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Tras unas semanas de silencio, me apetecía volver con un libro que me sorprendió por su forma y su contenido. Se trata de Las buenas intenciones, de Amity Gaige (Salamandra, enero 2015). Se trata de una novela realista en forma de confesión o carta, donde el protagonista expone los motivos de un acto que, a simple vista, debería removernos: el secuestro de su propia hija. Lo curioso es que conectamos con él sin necesidad de sentir empatía. Se le puede juzgar o no; podemos creer o no lo que nos expone. Él simplemente pone por escrito lo que nadie querría decir en voz alta. Está exponiendo unos hechos y todas las reflexiones que las acompañan. Un libro curioso, interesante y bien escrito sobre la paternidad, pero también sobre el peso de la vida y las mentiras.

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ARGUMENTO

Desde la cárcel, Eric Kennedy decide escribir una carta, una especie de confesión en la que expone los motivos que lo llevaron a la situación en la que se encuentra. Desde el silencio de las paredes que le rodean, recuerda su relación con Laura, su mujer, y con Meadow, su hija de seis años.

En medio del proceso de divorcio, Eric se encuentra con un problema, y es que su mujer empieza a olvidarse de las visitas a las que él tiene derecho. Desesperado por no poder ver a su hija, consciente de que tiene las de perder en el proceso del divorcio y de la custodia, decide al menos compensar esos días que le han robado, y se va con su hija a realizar un viaje. Un viaje que servirá para conocerle, pero, sobre todo, para que él mismo se conozca y desvele algunos de sus secretos, algunas de sus mentiras y alguna que otra verdad sobre quién es y comprenda, también él, por qué ha llegado al lugar en el que está.

OPINIÓN

«¿Cuándo diste tu consentimiento a tu propia vida?», se pregunta en un momento de la novela el protagonista. ¿Acaso los padres piden permiso a los hijos para traerlos a este mundo, para expulsarlos a este lugar inhóspito y desconocido? Nadie pregunta a ese diminuto óvulo fecundado si quiere nacer. La infancia, como dice el protagonista, es una aventura involuntaria, un viaje inesperado al que te ves arrojado. Un viaje que empieza con los padres, a los que tampoco escoges. Nadie te pide tu opinión sobre qué tipo de padres quieres, pero en cambio los padres siempre piensan qué tipo de hijo querrían. Muchos ponen sus expectativas en sus hijos; muchos se quejan de las decepciones que producen sus hijos, sin tan siquiera considerar que sus hijos quizás también puedan estar decepcionados; incluso, algunos dejan de ser pareja o incluso personas para ser simplemente padres y se olvidan de todo lo otro. Y es que si el ser humano es complejo, las relaciones humanas lo son aún más. Y para muestra, un botón.

Amity Gagie propone una estructura narrativa curiosa para estas buenas intenciones que describe su personaje en su carta. Se trata de una confesión dirigida a la esposa del protagonista, pero también al lector, al que a menudo se dirige y le hace partícipe de sus dudas, de sus preguntas, de su rabia. En algunos momentos pide su opinión sobre las decisiones que tomó, sobre si algo era tan absurdo como su mujer lo presentó… De esa manera, mediante esta escritura desde la primera persona hacia el lector, la autora hace que comprendamos al personaje sin necesidad de sentir empatía por él o sus sentimientos, pues lo que hace es que participemos de lo que le ocurre. Las buenas intenciones es una confesión, y una reflexión; una narración, una disculpa, una crítica… Una forma de vaciar el interior con lo que uno no se atreve a decir en voz alta. Un viaje introspectivo en una voz extraña, pues, a pesar de no caer del todo bien y ser difícil apoyar alguno de sus actos, sentimos con él, pensamos con él.

Se podría decir que la novela es una historia sobre la paternidad. Y en parte lo es, pero también nos habla de la crisis, del peso del alma… y de la mentira. Esa mentira que se nos anuncia al principio de la novela y que, de hecho, no es una única mentira, sino varias. Pequeñas mentiras de las que es imposible huir sin destruirlo todo; mentiras que atrapan al personaje y le marcan de por vida. Pero incluso la semilla de esa gran mentira también entronca con la paternidad, pues existió, al principio de todo, cuando Eric era niño, otra mentira. Y, ¿qué pasa cuando descubres que se puede mentir para conseguir la vida que quieres sin consecuencias? Que probablemente acabes pensando que puedes seguir mintiendo. Pero muchas mentiras acaban devorándote y el castillo de naipes acaba tirado por el suelo.

Escrita desde una extraña sinceridad, destila momentos realistas y descriptivos, pero también algunos muy poéticos. De hecho, a lo largo de la novela se habla de una investigación que el protagonista lleva a cabo; una investigación poética y simbólica que tendrá mucho sentido en la novela, a pesar de no aparecer casi en ningún momento. Porque la gracia en esta historia (algo muy bien conseguido por la autora) es la sutileza, la forma en que todo va quedando hilado sin necesidad de ningún misterio ni ningún sobresalto. Sabes lo que va a ocurrir al final; sabes dónde está el protagonista y por qué escribe esta carta. Lo que quieres saber es cómo se unen los puntos de la historia. Por eso mismo, no es una historia trepidante; no es tampoco el típico road trip (aunque en ocasiones lo parece y hay momentos surrealistas, como el que relata el cambio de color del pelo de la hija) ni un retrato de una relación de pareja estrictamente hablando. Se trata de una historia íntima, donde encontramos fallos, fracasos, errores. Pero tampoco es una novela psicológica. Es, más bien, una serie de pensamientos encadenados entre recuerdos, narrados con una voz sincera y un final extraño.

Las buenas intenciones es, precisamente, una novela en la que el personaje intenta exponer, sin buscar excusas, sus verdaderas intenciones, lo que movió sus actos. Puedes creerle o no; puedes juzgarle o no; puedes, en definitiva, considerar qué hará la mujer al leer esta larga confesión vital. Porque, al final, este libro no solo es un relato íntimo de las experiencias y pensamientos del protagonista, sino una pregunta hecha al lector, al igual que a la esposa; una pregunta que busca descubrir si somos capaces de comprender dichas intenciones.

Inés Macpherson
Fuente: Anika entre libros (http://www.anikaentrelibros.com/)

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