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LA JOVEN DURMIENTE Y EL HUSO, de Neil Gaiman (Ediciones Salamandra)
Ilustraciones de Chris Riddell

¿Qué nos atrae de un libro? A veces el autor, otras el título o la portada… Hace unos meses, estando en una librería de Londres, me fijé en un libro. Estaba expuesto en solitario en una estantería, por lo que era difícil no reparar en él. Me llamó la atención su cubierta de papel vegetal con unas espinosas rosas enmarcando el título y, bajo él, el dibujo de una mujer de cabellos largos. Me fui acercando y pude leer: La joven durmiente y el huso (The Sleeper and the Spindle). Por deformación profesional, las historias que tienen que ver con los cuentos populares siempre me despiertan la curiosidad, sobre todo ahora que muchos autores, tanto en libros como en televisión, han decidido basarse en dichas historias para crear nuevas versiones. Pero cuando leí el nombre del autor, supe que ese libro debía ser mío. Y es que no era otro que Neil Gaiman. Habiendo leído El libro del cementerio, ese homenaje y reinvención personal de El libro de la selva, imaginé que cualquier cosa que hiciese con la historia de La Bella Durmiente sería digna de leer. Y no me equivocaba. La gracia aquí es que no solo nos encontramos con la Bella Durmiente, sino con otro personaje de cuento: Blancanieves.

IMG_20150621_184010480Siempre es un placer leer una historia de Neil Gaiman, sin importar el género o el público al que va dirigida. En este caso, como decía, tenemos delante un relato que bebe de dos de las historias más clásicas recogidas por los Hermanos Grimm: Blancanieves y la Bella Durmiente. Sin embargo, aquí no aparece ningún príncipe salvador que tenga que rescatar a las damas con un beso. Un beso, por cierto, que se da sin pedir permiso y que las ata a dicho galán de por vida, porque, ¿cómo vas a rechazar al hombre que te ha despertado de una maldición? Además, siendo mujer, ¿por qué ibas a querer otra cosa que casarte con un príncipe guapetón y ser su sombra el resto de tu vida? Se han analizado largo y tendido ambos cuentos y muchos otros: desde perspectivas psicoanalíticas, desde una lectura feminista que critica la figura de esas muchachas desvalidas que están atadas a la casa y luego al marido… Podría añadir algunas más desde mi punto de vista, pero creo que la revisitación que ha hecho Gaiman de este relato ya da mucho de qué hablar por sí mismo, pues aquí es la mujer la que toma las riendas de su vida. La que elige, la que decide qué camino tomar tanto al inicio como al final de la aventura.

Por poner al lector en situación, diremos que la protagonista es una reina, que no es nada más y nada menos que Blancanieves. Los enanos, tres en este cuento, siguen siendo sus fieles compañeros, y la avisan de lo que está ocurriendo en el reino vecino: una maldición del sueño (idea que nos retrotrae a la Bella Durmiente, pero también a la propia Blancanieves, pues ella también padeció una maldición similar), que fue lanzada hace décadas, se está extendiendo y amenaza con traspasar fronteras. Blancanieves, que está a punto de casarse, decide emprender un viaje hacia lo desconocido para salvar a su gente y pospone la boda… que tampoco parece hacerle mucha gracia, pues parece más una obligación que una decisión. Y hasta aquí puedo leer. Lo que ocurre al entrar en el reino dormido es algo que es mejor que descubra el lector, pues tiene una atmósfera fascinante y unos elementos que, aunque siguen siendo propios de un cuento, tienen el aire algo macabro que sabe darles Neil Gaiman, capaz de buscar el equilibrio perfecto entre la belleza y la oscuridad. Porque esto, a pesar de tener 72 páginas, es un cuento, narrado desde esa voz distante, pero elegante, que tienen todas las historias clásicas, y como tal, necesita todos sus elementos: el viaje, el desafío, el aprendizaje… Y si eso lo haces adentrándote en un reino donde todos llevan dormidos más de cincuenta años, lo que puede ocurrir es mucho más interesante que la versión de los Grimm, no digamos la de Walt Disney.

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Además, las ilustraciones de Chris Riddell son un acompañamiento perfecto, pues encajan de forma precisa con la historia y consiguen plasmar en imágenes el universo creado por Gaiman. Sus figuras, y sobre todo esas rosas que han ido creciendo alrededor del castillo, peligrosas y hermosas a su vez, hacen que la historia tenga más cuerpo si cabe, convirtiéndola en una tela de araña magistralmente tejida (nunca mejor dicho, ya veréis por qué), que te atrapa y te sorprende.

Inés Macpherson