El menor espectáculo del mundo, de Félix J. Palma (Páginas de Espuma)

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Y para acabar estos días dedicados a los cuentos de Félix J. Palma, su última recopilación: El menor espectáculo del mundo, publicada por Páginas de Espuma en 2010.

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Esta recopilación es un poco distinta a las anteriores, pues se aleja levemente, aunque no del todo, del universo narrativo que jugaba con la frontera entre lo cotidiano y lo extraño como telón de fondo, e incluso como argumento, para adentrarse más en la observación del ser humano y las diferentes maneras de entender y explicar el amor. No estamos hablando únicamente de amor romántico, sino del amor en todos los sentidos y con todos sus matices: el de un padre por una hija, el de los amigos, e incluso el amor desinteresado. Tampoco quiere decir que el autor abandone por completo la extrañez como elemento. Historias como «Maullidos» o «Bibelot» hacen que la frontera entre la realidad y lo fantástico se nos presente como opción, como posible explicación para algo de lo que ocurre en las historias. Mientras que la primera se adentra en una curiosa manera de entender el mundo de las relaciones y los celos, la segunda nos plantea una historia entrañable a la par que triste, donde la soledad y la pérdida parecen haber marcado a una anciana de por vida… aunque, ¿es únicamente ella quien vive aferrada al pasado y se inventa una realidad distinta a la que habita? ¿O lo extraño puede llamar a nuestra puerta incluso cuando no es realmente la nuestra?

Algo similar ocurre con «El país de las muñecas», donde lo entrañable y lo doloroso se dan la mano en una historia redonda donde se demuestra que, a veces, nos olvidamos de que los niños son mucho más despiertos y observadores de lo que querríamos aceptar.

«El valiente anestesista» es un cuento magnífico, donde una madre le explica a su hijo una peculiar versión del sastrecillo valiente, para explicarle la realidad. Quizás él no se entere realmente de lo que ha ocurrido, pero el lector sí. Y podemos sentir esa rabia contenida en el cuento clásico mientras va enlazando la historia popular con la propia.

Las otras historias de la recopilación nos hablan de las decisiones que tomamos y de cómo eso puede cambiar nuestra persona, casi como si fueran desdoblamientos de personalidades; nos hablan de amistades ancianas y de vecinas que no saben lidiar con la pérdida de una forma sana; nos hablan de amor y de fantasmas, de cartas guardadas y sutiles comportamientos que pueden indicarnos las acciones del protagonista sin necesidad de decirnos nada.

Fiel a su estilo y a su prosa, estas historias te envuelven con imágenes muy bien conseguidas y que saben hacer de espejo de esas almas humanas que forman parte de ese espectáculo del mundo que es el amor, menor no por no tener importancia, sino porque ocurre normalmente entre nuestras paredes, las de casa y las del cuerpo.

Para acabar, os recuerdo que este miércoles 22, a las 19:30, tendrá lugar en la librería Nollegiu la cuarta sesión del ciclo #NoExpliqueu, dedicado a Félix J. Palma y a Julio Cortázar.

¡Feliz lunes y felices lecturas!

Inés Macpherson

Las interioridades, de Félix J. Palma

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Hace unos días hablaba de Los arácnidos, recopilación de cuentos de Félix J. Palma ganadora del Premio Iberoamericano de relato Cortes de Cádiz en 2003. Hoy nos vamos un poco más atrás en el tiempo, al 2001, porque fue en ese año cuando este autor ganó el premio Tiflos de cuento con su recopilación Las interioridades.

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Es curioso cómo funciona el cerebro. Ante ciertos títulos, uno imagina, elucubra y se deja llevar por ciertas ideas preconcebidas. Ocurre lo mismo con las imágenes de portada, que a veces te hacen esperar algo que realmente encuentras entre las páginas y, a veces, simplemente generan unas expectativas que resultan ser erróneas, aunque lo leído sea igualmente satisfactorio. ¿Por qué digo esto? Porque al leer el título de esta recopilación yo me imaginé transitando por las interioridades del ser humano. Y sí, algunos relatos transitan por esas profundidades interiores del hombre, por sus sombras y sus miedos; pero también transitan por otras interioridades, físicas y a la vez simbólicas, alegorías plasmadas en forma de armario, de maqueta o de cortina.

Historias, como «La fauna afectiva», que nos enseña por un lado la capacidad obsesiva del ser humano y, a la vez, su incapacidad de acción: un hombre se enamora de la dependienta de una tienda de animales y, para poder verla, acaba convirtiendo su hogar en una especie de zoológico que es, a su vez, un recordatorio de sus intentos de acercamiento, pues los nombres de cada animal tienen su significado. ¿Se atreverá a hacer algo para conquistarla? ¿Será capaz realmente de hacer algo más allá de observarla y rodearse de animales?

El relato que le da título a la recopilación, «Las interioridades», se adentra en la vida que ocultan los muebles. No me refiero a que estemos ante un cuento que emula a Disney y la capacidad de las teteras o los animales de hablar. No es eso. Es algo más sutil, pues partiendo de una imagen casi tópica, como la del hombre escondido en el armario, Félix J. Palma nos enseña las interioridades y las entrañas de la mente humana a través de lo cotidiano y lo extraño, que en este caso se dan la mano.

«Rosas contra el viento» o «El hombre tras la cortina» son dos ejemplos más de esa manera en que los objetos y las vivencias se entrelazan, en algunos casos de una forma tan visceral y real que acaban por mezclarse y tener desenlaces devastadores.

Sutiles y simbólicos, sin abandonar nunca el punto de anclaje con la realidad, estos relatos son una muestra de la capacidad de su autor para jugar con lo onírico y lo absurdo, con un imaginario propio que tiene su sello personal, no sólo por su estilo, cuidado y rico en imágenes y metáforas, sino por ese equilibrio entre lo normal y lo extraño, que nos invita a seguir soñando, a seguir leyendo.

Así que, si queréis descubrir sus historias, podéis leer sus cuentos, o venir el miércoles 22, a las 19:30, a la librería Nollegiu, pues el ciclo #NoExpliqueu dedicado a la narración oral del cuento literario le dedica una sesión a Félix J. Palma y a Julio Cortázar.

Feliz jueves y felices lecturas

Inés Macpherson

American Gods, de Neil Gaiman (Roca Editorial)

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Ya lo dice Neil Gaiman en la introducción a la Edición X Aniversario de American Gods: «Con este libro no hubo medias tintas: a unos les encantaba y otros lo odiaban. […] Algunos se quejaban de que el libro no era lo bastante americano; otros decían que era demasiado americano…». Yo no sé qué opinar sobre este aspecto. No he viajado a Estados Unidos y lo que “sé” lo he descubierto a través de los libros y las películas, que no es mucho y parte casi siempre de la ficción, así que… Pero, sinceramente, no me importa si es o no americano. Sólo sé que es brillante, fascinante y una muestra de que Neil Gaiman sabe llevarte de viaje por un mundo conocido que, poco a poco, se va volviendo extraño, oscuro, mítico y casi mágico.

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Este libro estaba en mi estantería observándome desde hacía tiempo, pidiéndome ser leído. ¿Por qué ahora? No es tanto por el hecho de que vaya a aparecer en breve la serie, sino porque reconozco que leí una crítica en El Biblionauta (que podéis leer aquí: http://elbiblionauta.com/es/2017/01/30/american-gods-2001-neil-gaiman/), que me empujó a dejar de lado los libros que estaban a medias y sumergirme en este. Y es un problema, porque, después de leer American Gods, me está costando volver a las otras lecturas con la misma mirada.

Y es que American Gods es un viaje increíble, físico y simbólico, por el presente y el pasado de un país que es muchos países en sí mismo, muchas culturas, razas, historias… Y es un viaje simbólico no sólo por lo que normalmente implica el viaje de descubrimiento de uno mismo, que lo es, sino por toda la carga que acompaña dicho viaje, lleno de referencias y de pequeñas reflexiones que dan pie a más de una lectura. Tenemos a Sombra, un nombre magnífico para un hombre que debe encontrarse y descubrirse y, por el camino, curiosamente, parece irse perdiendo, como una sombra, como alguien que está vivo, pero no del todo, como le recuerda Laura, su mujer, en un momento de la novela. Tenemos a Wednesday, un hombre enigmático que dice escoger su nombre porque el miércoles es su día, pero claro, encerrado en ese nombre hay mucho más que un día. Y en ese juego de palabras ya hay una declaración de intenciones. Mencionamos los días sin recordar que provienen de algo distinto. En castellano, miércoles nos recuerda que era el día de Mercurio, como el martes lo era del dios Marte. En inglés, Wednesday proviene del dios nórdico Odín, como Thursday del dios del trueno, Thor… Y así sucesivamente.

Ese olvido del origen es clave en este libro. Porque nos encontramos en un país creado por distintas culturas: inmigrantes, viajeros y exploradores que se adentraron en esas tierras para quedarse y para dejar parte de su ser y de sus creencias, de sus mitos. Con ellos llegaron los dioses y los dejaron allí. Durante un tiempo los hombres y mujeres siguieron creyendo, practicando sus ritos, recordando los mitos, las historias, hasta que poco a poco fueron mezclándose con el polvo y el silencio, relegados, olvidados y, actualmente, machacados y pisoteados por otros dioses de metal y cables, los dioses de la tecnología.

La manera en que Gaiman intercala el viaje del presente con otros viajes, estos del pasado, para explicar cómo llegaron a América ciertos dioses, es magnífica. Vamos contemplando su llegada y, después, contemplamos su declive, convertidos en maleantes, prostitutas, adictos y seres perdidos, que se van difuminando a pesar de seguir siendo dioses. Pero, ¿qué los hace dioses? ¿Sus poderes o que la gente creyera en ellos? ¿De dónde provienen los dioses, si van con nosotros? De nuestra cabeza, de nuestras creencias y esperanzas; nosotros los forjamos, por necesidad normalmente, para dar respuestas, para buscar protección, seguridad; los invocamos, los llamamos para que aparezcan y nos ayuden. Y ellos vienen, toman forma, nos acompañan y después… los olvidamos, los relegamos a meros recuerdos en forma de historia sin poder, convertidos en iconos vacíos y sin sentido. Hay un momento en que Sombra hace una reflexión extraordinaria al respecto:

«La gente cree ―pensó Sombra―. Eso es lo que la gente hace: creen. Y luego no se responsabilizan de sus creencias; invocan cosas, y no confían en sus invocaciones. La gente puebla la oscuridad con fantasmas, dioses, electrones, cuentos. La gente imagina y cree: y es esa creencia, esa creencia firme como la roca, la que hace que las cosas sucedan».

Probablemente haya páginas y páginas de críticas y comentarios sobre esta novela. En 2002 ganó el premio Hugo, el Locus, el Nébula y el Bram Stoker a mejor novela, así que creo que, con eso, se puede presentar por sí misma. Es hábil, con personajes extraordinarios que van apareciendo poco a poco, seduciéndote a seguir viajando con ellos, a adentrarte en su presente y en su pasado, para comprenderlos, para perderte tú también, como Sombra, en ese universo que nos va grande y, sin embargo, en el que encajamos a la perfección. Debo reconocer que mi fascinación por la mitología ha ayudado a que me enamore de estas páginas. La forma en que van apareciendo las distintas culturas, los distintos dioses, hace que tengas ganas de coger una libreta e ir apuntando las referencias que desconocías, que son unas cuantas.

Sólo puedo decir que vale la pena leerlo. Por supuesto, no se trata de una novela realista, ni de un estudio de mitología o del origen de los Estados Unidos a nivel histórico. Es un viaje magnífico en compañía de unos personajes para enmarcar que hacen que creas, no sé si en los dioses, pero sí en la capacidad de la literatura para crear y hacerte soñar. Y eso ya es mucho.

Inés Macpherson

Los arácnidos, de Félix J. Palma (Ed. Algaida)

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A estas alturas, muchos conocen a Félix J. Palma por su trilogía victoriana, compuesta por El mapa del tiempo, El mapa del cielo y El mapa del caos. Yo debo reconocer que todavía no he podido leerlas, pero tras haber descubierto sus cuentos debo decir que no me importa haber empezado a conocer a este autor a través del relato, porque lo que sus historias consiguen en tan pocas páginas es extraordinario. La manera en que narra situaciones cotidianas, habituales para muchos mortales, donde, de repente, lo extraño se cuele por las rendijas de esa normalidad es impresionante.

Decir que J. Palma es un escritor de lo fantástico quizás sería acotarlo demasiado. Sí, por supuesto, transita por el universo de lo extraño, pero sin dejar nunca de lado la realidad. Si no recuerdo mal, en alguna entrevista menciona su admiración por Cortázar, y se nota, porque en sus historias, como en las del argentino, hay un transitar por lo inverosímil, pero desde la naturalidad. Los personajes no se vuelven locos ante lo que les ocurre, no salen corriendo ni se extrañan, aunque algunos quizás se adentren demasiado en ese universo distinto…, pero no digo más por no desvelar ciertos desenlaces. Asumen lo extraño, lo hacen suyo o, como mínimo, se dejan llevar por ello, lo aceptan. Y al aceptarlo ellos, lo hacemos también nosotros.

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Los arácnidos está compuesto por ocho relatos que transitan entre lo más extraño y macabro hasta lo más sutil y a la vez crítico.

En «Confusión macabra» encontramos una historia de casualidades y obsesión con un final magnífico, que ahonda en la necesidad que tiene el ser humano de aferrarse a algo, por rocambolesco y macabro que sea, para sobrevivir, para creer en algo, ni que sea un destino con una buena dosis de humor negro. También transitando por las relaciones humanas encontramos «Las lágrimas de Lorenzo» o «El amor y otras vísceras», título que resuena al «Amor y otros muebles» de Manuel Vicent, pero que se adentra en una idea mucho más macabra de entender el amor.

El relato que da título a la recopilación, «Los arácnidos» es para mí uno de los más impresionantes del libro. No es que el resto no sean buenos, pero este tiene cierto regusto oscuro que lo entronca con la literatura de terror y que está resuelto de manera impecable. La idea es genial, pero es mejor adentrarse en él sin saber nada, como lo hace el protagonista por cierto pasillo, y dejarse atrapar.

«Morir en tu bañera y otras lamentables casualidades» y «Los desprendidos» tienen un aire más distendido y divertido. Si el primero se plantea lo que podría pasarle a alguien si tuviera la desgracia de ser el protagonista de ciertas casualidades macabras, el segundo es un cuento magnífico sobre el altruismo en uno de los lugares donde menos altruismo solemos encontrar los seres humanos: en el transporte público. Divertido, picante y con un narrador genial, hace que uno entre en el autobús con otros ojos.

En esta recopilación también encontramos un extraño remake de Caperucita roja, «La vida es un cuento» y un relato crítico con nuestra sociedad de consumo y nuestra obsesión por aparentar, por tener más y más y más, titulado «Los paraísos perdidos».

La recopilación de cuentos Los arácnidos ganó el Premio Iberoamericano de relato Cortes de Cádiz en 2003. Ha llovido desde entonces y el autor ha publicado novelas y otros libros de cuentos, como El menor espectáculo del mundo (Páginas de Espuma, 2010), pero hay que reconocer que estos ocho relatos son una gran carta de presentación para aquellos que no hayan leído al autor o tengan ganas de descubrir su faceta de escritor de cuentos.

Para aquellos que quieran descubrir sus relatos, el próximo 22 de febrero, una servidora estará narrando algunas de sus historias, junto a otras de Julio Cortázar, en la cuarta sesión del ciclo #NoExpliqueu, en la librería Nollegiu, dedicada a la narración oral y el cuento literario.

¡Feliz lunes y felices lecturas!

Inés Macpherson

El gato negro y otros relatos de terror, de Edgar Allan Poe (Brosquil edicions/Libros del Zorro Rojo)

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Un día como hoy, pero en 1809, nació uno de los maestros del cuento: Edgar Allan Poe. No se me ocurre una manera mejor de celebrar su nacimiento que hablando de sus relatos y de una edición magnífica que contiene tres de sus clásicos. Me refiero a El gato negro y otros relatos de terror, de Edgar Allan Poe, publicado por Libros del Zorro Rojo y Brosquil edicions.

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Se trata de una edición ilustrada por Luis Scafati. Reconozco que desconocía su trabajo, pero al abrir las páginas de este libro me pareció una acertada elección para lo que en ellas encontramos. Porque los cuentos seleccionados para esta joya son:  El gato negro, El pozo y el péndulo y Entierro prematuro, tres obras donde Poe jugó con la atmósfera, pero sobre todo con esa línea divisoria entre la cordura y la locura que tan bien dominaba sobre el papel. Pues bien, las ilustraciones de Luis Scafati son un reflejo magnífico de ese universo.

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Captura la esencia de los relatos, transmitiendo la presencia constante del gato negro, tanto la real como la que persigue al protagonista, la locura vivida por el condenado a muerte encerrado en una celda llena de trampas mortales, o el pánico en el que vive el protagonista de la gran historia que es Entierro prematuro.

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Para aquellos que conocen los relatos de Poe, este libro es un pequeño regalo para los sentidos. Para aquellos que no la conocen, es una forma magnífica de acercarse a ellos. Lo que está claro es que, tras ver el trabajo de este ilustrador, uno se queda con ganas de saber más de él.

¡Feliz jueves y felices lecturas!

Inés Macpherson

Roald Dahl y Alfred Hitchcock: la unión de dos genios

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En 2016 se cumplían cien años del nacimiento de Roald Dahl. En Barcelona, la Filmoteca de Catalunya le rindió homenaje emitiendo algunas de las adaptaciones a la gran pantalla de sus películas, como Charlie y la fábrica de chocolate, de Tim Burton, Las Brujas, de Nicolas Roge o Four Rooms, de Quentin Tarantino. Pero además de sus versiones cinematográficas, los cuentos de Roald Dahl también pasaron por la pequeña pantalla de la mano de un director ilustre: Alfred Hitchcock.

En 1955, apareció en antena una serie llamada Alfred Hitchcock presenta, que duró nada más y nada menos que siete temporadas. La extensión de cada episodio era de media hora aproximadamente, aunque a partir de la temporada 1961-1962 pasó a llamarse La hora de Alfred Hitchcock, prolongando así los capítulos media hora más. Era mítica la silueta del director, que aparecía al inicio de cada episodio acompañada de un fragmento de la “Marcha fúnebre para una marioneta” y su ingeniosa presentación del episodio, con cierto humor negro.

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Aunque Hitchcock sólo rodó personalmente 17 episodios, siempre ejerció de maestro de ceremonias. Se supo rodear de directores y guionistas fascinantes. Y aquí es donde entra Roald Dahl. Hitchcock se quedó prendado de sus relatos para adultos y, dos años después de estrenar la serie, consiguió los derechos de algunos de sus cuentos para llevarlos a la pequeña pantalla.

En 1958 apareció «Un cordero que llevan al matadero», adaptación que el propio Dahl convirtió en guión y en el que se puede degustar la esencia del cuento original. No entraré a hablar de la historia, porque vale mucho más la pena leer o escuchar el relato, «Cordero asado» (contenido en Relatos de lo inesperado, publicado por Anagrama), o ver el episodio y descubrir la fascinante trama.

Otros relatos fueron llevados a la pequeña pantalla gracias a esta mítica serie, como «Un capuzón en la subasta» o «The Landlady». Pero quizás el más mítico de todos es la adaptación de «El hombre del sur», uno de los primeros relatos que Dahl publicó en Collier’s y que se ha convertido en un clásico, no sólo por la adaptación que apareció en la pequeña pantalla, con Peter Lorre y Steve McQueen, sino porque también llegó a la gran pantalla de la mano de Quentin Tarantino y un extraordinario Tim Roth, en Four Rooms.

Ahora y hasta el 5 de febrero, en Madrid se puede ver una exposición en el Espacio Fundación Telefónica dedicada al cineasta: Hitchcock, más allá del suspense. Una exposición que hace un recorrido por la vida del director y todo lo que rodeó su trabajo.

Pero para aquellos que no puedan ir a Madrid a ver la exposición y tengan ganas de descubrir algo más sobre esta unión, pueden hacerlo a través de los relatos de Roald Dahl. ¿Cómo? Leyéndolos, por supuesto, o acercándose el miércoles 25 a la librería Nollegiu a escuchar algunos de sus relatos, porque vuelve el ciclo #NoExpliqueu con una tercera sesión dedicada a Roald Dahl y a Edith Wharton.

Así que si quieren descubrir una manera distinta de comprender el suspense, las relaciones de pareja y la figura de la mujer en el matrimonio, pasen a disfrutar de la narración de dos maestros del cuento.

Inés Macpherson

Comanchería (Hell or High Water), de David Mackenzie

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Hay películas a las que llegas por casualidad. Supe de la existencia de Hell or High Water por la editorial Dirty Works, que anunció su llegada a los cines con meses de antelación. La música a cargo de Nick Cave y Warren Ellis, y la presencia de Jeff Bridges también me parecieron elementos a tener en cuenta a la hora de ir a verla. Y vale la pena. Vale mucho la pena.

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Hell or High Water es una película redonda. Debo reconocer que la traducción del título en castellano me sorprendió. No entendía cómo un título que hacía referencia a la expresión inglesa «come hell or high water», es decir, «pase lo que pase», o que podía entenderse de manera literal como la encrucijada entre dos malas opciones, podía transformarse en algo así. Sigue sin gustarme como título Comanchería, pero una vez vista la película cobra un sentido especial. Y además, al final, un título es un título, un envoltorio, como el cartel, y lo que realmente cuenta es lo que hay dentro. Y lo que hay dentro es impecable.

La historia, dos hermanos que deciden robar bancos y dos representantes de la ley que los persiguen puede recordar a otras historias de atracos, a otros conceptos de Western. Pero esto es mucho más. Es difícil clasificar esta mezcla de road movie con humor negro y aires de atracos del Western, con un ritmo pausado pero sin tregua y una dosis de crítica social apabullante, que deja en su lugar a los bancos. Como dice un personaje secundario en una cafetería: «estos chicos están robando a los que llevan años robándome». Porque los que realmente roban no son esos chicos (vale, sí, lo hacen, pero por una buena razón y una suma concreta, no por codicia, que de eso sí saben muchos otros hombres con chaqueta y corbata). Los ladrones son los bancos. El compañero de Jeff Bridges, un mestizo, medio indio, medio mexicano, llamado Alberto Parker (interpretado por Gil Birmingham), lo explica a la perfección: estas tierras antes eran de mis ancestros y llegaron los blancos y se las quedaron, nos las robaron; y ahora son los bancos quienes están dejando sin tierra a aquellos que nos la quitaron.

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Por eso esto no es una simple historia de robos. Hay mucho más. Hay crítica, pero también hay una maravillosa historia de amistad y de hermandad que llama a algo atávico que hay en nosotros, a esa necesidad de defender a los nuestros, de cuidar de ellos… “come hell or high water”. Nos habla de esa enfermedad llamada pobreza para la que parece que no existe ni existirá cura, porque siempre habrá alguien dispuesto a pisotear, a ganar más a cuesta de los otros. Y también nos habla de esa extraña línea divisoria entre el bien y el mal que, en algunos casos, se difumina, porque a veces, como dice el propio director, existe la “criminalidad redentora”, ese momento en el que la gente buena hace cosas malas por buenas razones.

Por si todo esto fuera poco, tenemos un elenco de actores fascinante. Jeff Bridges, como siempre, está memorable en su papel de ranger a punto de jubilarse, con un compañero mestizo al que machaca a base de chistes malos; pero son los dos hermanos quienes sorprenden. A Ben Foster no lo conocía, pero a Chris Pine sí. Acostumbrada a papeles en los que parece que sólo puede ser una cara bonita, aquí demuestra que es bastante más. Tiene una densidad y una presencia que impactan. De hecho, todos los personajes, incluso los más secundarios, son memorables. Y el paisaje también: ese nuevo Oeste, crudo, seco e inmenso, quemado por el implacable sol y devastado por un vacío extraño, lleno de carteles que anuncian cómo aligerar deudas, cómo conseguir nuevos créditos, más dinero para sobrevivir, es un personaje más. Las carreteras, los pueblos vacíos con todo cerrado, la imagen del típico vaquero que comprende que sus hijos no van a querer seguir con ese trabajo porque están solos, no hay nada ni nadie. Solos. Hay una desolación lírica y amarga en el universo que nos muestra David Mackenzie, una desolación que, además, va acompañada por una banda sonora que le va como anillo al dedo.

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Tras ver esta película, sus imágenes te acompañan, los rostros de los personajes, esas luces y sombras, ese aroma a tierra quemada, a soledad, a desesperación y también a determinación, se adhieren a la piel. Es una muestra perfecta de que, a veces, se puede decir y mostrar mucho entre la trama de una historia sencilla. Porque esta es una historia sencilla pero cargada de elementos que la hacen fascinante. Intensa, sincera, directa y con un paisaje, físico y emocional, que perdura.

Inés Macpherson

La mujer de la libreta roja, de Antoine Laurain (Ed. Salamandra)

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Para empezar el año con buen sabor de boca, hoy voy a hablaros de La mujer de la libreta roja, de Antoine Laurain, publicada en junio de 2016 por Ediciones Salamandra, en su colección Narrativa y traducida por Palmira Feixas. Se trata de una novela corta que consigue reunir en sus páginas misterio, amor, e incluso una investigación, pero sin abusar, sin agobiar; todo es sencillo, todo fluye.

Todo empieza con un bolso en el que hay una libreta roja…

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Argumento

Laurent Letellier es un librero, con pasado de banquero, que lleva una vida tranquila. Divorciado, tiene una relación estable con Dominique, una mujer intensa que se dedica a la bolsa, y, por si eso fuera poco, se lleva bien con su hija adolescente, Chloé. Sin embargo, todo cambia una mañana cuando, dando un paseo antes de abrir la librería, descubre un bolso de mujer abandonado sobre un cubo de basura. Lo coge con la intención de llevarlo a la policía o a objetos perdidos, pero en comisaría hay mucha gente, así que decide guardarlo en su casa hasta que encuentre el momento de devolvérselo a su dueña.

El problema es que en el bolso no hay ni billetero ni móvil, pues ha sido robado y abandonado posteriormente, por lo que Laurent sólo tiene los objetos personales de la mujer para dar con ella. Entre dichos objetos hay una libreta roja donde ella ha ido volcando sus pensamientos, sus miedos, sus sueños… Y poco a poco, Laurent va reconstruyendo su vida, intentando encontrar pistas que le permitan desvelar su nombre e, irremediablemente, se va enamorando de ella.

Opinión

Hay mujeres que llevan lo indispensable en un bolso, y hay mujeres que llevan un universo en su interior. Repleto de bolsillos, cremalleras y pequeños recovecos, consiguen organizar un mundo en un espacio reducido. Laure, la protagonista femenina de esta historia, es de las segundas. Como si necesitara llevar un pedazo de su vida colgando del brazo, tiene retazos de su pasado y su presente en el interior de su bolso. Por eso siente que, al robárselo, el ladrón también le roba parte de su alma, porque allí lo tiene todo, todo lo que habla de ella, todo lo que la conecta al pasado, a sus padres, a su marido muerto, a sus sueños, anotados en la libreta roja del título… Y por eso Laurent siente que, al abrir ese bolso, está abriendo una ventana a la vida de una mujer desconocida. Va recomponiendo su personalidad a través de los detalles y se va enamorando, porque son esas pequeñas cosas las que nos hablan de una persona. Y lo que le dicen los objetos del bolso le gusta.

Como premisa para una historia de amor, la que ha escogido Antoine Laurain es sencilla, pero hermosa y eficaz, porque la desgrana con una lentitud amable, que acompaña, que te mece. No pretende ser una novela de investigación, aunque el protagonista investigue, ni de misterio. Ni siquiera es una novela romántica al uso. Es casi como una caricia, un susurro, porque las escasas 160 páginas que la contienen duran un suspiro. Pero es un buen suspiro, que nos permite deambular por las calles de París, sentarnos en sus cafés, saborear sus platos e incluso encontrarnos con un de los mejores escritores franceses del momento, Patrick Modiano.

La trama avanza a buen ritmo, de forma paralela, viendo el proceso de Laure y de Laurent, al mismo tiempo que, con pequeñas pinceladas, el autor nos permite ir descubriendo sus mundos, las personas que los forman, las que se han ido… Y lo hace de forma concisa, midiendo las palabras, demostrando que, a veces, con muy poco se puede decir mucho. Porque quizás alguien hubiese cogido esta historia y la hubiese alargado. Pero él no. Y es un acierto, porque La mujer de la libreta roja es un relato que no necesita más. Lo que ocurra después, lo que pase al cerrar el libro, depende de cada lector, de su imaginación. Y eso, a menudo, es un regalo, porque no sólo disfrutas de la lectura, sino que lo haces de la elucubración, de la vida de los personajes, que prosigue más allá de las páginas.

Con un capítulo final maravilloso, donde se van hilvanando las acciones de todos los personajes que han ido apareciendo en la novela, incluido Modiano, el autor pone un broche final perfecto a esta agradable y tierna historia que se lee de una sentada y que te deja muy buen sabor de boca.

Inés Macpherson
Fuente (Anika entre libros: http://www.anikaentrelibros.com/)

Un cuento para la noche de reyes

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Hace años, formé parte de un programa de radio llamado Lloc de trobada, en Mataró Radio. Cada semana tratábamos un tema distinto y, cuando el programa caía en fechas señaladas, hablábamos de las fiestas, las tradiciones… Yo era la encargada de los cuentos y, un año, para la noche de Reyes, escribí una historia que ya he colgado en este blog, pero que, viendo el panorama mundial, creo que sigue teniendo sentido volver a compartir, con alguna pequeña modificación, sobre todo hoy, que vuelve a ser noche de reyes…

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«Como cada año, llegaba el día cinco de enero. Y como siempre, en diferentes lugares del planeta, centenares y miles de niños preparaban sus zapatos, platos – dependiendo de la tradición de cada país – para recibir los regalos que los Reyes Magos dejarían durante la noche.

En un lugar del continente europeo, el rey Melchor se preparaba para salir, con la bolsa llena de juguetes y dispuesto a repartir, como cada año, ilusión en todos los hogares que le abrieran la puerta. Eso sí, debía reconocer que cada año era más difícil eso de ser Rey Mago, sobre todo, cuando se trataba de cargar con el saco de juguetes. Le dolían la espalda, le pesaban las piernas… bueno, en realidad, lo que le pesaba eran los años.

En algún lugar de Siria, el rey Gaspar se anudaba la capa, cargaba sobre su espalda el saco de juguetes y abría la puerta. Parecía que la noche estaba tranquila. Aquella era la enésima vez que declaraban un alto al fuego y, por ahora, parecía que lo estaban respetando. Se adentró en la oscuridad y empezó a caminar. A lado y lado, casas derruidas y coches calcinados acompañaban su paso. Seguía siendo extraño pensar que aquel paisaje de destrucción era su hogar.

En África, el rey Baltasar observaba, con el saco de juguetes junto a él, las posibilidades que se abrían en el horizonte. Debía ir al encuentro de sus compañeros Reyes Magos, pero tenía un problema. Los animales estaban enfermos y no podían llevarle a ningún sitio. Y no tenía gasolina para el coche. Tendría que usar una embarcación, pero no tenía ninguna. ¿Qué podía hacer?

El rey Melchor intentó de nuevo levantar el saco lleno de juguetes, pero únicamente pudo moverlo por el suelo. Resopló por el esfuerzo. Volvió a intentarlo, pero no pudo. Entonces, un joven vestido con pantalón y bata blanca apareció por el pasillo.
―¿Qué está haciendo, señor Melchor? ―le preguntó mientras le cogía el saco. El rey Melchor se lo quedó mirando y entonces recordó. Claro. No era él quien debía encargarse de los juguetes, sino aquel joven: su paje.
―¿Me ayuda a llevar los juguetes? ―preguntó el rey Melchor. El joven asintió y, en lugar de ir hacia las escaleras, se dirigió de nuevo a la habitación de la que había salido el anciano―. Pero, ¿qué hace?
―Quédese aquí, señor Melchor ―dijo el joven.
―Pero, ¿y los niños? ¿Y la ilusión? ―preguntó el rey Melchor.
―Hace tiempo que ya no se dedica a ser rey Mago, señor Melchor. Ahora está jubilado. Vive aquí, como el resto de ancianos ―dijo el joven, cerrando la puerta.

En algún lugar de Siria, el rey Gaspar se había quedado helado. Una explosión había resonado justo en la calle paralela. Los gritos, el olor a quemado, la pólvora, el ruido… De repente, notó que alguien se movía a su espalda. Una sombra acababa de robarle los juguetes. Empezó a perseguirle, gritando: «Eh, tú, devuélveme eso. Tengo que llevárselo a los niños». Pero la sombra seguía corriendo sin escuchar. El rey Gaspar corrió y corrió por las calles de su ciudad, que se iluminaban con fuego y pólvora.
Estaba a punto de atrapar al ladrón, cuando una explosión ante él le hizo caer al suelo. Por primera vez, el rey Gaspar pensó que quizás no llegaría a tiempo a su cita de cada año. Quizás ni llegaba…

En la costa africana, el rey Baltasar observaba la embarcación que debía llevarlo al punto de encuentro con los otros reyes Magos. No parecía gran cosa y estaba llena de otros hombres y mujeres que parecían estar ansiosos. De repente, una voz sonó a su espalda:
―Sólo puedes subir si pagas primero.
El rey Baltasar se dio la vuelta y observó al hombre que había hablado. Él no llevaba dinero, y no podía dar como pago los juguetes que los niños habían pedido. ¿Qué podía hacer? No llegaría a tiempo.

Aquel año, los Reyes Magos se dieron cuenta de que, en nuestro mundo, cada vez es más difícil  repartir ilusión. Al día siguiente, no hubo regalos».

Inés Macpherson

Los cuentos vagabundos de Ana María Matute

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A veces, como narradora de cuentos o simplemente como enamorada del género, me encuentro ante la clásica pregunta de «¿Por qué te gustan tanto los cuentos?». He dado muchas respuestas, algunas más personales, otras más literarias, pero siempre sintiendo que me quedaba corta. Por suerte, uno siempre puede acudir a palabras ajenas para intentar explicar lo que siente, lo que piensa. Y hoy he encontrado las palabras que necesitaba.

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Leyendo La puerta de la luna. Cuentos completos, de Ana María Matute (Ediciones Destino, 2010), me he encontrado con un texto extraordinario: «Los cuentos vagabundos». No creo que exista mejor manera de describir la magia de los cuentos. Así que, aquí os dejo las palabras de Matute, para que acabéis el año en buena compañía y con ganas de seguir descubriendo cuentos como los que ella escribía, y como los que tantos otros escritores y escritoras han creado y seguirán creando. Porque estamos hechos de historias:

«Los cuentos vagabundos», de Ana María Matute

Pocas cosas existen tan cargadas de magia como las palabras de un cuento. Ese cuento breve, lleno de sugerencias, dueño de un extraño poder que arrebata y pone alas hacia mundos donde no existen ni el suelo ni el cielo. Los cuentos representan uno de los aspectos más inolvidables e intensos de la primera infancia. Todos los niños del mundo han escuchado cuentos. Ese cuento que no debe escribirse y lleva de voz en voz paisajes y figuras, movidos más por la imaginación del oyente que por la palabra del narrador.

He llegado a creer que solamente existen media docena de cuentos. Pero los cuentos son viajeros impenitentes. Las alas de los cuentos van más allá y más rápido de lo que lógicamente pueda creerse. Son los pueblos, las aldeas, los que reciben a los cuentos. Por la noche, suavemente, y en invierno. Son como el viento que se filtra, gimiendo, por las rendijas de las puertas. Que se cuela, hasta los huesos, con un estremecimiento sutil y hondo. Hay, incluso, ciertos cuentos que casi obligan a abrigarse más, a arrebujarse junto al fuego, con las manos escondidas y los ojos cerrados.

Los pueblos, digo, los reciben de noche. Desde hace miles de años que llegan a través de las montañas, y duermen en las casas, en los rincones del granero, en el fuego. De paso, como peregrinos. Por eso son los viejos, desvelados y nostálgicos, quienes los cuentan.

Los cuentos son renegados, vagabundos, con algo de la inconsciencia y crueldad infantil, con algo de su misterio. Hacen llorar o reír, se olvidan de donde nacieron, se adaptan a los trajes y a las costumbres de allí donde los reciben. Sí, realmente, no hay más de media docena de cuentos. Pero ¡cuántos hijos van dejándose por el camino!

Mi abuela me contaba, cuando yo era pequeña, la historia de «La niña de nieve». Esta niña de nieve, en sus labios, quedaba irremisiblemente emplazada en aquel paisaje de nuestras montañas, en una alta sierra de la vieja Castilla. Los campesinos del cuento eran para mí una pareja de labradores de tez oscura y áspera, de lacónicas palabras y mirada perdida, como yo los había visto en nuestra tierra. Un día el campesino de este cuento vio nevar. Yo veía entonces, con sus ojos, un invierno serrano, con esqueletos negros de árboles cubiertos de humedad, con centelleo de estrellas. Veía largos caminos, montaña arriba, y aquel cielo gris, con sus largas nubes, que tenían un relieve de piedras. El hombre del cuento, que vio nevar, estaba muy triste porque no tenía hijos. Salió a la nieve, y, con ella, hizo una niña. Su mujer le miraba desde la ventana. Mi abuela explicaba: «No le salieron muy bien los pies. Entró en la casa y su mujer le trajo una sartén. Así, los moldearon lo mejor que pudieron». La imagen no puede ser más confusa. Sin embargo, para mí, en aquel tiempo, nada había más natural. Yo veía perfectamente a la mujer, que traía una sartén, negra como el hollín. Sobre ella, la nieve de la niña resaltaba blanca, viva. Y yo seguía viendo, claramente, cómo el hombre moldeaba los pequeños pies. «La niña empezó entonces a hablar», continuaba mi abuela. Aquí se obraba el milagro del cuento. Su magia inundaba el corazón con una lluvia dulce, punzante. Y empezaba a temblar un mundo nuevo e inquieto. Era también tan natural que la niña de nieve empezase a hablar… En labios de mi abuela, dentro del cuento y del paisaje, no podía ser de otro modo. Mi abuela decía, luego, que la niña de nieve creció hasta los siete años. Pero llegó la noche de San Juan. En el cuento, la noche de San Juan tiene un olor, una temperatura y una luz que no existen en la realidad. La noche de San Juan es una noche exclusivamente para los cuentos. En el que ahora me ocupa también hubo hogueras, como es de rigor. Y mi abuela me decía: «Todos los niños saltaban por encima del fuego, pero la niña de nieve tenía miedo. Al fin, tanto se burlaron de ella, que se decidió. Y entonces, ¿sabes qué es lo que le pasó a la niña de nieve?». Sí, yo lo imaginaba bien. La veía volverse blanda, hasta derretirse. Desaparecía para siempre. «¿Y no apagaba el fuego?», preguntaba yo, con un vago deseo. ¡Ah!, pero eso mi abuela no lo sabía. Sólo sabía que los viejos campesinos lloraron mucho la pérdida de su niña.

No hace mucho tiempo me enteré de que el cuento de «La niña de nieve», que mi abuela recogiera de labios de la suya, era en realidad una antigua leyenda ucraniana. Pero ¡qué diferente, en labios de mi abuela, a como la leí! La niña de nieve atravesó montañas y ríos, calzó altas botas de fieltro, zuecos, fue descalza o con abarcas, vistió falda roja o blanca, fue rubia o de cabello negro, se adornó con monedas de oro o botones de cobre, y llegó a mí, siendo niña, con justillo negro y rodetes de trenza arrollados a los lados de la cabeza. La niña de nieve se iría luego, digo yo, como esos pájaros que buscan eternamente, en los cuentos, los fabulosos países donde brilla siempre el sol. Y allí, en vez de fundirse y desaparecer, seguirá viva y helada, con otro vestido, otra lengua, convirtiéndose en agua todos los días sobre ese fuego que, bien sea en un bosque, bien en un hogar cualquiera, está encendiéndose todos los días para ella. El cuento de la niña de nieve, como el cuento del hermano bueno y el hermano malo, como el del avaro y el del tercer hijo tonto, como el de la madrastra y el hada buena, viajará todos los días y a través de todas las tierras. Allí, a la aldea donde no se conocía el tren, llegó el cuento, caminando. El cuento es astuto. Se filtra en el vino, en las lenguas de las viejas, en las historias de los santos. Se vuelve melodía torpe, en la garganta de un caminante que bebe en la taberna y toca la bandurria. Se esconde en las calumnias, en los cruces de los caminos, en los cementerios, en la oscuridad de los pajares. El cuento se va, pero deja sus huellas. Y aun las arrastra por el camino, como van ladrando los perros tras los carros, carretera adelante. El cuento llega y se marcha por la noche, llevándose debajo de las alas la rara zozobra de los niños. A escondidas, pegándose al frío y a las cunetas, va huyendo. A veces pícaro, o inocente, o cruel. O alegre, o triste. Siempre, robando una nostalgia, con su viejo corazón de vagabundo.

¡Feliz año y felices lecturas!

Inés Macpherson