A les ciutats amagades, de Natàlia Cerezo (:Rata_)

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Hi ha contes que ens fan riure o que ens fan por; d’altres que ens sacsegen, ens colpegen i ens fan estremir. Però després hi ha històries que ens acompanyen, que són com una petita finestra càlida que ens porta a una realitat que ens sembla nostre, encara que no l’haguem viscut.

A les ciutats amagadesEls contes que Natàlia Cerezo va recopilar a A les ciutats amagades (:Rata_, agost del 2018) tenen un aroma a nostàlgia, a estiu, a infantesa i adolescència, a carreteres que ens permeten fugir o tornar i a una vida passada que, malgrat retratar aquells moments que ens recorden  la olor del mar, la platja, el càmping o els primers petons, també ens recorda que fins i tot en aquells espais que podríem idealitzar hi ha moments dolorosos, poc satisfactoris. La infantesa i els estius també poden tenir ferides que s’escolen per les escletxes del temps i ens esquitxen el present. I la Natàlia Cerezo sap parlar d’elles amb una subtilesa elegant i tranquil·la, sense burxar, simplement mostrant allò que cal veure, com un testimoni que ens ofereix una finestra a petits fragments de vida.

Hi ha quelcom familiar i pròxim en l’estil narratiu d’aquesta autora. No busca ni el gir ni allò trencador, sinó que ens porta per una quotidianitat narrativa que veu d’una capacitat d’observació dels detalls que permeten que ens puguem moure per fotografies d’una escriptura senzilla i tranquil·la, miniaturista. No hi ha el que podríem dir acció. No són històries per llegir amb pressa, amb el desig de saber què passarà, perquè l’important és el sentiment que transmeten els personatges, els paisatges físics i emocionals que retrata amb precisió. L’angoixa, la pèrdua, el dolor patit en silenci, la por a fets tan reals com la mort o la malaltia, o les conseqüències d’una desaparició, formen part d’algunes de les profunditats amagades que explora l’autora. Viatges que fan pensar en una joventut millor que el present fins que tornem a assaborir allò que abans tenia regust a glòria i ara ens fa sentir un mareig existencial que ens deixa aixafats a terra; saber-se diferent als altres perquè ja de joveneta has viscut el que vol dir poder perdre la vida; la soledat, les absències o les ànsies de deixar enrere alguna cosa, trencar les normes de l’edat, córrer pel temps com si la vida se’ns escapés de les mans…

Podria analitzar el que hi ha a cada història, però crec que el més interessant d’aquest llibre és entrar-hi com si realment estiguéssim endinsant-nos a una ciutat amagada, física i emocionalment parlant; un àlbum d’històries amb instantànies capturades, amb escenes que són normals, però que alhora respiren quelcom únic, amb una il·luminació que ens permet seure al costat d’una foguera, veure les clarianes d’un bosc o sentir la xafogor d’uns dies sense aigua corrent, símbol d’una altra xafogor que també s’enganxa a la pell. El mar, els pantans, la sorra o la piscina ens permeten associar imatges pròpies amb aquelles que ella relata, creant un curiós pont entre els personatges i nosaltres mateixos. No som ni els protagonistes ni els narradors d’aquestes històries, però els referents estan allà, al nostre imaginari, perquè nosaltres també hem caminat per indrets similars, i hem sentit el que vol dir perdre un estiu, un ésser estimat, un món; hem olorat la crema solar i la pinassa, fins i tot les flors de plàstic que amaguen altres olors molt més doloroses. Aquest és el mèrit dels contes de Natàlia Cerezo: des de la subtilesa, teixeix una xarxa entre records, entre present i passat, entre allò dolç i allò amarg que ens deixa un regust proper, íntim i meravellosament quotidià. Un petit instant de vida que atura la seva narració en el moment precís, sense necessitat d’allargar res més, perquè la resta ja no ens pertany.

Bon dilluns i bones lectures!

Inés Macpherson

Esta bruma insensata, de Enrique Vila-Matas (Seix Barral)

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En abril de 2019, Seix Barral publicó Esta bruma insensata, de Enrique Vila-Matas. En ella nos encontramos con Simon Schneider Reus, un proveedor de citas literarias. Desde un caserón situado al borde de un acantilado del Cap de Creus, cerca de Cadaqués, se dedica a enviar dichas citas a un escritor de éxito, Gran Bros, que es el apodo que ha buscado su hermano Rainer para convertirse en un escritor invisible. Solo, con la energía de ausencia de todas las personas que han ido desapareciendo en su vida, un día se encuentra bloqueado ante una frase y emprende un largo paseo en busca de la cita perdida.

Con los acontecimientos que se vivieron en Catalunya durante el octubre de 2017 como telón de fondo, con banderas por las calles y la bruma que se ciñe simbólicamente sobre la ciudad, Simon desgrana una historia que bucea entre el pasado y el presente, entre la creación y la desaparición, para ofrecernos una reflexión sobre el arte de leer y escribir y la forma en que afecta y define la obra e incluso la vida de una persona.

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Cuando uno abre un libro de Vila-Matas es consciente de que va a iniciar un viaje que, gracias a las primeras páginas, sabe dónde empieza, pero no donde acabará, porque el trayecto que propone siempre es único y peculiar. Su estilo es reconocible y también algunos de los elementos de su universo, como la figura de Pynchon o ese juego entre aquello que uno es y lo que finge ser, entre lo que se esconde y lo que uno representa ante los demás; sin embargo, al final, como lector siempre te encuentras ante un juego del que podrías querer conocer las reglas, pero que se disfruta más si uno se adentra a ciegas, dispuesto a disfrutar.

Cualquiera que se haya enfrentado alguna vez a un libro de Vila-Matas sabe que detrás hay un gran conocimiento de la literatura y la escritura, que la red de referencias existe y que no está allí porque sí. No resulta extraño, entonces, que el protagonista de Esta bruma insensata sea un tejedor de citas, un hombre capaz de crear a través de ellas. ¿Es una manera de decirnos que, al final, todo lo que leemos acaba formando parte de lo que creamos? Si la realidad física nos toca y nos afecta; si la manera en que vemos y escogemos no ver lo que ocurre a nuestro alrededor es una manera de leer no solo las palabras; si las frases que otros escriben nos empapan y traspasan el cerebro ¿cómo saber lo que es propio y lo que no? ¿Cómo saber si somos auténticos o hemos ido desapareciendo vestidos de otro? ¿Cómo saber si lo que nosotros hemos escrito no ha acabado formando parte de un trozo de otra persona, de otra obra que ni siquiera conocemos?

Con toques de humor, el retrato que nos ofrece Vila-Matas en este libro es múltiple: vemos los hechos de un momento histórico concreto; leemos frases precisas de escritores con nombre y apellido; transitamos por paisajes reales como son Barcelona y el Cap de Creus… Pero todo eso es el marco, el lugar físico por el que se mueve el otro retrato, el de esa relación entre hermanos que juegan a aparecer y desaparecer, a ser contra el otro, a esgrimir argumentos sobre la creación, moviéndose a menudo entre el desprecio y la ausencia, entre la desaparición y la invisibilidad, cada uno de ellos a su manera.

Querer describir o acotar este libro es arrancarle una de sus virtudes, que es la posibilidad de dejarse llevar por la voz narrativa de Simon, que va y viene, se enreda en el presente y en sus pensamientos, en el pasado y los recuerdos de personas y situaciones que forman un puzle extraño y a la vez completamente lógico. Y es que, al fin y al cabo, no somos tan ordenados como nos gustaría ser, ni tan auténticos o inamovibles. ¿Qué es real? ¿Qué forma parte de nosotros y qué es lo que nos toca, nos impregna o nos nubla la vista? ¿Qué nos deja ver esta bruma insensata que no es tan externa como a veces creemos?

Inés Macpherson
(Reseña redactada originalmente para Anika Entre Libros)

La maldición de Hill House, de Shirley Jackson (Minúscula)

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Todos queremos pertenecer: a un lugar, a una familia; conectar con alguien, con algo. A todos nos gusta cuidar y que nos cuiden, amar y ser amados, pero cuando pensamos en estos verbos, a menudo los asociamos únicamente a los seres humanos; como mucho a otros seres vivos. Pero ¿y los objetos? ¿Y las casas? ¿Qué ocurre con esas paredes que nos cobijan, a veces nos sostienen y nos escuchan gemir de placer o gritar de dolor, discutir sin sentido o callar el sufrimiento de un maltrato que nunca escapa por la puerta? ¿Podemos transmitirles algo de esa vida, de esa necesidad o de ese silencio? ¿Pueden transmitirnos ellas su necesidad de pertenecer, de proteger, de tener un corazón que palpite en su interior, aunque sea el de un recuerdo, el de un fantasma? En la adaptación que Mike Flanagan hizo en 2018 de la novela de Shirley Jackson, La maldición de Hill House (The haunting of Hill House), el personaje de Steve Crain (personaje que solo aparece en la serie), dice que los fantasmas a menudo son un deseo. Pero el deseo de quién, ¿de la casa o de la persona? Los ecos que habitan un hogar, su memoria, ¿es suya o la dejamos encerrada allí cuando nos vamos? ¿Se aferra a nosotros para que le demos voz o somos nosotros quienes despertamos sus sombras, quienes necesitamos, como sus cimientos, sentir que pertenecemos?

shirley castellano¿Por qué hablar ahora de La maldición de Hill House, de Shirley Jackson, si la serie se estrenó el año pasado? Podría decir que es por las fechas, porque se acerca Halloween, pero en el fondo es porque, gracias a la Editorial Minúscula, esta maravilla ha vuelto a las librerías. En catalán ya podía encontrarse gracias a L’Altra Editorial (y en inglés hay ediciones magníficas como la que han publicado en la colección Penguin Horror, con prólogo de Guillermo del Toro), pero en castellano era difícil encontrar ejemplares de la magnífica edición de Valdemar. Desde hace unos años, Minúscula ha publicado varias obras de Jackson, entre las que encontramos sus magníficos Cuentos escogidos (2015), Deja que te cuente (2018) o la pequeña maravilla que es Siempre hemos vivido en el castillo (que se publicó por primera vez en 2012 y luego en 2017 y que también se encuentra en catalán, publicada por L’Altra Editorial). Para aquellos que no conocen el universo de Shirley Jackson, sus relatos son una buena muestra del juego que tan bien dominaba la autora para conseguir un cotidiano perturbador, el encaje perfecto entre lo normal y lo extraño, entre lo humano y lo que está más allá de la frontera de las construcciones sociales que hemos generado. Sutil, sin caer jamás en lo macabro ni en lo obvio, Jackson a veces simplemente apunta, para que nosotros comprendamos. Y esa es la gracia: que no nos lo tiene que explicar. Nos lo muestra incluso sin decirlo, porque la prosa y la atmósfera que crea nos lleva hacia el lugar indicado.

En La maldición de Hill House, Jackson juega con lo sobrenatural y lo psicológico en una prosa elegante, cargada de descripciones que pueden hacer que las neuronas del lector sufran intentando dibujar lo que su mente imaginó, no porque use adjetivos imposibles, sino porque el laberinto que enseña nos quiere inquietar desde los cimientos. Ese edificio, esa casa laberíntica en la que las puertas se cierran aunque uno intente clavarlas a la pared, es en sí mismo un personaje, un ser vivo cuyas paredes son los huesos y sus habitaciones los rincones de un alma y un corazón que desea. Jackson le da tanta presencia e importancia a la actitud de la casa como a la de los personajes. Ellos observan, pero son observados a su vez por las molduras, las escaleras, las ventanas…

Para aquellos que creen saber cuál es el argumento de esta historia por haber visto la serie de Netflix, hay que decir que están equivocados: son historias distintas, aunque tengan lugar en la misma casa, con algunos nombres que se repiten. Y, sin embargo, son dos obras que se comunican a través del tiempo y el estilo. Las frases que algunos personajes dicen en la serie son exactas a las que Jackson emplea en la novela. No siguen el argumento, no aparecen en boca de quien toca ni en el momento en que ella las sitúa, pero esas palabras resuenan con la misma cadencia y te demuestran un trabajo de guion impecable y una capacidad de atrapar el ritmo narrativo de la palabra en la imagen, provocando la misma sensación claustrofóbica en la pantalla y en el papel; la sensación que tienen aquellos que no saben si los fantasmas están fuera o dentro de su mente; si es la casa quien los llama o son ellos quien necesitan seguir en ella.

Su prosa no es complicada y cuando se para a describir es por algún motivo. Cuando dice que Hill House es una casa con una hospitalidad insistente, no necesitamos saber por qué, ni qué la mueve, si las historias que circulan sobre lo ocurrido entre sus paredes son ciertas o no; simplemente sabemos que algo que anida en su interior encuentra un eco en uno de sus personajes y eso sirve como detonante. Aunque es tentador analizar la forma en que eso ocurre, creo que es mejor adentrarse en Hill House sin saberlo del todo e incluso creyendo saberlo por la serie para después sorprenderse.

Lo cierto es que tanto Shirley Jackson como muchos otros autores antes y después han sabido comprender lo que oculta y permite un género como el terror. Aunque haya quien lo sigue considerando un subgénero, algo menor que solo existe para asustar de forma burda, quizá debería reivindicarse cada vez más lo que también hace el terror, y lo fantástico en general, que es hablar de aquello que, si no se buscara una rendija entre las sombras para mostrarlo, permanecería oculto. Sí, nos puede conectar con la sensación de estar vivos, del temor a la existencia y a su final, pero también nos ofrece la posibilidad de mirar más allá de la capa de protección social con la que nos vestimos habitualmente. Nos habla de la soledad, del miedo a nosotros mismos y a nuestros semejantes, del dolor, de la rabia y sus consecuencias…

En el caso de Jackson, y en especial en esta novela, nos encontramos con la disolución de las fronteras entre lo real y lo ficticio. No sabemos si lo que ocurre es real o forma parte de la predisposición que tenemos a creer que ocurrirá algo cuando nos han dicho que tengamos cuidado o que vamos a pasar miedo. Pero también juega con la frontera entre la vida y la muerte, entre lo que querríamos ser y lo que somos, entre lo que no queremos ver y lo que no podemos olvidar. La identidad y la posibilidad de perderla porque no sabemos quiénes somos, no sin un referente externo; la necesidad, siempre la necesidad y esa conciencia final de saberse solo; saber que, por mucho que queramos pertenecer, quizá somos como lo que camina entre las paredes de Hill House, y también caminamos solos.

¡Feliz martes y felices lecturas!

Inés Macpherson

Sueño contigo, una pala y cloroformo, de Patricia Castro (Apostroph)

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En la ficción han existido mujeres de todo tipo, pero durante mucho tiempo, parecía que, si hablabas de amor, e incluso de sexo, tenías que encajar en un concepto muy concreto de la feminidad. En cierto tipo de novelas románticas se perpetúa una idea de personaje femenino que pertenece a un concepto estético y social predeterminado, con gestos y comportamientos calcados. Es cierto que la ficción no tiene por qué retratar la realidad, pero llega un momento en el que a una le gustaría encontrar mujeres que puedan hablar desde todos los lugares posibles, desde su humor negro, su mala leche y su necesidad de afecto sin que parezca una contradicción. Por suerte, la realidad y la ficción, sobre todo últimamente, han demostrado que esos esquemas se están rompiendo. Se puede ser femenina y soltar improperios, hablar de sexo, ser asesina a sueldo o comerse el mundo si es necesario, con el pelo corto o a lo Rapunzel, con falda o pantalones o como nos dé la gana. Podemos tener mala leche y hablar de amor; de hecho, podemos echar pestes sobre el amor romántico y desear que nos quieran y poder querer. Como dice Alex, la protagonista de Sueño contigo, una pala y cloroformo, de Patricia Castro (Apostroph, 2019): «La vida puede tener el sentido que le queramos dar, pero hay algo que permanece a pesar de todas las historias trágicas y absurdas que nos montamos. Todos queremos querer y que nos quieran, dejar nuestra pequeña huella en el mundo. Camus, colega, te puede parecer absurdo pero es cierto, esa es la puta piedra que de verdad vamos a cargar siempre».

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¿Por qué he dicho lo anterior? Porque debo reconocer que la protagonista que ha creado Patricia Castro en su primera novela me conquistó en la primera página porque era todo eso. De repente tenía delante a una mujer que hablaba de verdad, no de esa manera impostada que a menudo se utiliza para hacer hablar a las mujeres en la ficción, como si todas viviéramos en un anuncio de compresas y flotáramos por las nubes soñando con una felicidad prefabricada con electrodomésticos incluidos y príncipe azul a la vuelta de la esquina. O como si tuviéramos que desgarrar nuestras entrañas más profundas confesándolo todo de una forma trágica pero dulce, buscando una comprensión casi beatífica. Tenía mala leche. Estaba enfadada consigo misma, con el objeto de su pasión en particular y con el mundo en general, y estaba dispuesta a hablar de una historia de amor sin caer en los tópicos, aunque jugando precisamente con ellos, con los esquemas clásicos de las novelas románticas para romperlos y arrancarles el azúcar.

Este libro es difícil de clasificar. No es una novela de amor, aunque en parte lo sea. Tampoco es un ensayo, aunque la trama se entremezcla con las reflexiones de la protagonista, que ahondan en las relaciones humanas y la actualidad política y social con críticas a diestro y siniestro enunciadas sin pelos en la lengua. De hecho, creo que uno de los logros esta novela es la manera en que la voz narrativa de Alex nos permite entrelazar lo personal y lo social, los anhelos individuales y la sensación de formar parte de una generación precarizada y de un mundo global, que lo ha comercializado todo, incluso el afecto. En una de las múltiples reflexiones que se hacen sobre el carácter de Júlia, esa gestora de las emociones, comprobamos que ella en el fondo podría representar la condensación de una serie de eslóganes que se han promovido desde distintos sectores y que se han convertido en una moda vacía pero llena de palabras que, al final, se rompen cuando las enfrentas con una realidad que son incapaces de observar y analizar realmente.

Es también el retrato de una realidad concreta, porque los referentes geográficos y el bilingüismo marcan un espacio reconocible, pero las reflexiones que subyacen son extrapolables a la sociedad en general. Es como si fuera tomando una pieza tras otra del puzle de nuestra actualidad, en todos sus aspectos, y fuera agitándolas hasta desmontar las construcciones rígidas y absurdas en las que se sitúan cada uno de ellos. Y también es un extraño homenaje a un sustrato cultural que transpira todo el libro, plagado de referencias a música, cine, libros y filósofos, permitiendo que también se rompa otro estereotipo más, pues estamos leyendo cómo una joven nos habla de sexo, de amor y de precariedad en una novela, pero a la vez nos bombardea con reflexiones más profundas de las que a veces se encuentran en los análisis de algunos libros.

En definitiva, creo que estamos ante un libro con ganas de contar una historia, pero también con ganas de ofrecer un espejo, una reflexión afilada que nos recuerda que no se puede dividir el mundo y lo que ocurre en blanco y negro, con etiquetas prefabricadas que buscan una realidad esterilizada que no se puede sostener ni sobre el papel. Una lectura ágil, rápida y con una voz narrativa que sabe jugar con todas las contradicciones que tenemos y que nos hacen humanos.

¡Feliz jueves y felices lecturas!

Inés Macpherson

 

Edgar Allan Poe: 170 años de su muerte

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Hoy se cumplen 170 años de la muerte de Edgar Allan Poe. Quien más quien menos conoce este nombre e incluso ha leído alguno de sus cuentos o ha escuchado o recitado ese «Nevermore» que Vincent Price o Neil Gaiman saben pronunciar tan bien cuando recitan The Raven. Para mí, Poe es el escritor que lo cambió todo. De hecho, cambió muchas cosas en el terreno literario, pero hoy quería hablar desde un lugar un poco más personal.

Cuando tenía unos trece años, en clase nos hicieron leer una pequeña recopilación de Edgar Allan Poe. Era la traducción al catalán de Carles Riba editada por Quaderns Crema, y allí descubrí un lenguaje que entendía, pero que a su vez me resultaba extraño; un mundo que reconocía, pero que me hablaba de una oscuridad que me golpeó. Allá estaban «Hop-Frog», «La máscara de la muerte roja», «El pozo y el péndulo» o «El gato negro». Era una recopilación de clásicos. Una recopilación que todavía conservo y que acompaña a todas las otras ediciones que tengo de este autor: en castellano y en catalán, ilustradas o con prólogos magníficos y traducciones de Julio Cortázar.

Poe_Harry Clarke

Ilustraciones de Harry Clarke

¿Por qué supuso un cambio tan importante en mi concepto de lo que era la literatura? Pues porque por primera vez alguien hablaba de las sombras interiores, aquellas que yo intuía, y de los monstruos que generamos o en los que nos podemos convertir. Cuando desde pequeña tienes cierta tendencia a observar el lado oscuro, a mirar la muerte de frente y comprender que la vida no es tan simple ni luminosa como a veces nos quieren hacer creer, descubrir a alguien que habla de los monstruos que llevamos dentro, del horror interior, de la obsesión, del miedo, de la angustia vital que te puede llevar al límite, hace que comprendas que no eres tan extraña como te hacían creer. Cuando te dan permiso para leer historias donde la muerte está tan presente, te sientes un poco menos sola cuando escribes cuentos donde las ciudades se abren en canal para comerse a la gente o las casas te atrapan para que formes parte de las paredes o las ventanas, prisioneros para siempre en una frontera entre la vida y la muerte, observando el mundo, pero sin poder gritar para que alguien te vea. Yo escribía sobre los monstruos que construimos a nuestro alrededor como prisiones, encerrados entre cuatro paredes, interiores y exteriores, de las que no podemos salir o de las que creemos que no se puede salir. Nunca me había imaginado que se pudiera hablar desde el lugar desde el que lo hacía Poe, y me pareció extraordinario, por su manera de crear atmósferas, por la forma en que daba voz a la muerte y a los muertos, a los recuerdos, al olvido; por la manera en que te iba llevando hacia un clímax maravilloso y, a menudo, poético.

Después llegaron Bradbury y Dahl (a quienes descubrí gracias a las clases de inglés, porque a excepción de Poe, el resto de lecturas siempre fueron bastante clásicas), que son los otros pilares literarios que siempre me acompañan. Tres patas de una mesa que acabó por completar Gaiman, quien a veces tiende un puente entre Poe, Bradbury y él mismo, ofreciendo una magia que sabe jugar con la luz y las sombras. Pero, ¿qué tiene Poe que no tengan otros autores? Quizá simplemente me enamoré de su manera de escribir por el momento, por la edad, porque era algo que se alejaba de las típicas historias juveniles que nos hacían leer. Quizá se quedó conmigo porque abrió una puerta que nunca se ha cerrado. Pero, en el fondo, hay que tener en cuenta que Poe, más allá de lo que pudo suponer para mí, fue el primero en muchas cosas. Su Auguste Dupin abrió la puerta a Holmes y a toda una saga de detectives. Y fue el primero en dejar de lado los monstruos exteriores (sin olvidarse de ellos, porque había horrores más allá de la puerta), para adentrarse en el horror interior, los monstruos más humanos que no necesitan volver de la muerte para arañar-nos y vestirnos de angustia.

El narrador en primera persona de muchos de estos relatos te permitía ponerte en la piel del vengativo Montressor y bajar con él a las catacumbas; te permitía descubrir la voz del protagonista de «El corazón delator», quien decía no estar loco mientras podías imaginar como el tono de voz iba aumentando, latiendo más fuerte, como el corazón que había escuchado tantas veces de noche, «con un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón»; te permitía descubrir la angustia de quien sabe que ha perdido la cabeza bajo los efectos del demonio de la intemperancia y ha cometido un crimen atroz mientras intentaba cometer otro igualmente brutal. Poe nos ponía un espejo delante sin intención de desfigurar, sino para que pudiéramos tener presente que, a veces, somos como el personaje de «El extraño» de Lovecraft, y hasta que no nos vemos realmente no somos conscientes de todas las sombras que podemos tener dentro. Siempre es más fácil definir el mundo mediante una dualidad clara, con una frontera entre luz y oscuridad, bien y mal que no admita grises. Pero el terror que inició Poe y que llega a nuestros días nos habla precisamente de todo lo que hay entre medio, de la forma en que alguien que es como nosotros, los llamados normales, puede transformarse.

Cuando, años después, descubrí el placer de la narración oral, decidí dar voz a esas historias que me habían hecho la persona que era, que habían construido mi mundo literario interior y exterior, porque de ellas surgieron muchas otras pasiones en forma de libros. Como narradora, ponerse en la piel de estos personajes es extraordinario, porque necesitas vivir lo que dicen, lo que hacen. He escuchado a Vincent Price recitando a Poe, narrando sus cuentos; también a Neil Gaiman o, en castellano, a Juan Echanove. Lo hacen mucho mejor que una servidora, que simplemente es narradora, no actriz, pero si tuviera que escoger un único autor para narrar el resto de mi vida, probablemente sería Edgar Allan Poe, porque ya llevo muchas de sus historias y de sus palabras conmigo.

Por eso, hoy os dejo un cuento de Poe que narré hace unos años, porque, aunque haga 170 años de su muerte, su voz y sus historias siguen latiendo, como el corazón delator:

 

¡Feliz lunes y Poe-ticas lectures!

Inés Macpherson

Edgar Allan Poe: 170 anys de la seva mort

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Avui fa 170 anys de la mort d’Edgar Allan Poe. Qui més qui menys coneix aquest nom i fins i tot haurà llegit algun dels seus contes o haurà escoltat o recitat aquell «Nevermore» que Vincent Price o Neil Gaiman saben pronunciar tan bé quan reciten The Raven. Per a mi, Poe és l’escriptor que ho va canviar tot. De fet, va canviar moltes coses en el terreny literari, però avui volia parlar des d’un lloc una mica més personal.

Quan tenia uns tretze anys, a classe ens van fer llegir un petit recull de contes d’Edgar Allan Poe. Era la traducció al català de Carles Riba editada per Quaderns Crema, i allà vaig descobrir un llenguatge que entenia, però alhora m’era estrany; un món que reconeixia, però que em parlava d’una foscor que em va colpejar. Allà hi havia «Hop-Frog», «La màscara de la mort roja», «El pou i el pèndol» o «El gat negre». Era un recull dels clàssics. Un recull que encara conservo i que acompanya a totes les altres edicions que tinc d’aquest autor: en castellà i en català, il·lustrades o amb pròlegs meravellosos i traduccions de Julio Cortázar.

Poe_Harry Clarke

Il·lustracions de Harry Clarke

Per què va suposar un canvi tan important en el meu concepte del que era la literatura? Doncs perquè per primer cop algú parlava de les ombres interiors, aquelles que jo també intuïa, i dels monstres que generem o en què ens podem convertir. Quan des de petita tens certa tendència a observar el cantó fosc, a mirar la mort als ulls i comprendre que la vida no és ni tan simple ni tan lluminosa com a vegades ens volen fer creure, descobrir a algú que parla dels monstres que portem a dins, de l’horror interior, de l’obsessió, de la por, de l’angoixa vital que et pot portar al límit, fa que entenguis que no ets tan estranya com et feien creure. Quan et donen permís per llegir històries on la mort és tan present, et sents una mica menys sola quan escrius contes on les ciutats s’obren per cruspir-se a la gent o les cases t’atrapen perquè formis part de les parets o les finestres, presoner per sempre d’una frontera entre la vida i la mort, observant el món però sense poder cridar perquè algú et vegi. Jo escrivia sobre els monstres que construïm al nostre voltant com a presons, tancats entre les quatre parets, interiors i exteriors, d’on no es pot sortir, o d’on es creu que no es pot sortir. Mai havia imaginat que es pogués parlar d’es d’on ho feia Poe, i em va semblar extraordinari, per la seva manera de crear atmosferes, per la forma en què donava veu a la mort i als morts, als records, a l’oblit; per la manera en què t’anava portant fins a un clímax meravellós i, sovint, poètic.

Després van arribar Bradbury i Dahl (que vaig descobrir gràcies a les classes d’anglès, perquè excepte Poe, la resta de lectures sempre van ser força clàssiques), que són els altres pilars literaris que sempre m’han acompanyat. Tres potes d’una taula que va acabar completant Gaiman, qui sovint fa de pont entre Poe, Bradbury i ell mateix, oferint una màgia que sap jugar amb les llums i les ombres. Però, què té Poe que no tinguin d’altres autors? Potser simplement em vaig enamorar de la seva manera d’escriure pel moment, per l’edat, perquè era quelcom que s’allunyava de les típiques històries juvenils que havia llegit. Potser es va quedar amb mi perquè va obrir una porta que mai més s’ha tancat. Però, en el fons, cal tenir en compte que Poe, més enllà del que pogués suposar per a mi, va ser el primer en moltes coses. El seu Auguste Dupin va obrir la porta a Holmes i a tota una saga de detectius. I va ser un dels primers en deixar de banda els monstres exteriors (sense oblidar-se d’ells, perquè també hi havia horrors més enllà de la porta), per endinsar-se en l’horror interior, els monstres més humans que no necessiten haver tornat de la mort per esgarrapar-nos i vestir-nos d’angoixa.

El narrador en primera persona de molts d’aquests relats et permetia posar-te en la pell del venjatiu Montressor i baixar amb ell a les catacumbes; et permetia descobrir la veu del protagonista de «El cor delator», que deia no ser boig mentre podies imaginar com el to de veu anava augmentant en ritme, bategant més fort, com el cor que tants cops havia escoltat, «amb un so com el que un rellotge fa embolicat en cotó»; et permetia descobrir l’angoixa de qui sap que ha perdut el cap sota els efectes del dimoni de la intemperància i ha comés un crim atroç mentre intentava cometre un altre igualment brutal. Poe ens posava un mirall davant sense ànim de desfigurar, sinó perquè poguéssim tenir present que, a vegades, som com el personatge de «L’estrany» de Lovecraft, i fins que no ens veiem realment no som conscients de totes les ombres que podem tenir a dins. Sempre és més fàcil definir el món mitjançant una dualitat clara, amb una frontera entre llum i foscor, bo i dolent que no admeti grisos. Però el terror que va iniciar Poe i que arriba fins ara ens parla precisament de tot el que hi ha entremig, de la manera en què algú que és com nosaltres, els anomenats normals, pot transformar-se.

Quan, anys després, vaig descobrir el plaer de la narració, vaig decidir donar veu a aquelles històries que m’havien fet la persona que era, que havien construït el meu món literari interior i exterior, perquè d’ells van sorgir moltes altres passions en forma de llibre. Com a narradora, posar-se en la pell d’aquests personatges és extraordinari, perquè necessites viure allò que diuen, allò que fan. He sentit a Vincent Price recitant a Poe, narrant els seus contes; també a Neil Gaiman o, en castellà, a Juan Echanove. Ho fan molt millor que una servidora, que simplement és narradora, no actriu, però si hagués d’escollir un únic autor per narrar la resta de la meva vida, probablement seria Edgar Allan Poe, perquè ja porto moltes de les seves històries i les seves paraules amb mi.

Per això, avui us deixo un conte de Poe que vaig narrar ja fa uns anys, perquè encara que faci 170 anys que va morir, la seva veu i les seves històries segueixen bategant, com el cor delator:

Bon dilluns i Poe-tiques lectures!

Inés Macpherson

Satèl·lits, d’Elisenda Solsona (Males Herbes)

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Sense ser-ne conscient, he llegit aquests magnífics Satèl·lits d’Elisenda Solsona (Males Herbes, maig 2019), precisament aquest cap de setmana, amb lluna nova. I encara que la lluna teòricament segueix al mateix lloc de sempre, m’ha semblat una gran coincidència que, mentre jo passava pàgines, ella no m’estigués mirant des del cel. Aquesta observació no és gratuïta i tampoc estic revelant res que no pugui deduir el lector en llegir la contracoberta del llibre. I és que les vuit històries que trobem aquí passen sota el cel d’una nit sense lluna, però no perquè sigui nova, sinó perquè ha desaparegut. Per què? Potser perquè a vegades necessitem que passin coses fantàstiques, estranyes o inexplicables per poder mirar una mica més enllà, sigui més endins o cap a fora.

satèl·lits

 

La desaparició de la lluna, present en tots els relats, a vegades és secundària, però sovint marca algun dels fets que sacsegen el món dels protagonistes i fan que la història es desenvolupi. La lluna, un element que sempre ha estat carregat de simbolisme, que s’ha relacionat amb la transformació de certes bèsties o amb el despertar de la bogeria de certes persones, amb els cicles i els canvis, segueix trastocant i trastocant-nos quan desapareix, perquè ens desperta la por, ens fa preguntar-nos què ha pogut passar i quins seran els efectes que tindrà el buit que deixa o si tornarà. Com un mirall de les relacions humanes que, quan es trenquen, també fan que tot trontolli.

I és que, en el fons, aquests relats parlen precisament de relacions humanes. Sigui en primera persona o amb un narrador focalitzat que va movent-se entre els personatges, no trobem cap conte on hi hagi una persona sola. Com passa entre la Terra i la Lluna, aquí també trobem parelles, de tot tipus, d’amics, d’amants, de familiars… I en totes aquestes relacions sembla que hi hagi un punt de paral·lelisme amb la relació entre el nostre planeta i el satèl·lit. La gràcia és que, a vegades, aquells que semblaven ser els que depenen de l’òrbita de l’altre per existir, com la lluna que desapareix, aconsegueixen desfer-se també d’aquest lligam, sigui per trencar-lo o per descobrir per què es va trencar, què s’amagava darrera d’un silenci o d’aquella foscor que havia tacat el cel del seu món personal.

En el primer relat, «Engranatges», ens endinsem en un paisatge que juga amb una subtil dualitat: la muntanya, la neu, el bosc i l’hotel són escenaris que poden ser idíl·lics o terrorífics, depenent dels referents literaris, cinèfils o personals que cadascun tingui. La gràcia és que l’autora ens permet situar-nos en les dues visions, aquells que veuen una realitat tranquil·la i aquells que veuen la foscor. I aquesta dualitat no acaba aquí. Les dues parelles de personatges que apareixen representen dues maneres diferents d’entendre el món i dues necessitats vitals diferents. Al final, la fina línia que separa la realitat i la fantasia, allò idíl·lic d’allò terrorífic sembla que es trenca, que tot s’uneix per donar un final perfectament calculat.

També sobre relacions ens parla el relat «Rems», però en aquest cas hi ha quelcom molt més poètic, tant en la relació en sí com en els efectes de la desaparició de la lluna. El final, revelador i colpidor, lliga també amb el relat de «Vies» on l’autora juga amb allò que el nostre cervell normalment accepta com a resposta lògica d’una escena per, després, trencar els nostres esquemes.

Hi ha relats que potser s’aparten més del punt fantàstic per jugar amb els aspectes més humans i terrenals de les relacions humanes, com passa amb relats com «Finestres» o «Sals de bany», on ens trobem amb un retrat dolorós de la dependència i de les expectatives que a vegades posem en l’altre i que després no es compleixen. Relacions tòxiques que poden ser molt familiars, però que estan emmarcades en un ambient asfixiant que carrega encara més la sensació d’ofec i d’angoixa que es pot tenir malgrat no hi hagi cap monstre més enllà d’un mateix o la seva relació amb l’altre.

L’absència de la lluna es torna més màgica, fantàstica i terrorífica en el relat «Balls». La manera en què l’autora fa que vagis entrant en el conte, a partir d’una escena totalment quotidiana, per després trencar-ho tot és extraordinària. I aquest és un aspecte a destacar de tots els contes: la forma en què la quotidianitat es va transformant a través d’unes descripcions, unes atmosferes i unes frases que saben perfectament per on et porten. I s’agraeix, perquè pots sentir com també a tu et venen ganes de sortir corrents.

Els dos últims contes del recull, «Closques» i «Reixes» juguen amb la lluna, però també amb les històries que expliquem o ens expliquem. El primer és colpidor pel que relata, però també és memorable per la manera en què utilitza la simbologia i les imatges per crear una xarxa d’històries i somnis que després es transformen en quelcom ben diferent. Una història que ens parla dels horrors que habiten entre nosaltres, dels monstres que tenen ben poc de fantàstics, i de com ho poden trencar tot. Un retrat psicològic molt ben treballat i amb una part final on tots els elements que han anat apareixent acaben encaixant a la perfecció.

L’últim conte, «Reixes», funciona com a relat, perquè juga amb la realitat i la fantasia de forma molt encertada, però també com a tancament del recull, perquè és un cant a l’escriptura, a la creació de mons, a la fantasia, i també perquè la lluna torna a estar present, com si haguéssim fet un viatge a les fosques pels mons de l’autora i ara haguéssim de tornar a la realitat.

Així que si voleu descobrir què passa quan la lluna desapareix, com les ombres que portem a dins poden sorgir quan les òrbites i la gravetat es transformen, quan allò que crèiem inamovible es mou, aquest és el vostre llibre.

Bon dilluns i bones lectures!

Inés Macpherson

Kentukis, de Samanta Schweblin (Literatura Random House)

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Cuando llega septiembre los quioscos siguen llenándose de fascículos, y se anuncian los títulos de películas, series y libros que ocuparán los meses que quedan hasta que se acabe el año. Yo también me sumo a esa rentrée literaria, pero con un poco de retraso y quizás a destiempo, pues Kentukis, de Samanta Schweblin, fue publicado por Literatura Random House en octubre de 2018.

kentukis

Descubrí a Samanta Schweblin a través de sus cuentos, que son una gran muestra de su capacidad para provocar desasosiego con un apunte, con un elemento extraño que se mezcla con lo cotidiano como si siempre hubieran ido de la mano, aunque solo lo hagan con esa naturalidad sobre el papel que ella escribe. En Kentukis hay algo de esos cuentos, tanto por la estructura de las historias, que funcionan por sí mismas como un todo, como por la forma en que consigue provocar ese desasosiego, aunque esta vez lo extraño que se mezcla con la realidad no parezca tan extraño, sino una prolongación lógica, si se puede considerar así, de lo que ya hacemos habitualmente: mostrarnos y observar a través de diferentes dispositivos, compartiéndolo todo y a todos los niveles, difuminando cada vez más la línea de la intimidad. En la presentación que tuvo lugar en enero de 2019, en la librería La Central de la calle Mallorca de Barcelona, la autora reconoció que una de las ideas que dispararon la creación de Kentukis fueron sus conversaciones por Skype y ese momento en que la persona con la que hablas va a por un café y tú te quedas ahí, solo, observando un pedazo de hogar y te preguntas cómo será el resto, qué pasaría si pudieras echar un vistazo un poco más allá de la pantalla.

Pero, ¿qué es un kentuki? Son una extraña mezcla entre teléfono móvil (o cualquier dispositivo con cámara) y peluche. Los hay de diferentes formas y colores: conejos, cuervos, dragones… Y, como ocurre actualmente con cualquier novedad tecnológica, todo el mundo lo desea. La idea es sencilla: puedes comprar un kentuki y convertirte en amo de kentuki, o puedes ser kentuki y que en tu pantalla aparezca lo que ven los ojos del peluche. La pregunta que uno podría hacerse es ¿quién querría un bicho con ruedas y conexión a la pantalla de un desconocido dispuesto a mostrarle su vida? ¿Y quién necesita espiar la vida ajena a través de un peluche que no puede hablar, aunque sí moverse y observar? ¿Qué esperamos encontrar al otro lado?

En teoría, ni amo de kentuki ni kentuki pueden escoger quién habrá al otro lado, por lo que a menudo hay un choque de idioma, de edad, de cultura… Schweblin lo convierte en un fenómeno global que sirve para mostrar nuestro mundo globalizado, donde existen las desigualdades y los horrores, y donde siempre hay alguien que consigue enriquecerse aprovechando un hueco legal. Y es que, como también ocurre en la realidad, quien no puede comprarlo, pero lo desea, lo adquiere de otra manera; también hay quienes pagan grandes cantidades por poder acceder a lo que quieren: una familia con hijos, una familia pobre… como si la vida ajena fuera un parque de atracciones o un viaje turístico para descubrir realidades a las que ignorar a pesar de haberlas visto de cerca. También hay quienes los compran porque piensan que quizás harán compañía a los ancianos de una residencia, pero ¿cómo actúan los kentukis al descubrir lo que van a ver durante todo el día? ¿Cómo actuamos los humanos? ¿Cuántos carteles hay en las residencias recordando a los familiares que vayan a ver a sus ancianos?

Y es que, al final, los kentukis son simplemente una excusa para mostrarnos un retrato de ciertos afanes y comportamientos humanos: la búsqueda de la felicidad, de la identidad o de compañía se mezclan con los miedos, los egoísmos, el voyeurismo o el chantaje. Una mirada crítica que a veces es tierna, pero a menudo es dura, porque nos muestra esa parte que tenemos aunque no queramos mirar; miraremos hacia fuera, porque casi siempre es más fácil que mirar hacia dentro. Una mirada que nos permite comprobar nuestra relación con la tecnología e ir más allá de esa visión que señala simplemente nuestra dependencia. Porque Schweblin nos ofrece un cuadro que deja al descubierto cómo puede provocar alienación, frustración, crueldad, infantilismo, exhibicionismo, y una larga lista de problemáticas que, a su vez, nos recuerdan que a veces vemos el horror a través de la pantalla y no hacemos nada; o nos comportamos de forma brutal sin tener en cuenta quien está al otro lado, de la pantalla, de la puerta o de la otra piel.

¡Feliz martes y felices lecturas!

Inés Macpherson

The King. Bienvenido al universo literario de Stephen King (Errata naturae)

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Es probable que haya mucha gente que no haya leído a Stephen King porque consideran que es literatura de género y eso implica que es de segunda categoría. Es posible que haya quien no haya visto ninguna de las películas basadas en sus libros, pensando lo mismo, quizás sin saber que La milla verde o Cadena perpetua están basadas precisamente en relatos de King. Pero hayan leído o no al rey del terror, seguro que conocen su nombre. Es difícil no conocerlo, no tener una opinión respecto a sus historias, incluso sin haberlas leído, porque sigue existiendo cierta tendencia a considerar que el género fantástico, de ciencia ficción o de terror son eso, un simple género secundario que no puede considerarse del todo literatura. Por suerte empieza a romperse esa tendencia y, como señalaba Javier Calvo en un interesante artículo aparecido en Jot Down titulado «¿Puede la fantasía salvar a la novela en la década que viene?», cada vez son más voces las que observan el género desde otra perspectiva.

The King

Algo parecido es lo que hace el libro The King, publicado por Errata Naturae (mayo 2019), con ensayos de escritores, filósofos y especialistas en literatura: adentrarse en el universo de King demostrando que es mucho más de lo que algunos piensan, siempre y cuando uno quiera leer un poco más allá. Habrá quien dirá que eso es añadir una lectura que el autor quizás no pretendía ofrecer con su obra, pero también hay quien dice que cuando un escritor pone el punto final a una novela, en realidad no está acabando el libro, ya que es el lector quien lo acaba, quien rellena los huecos, quien crea un cuadro en su interior a través de la historia, de sus referentes y su imaginario personal. Leer puede ser simplemente pasar páginas o analizar desde un punto de vista extraño aquello que no parecía analizable desde ese lugar. Encontrar a Nietzsche en La Torre Oscura, a Foucault en El Resplandor o ver cómo la filosofía de Simone de Beauvoir se relaciona con Carrie es algo que sorprende y que, debo reconocer, a nivel personal me fascina, porque une en un mismo lugar dos de mis pasiones: la filosofía y el terror y la fantasía. Pero eso sería otro tema. Al final, hay que tener en cuenta que la extraordinaria escritora Cynthia Ozick dijo de King: «Dejemos de lado lo del bestsellerismo y los estereotipos: este hombre es un genuino escritor de nacimiento. No es Tom Clany. Escribe con un extraordinario brío narrativo y su prosa desborda saber literario. Lo que hace no es algo sencillo, no es el mero palabrerío habitual de nuestros días, y no es una tontería. Y lo anterior tal vez sea una forma torpe de decir que algo es inteligente, pero eso es precisamente lo que quiero decir». Y si la autora de El chal dice algo así, por algo será.

Es recomendable adentrarse en este libro habiendo leído a King, pero quien no lo haya hecho también disfrutará. De hecho, tanto la entrevista de Tony Magistrale a Stephen King como el texto de Rodrigo Fresán son dos maneras magníficas de despertar la curiosidad, el interés o el deseo de leer a King, porque transmiten la pasión de quien escribe y de quien lee. Si se quiere ir un poco más allá, Greg Littmann y su «Stephen King y el arte del horror» nos muestran una mirada sobre el horror y la ficción desde diferentes perspectivas filosóficas, y Mariana Enríquez nos ofrece un recorrido por las mujeres de la obra de King. Ambos textos son dos maneras diferentes de acercarse desde lo concreto, pero a la vez desde cierta distancia, al universo del hombre que consiguió que Maine fuera sinónimo de terror.

Una vez cruzamos esa línea, los ensayos que encontramos se adentran mucho más en la obra y el imaginario de King. Aunque se trate de obras menores, escritas con seudónimos o de títulos que el propio autor del ensayo considera que no son buenos, se analizan en profundidad, siempre desde un prisma concreto. Por ejemplo, Laura Fernández, en su ensayo «Cuidado con lo que sueñas porque podrían salirle colmillos y empezar a correr detrás de ti», empieza hablando de un extraordinario cuento, «La pata de mono», de W. W. Jacobs, para ahondar en los horrores que pueden esconderse en aquello que deseamos. Joseph J. Foy y Timothy M. Dale nos hacen correr con El fugitivo y La larga marcha para estudiar el mundo que dibujan a través de la mirada de Arendt. Elizabeth Hornbeck nos deja entrar en el Hotel Overlook, y en otros hoteles cinematográficos, para analizar la heterotopía del terror desde Foucault. La muerte y el deseo de vencerla; los fantasmas, propios y ajenos; los terrores cotidianos que se retuercen hasta ahogarte… Cada autor realiza un recorrido por alguna de las características de las novelas de King para ofrecer una forma diferente de enfrentarse a su obra. Pero lo más interesante del libro no es solo eso, sino que, además, permite observar la literatura y el cine de terror desde otra perspectiva, otorgándole una profundidad que a menudo se le niega, y que a menudo puede tener.

Acabaré con un pequeño fragmento del texto de Rodrigo Fresán, en el que cuenta que, «cuando comencé a leer a King yo era más o menos alguien a punto de ser un ex niño pero todavía no. Y —como uno de los jóvenes de Stephen King—me había metido en problemas». Lo expulsaron de la escuela y él fingió que no pasaba nada, que nada había cambiado, pero en vez de ir a clase, iba a la biblioteca. Allí descubrió a King. «Allí —en la casi clandestinidad y escondido de mis padres—, supe, por primera vez, de la plaga de nosferatus arrasando ese pueblo de Maine y de los incómodos huéspedes sin fecha de check out en el Overlook Hotel en las Rockies de Colorado. Allí —de algún modo— sigo estando. […] Allí y así seguiré, igual que ese niño que alguna vez fui. […] Gracias por el miedo, su majestad. Larga vida a King».

Y larga vida a los libros.

¡Feliz martes y felices lecturas!

Inés Macpherson

Algunos libros para el verano

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Ahora que ha llegado el verano y que algunos ya tienen, o tendrán en breve, vacaciones, siempre está bien tener un buen libro cerca para pasar el rato. Hay quien lee en la playa, quien lo hace en el sofá, en la cama o en la terraza; hay quien prefiere libros amables y que algunos definen como “lecturas de verano”, y hay quienes prefieren dedicarse a aquellos libros que no han podido leer durante el año porque no tenían tiempo, porque eran demasiado largos o demasiado intensos. No sé si los libros que ahora comentaré entran en alguna de esas categorías, pero son libros que vale la pena leer, sea en verano o en cualquier otra época del año.

Y creo que esta lista la debe iniciar Els àngels em miren, de Marc Pastor (Amsterdam), uno de los mejores libros que he leído este 2019. La historia empieza con el descubrimiento de los cadáveres de dos chicas que parecen haber sido víctimas de algún tipo de ritual. El crimen nos permitirá conocer a uno de los responsables de la investigación, el fascinante Abraham Corvo y esa voz que lleva dentro, esa pulsión oscura. Pero no está solo, porque esta es una novela coral que consigue tejer una red de personajes y misterio impecable. Una historia que atrapa porque tiene vida, es visual y sabe cómo crear un rompecabezas por el que quieres transitar disfrutando de cada escena, de cada diálogo. Con buen ritmo y un gran dominio del espacio y el lenguaje, este relato muestra cómo se puede construir un mundo a partir de una realidad conocida y filtrar posibilidades históricas, fantásticas y personales para crear un cuerpo narrativo que funciona y que hace que observes los ángeles de otra manera. Dejad que los ángeles os miren, porque querréis seguir los pasos de Abraham Corvo.

Una novela más corta, pero igualmente fascinante, es Lago negro de tus ojos, de Guillem López (Runas-Alianza Editorial). En este caso también encontramos un misterio y una protagonista que quiere descubrir qué le ha pasado a una chica desaparecida. También estamos en un mundo que podemos reconocer como propio, pero donde, después del Incidente, han aparecido una serie de extrañas lagunas que esconden un secreto que intuimos y nos inquieta. Se trata de una novela con una estructura que juega entre el pasado y el presente de una forma muy visual, y que nos ofrece un final que sabe transmitir el horror y la locura en todos los sentidos. Una historia donde no sabemos qué pasa y qué no, que nos lleva a las montañas de la locura y nos recuerda que todos podemos ser monstruos.

Seguimos con la magnífica reedición de un clásico, el Claus y Lucas de Agota Kristof que Libros del Asteroide ha publicado en castellano y Amsterdam en catalán. Se trata de una novela formada por tres novelas cortas que relatan las diferentes etapas de la vida de dos hermanos. La primera parte nos habla del tiempo que pasan con su abuela, para estar lejos de la guerra, como si eso pudiera aislar a los niños de la crueldad. Pero la crueldad existe. Siempre está allí, de forma salvaje, de forma velada, pero siempre presente. También nos habla de la pérdida, la soledad y la duda; una duda que puede tener respuesta o no, porque, ¿cuánta verdad puede ofrecer un relato?

Otro libro extraordinario es Antes de los años terribles, de Víctor del Árbol (Destino). Esta novela nos habla de una realidad que conocemos, la de los niños soldado, pero lo hace con una sinceridad y una fuerza que es difícil no vivirlo casi en primera persona. Nos ofrece una mirada directa para que no seamos simplemente espectadores, sino testigos directos del horror, pero también de la lucha por ser. Con un personaje fascinante que encarna todas las historias de estos niños a quienes les robaron la infancia, la historia nos permite observar lo que implica adentrarse en el corazón de las tinieblas y sobrevivir, vivir con unas cicatrices difíciles de cerrar.

Pero como el verano también es para soñar y para viajar, los editores de Blackie Books nos ofrecen un libro magnífico para hacer las dos cosas sin moverse del sofá. Estoy hablando de Lena y Karl, de Mo Daviau, una historia que mezcla viajes en el tiempo, amor y música. Mucha música. Porque la música es un pedazo de tiempo; cuando escuchamos una canción podemos viajar al pasado y revivir un momento, una carretera, una ciudad, un abrazo… La historia del Karl y la Lena juega con los sueños de aquellos que algún día querrían encontrarse una máquina del tiempo en su armario; con la pasión de aquellos que escuchan las canciones de su vida y pueden sentir la misma emoción que el primer día, pero también con el deseo de transformar la realidad, de descubrir lo que vale la pena, aunque solo sea bailando, cantando y buscando las bandas sonoras de nuestra vida.

Si con Lena y Karl hablábamos de viajes en el tiempo, con La teoria de l’imbècil, de Pep Prieto, publicada por Apostroph, nos adentramos en otro mundo que también hemos soñado a menudo: la posibilidad de tener algún poder. Pero no os esperéis una novela con épica y grandes luchas. Aquí estamos observando el otro lado, aquello que ocurre cuando los poderes no son tan agradables como pensamos, cuando lo que escribimos se nos escapa de las manos. Porque las palabras se nos pueden escapar, sobre todo cuando, en el fondo, el relato que nos explicamos está escondiendo otro relato que querríamos borrar pero no podemos. Una novela directa, en ocasiones cruda, en otras divertida, con una dosis de humor y mala leche que encuentra un gran equilibrio y que tiene un final magnífico.

También se puede aprovechar el verano para redescubrir autores clásicos de otra manera. Eso se puede hacer con Kafkiana. Relatos de Fraz Kafka, de Peter Kuper, publicada por Sexto Piso. En esta pequeña recopilación de catorce cuentos que Kuper ha transformado en imagen, el texto y las ilustraciones interactúan, se fusionan para crear una nueva lectura. Nos encontramos con representaciones que nos dan más información o nos dan una diferente a la que quizás habríamos imaginado nosotros al leer por primera vez la historia. De esa manera se ofrece un juego que nos demuestra cómo se pueden condensar las ideas en un espacio reducido en blanco y negro.

Y si hablamos de sueños, no puede faltar Una canción de muy lejos, de A. F. Harrold, publicada en castellano y catalán Blackie Books. Se trata de una historia tierna, escrita con una prosa sencilla y amable que te invita a dejarte llevar. Sí, es posible que muchos piensen que es una novela juvenil, pero la verdad es que las novelas de Harrold las pueden leer todos aquellos que estén dispuestos a imaginar. Porque es un canto a la imaginación; también a la amistad, a ser uno mismo y a luchar contra aquellos que maltratan. Magia y realidad se dan la mano en esta pequeña historia que te abre una ventana a otro mundo, a una realidad que conoces, aunque no la hayas visto nunca, y que nos recuerda la importancia de no dejarse pisar nunca.

Y para acabar, dos recomendaciones que son, en fondo, a ciegas, porque no los he leído, aunque están los primeros en la lista de pendientes. Uno es la magnífica recopilación de cuentos de Elisenda Solsona, Satèl·lits, que ha publicado Males Herbes y que ha recibido muy buenas críticas. El otro es The Leftovers, de Tom Perrota, publicado hace unos años por Edicions del Periscopi. No sé cuáles serán los paralelismos con la serie, pero si consigue transmitir lo mismo, puede ser un gran libro.

Si ninguno de estos títulos os motiva, hay muchos más. Podéis ir a una librería, que también abren en verano, y dejar que os recomienden, y os contagien, alguna lectura.

¡Buen verano y buenas lecturas!

Inés Macpherson