La composición de la sal, de Magela Baudoin (Navona Editorial)

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Y para empezar bien el fin de semana, el Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez 2015: La composición de la sal, de Magela Baudoin (Navona Editorial, septiembre 2017).

Amores a primera vista, aunque las vistas quizás no pertenezcan a una persona; parejas de opuestos que intentan encontrar un equilibrio imposible; ventanas a un mundo más amplio que el propio; teatros con alma que guardan nuestros anhelos más secretos… Estas y muchas otras son las historias que Magela Baudoin reúne en esta composición de cuentos que marcan una cadencia vital, que se pasean por el filo de la vida recordándonos los pequeños detalles, los pequeños momentos que nos alimentan o nos secan. Como la sal.

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Hay títulos que anuncian lo que se escribe en las siguientes páginas. Hay otros, como en este caso, que simplemente apuntan, de forma sutil, metafórica o simbólica, lo que quizás vayamos a encontrar al abrir el libro. Y digo quizás, porque la relación entre los relatos que se reúnen en estas páginas y el título de la recopilación es amplia, por lo que es posible que, dependiendo de los ojos, lo que leamos sea distinto. Una vez dicho esto, cabe señalar que la belleza y poesía del mismo título se encuentra también en muchas de estas historias, finas, elegantes y con un toque de pincelada, más que de relato cerrado, que permite que sigamos hilvanando posibilidades una vez llegamos al punto final.

La composición de la sal es un canto a la palabra, a lo sutil, a lo entredicho. Magela Baudoin nos ofrece catorce relatos distintos en temática, pero que al final tienen un extraño hilo conductor, el de la vida y sus pequeñas fisuras, que podemos desgarrar o podemos curar. Como la sal, que conserva, sazona, pero también hiere al caer sobre una herida. Y la vida está llena de heridas, pequeñas, salvajes, minúsculas como un suspiro que ni siquiera sabemos ver hasta que llegamos al final del cuento y comprendemos que quizás no estábamos leyendo lo que pensábamos.

Intentar resumir o definir en una sola frase cada uno de estos cuentos implicaría querer acotar algo que merece más que eso. El alma poética que desprenden algunos de los relatos permite degustarlos tanto a nivel literario como argumental. Historias como las que narran «Sueño vertical» o «La composición de la sal» tienen algo que va más allá de la simple historia. No sé si es la forma en que están escritos, las imágenes que crea o esa cadencia que ha sabido impregnar en cada página, pero lo cierto es que, al acabarlos, uno tiene la sensación de haber leído algo más que un cuento. Esto no quiere decir que el resto de relatos sea de menor calidad, pues no es así. Pero debo reconocer que estos dos son quizás los que saben envolverte más como lector, los que te demuestran por qué este libro ha sido premiado.

Inés Macpherson
Reseña redactada originalmente para Anika Entre Libros

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Cuando la vida te da un martillo, de Kate Tempest (Sexto Piso)

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A veces, insistimos en crear fronteras entre los distintos lenguajes artísticos. ¿Se puede ser músico y poeta? ¿Se puede además escribir ficción? ¿Por qué separarlo todo, etiquetarlo todo, cuando en el fondo lo que se pretende es transmitir algo, observar el mundo y plasmarlo con un lenguaje propio?

Kate Tempest es una de esas artistas que parece dispuesta a desmontar fronteras artísticas. Utiliza la palabra en diversos ámbitos y, uno de ellos, es el de la narrativa. En marzo de 2017, Sexto Piso publicó Cuando la vida te da un martillo, una novela que nos habla de la generación perdida, de esta sociedad en la que estamos sumidos donde, por un lado nos dicen que todo es posible y, por el otro, nos van arrancando las alas, cortando el camino y destruyendo derechos.

Cuando la vida te da un martillo

Argumento

Harry y Leon tienen un sueño: ahorrar para poder montar un local que, además de ser bar y restaurante, sea una especie de centro social y cultural para el barrio. Pero, ¿cómo conseguir dinero cuando es tan difícil encontrar un trabajo de esos que la gente llama normal? Becky quiere ser bailarina, coreógrafa, pero lo único que consigue es aparecer en los vídeos de un tipo ególatra y engreído, y cobrando una miseria. Por si eso fuera poco, para seguir progresando en ese mundo e intentar encontrar su lugar, necesita más clases, más dinero… Y si ya trabaja en el negocio de sus tíos sin cobrar y necesita tiempo para bailar, ¿qué tipo de trabajo le queda? Pete, por su parte, es un joven inquieto, lector… pero sin futuro, sin trabajo y sin ninguna perspectiva de tenerlo.

Esa es la realidad de estos jóvenes en un Londres que lleva su propio ritmo, con sus escaparates y sus bares de moda, con su imagen grandilocuente, como la de otras tantas ciudades que, sin embargo, siguen dejando de lado a quienes viven en ella. Luchar para abrirse camino no es fácil en un mundo como este, y los protagonistas de esta novela lo hacen a su manera, dando tumbos, a veces a dentellada limpia, a veces cayendo en picado por un precipicio que ni siquiera habían visto. Un retrato de una generación que sigue buscando una manera de avanzar, intentando no dejar por el camino los anhelos, los sueños, las ganas de vivir que a veces se escapan entre la frustración y la desorientación de una sociedad que parece haber perdido el norte.

Opinión

Para aquellos que no la conozcan, Kate Tempest no es simplemente una novelista. Es poeta, rapera, dramaturga… Le gusta la palabra, tanto escrita como oral, y baila con ella hasta hacerla vibrar, dándole una extraña vida que hace de la lectura de esta novela una experiencia peculiar. Y es que en su prosa encontramos ecos de sus otras facetas, en el ritmo de sus frases, en la intensidad de las imágenes que salpican la narración, creando juegos poéticos que sorprenden tanto por sí mismos como por el hecho de encontrarlos en medio de una escena en la que uno quizás esperaría otro tipo de escritura. Pero se nota que no puede hacerlo de otra manera: es como le fluye el lenguaje a esta joven británica y eso se agradece, porque es sincera.

Preocupada y comprometida con la realidad de su ciudad y su país, Kate Tempest nos ofrece, en Cuando la vida te da un martillo, el retrato de unos jóvenes golpeados por la violencia del sistema económico, por la salvaje jungla en la que se ha convertido la sociedad, anclada a la imagen de la pantalla para no mostrar todo lo que queda al otro lado, la realidad que ahoga con precios de alquiler imposibles y un mercado laboral cada vez más precario y difícil. Una realidad que ahoga a cualquiera, que destripa los sueños y te los lanza a la cara con una carcajada. Los personajes intentan sobrevivir en este mundo a su manera, sin mucho éxito, pues cuando a tu alrededor parece imperar ya no la ley del más fuerte, sino la ley del que más tiene, es difícil encontrar un camino digno.

Con apuntes sobre el pasado familiar de los personajes, mostrando las maneras en que se podría ir avanzando e igualmente fracasar, porque tampoco encontramos un retrato de familia feliz, como si quisiera remarcar que cualquier pasado fue mejor, la autora retrata una realidad y una ciudad que se aleja de los estereotipos para mostrarnos las entrañas hipócritas, sucias e ignoradas que toda ciudad, y toda sociedad, tiene. La falta de autoestima, la desconfianza, el miedo, la desesperación y la huida hacia adelante son algunos de los elementos que unen a estos personajes a pesar de sus diferencias. Y el amor, también el amor, aunque no uno de esos amores salvadores y emocionalmente equilibrados. Kate Tempest nos enseña los peligros de la obsesión, de la necesidad, de aferrarse a otra persona como único faro de la vida cuando todo lo demás está patas arriba. Porque todo está patas arriba.

Apunte aparte merece la portada y el título. Me parece extraordinario el juego que da esa cuchilla en medio de los rascacielos, recordando que la ciudad hiere, que la vida hiere o que quizás somos nosotros los que nos herimos. No se sabe. Pero esa cuchilla es un eco del título. El título original habla de los ladrillos con los que se construyeron las casas… unos ladrillos que se convierten, en la portada, en el filo helado y sangrante de una cuchilla. Unos ladrillos que son abandonados para hablarnos en castellano de ese martillo que nos da la vida, porque cuando no tienes otra forma de avanzar, cuando lo único que tienes es un martillo, lo más normal es que todo acabe rompiéndose. Y rompiéndonos.

Esta es la primera novela de esta polifacética artista británica. Podrá gustar más o menos su estilo, a veces extraño, a veces enredado y en ocasiones de un lirismo fascinante. Pero lo cierto es que es un recordatorio del mundo que parece seguir en auge aunque algunos digan que no.

Inés Macpherson
Reseña redactada originalmente para Anika Entre Libros

El Domingo de las Madres, de Graham Swift (Anagrama)

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Hay libros que son pequeños y perfectos engranajes literarios. El Domingo de las Madres, de Graham Swift (Anagrama, marzo 2017) es uno de ellos. Una historia sencilla pero llena de fuerza, hermosa y envolvente, como una caricia literaria.

El domingo de las madres

 

Argumento

Inglaterra, 30 de marzo de 1924. Es el Domingo de las Madres, una jornada en que es tradición que los señores den el día libre a sus criadas para que puedan festejarlo con sus familias. Y así lo hacen los Niven con sus dos criadas, Milly y Jane. Pero Jane Fairchild es huérfana, por lo que no tiene con quien celebrarlo. Podría emplear el tiempo en lo que quisiera, en ir en bici o pasarse el día leyendo, pero no hace nada de eso, porque justo antes de que los señores se vayan, recibe una llamada telefónica que le ordena ir a casa de los vecinos.

La llamada la ha hecho Paul Sheringham, el único hijo vivo de los vecinos, quien está a punto de casarse con una mujer de su misma clase social. Pero eso no impide que quiera ver de nuevo a Jane, con quien hace tiempo que queda en secreto. Ella sabe que ese será probablemente el último día que podrá estar con él, y lo disfruta. Lo disfrutan. Pero tras la despedida, algo ocurre. Algo que cambiará para siempre la vida de Jane.

Opinión

Sé que Graham Swift forma parte de una generación de novelistas británicos brillantes, como Ian McEwan, pero debo reconocer que esta es la primera vez que me adentro en su prosa. Y ha sido un verdadero placer.

La manera en que Swift nos regala la voz de Jane Fairchild es extraordinaria. Jane es una criada, y como muchas otras parece destinada a ser una especie de fantasma, la fuerza invisible que mantiene un hogar en funcionamiento. Pero ella no es simplemente eso. Pasa sus ratos libres leyendo, fascinada por las novelas de chicos, como dice el señor Niven al referirse a las novelas de aventuras, y fascinada por nada más y nada menos que Joseph Conrad. Quizás por su origen, por su trabajo o por su pasión lectora, ella acaba siendo mucho más que una criada. Se transforma en una observadora de las vidas ajenas, de los detalles, de lo que ocurre a su alrededor. Por eso, a sus 98 años, nos relata su vida… la vida de una escritora, y lo que significó para ella ese Domingo de las Madres.

Nos explica su historia, pero no en primera persona, sino en tercera, con una distancia cercana extraordinaria, saltando de un recuerdo a otro, dejando huecos, creando elipsis que le permiten ir desgranando y a la vez construyendo el pasado y el presente. La prosa que encontramos es suave, como una caricia literaria, donde la voz narrativa, poderosa y a la vez sutil, transmite una intensa carga emocional sin estridencias, sin grandes sentencias. Fluye como si fuera otra piel. Y es que la piel también tiene mucho que ver en esta historia: la piel desnuda de Paul y de Jane. Nunca entra en detalles, no se recrea en explicar el erotismo del roce, del tacto, y sin embargo la narración está impregnada de ese cálido aroma, de esa sensualidad pausada.

No sabría decir qué tipo de novela he leído. Cuesta ponerle una etiqueta para acotarla, porque no creo que deba acotarse. Es simplemente hermosa, conmovedora y envolvente; una historia pequeña pero llena de fuerza, llena de ideas, de pensamientos; un reflejo de la inquietud interior que puede llevarnos a arrancarnos esas etiquetas para construir unas nuevas. Una historia femenina pero universal, intensa, elegante y singular.

Inés Macpherson
Reseña redactada originalmente para Anika Entre Libros

El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki (Editorial Satori)

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Una de las maravillas de colaborar con una web como la de Anika Entre Libros es que puedes descubrir autores y editoriales que desconocías. Este es el caso. No había tenido el placer de descubrir el trabajo de la editorial Satori y lo hice a través de una pequeña pero fascinante obra de Junichiro Tanizaki, El elogio de la sombra.

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Junichiro Tanizaki, escritor japonés que vivió entre 1886 y 1965, es considerado por muchos como una de las piedras angulares de la literatura japonesa del siglo XX. En El elogio de la sombra nos trae un pequeño y personal acercamiento a la cultura japonesa.

Consciente de los avances de la tecnología, de la manera en que la estética occidental iba ocupando espacios alegando comodidad, limpieza y modernidad, Tanizaki redacta una especie de manifiesto en el que contrapone la cultura occidental, centrada en la luz, con la cultura japonesa, mucho más dada a la sutileza, a la delicadeza y al juego con las sombras como elemento estético y vital.

Ya en el epílogo del también traductor F. Javier de Esteban Baquedano se apunta que este ensayo tiene algo de privado. No estamos ante una disertación sobre la cultura japonesa desde una visión absolutamente objetiva, sino ante una especie de manifiesto personal sobre la concepción de la cultura. Por supuesto, la observación de Tanizaki está basada en la realidad, no únicamente en su punto de vista, pero sí que el estilo de la prosa es más cercano a lo personal, a lo privado, que a ese tipo de escritura distante y fría que suele tener un ensayo en sentido estricto.

La manera en que inicia su reflexión es ya en sí misma personal, pues la plantea desde la idea de construirse una casa y todo lo que implica el intento de mantener lo tradicional cuando el mundo parece haber abandonado esos conceptos por la modernidad, la luz eléctrica y las baldosas blancas de los cuartos de baño. Respecto a este tema, encontramos una anécdota relacionada con el escritor Natsume Sōseki, quien alababa las virtudes del retrete japonés. Hablaba del placer fisiológico que suponía, pero Tanizaki añade que es un lugar magnífico para poder disfrutar casi de un recogimiento, de un momento de reflexión.

A medida que avanzamos por la construcción del hogar, nos detenemos en algunos conceptos que nos dejan comprender el porqué del título de este libro. Y es que, además de recalcar que a ellos, los japoneses, no les gusta lustrar la plata, que prefieren que los objetos se cubran de tiempo, de sombras, también nos habla de la distribución, de la belleza de ese juego entre la luz y la sombra que los occidentales no comprenden y que, poco a poco, se va perdiendo en pos de la modernidad. Para él, los utensilios o las piedras pueden tener una luz, pero una «que nos hable de la pátina del tiempo, una luz revestida de turbiedad».

El juego entre luces y sombras queda perfectamente explicado al hablar de los objetos o los muebles con algún toque de oro. No es por ostentación, sino porque, en los espacios de los hogares tradicionales, la sombra permitía que aquel oro fuera una luz en la oscuridad, no hiriente, sino en armonía con el entorno. De esa manera, se iba mostrando un brillo que parecía provenir de las profundidades.

El juego de contrastes de luz y sombra le lleva a hablar de algunas tradiciones, del teatro, de la estética femenina, de la comida y del lugar del que proviene esa asociación de la belleza con la sombra, con la vida cotidiana, en la que, durante mucho tiempo, había oscuridad y se podía encontrar lo hermoso en aquellos pequeños y sutiles destellos de luz que eran permitidos precisamente porque no todo era luz. Y en esa oscuridad también se podía encontrar la calma, esa calma que parece tan misteriosa para los occidentales.

En algún momento de este ensayo, manifiesto o reflexión, comenta que tiene la sensación de que, mientras los occidentales han llegado hasta el lugar al que han llegado siguiendo un curso natural, los japoneses no lo han hecho, sino que han seguido una dirección que se aleja de sí mismos, una dirección prestada. Creo que es una sensación que, a menudo, tenemos todas las culturas, incluso todas las personas, que vemos cómo el ritmo apresurado del mundo nos arrastra en un torbellino que nos supera y nos lleva a un lugar que, al principio, nos puede resultar extraño. Pero como parece conseguir Tanizaki con esa búsqueda del equilibrio entre la modernidad de la que no puede huir y la tradición cultural y estética que tanto admira y añora, todos podemos encontrar pequeños lugares, pequeñas resistencias para reivindicar lo propio, lo que llevamos con nosotros desde que hemos nacido y que forma parte tanto de nuestra cultura como de nosotros mismos.

Inés Macpherson
Reseña redactada originalmente para Anika Entre Libros

La noche de la encrucijada (Los casos de Maigret), Georges Simenon

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En su labor de ofrecernos la obra de Georges Simenon, Acantilado acaba de publicar este noviembre Maigret en el Picratt’s, que está observándome desde la estantería para ser leído. Este mismo año, en febrero, Acantilado publicó La noche de la encrucijada, otro de los casos del inspector Maigret que demuestra la genialidad de Simenon y su maestría para las resoluciones de misterio.

Noche encrucijada

Argumento

Tras diecisiete horas interrogando a un sospechoso sin éxito, Maigret decide dejarlo en libertad. Se trata de Carl Andersen, un elegante ciudadano danés que parece ser inocente. O al menos eso insiste en repetir. Pero entonces, ¿por qué apareció el cadáver de Isaac Goldberg en el coche de Andersen? Consciente de que en este caso hay algo que no cuadra, Maigret decide abandonar la ciudad y dirigirse al lugar de los hechos, es decir, a la Encrucijada de las Tres Viudas, un cruce de carretera en la que sólo hay tres casas aisladas: la casa de Andersen, donde vive con su hermana, una villa propiedad de un agente de seguros y una gasolinera, regentada por un antiguo boxeador muy parlanchín.

Maigret tendrá que hacer todo lo posible por desenredar los hilos de la trama sin dejarse llevar por sus debilidades o por las apariencias de todos los habitantes de la encrucijada.

Opinión

Como en los anteriores libros dedicados a los casos de Maigret, Simenon nos ofrece, en el reducido espacio de 144 páginas, un caso que, poco a poco, va sumando piezas a un rompecabezas que se va complicando a medida que pasas las páginas. La sensación de que todos los personajes ocultan algo va creciendo, y eso se debe a que las descripciones que realiza Simenon mediante el narrador y las reflexiones de Maigret son precisas y nos dejan ver sin realmente mostrar lo que hay al otro lado.

Tras haber leído varios títulos del inspector Maigret, debo reconocer que La noche de la encrucijada tiene un toque un poco más socarrón que el resto. No es que estemos ante un libro de humor, ni mucho menos, pero sí que se destila una distensión curiosa, sobre todo teniendo en cuenta los acontecimientos que se van narrando. Y eso hace que la lectura sea amena, que seduzca y nos enganche, dispuestos a llegar al final para descubrir lo que se oculta tras la red que parece haberse tejido en la Encrucijada de las Tres Viudas.

El nombre mismo del lugar en el que acontece el crimen y la investigación ya tiene algo fascinante, y es que, cuando nos explican lo ocurrido en aquella encrucijada, en la casa que habitan los Andersen, es difícil no descubrir un pequeño guiño a elementos típicos de las historias de misterio e, incluso, de las modernas leyendas urbanas. Las descripciones de los personajes, el halo de misterio que envuelve a Else, la petulancia aburguesada del agente de seguros o la sensación de camaradería que intenta expresar el antiguo boxeador y actual dueño de la gasolinera son elementos que dibujan a la perfección cada uno de los protagonistas de esta historia, que Maigret observa desde una distancia similar a la del lector, intrigado y con ganas de encontrar el hilo del que tirar. Y lo encuentra.

Sin artificios, sencillo y con una resolución final memorable, sobre todo por las descripciones que acompañan dicha parte y los gestos de ciertos doctores que aparecen en ese momento, La noche de la encrucijada es una muestra más del genio de Georges Simenon a la hora de plantear una trama intrincada pero sencilla.

Inés Macpherson
Reseña redactada originalmente para Anika Entre Libros

Estridente y dulce, de Adam Thirlwell (Anagrama)

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En febrero de 2017, Anagrama publicó Estridente y dulce, de Adam Thirlwell, una novela peculiar, cargada de humor, pero también de una profundidad existencial y crítica que deja un regusto extraño, una sensación de perplejidad difícil de clasificar.

Estridente y dulce

Argumento

Cuando el protagonista de esta historia despierta en la cama de un hotel junto a una mujer que no es su esposa, su mente empieza a preguntarse cómo ha llegado hasta allí y cómo debe actuar. Podría aprovechar que está durmiendo para irse y fingir que no ha pasado nada, pero la mujer que sigue en la cama es una amiga, tanto suya como de su mujer, y eso complica un poco las cosas. El problema es que, además, hay un pequeño o gran contratiempo, y es que hay sangre en las sábanas.

Con este episodio de sangre, como él mismo lo llama, se inicia el relato de la vida moral del protagonista. Y es él quien subraya el concepto de moral, porque habrá algo de eso a lo largo de todo el libro. No estamos ante una historia lineal de acontecimientos, sino ante una narración vital y relacional que va hilvanando hechos y reflexiones y nos va mostrando el extraño viaje personal que inicia el protagonista, un joven que llevaba una vida acomodada y sin preocupaciones, hacia los límites de lo establecido.

Opinión

En un momento del libro, el narrador y protagonista hace la siguiente reflexión: «Y es que desde siempre lo único que había querido era vivir. Y la verdadera vida ―y esto no es ningún nuevo descubrimiento mío―, la única que ha sido verdaderamente vivida, es aquella que uno observa en retrospectiva desde una especie de distante punto en las nubes. Este tipo de mirada podría describirse con la palabra “literatura”. O si no literatura, sí al menos discurso». Dicha reflexión me parece una buena manera de definir este libro: es un discurso literario, una narración que se va entrelazando de manera desordenada con monólogos existenciales, cavilaciones filosóficas y consideraciones sobre la moralidad propia y ajena, es decir, social, que rodea al personaje.

Adam Thirlwell se adentra con este libro en la vida de un joven consentido que ha crecido entre algodones, pensando que va a conseguir todo lo que quiera. Es, en cierto sentido, una concentración de distintos rasgos de una generación a la que se le dijo que lo podría tener todo y que, de hecho, parecía tenerlo todo; una generación eternamente joven que, muy a su pesar, se ha encontrado ante un mundo distinto del que esperaba. Por si eso fuera poco, además de esa extraña frustración y desencanto al que se llega cuando descubres que te han prometido algo que no es tan fácil como creías, el autor nos muestra los problemas que conlleva una sociedad en la que parece que los límites cada vez son más dispersos y difusos; un mundo donde se puede conseguir cualquier cosa con un click. Lo sé, parece contradictorio, pero ahí está la gracia: llenamos la vida de objetos que nos traen a casa en veinticuatro horas, mientras lo otro, aquello que no podemos comprar, se va deshilachando, disgregando, perdiendo forma, contorno y límites.

Pero el autor no se queda en las reflexiones, en los guiños críticos, sarcásticos y con un humor extraño. Mediante una voz narrativa fascinante y a la vez despreciable, analiza una generación y la sociedad que la ha gestado y que la rodea en la actualidad. Sí, habla de la infidelidad, pero va más allá del hecho en sí. Porque la infidelidad es sólo uno de los actos que lleva a cabo nuestro protagonista. ¿Es el detonante? Es posible. Pero después de eso aparecen otras brechas por las que seguir disfrutando sin pensar realmente en las consecuencias. Porque, como él insiste en recordarnos, lo que quiere es ser feliz y hacer felices a los demás. Pero, ¿a qué precio? Quizás con este constante recordatorio de la importancia de la felicidad, Thirlwell pretende señalar que, en el fondo, nuestra sociedad también parece estar obligada a ser feliz, algo que ya señaló hace tiempo Pascal Bruckner en su ensayo La euforia perpetua. La diferencia es que, en el caso de Thirlwell, esa supuesta felicidad a veces parece más una excusa para desconectar de la realidad que de vivir realmente.

A través de una mirada extrañamente personal y a la vez distante, el protagonista narra los acontecimientos y sus reflexiones, como si, a pesar de estar viviendo lo que cuenta, estuviera un tanto apartado. Y es ese punto de unión entre lo cercano y lo lejano lo que nos permite ser espectadores y a la vez protagonistas de escenas que recuerdan que hay límites que se pueden romper de manera consentida, sobre todo cuando implica a otra persona y su intimidad, pero otros que, si se rompen, tienen consecuencias. La gracia es que el autor no juega tanto con la preocupación del personaje ante lo que ha hecho como ante la idea que se pueda saber. ¿Es real si solamente lo sabe él? ¿Ha ocurrido realmente si nadie más se entera?

Estridente y dulce ahonda en el lado sórdido y morboso de la sociedad y las personas, pero sin abandonar esa sensación dulce y cálida del amor, de la necesidad; ahonda en las contradicciones éticas y vitales de una generación que iba a conseguirlo todo y que, en cambio, se ha visto limitada en una sociedad que no parece tener realmente límites. Se habla de sexo, de las relaciones de pareja, de las relaciones paterno-filiales e incluso de política y dinero, pero al final, cuando uno cierra el libro, no sabe exactamente qué ha leído. Es como un viaje, casi como si hubiéramos consumido alguno de los múltiples narcóticos que consume el protagonista, que nos muestra una posible espiral de acontecimientos que plantean algunas de las fisuras del mundo en el que vivimos, siempre con un toque de humor que lo hace más ameno.

Un libro curioso que te deja un regusto de perplejidad difícil de clasificar.

Inés Macpherson
Reseña original redactada para: http://www.anikaentrelibros.com

Volver a casa, de Yaa Gyasi (Salamandra)

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Hay novelas que llaman la atención por la portada. Volver a casa, de Yaa Gyasi (Salamandra, marzo 2017) es uno de esos libros. La llamativa combinación de naranja, rojo, blanco y negro hace que uno se quede con la imagen. Y es una imagen que en sí misma quizás no transmita de qué va la historia, pero ¿es necesario que lo haga una portada? ¿No es mejor sugerir, invitar a abrir el libro y descubrirlo por uno mismo? Siempre podemos leer la contraportada, o un comentario como el que viene a continuación, pero que un libro te llame, te invite, es parte de la magia.

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Esta novela empieza con las historias de Effia y Esi, ambas hijas de la misma madre pero de padres de dos etnias distintas, que nunca se llegarán a conocer. Aunque ambas proceden de la misma sangre, están destinadas a seguir caminos totalmente distintos. Mientras Effia es obligada a casarse con un gobernador inglés y residir en el castillo de Costa del Cabo, Esi es una de las mujeres capturadas y encerradas en las mazmorras de dicho castillo para ser enviada como esclava a Estados Unidos.

La narración dibuja el camino que siguen estas mujeres y sus descendientes, repasando los acontecimientos históricos que marcaron el devenir de más de una nación y de muchas personas que tuvieron que luchar por una libertad y por una igualdad por la que siguen luchando hoy en día. Repasa las guerras tribales, el negocio del cacao, el trabajo de los misioneros, la Ley de Esclavos Fugitivos, la lucha por los derechos civiles… y llega a nuestros días, pasando por la manera en que fue construyéndose el Harlem, la epidemia de heroína de los años setenta y mucho más. De la mano de los hijos, nietos y biznietos de Effia y Esi vamos descubriendo pedazos de historia y horror, pero también de amor, esa fuerza que parece capaz de soportar lo insoportable.

Opinión

«¿Quieres saber lo que es la debilidad? Ser débil es tratar a los demás como si te perteneciesen. Ser fuerte es saber que cada uno se pertenece a sí mismo», dice Maame a Esi tras un incidente en que la hija defiende la actitud de Gran Hombre al darle una paliza a una joven por haber hecho mal una tarea. Quizás si esa sabiduría hubiese pertenecido a todos los hombres en ese momento, lo que ocurrió en el continente africano no hubiese acontecido. Pero sucedió. Fue permitido, tolerado, incluso cuando se prohibió. Un horror que es necesario seguir recordando porque, por desgracia, ciertos individuos siguen mirando por encima del hombro a aquel que es distinto.

Lo que hace Yaa Gyasi en este libro es algo remarcable. Por un lado, por el trabajo histórico que destilan sus páginas, llenas de acontecimientos que sirven de marco para las historias de estas dos familias cuyos caminos nacen separados. Por otro, porque sabe captar una esencia humana magnífica en cada uno de los personajes, plasmando los miedos, las convicciones y las dudas, la corruptora tentación del poder y el dinero, y la lucha constante por defenderse a uno mismo como ser humano. Con cada generación, descubrimos matices nuevos; también horrores nuevos que, a pesar de ser conocidos, es bueno poder recordar, porque el pasado nunca debiera ser relegado al olvido, como algunos insisten, porque es lo que marca a las personas, a los países. Y aunque no lo hayamos vivido en nuestra propia carne, algo de eso se queda adherido, fluye por nuestra sangre, por nuestra memoria y nuestros actos.

Volver a casa tiene un inicio hermoso, con una narración que parece casi hermana de los cuentos, las leyendas, quizás porque nos habla de un mundo, de una cultura y una historia que, para los blancos, nos es desconocida. Como Yaw comenta en algún momento del libro, la historia suele relatarse desde un único punto de vista, normalmente, el del vencedor, el del más fuerte. Por eso anima a sus alumnos a buscar la otra parte de la historia, la que nadie te ha contado porque no le interesa. Rodeados de dioses, rituales y rutinas, la narración poco a poco va yendo hacia otros lugares, hacia otras vivencias y otros horrores. Horrores que fueron cambiando de forma, pero no de contenido, siempre basados en esa idea de superioridad, de pertenencia, de que la vida humana podía ser vendida al mejor postor simplemente porque se podía y porque así se ganaría más dinero; simplemente porque, por desgracia, el ser humano tiene tendencia a creer que es mejor que el otro, sea porque pertenece a otra tribu, a otra religión o tiene otro color de piel.

La manera en que poco a poco se van hilando las vidas de los personajes y la historia de sus países; la manera en que se ven los paralelismos, las diferencias, y se van tejiendo las escenas en las que se ve la incomprensión, la injusticia, pero también la pasión y las ansias de ser, hacen que la lectura sea de una intensidad hermosa y fluida. Vas cogiendo cariño a todos los personajes, a esos finales que quedan medio abiertos hasta que llegamos al hijo, que acaba de narrar la historia de sus antepasados, creando una red de relaciones y sucesos que poco a poco se hace tupida, como una manta repleta de vidas, distintas pero unidas. Unidas precisamente por una piedra que forma parte de Maame, la primera madre, y que aparecerá al final de una manera maravillosa, dándole sentido al título de la novela.

Esta es la primera novela de Yaa Gyasi, pero espero que no sea la última y que conserve esta prosa fresca y llena de una fuerza extraña, porque a pesar de los dolorosos acontecimientos que va narrando, sigue destilando una especie de poesía, como si guardara un poco del alma de esas mujeres y hombres que ha ido creando sobre el papel y que cobran vida al ser leídos.

Inés Macpherson
(reseña realizada para Anika Entre Libros)

El arte de conversar, de Oscar Wilde (Atalanta)

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En una época como la actual, en la que el diálogo está en boca de todos pero nadie lo practica, me parece interesante recuperar un libro que, con su título, nos recuerda la importancia de un arte que tiene ya muchos siglos. Se trata de El arte de conversar, de Oscar Wilde, publicado por la editorial Atalanta y que ya va por su quinta edición.

El arte de conversar

Ante todo, hay que decir que no estamos ante un libro en el que se nos den las claves para dominar dicho arte ni tampoco una alabanza del mismo como manera de llegar a adquirir un conocimiento o un entendimiento entre partes. Se trata más bien de una constatación de la capacidad de Wilde como conversador y, curiosamente, como narrador oral. Acostumbrados como estamos ahora a que se discuta en pantalla, tanto en la televisión como en las redes sociales, la idea de una conversación privada, de ese arte efímero que se comparte en un espacio reducido y con un número reducido de personas empieza a ser algo extraño. No es que no hablemos, pero de hecho, quizás sí que hemos perdido la capacidad de hablar y de escuchar realmente.

Roberto Frías ha realizado la traducción y la edición de esta obra para Atalanta, añadiendo a los textos de Wilde una introducción y un epílogo (casi autobiografía) maravilloso que acompañan los relatos, los aforismos y escritos de Wilde, ese hombre que da la sensación que aunó literatura y vida de una forma peculiar. Se ha dicho mucho de Oscar Wilde y planea sobre su figura una serie de epítetos, tópicos y etiquetas que, a menudo, lo coartan, pues es más amplio que todo eso.

Como narradora oral, debo reconocer que me fascinó descubrir esta faceta en Wilde, a quien siempre imaginé pluma en mano. Pero las palabras tienen muchas formas de fluir, y si tienes quien escuche realmente y recuerde o anote lo que has dicho, siempre puedes acabar condensando sobre el papel lo que se ha pronunciado en una sala, en una mesa, entre amigos. Como Frías recuerda en la introducción, donde explica las circunstancias en las que se narraron algunas de las historias que se reúnen en este libro, Wilde sabía escuchar y, gracias a esa escucha, también sabía hablar, contar, narrar. En relación a uno de dichos relatos, «El poeta», cuenta que el autor explicó varias versiones del mismo. Y que cuando lo hizo con André Gide, antes de narrarlo dejó que éste explicara lo que había hecho aquel día. Al acabar de escuchar, Wilde le dijo que todo aquello le parecía común y corriente, falto de interés para ser narrado. Y cita: «Usted mismo debe entender que carece de interés. Sólo hay dos mundos: uno que existe sin necesidad de nombrarlo, llamado el mundo real, y el otro, el mundo del arte, del que hay que hablar porque sin nuestras palabras no existiría».

Ahora nuestras palabras quedan grabadas en internet, en las redes sociales, en blogs como este, pero a menudo son palabras que forman parte de un monólogo, de un espejo de uno mismo que busca una respuesta que a menudo no llega, porque en el fondo no estamos conversando con el otro, sino con una inmensidad silenciosa desde el teclado de un ordenador. ¿Qué tipo de diálogo tenemos si lo que hacemos es lanzar las palabras al vuelo, contra la nada, a veces en forma de consigna, a veces en forma de carta abierta que quizás tampoco llegue nunca a quien la necesita leer? ¿Qué tipo de conversación, qué tipo de comunicación tenemos si no sabemos si realmente hay alguien al otro lado y, si lo hay, no sabemos si realmente nos escucha?

El poder de la palabra, de la tradición oral, de la conversación, es algo que no tendríamos que olvidar, y este pequeño libro cargado de historias, de aforismos y acompañado de las introducciones y explicaciones magníficas de Roberto Frías, es una buena manera de recordarlo.

Inés Macpherson

Trenes rigurosamente vigilados, de Bohumil Hrabal (Seix Barral)

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En enero de 2017, Seix Barral publicó la memorable Trenes rigurosamente vigilados, de Bohumil Hrabal, una novela corta, de apenas 150 páginas, pero cargada de Literatura en mayúsculas.

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Argumento

En una estación ferroviaria, Miloš, un joven aprendiz, nos relata su historia, la de su familia, y la que transcurre en la estación, rodeado de personajes como el factor Hubiča, la telegrafista Zdenka Svatá o el jefe de estación, un hombre que criaba palomas de Nuremberg, pero que tras la invasión alemana de Polonia, decide empezar a criar palomas polacas.

Escrito con una gran dosis de humor y toques casi surrealistas, esta entrañable novela muestra el despertar de un joven al deseo, a la edad adulta y a la realidad, a la espantosa realidad que los rodea y que rodea a media Europa. Pero también muestra que, a veces, la resistencia puede existir en los lugares menos pensados, como en las vías de una estación de tren.

Opinión

Con una presentación a cargo de Monika Zgustova, Seix Barral nos trae un clásico de la literatura del siglo XX. La primera vez que me acerqué a la obra de Hrabal fue con su Yo serví al rey de Inglaterra, una obra extraordinaria difícil de clasificar, con un personaje principal inolvidable. Como en esa novela, Trenes rigurosamente vigilados plantea una realidad brutal envuelta en una atmósfera desenfadada, divertida e incluso, en ocasiones, un tanto surrealista, con unos personajes para enmarcar.

Una de las primeras imágenes que nos regala el joven Miloš es la de su familia, en especial la de su abuelo, un hipnotizador que decide enfrentarse personalmente con el ejército alemán: se colocó en la carretera, viendo los tanques llegar, mientras en su mente iba repitiendo la idea que quería colar en la cabeza de los soldados. Pero a pesar de repetir mentalmente «volved a casa», los tanques no pararon y el padre de Miloš tuvo que ir a buscar la cabeza de su padre, aplastada por el peso del metal. El horror y el humor unidos en una simple imagen.

Lo fascinante de esta novela corta es que, con sus escasas 150 páginas, consigue trasladarte a un lugar en el que nunca has estado y visualizar a cada uno de los hombres y mujeres que circulan por esa estación. Desde los ojos de Miloš y desde sus pensamientos vamos conociéndolos, creándonos un cuadro de ese lugar y de cierta locura transitoria y necesaria para sobrevivir el horror.

Con novelas tan poco extensas como esta es difícil no adentrarse en el argumento. Sólo diré que Bohumil Hrabal supo demostrar que la resistencia puede existir en cualquier lugar, y que, a veces, la fuerza aparece donde menos te lo esperas, incluso en las personas que han sucumbido a la tentación de acabar con todo por algo que, comparado con una guerra, podría parecer superficial.

Como Monika Zgustova explica, la vida de Hrabal fue peculiar, como la de los personajes de casi todos sus libros. Y también es peculiar su manera de escribir, de unir las frases como si las fuera cosiendo de manera brillante y a la vez un tanto caótica, demostrando que se pueden hilvanar pensamientos de forma magistral saltando de un lado a otro, como lo hace nuestra cabeza.

Salvando las distancias, uno se adentra en este libro y recuerda la película El tren de la vida, dirigida por Radu Mihaileanu en 1998, donde un grupo de judíos cogen un tren y simulan que es uno de prisioneros para escapar del horror de la guerra y los nazis. Esos trenes que pasaban, arriba y abajo, unos llevando a cientos de personas al horror, otras transportando el horror a otros lugares. Trenes secuestrados por judíos que intentan huir; trenes acribillados como muestra de rebeldía; trenes rigurosamente vigilados que un día pueden encontrarse con la estación equivocada. Pequeñas resistencias, fantasiosas, un poco locas y con un humor al que aferrarse en tiempos de oscuridad. Pequeñas resistencias literarias que demuestran que, a veces, con muy pocas páginas, con pocas palabras, se puede decir mucho.

Inés Macpherson
Fuente: Anika Entre Libros

De la estupidez a la locura, de Umberto Eco (Lumen)

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Hace un año, en octubre de 2016, Lumen publicó De la estupidez a la locura. Crónicas para el futuro que nos espera,una recopilación de artículos que Umberto Eco publicó en prensa a lo largo de quince años y que seleccionó personalmente poco tiempo antes de morir. ¿Por qué comparto ahora este libro, cuando redacté esta reseña para Anika Entre Libros hace ya un año? Quizás porque, viendo el panorama actual, los adjetivos que aparecen en el título parecen casi premonitorios. En un momento donde se están perdiendo las formas, se alimenta el odio, los extremos y el desprecio al prójimo, me parecen dos maneras de definir a la humanidad bastante acertadas. O quizás porque ya en su momento, Eco hablaba del peligro de las verdades que no son verdad, de esa post-verdad que ahora se ha puesto tan de moda y que demuestra lo fácil que es engañar, manipular y alimentar las no-ideas, los hooliganismos, si se me permite el término.

De la estupidez a la locura

Entre estas páginas, el lector podrá encontrar reflexiones filosóficas sobre la sociedad, Internet o el futuro de la educación o la escritura; análisis de la actualidad del momento, tanto desde la perspectiva de los acontecimientos en sí como desde el comportamiento de los protagonistas. Repasa acciones políticas, noticias y programas televisivos y muchos otros temas en un espacio condensado que le permite afilar su pluma y disparar de forma certera.

Existe cierta tendencia a considerar que Umberto Eco es un autor sesudo, denso y complejo. Pues bien, en este recopilatorio de artículos encontramos a un Eco que lleva la contraria a esa afirmación: mordaz, directo, crítico, reflexivo y, sobre todo, dispuesto a mostrar unas dosis de humor que sorprenden y enamoran, pues las utiliza en los temas más diversos, provocando que el lector sonría cuando no era de esperar.

Desde la sociedad líquida de Bauman al análisis del comportamiento político de Berlusconi o Bush, los artículos navegan por una diversidad de temas que se han englobado en distintos apartados. Uno de ellos, titulado A paso de cangrejo, hace referencia a esta extraña dualidad contradictoria a la que nos ha arrastrado un progreso que, a veces, nos lleva precisamente contra dirección. Señala las bondades, pero sobre todo los problemas, de esta sociedad adicta a la visibilidad, a un concepto de notoriedad que nada tiene que ver con el hacer, con el saber, sino con la simple imagen, la velocidad, la banalidad… Reflexiona sobre el peligro de la información no contrastada y la facilidad con la que se afirman y se publican, no sólo artículos, sino libros, donde se defienden ideas y conceptos, incluso científicos, sin que haya alguien que realmente lo respalde. «Los periódicos y los horarios de trenes suscriben con los usuarios un pacto de veracidad […]. ¿Qué sucederá si el instrumento principal de la comunicación del nuevo milenio no es capaz de establecer y hacer observar este pacto?». ¿Cómo enseñar a los jóvenes de hoy en día a discernir, a pensar de forma crítica en vez de absorber todo lo que las pantallas ofrecen?

Hace especial hincapié en los cambios sociales, políticos y culturales, cómo han afectado a la educación, al comportamiento y las relaciones humanas. En estos campos, así como en los artículos en los que analiza la actualidad política del momento, hace reflexiones con un toque ácido, casi radical, que llama la atención y convierte a ese autor que parecía tan distante, tan mental, en un hombre cercano, con una capacidad de relacionar temas y hacer juegos de palabras maravillosos.

Es cierto que, en ocasiones, las referencias a la actualidad y a los programas de televisión son de ámbito italiano (sobre todo en el apartado de La Cuarta Roma), pero tenemos la suerte de que, en muchos casos, nos parecemos mucho a ellos. Además, casi siempre son excusas para reflexionar sobre otros temas que nos tocan a todos de cerca y que resuenan en nuestra actualidad política.

El apartado que da título al libro, De la estupidez a la locura, merece un párrafo propio, porque en pocas páginas se condensan reflexiones para enmarcar, llenas de un humor que, a menudo, es cáustico, pero que regala artículos como «El prodigioso Mortalc», o el que presenta una retahíla de frases del ex-presidente Bush que no tienen desperdicio.

De la estupidez a la locura es un libro interesante, ideal para aquellos que quieran leer unas páginas en el metro o antes de ir a dormir, porque al estar compuesto por artículos cortos, uno puede tomarse una píldora de Eco al día y saborearla sin temor a perderse en la siguiente página, porque cada artículo es sólido y tiene una consistencia propia.

Una buena manera de despedirse del gran Umberto Eco mientras se engrasa el engranaje del cerebro con crítica y humor.

Inés Macpherson
Fuente: Anika Entre Libros