Reseña redactada originalmente para Anika Entre Libros)

Metal·lúrgia, de Víctor Nubla (Males Herbes)

Etiquetas

, ,

Des de fa uns anys, si un parla de dracs, és probable que la referència sigui Joc de Trons, de George R. R. Martin, tant la versió literària com la versió televisiva, que ha aconseguit molts adeptes. La imatge de Daenerys Targaryen, els seus dracs i el seu crit de guerra forma part d’un imaginari compartit per molts. Potser d’altres pensaran en l’Smaug, el drac d’El Hobbit, de J. R.R. Tolkien (amb veu de Benedict Cumberbatch a la gran pantalla), o en el drac de Sant Jordi. D’altres generacions pensaran en el drac Shenron de Bola de Drac o el drac de la sort de Michael Ende. Màgics, amb ales, sense ales, japonesos, occidentals, venjatius, protectors, els dracs són criatures que trobem a l’imaginari col·lectiu des de fa segles. Però algú els havia imaginat servint copes a un bar? Víctor Nubla sí.

41epPWLYCfL._SX303_BO1,204,203,200_

Sé que és possible que la idea d’una novel·la amb dracs pugui fer que els lectors s’imaginin el que ja han llegit fins ara: dracs que ho cremen tot, que vigilen tresors de forma salvatge, assedegats de sang… Doncs bé, els dracs (dragones, de fet, perquè tot són femelles) de la Metal·lúrgia de Víctor Nubla (Males Herbes, novembre 2019) només encaixen en el perfil a nivell físic. Sí, són immenses, tenen escates, però no són lliures. Són ma d’obra barata. La Companyia Metal·lúrgica, una empresa local d’Estragó de Dalt, utilitza les dragones per fondre metall als seus estómacs per produir ferro colat, a canvi d’un salari mínim format per algunes princeses i cavallers per enganyar la gana, perquè sovint no aconsegueixen ni que la fam marxi. I un es pregunta, d’on surten aquestes princeses i aquests cavallers? Com encaixa aquesta figura medieval en aquest món d’Estragó de Dalt? Són preguntes que en cert moment de la novel·la es responen, però que li donen al lector la possibilitat d’imaginar, de pensar, d’especular i entrar dins del joc.

El fet és que les dragones accepten aquestes condicions, perquè en algun moment van signar un contracte, perquè en algun moment van acceptar que tocava treballar per a aquells humans, encara que fos en condicions miserables, encara que el sou no els permeti viure dignament… Hi ha dragones que treballen a les tabernes del poble, però que tenen ànima i cervell de científica, i d’altres que treballen posant veu als anuncis de medicaments, entre d’altres. Tot això ho sabem no perquè elles ens ho expliquin directament, sinó pel protagonista, el narrador d’aquesta història, que està ingressat en una clínica del poble i que cada dia fa un tomb per fugir del tedi i per parlar amb les dragones que porten els bars, oferint un estrany joc metaliterari on és protagonista i narrador alhora, vivint i explicant la història, xerrant amb les dragones i presentant el seu nom i aspecte en una narració dins de la narració.

I un també es podria preguntar, per què accepten aquest tracte les dragones? Són grans, es poden cruspir als homes com qui no vol la cosa. Per què no fan res? I llavors entres en el joc que proposa Nubla, perquè aquesta història també serveix com a crítica, com a mirall de la nostra societat capitalista, on s’accepten condicions laborals denigrants perquè toca, perquè d’alguna manera has de sobreviure, intentar pagar el lloguer, l’escola dels nens, el menjar… Perquè t’han dit que la roda del sistema funciona així i tu formes part de l’engranatge més petit, amb menys veu, fins i tot quan pots treure foc pels queixals, en aquest cas literalment. La imatge dels dracs sotmesos ens ofereix una reflexió silenciosa que va creixent poc a poc, al ritme que avança la trama, que no explicaré, perquè val la pena descobrir a cada pàgina.

El món laboral, la forma en què les empreses s’aprofiten dels treballadors i les seves necessitats, la manera en què els mitjans de comunicació poden influir o la recerca d’un sentit a l’existència són alguns dels temes que trobem a Metal·lúrgia. Hi ha humor àcid i crítica, diàlegs meravellosament construïtsm que saben jugar amb l’equilibri entre la genialitat i l’absurd; dragones memorables i psicòlegs que intenten entendre la ment d’un ésser que per a nosaltres és impossible, però que per a ell és com el veí del costat. Perquè sí, són dragones, però busquen respecte, sentit, dignitat, ser elles mateixes… és a dir, el mateix que busquem nosaltres i que sovint, en aquesta societat cega, especuladora i d’un capitalisme salvatge, costa trobar. Un llibre divertit i àcid que es gaudeix fins al final.

Reconec que es fa estrany parlar d’aquest llibre sabent que va ser l’última obra de l’autor, que va morir el 31 de març d’aquest any 2020. Però potser també és un bon moment per reivindicar-lo, perquè aquells que no el coneixien encara s’endinsin en l’obra d’un autor únic. I per això us recomano que llegiu aquest escrit que li va dedicar en Ramon Mas, editor de Males Herbes, a aquest magnífic autor que val la pena descobrir i llegir:

Víctor Nubla és Males Herbes [per Ramon Mas*]

Bon dilluns i bones lectures!

Inés Macpherson

Estiu, pedres i records

Quan era petita, per a mi la platja era de pedres. No havia trepitjat mai una de sorra. No jugava a pales ni feia castells. Nosaltres fèiem cases, però només la planta. En aquella època no hi havia tanta gent al poble i la platja era nostra durant hores. Fèiem el perímetre exterior i després la distribució de les habitacions. Al dia següent potser quedava la sala, la cuina o un record de la cantonada d’una habitació, com si la platja ens estigués explicant com va la vida, com va aquest joc de somniar, de construir alguna cosa i que se’t trenqui o se’t perdi o et perdis tu i no puguis trobar fàcilment el camí a casa, perquè no vas deixar molles de pa com a la segona part del conte, sinó pedres, i les pedres s’han barrejat i has de tornar a començar.

IMG_20170730_133340597

Les pedres, grises, rodones algunes, d’altres amb una mala llet important, esperant que posessis el peu per mostrar la seva punta afuada, disposades de nou a ensenyar-te alguna cosa. I tu, amb els anys, aprenent a caminar com si fossis una gimnasta artística, quasi volant per sobre d’aquelles destructores de peus, a vegades sola, d’altres sota l’atenta mirada d’algú altre que encara no entenia com ho feies (hi ha secrets que no es poden compartir i que amb els anys es perden, o potser és l’agilitat la que es perd). Però al final, sempre hi havia alguna pedra que et recordava qui mana a la platja, i sobretot a l’aigua, perquè quan bufa tramuntana, les pedres petites es remouen i pots arribar a rebre. Però valia la pena. Sempre valia la pena, fins i tot quan havies de remoure sota la tovallola fins crear un espai on no deixar-te l’esquena clavada a la pedra, perquè era estiu, perquè feia aquella olor especial a mar i a crema solar i a sal i a llibres i a excursions i xerrades al carrer, amb o sense cadira, però al carrer.

Per què les pedres? No ho sé. Aquest és un estiu estrany i les he recordat, perquè aquests dies no les puc veure ni tocar. Les he recordat, i he recordat a la meva àvia dient que ens poséssim pedres a les butxaques quan bufava fort i podies sentir les històries del vent escolant-se per les finestres, esborrant la son; el vent fent balancejar els vaixells, que creaven una música estranya en mig de la nit, omplint la badia, com si algú hagués deixat la porta d’una tenda oberta i la campaneta no deixés de sonar. He recordat les onades, els bots amb la barca de l’avi, i aquell “imbècil” que ningú mai podrà pronunciar igual que ell i que se li escapava quan es creuava amb algú que anava massa ràpid. I he recordat el riure de la meva tieta, amb qui ens agafàvem sempre a algun lloc per no caure a l’aigua quan la barca es movia massa. I el sol, i la terrassa, i la meva altra tieta dient que l’estiu s’havia acabat cada cop que el dia començava núvol.

Suposo que sí, és aquest estiu estrany, després d’un any estrany, que en el meu cas ja era estrany abans que parlessin de virus i pandèmia. És un estiu estrany perquè és el primer cop que no puc compartir uns dies amb els meus germans i els meus nebots; és el primer estiu que no veig les meves pedres, que no les trepitjo i comprovo si encara tinc equilibri o si els anys faran que les pedres em demostrin cada cop més la seva part més afilada. També és el primer estiu on no podrem passejar per les festes dels barris amb un bon amic, perquè ja no hi és. I penses en les persones que ja no hi són i com a vegades creiem que la gent hi serà sempre i no ens adonem de la importància de cada conversa, de cada somriure, de cada acudit fins que de cop deixen de ser-hi i fas un esforç per obligar al teu cervell a recordar, a fer que revisqui tot, perquè així encara batega, encara que només sigui al teu cap, a la pàgina en blanc, a la memòria.

I a la memòria hi ha un altre estiu, de fa anys, quan vaig marxar del poble i de les pedres per anar cap a Gràcia perquè es decorava el carrer Martínez de la Rosa i el Mini tenia un munt d’ampolles de plàstic per pintar i transformar i jo tenia ganes de compartir aquella experiència de decorar un carrer amb aquella estranya família de bar que feia poc que coneixia. Fa dies que hi penso, en ell i en les pedres, en els moments de la vida en què som conscients que estem vius i tanques els ulls i voldries fer una fotografia d’aquell instant, i d’aquell sentiment i de tota la gent que hi havia i que ara ja no hi és. Però en el fons hi és una mica, perquè forma part d’aquell quadre, encara que només sigui un esborrany, un apunt a una llibreta o una fotografia que ha perdut el color en algunes parts o s’ha quedat tacada pel cafè de tants matins. Són imatges vives, no a la pantalla, sinó a la pell i als ulls i fins i tot a l’estómac o als peus, com la petita cicatriu que vaig tenir durant molt de temps (i que segueixo buscant ara que ha marxat) a un lateral, on em vaig clavar un vidre una nit de festa al poble, el vidre d’un porró trencat on algú havia begut alguna barreja de nom impossible. I torno a les pedres després de la festa, als banys a les cinc del matí i a aquella sensació de saber que el món és immens i que tu formes part d’ell, encara que siguis minúscula, encara que només siguis una altra pedra que no sap què construirà.

Disculpin la nostàlgia.

Inés Macpherson

Atrapa la llebre, de Lana Bastašić (Edicions del Periscopi)

Etiquetas

, , ,

Quan llegim, podem fer-ho de diferents maneres. No em refereixo només al suport físic o la postura, sinó a les diferents lectures que es poden desplegar davant nostre: ens podem quedar a la superfície de la història, que no vol dir que sigui en cap moment una lectura superficial, o podem deixar-nos portar pel joc simbòlic que es va teixint entre la trama, oferint una amplitud temàtica i reflexiva molt més gran del que ens podríem imaginar al principi. Atrapa la llebre, de Lana Bastašić, publicada en català per Edicions del Periscopi i en castellà per Navona, ofereix aquesta possibilitat, la de gaudir d’un relat que sembla simplement una road trip, el retrobament de dues amigues que fa dotze anys que no es veuen, ni es parlen, però que alhora és una reflexió profunda sobre el llenguatge, la identitat i també una manera subtil i intensa de parlar d’un conflicte, el dels Balcans, sense parlar de guerra, però sense amagar el que va suposar.

Atrapa la llebre

Atrapa la llebre és un d’aquells llibres on no sobra res, on tot està molt ben pensat, molt ben trobat; fins i tot la cita inicial encaixa a la perfecció, una cita d’Alicia al país de les meravelles, on l’Alicia diu amb certa timidesa: «Us podria contar les meues aventures… a partir d’aquest matí. […] No tindria sentit retrocedir fins ahir, perquè aleshores jo era una altra persona». Amb aquestes dues frases, Lana Bastašić ens dona una de les claus per assaborir un dels molts temes que apareixen en el llibre (i mentre escric aquesta frase puc sentir la veu i el riure de la Lejla, reviure una conversa entre ella i la Sara sobre la necessitat que les històries tinguin claus o no, perquè també trobem reflexions sobre la narració, sobre el relat no només com a història sinó també com a construcció, com a explicació d’una realitat, d’un moment històric o d’una identitat).

Si comencem pel començament, com la Sara diu que farà, ens trobem amb una trucada telefònica que arrenca a la Sara de la vida que s’ha construït a Dublín. Es tracta de la Lejla, l’amiga de la seva infantesa i adolescència, a qui no veu i amb qui no parla des de fa dotze anys. La seva antiga amiga li demana que torni a Bòsnia i que l’acompanyi a buscar el seu germà, l’Armin, que està a Viena. La Sara accepta, malgrat no voler abandonar la vida que té a Dublín, la dona que ha aconseguit ser i la llengua d’adopció que ha fet seva (de fet, durant aquesta primera trucada, la Sara considera que s’ha embrutat per parlar en la seva llengua materna, quelcom que diu molt de la seva necessitat de fugir del seu país i potser també de la persona que va ser). I el viatge comença: un viatge que és físic, a través de carreteres que la fan creuar la seva pròpia història i geografia personal (magnífic joc el que fa l’autora amb la foscor de les carreteres), però que també és simbòlic i carregat d’una profunditat psicològica que alhora ens ofereix una visió amplia de la realitat viscuda i la realitat que ens relaten i ens explica.

La construcció de la novel·la juga amb el temps, però també amb la veu narrativa de la Sara. La narració present, la que ens porta de Dublín a la zona dels Balcans fins a Viena està escrita en tercera persona, però la que cerca els records, la que narra la infantesa i l’adolescència es decanta per la segona persona, com si estigués parlant amb la Lejla, explicant-li aquesta història i alhora intentant explicar-la a ella, fent un esforç per encabir-la dins de la definició i la imatge que la Sara voldria mantenir d’ella mateixa i de la seva amiga, a qui diu no reconèixer en l’actualitat. Però, es reconeix ella mateixa realment?

Un dels altres encerts del llibre crec que és la forma en què es presenten els personatges, perquè un d’ells realment mai l’arribem a copsar del tot, perquè només el coneixem a través dels ulls de l’altre. Potser la Sara ens resulta més propera o més amable en certs moments, i potser la Lejla ens sorprèn pel seu caràcter, però al final totes dues són personatges amb una identitat fragmentada, una identitat que, en el fons, fa que potser siguin més que personatges. La forma en què la Sara narra ens parla de la seva necessitat de convertir-ho tot en relat i potser distanciar-se de la realitat a partir de records que, en certs moments, ni ella mateixa sap si són fidels al que va passar. A vegades se’ns presenta com una narradora poc fiable, com algú que mira el passat encara buscant-li un sentit que no sap si té. Per d’altra banda, tenim la Lejla i el seu caràcter, el seu canvi de nom, la seva història (amb la discriminació patida, el germà desaparegut…), que condensa moltes històries en una sola persona. Identitat, llenguatge, memòria i dues dones que ens parlen de dues maneres diferents d’entendre-les perquè també parteixen de dues realitats diferents.

Bastašić sap jugar amb el narrador i amb el llenguatge, però també sap com exposar el conflicte sense necessitat de parlar de «guerra»: ho fa mostrant les vivències i les conseqüències. D’aquesta manera convida al lector a llegir entre línies, a comprendre el que s’amaga darrera de la necessitat de canviar les lletres d’un nom o en la cara de rebuig d’una mare quan es presenta una millor amiga que no encaixa en allò correcte, en allò ben vist. Petites pinzellades en forma de records que també es barregen amb un present on cadascuna de les dones que transiten aquesta història ens mostren com es pot reconstruir una identitat, com ens podem maquillar o tenyir o canviar de país i de llengua per maquillar-nos de forma més profunda, però seguir portant a sobre tot allò viscut.

Voldria fer un últim apunt en relació a la llebre del títol. Sí, és una nova referència al llibre de Lewis Carrol, però també és una forma de crear un vincle que travessa tota la història. La tenim al títol, la tenim en el passat de les noies i en el present, en forma de quadre. La gràcia és el joc que fa entre el conill i la llebre, dos personatges d’Alicia al país de les meravelles i que aquí sembla que es fusionen i separen per crear aquest fil conductor que serveix també com a tancament i potser també com a símbol del viatge, de la recerca del sentit (de la clau) de la història per part de la Sara, que també busca entendre la seva identitat i la de la Lejla. Un fil conductor que ens porta fins a un museu, fins al quadre d’una llebre, fins el món dibuixat en el seu ull, un record capturat per la memòria, no en viu, perquè la llebre s’hagués mogut. Nosaltres ens movem, i mentre ho fem, la memòria guarda records que ens construeixen i que a vegades construïm, creant un relat, una història que també es pot moure, encara que la guardem en un paper.

Bon dimarts i bones lectures!
Inés Macpherson

Los errantes, de Olga Tokarczuk (Anagrama)

Etiquetas

, , ,

En las primeras páginas de Los errantes (Anagrama, noviembre 2019), la narradora nos regala un autorretrato que define tanto su espíritu como el espíritu del libro: «A todas luces yo carecía de ese gen que hace que en cuanto se detiene uno en un lugar por un tiempo más o menos largo, enseguida eche raíces». Ni ella ni las historias que vamos hallando entre las páginas buscan raíces: son fragmentos, reflexiones que permiten ir creando mapas físicos y mentales, emocionales y temporales, mezclando pasado y presente en un recorrido por el mundo y por el cuerpo. Encontramos historias que nos hablan de las hermanas de Chopin, del anatomista Philip Verheyen o de un hombre que pierde a su mujer durante unos días para encontrarla de nuevo.

Olga Tokarczuk (Nobel de Literatura 2018) nos ofrece un viaje que nos permite explorar ciudades, hoteles, trenes y aviones, rutinas e historias. Inquieta y errante, nos lleva a descubrir la psicología del viaje y a personajes históricos y hechos insólitos que, además de transmitirnos ese peregrinaje constante, esa necesidad de moverse, también tienen que ver con el cuerpo humano, con ese otro mapa anatómico que también nos ofrece un viaje.

PN1016_Los errantes.indd

Los errantes, de Olga Tokarczuk, es una constelación de historias narradas por una mujer viajera, pero también es una meditación bastante exhaustiva y profunda sobre el viaje; y a su vez es el compendio de algunas almas errantes, como el título indica, que no echaron raíces o que, al echarlas, necesitaron buscar otras maneras de viajar, de trazar mapas, de pormenorizar los detalles no de la geografía planetaria, sino de la humana. Porque, en este libro, los mapas de la tierra de los viajeros y los mapas del cuerpo, la anatomía, a menudo se dan la mano, descubriendo las presencias y las ausencias, los vacíos y los espacios ocupados, lo perecedero y el deseo de captarlo todo para que no desaparezca.

Debo reconocer que nunca me había adentrado en un texto de esta autora polaca, pero había algo en el título de la obra, y sobre todo en la extraña y fascinante diferencia en la traducción del mismo, pues en castellano se ha llamado Los errantes, pero en catalán se ha escogido Cos (publicado por :Rata_), que era difícil no caer en la tentación y empezar a leer. Y lo cierto es que, a las pocas páginas, uno es consciente de que lo que tiene entre manos no es un libro cualquiera. No es fácil huir de las estructuras rígidas de la narración, donde todo parece tener un principio y un final marcado, estricto, inalterable. Hay lectores que no toleran el desorden. Pero el libro de Tokarczuk no es desordenado: es errante, móvil, inquietante y poético por partes iguales. Un mapa de historias con marcada intención híbrida, pues la mezcla de géneros teje algo distinto a una trama. Sí, hay relatos con conciencia de su formato, pero en otras ocasiones hay fragmentos, retratos, espejos. La voz narrativa en primera persona nos acerca a la autobiografía, pero también encontramos cuentos, ensayos filosóficos, psicología del viaje o, directamente, libro de viajes. Sueños, ficciones y reflexiones fluyen como un río hacia este mar de novela que contiene en sí mismo un sinfín de mapas.

El texto no es errante, porque la prosa de la autora desprende una belleza contenida que demuestra el dominio de la frase y la metáfora, de la reflexión y la narrativa. Es una observadora de la vida que sabe trazar con palabras lo que otros trazarían con líneas, demarcaciones de lugares que en sus manos se convierten en algo menos rígido, más móvil. Quizá por eso a menudo aparecen pequeños fragmentos de viaje, de trenes y aviones, de encuentros y rutinas que nos hablan de hoteles y albergues, de los objetos que uno halla en una habitación que no es la suya, pero que a su vez le permiten formar parte de algo más amplio que el propio hogar: la red de esos peregrinos que conocen el lenguaje de las carreteras y las llaves.

Hay en el libro elementos muy cotidianos que se mezclan con naturalidad con las historias, poéticas a veces, en ocasiones inquietantes, macabras incluso, donde la disección de los músculos, de los cuerpos, y la exposición de los mismos nos recuerdan que la anatomía es también el arte de trazar un mapa. Nuestras arterias, las venas que nos transitan son como ríos. Montañas, valles, límites que se resecan con el tiempo y que se van vaciando de vida. ¿Cómo mostrar el mundo que habita un cuerpo? ¿Cómo mantener presente la ausencia que nos pesa cada día y se va llevando un poco más de nuestra esencia?

Los errantes es uno de esos libros difíciles de clasificar. Fascinante, extraño, inquietante e inquieto, nos muestra fragmentos del mundo y del tiempo, relatos olvidados, personajes en continuo movimiento, lugares aislados y espacios que siempre buscan poder crecer, dejar huella, o que aquellos que los transitan se lleven algo con ellos. Es, como decía al principio, una constelación de historias, de mapas, de reflexiones; una enciclopedia que palpita, un museo lleno de vitrinas en movimiento que ahondan en el viaje y el cuerpo, entre los paralelismos de esos movimientos internos y externos que intentamos cartografiar, pero a menudo se nos escapan.

Inés Macpherson
(Reseña redactada originalmente para Anika Entre Libros)