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¿Qué hacen tus seres queridos cuando están solos? Es una pregunta sugerente que despierta nuestra curiosidad más morbosa. ¿Quién no ha querido observar en algún momento por la mirilla de una puerta, a ver qué pasa? En su momento, Hitchcock jugó con la idea del observador con La ventana indiscreta. Actualmente, es un hecho que cada vez hay más programas de televisión que ofrecen la posibilidad de observar la vida ajena. Y hay un sinfín de seres humanos aferrados a la pantalla esperando ver, espiando al prójimo con total impunidad y sin ningún reparo. La diferencia es que, en el caso de Benjamín, de Federico Axat, nadie se ofrece a ser observado a través de las cámaras; nadie observa desde el edificio de al lado, sino que el observador está en el piso de arriba, en el desván, contemplando…

A menudo, los adultos olvidamos que, de hecho, siempre tenemos un observador silencioso cuando estamos con un niño. Olvidamos que absorben lo que ven, que les marca a fuego, que los transforma. A veces, eso que se cuela en su mente se queda agazapado, esperando la oportunidad de salir. De repente, oímos a un pequeño repetir una frase que solo ha podido escuchar en boca de un adulto y nos preguntamos «¿cómo es posible?». Fácil: observa. Y el problema es que puede ver algo que le marque de forma fatal.

Benjamin

El argumento inicial de Benjamín es, ya de por sí, inquietante. Ben tiene unos padres peculiares: una madre egoísta y mandona y un padre cándido que intenta hacer lo posible por equilibrar la animadversión que hay entre madre e hijo. Y digo animadversión porque es lo que parece: una madre que no soporta a su hijo. Quizás Ben capta ese sentimiento y por eso piensa en huir de casa. Pero al final decide quedarse en el desván, observando, contemplando la reacción de sus padres a su desaparición. Poco a poco va descubriendo las sombras de su familia, y las sombras del desván. La pregunta es, ¿tendrá Ben alguna sombra oculta en su interior dispuesta a salir a la luz?

Debo reconocer que me acerqué a Benjamín, de Federico Axat, tras haber leído ya El pantano de las mariposas (Destino), porque me fascinó su capacidad para crear atmósferas, para dibujar personajes y hacerte creer algo para demostrarte que, en el fondo, todos nos dejamos engañar por las apariencias y por lo que parece apuntar la historia, cuando casi nunca nada es lo que parece. Las comparaciones son odiosas, pero me gustó comprobar que también en esta primera novela jugaba con la sensación que uno tiene de que el mundo adulto está lleno de secretos y mentiras y que todos, absolutamente todos, llevamos una máscara.

Hay algo fascinante, inquietante y terrorífico por partes iguales en los personajes infantiles que pueblan los relatos con toques de terror. La idea de un alma cándida, inocente e ingenua metida en una espiral de oscuridad altera a cualquiera. Y esa es la gracia de la obra creada por Axat: que juega con nosotros, pero sobre todo con nuestros miedos y, como siempre, con nuestras suposiciones, que a menudo nos engañan. Además, nos muestra las trampas que puede fabricar la mente humana para protegerse, para ocultar en un rincón de la memoria algo que puede desencadenar un infierno psicológico como el que nos plantea en este libro.

Escrita con precisión, sin dejar ningún cabo suelto, Benjamín sabe colarse bajo la piel del lector, que se deja llevar por un narrador que muestra solo lo que necesita mostrarte, para que el resto lo vaya construyendo el lector, creyendo que se adelanta a la historia, para que luego quede en evidencia que la verdad no es siempre lo que creemos.

Por buscarle las cosquillas a la trama, impecable en todos los aspectos y con una atmósfera que se adhiere a la piel, uno podría preguntarse cómo es posible que el personaje sepa todo lo que sabe. Pero lo que demuestra que Federico Axat es bueno llevando al lector a su terreno es que, a pesar de poder quedarte con esa duda, sigues leyendo porque te caza en esa telaraña de personajes con sombras, de desvanes oscuros y pasados rotos.

Una novela genial, que te atrapa y te incomoda en el asiento, en esa fina frontera que te hace seguir leyendo a pesar de querer cerrar el libro, como si eso fuera a cambiar la oscuridad que va poblando las páginas. Un retrato psicológico interesante, donde se deja al descubierto esa hipocresía que a veces habita el mundo adulto, y donde se apunta cómo las sombras pueden quedarse agazapadas en los lugares más inesperados, dispuestas a despertar y llevarnos con ellas.

Inés Macpherson