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En abril de 2013 Alfaguara publicó  una pequeña joya literaria: Las lágrimas de San Lorenzo, de Julio Llamazares. Esta es una de esas novelas que ahondan en las relaciones familiares, en el papel de la memoria para definir quiénes somos, en el miedo a la vida y a la muerte, porque al final ambas están conectadas, en la fugacidad del tiempo, que se nos escapa… Un libro imprescindible, escrito con elegancia y cuyas reflexiones traspasan la piel.

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ARGUMENTO

En la noche de San Lorenzo, el cielo llora estrellas. Muchas personas buscan un rincón alejado de la civilización, donde las luces de la ciudad no perturben la oscuridad y así contemplar el espectáculo. Un profesor universitario que ha recorrido media Europa decide llevar a su hijo Pedro a ver la lluvia de estrellas a uno de los lugares con más magia que ha conocido a lo largo de su vida viajera: Ibiza. Mientras padre e hijo contemplan el cielo, en la mente del padre se van sucediendo otras noches, algunas de San Lorenzo, otras perdidas en el tiempo, repletas de personas, de recuerdos, de vivencias mágicas y pérdidas trágicas.
Entre los recuerdos y las reflexiones que la presencia de su hijo le suscitan, el profesor nos permite adentrarnos en su vida, en su infancia y juventud, en sus amores y en sus pesares para contemplar la vida como un todo que existe dentro del tiempo y que desaparecerá en él. Una novela poética y reflexiva que se pregunta por la fugacidad de la vida y el tiempo.

OPINIÓN

¿Qué ocurre cuando una estrella cae? ¿Es un verano de nuestra vida que pasa o es una vida entera que se va? ¿Qué ocultan las estrellas? ¿Son el lugar en el que habitan las personas que se han ido, que nos han dejado? ¿Son el recuerdo de esas personas? ¿Son eternas, como nos creemos nosotros, o acabarán siendo todas fugaces, desapareciendo en el cielo para siempre? Y es que las estrellas, en especial las de la noche de San Lorenzo, conocidas como las lágrimas de San Lorenzo que le dan título a la nueva obra de Julio Llamazares, son una de las muchas metáforas que aparecen en esta novela intimista que en ocasiones recuerda a la poesía y que, en otras, se transforma en una reflexión vital que nos obliga a pensar, a observar la vida a nuestro alrededor y el cielo que nos observa a lo lejos.

El protagonista de esta novela, un profesor universitario que ha recorrido media Europa – a veces movido por las ganas de viajar, otras simplemente movido por la necesidad de huir, de olvidar, de dejar algo o a alguien atrás – narra el extraordinario acontecimiento que es para él compartir con su hijo una noche de San Lorenzo. En una zona apartada de Ibiza, alejada de las ciudades, los pueblos y los coches, contemplan el cielo y, a su vez, el padre contempla en su hijo la ilusión de ver una estrella caer; una ilusión que él ya no tiene. Quizás por la magia que desprende ese momento, quizás por la importancia de poder compartir con su hijo de doce años algo tan especial para él como esas lágrimas del cielo, el padre evoca las ilusiones que él ya no tiene, la vida que ha pasado… y lentamente, con la precisión de un relojero, va desprendiendo capas de recuerdos, retazos de vida que acaban por montar un puzle perfecto de memoria, sucesos y reflexiones.

Como si de la madalena de Proust se tratara, la noche de San Lorenzo que el protagonista pasa con su hijo es la excusa, el detonante perfecto para que su mente se ponga en funcionamiento y le haga recorrer (y a nosotros con él) la historia de su vida. A menudo ocurre que, al estar en presencia de alguien más joven, uno recuerda cómo era él a esa edad, lo que hizo, lo que pensó; cómo se sentía o cómo veía el mundo, la vida entera que tenía por delante. Y comprende todo lo que ha cambiado desde entonces, no sólo lo vivido, sino lo sentido y lo que ya nunca podrá volver a ser. Porque el tiempo – uno de los temas recurrentes de la novela junto a la memoria – no perdona. El tiempo siempre pasa, siempre avanza. Le da igual que estemos vivos o muertos; él prosigue su camino. Nosotros luchamos contra él, lo perdemos, intentamos recuperarlo, pero él sigue, impertérrito, sabiendo que todo seguirá girando, aunque nosotros no estemos. Curiosa ironía que nosotros, que estamos siempre contando el tiempo, controlándolo, no seamos conscientes de lo poco que le importamos. No podemos luchar contra él. Él sigue; somos nosotros que, como las estrellas, pasamos, caemos, lloramos… y desaparecemos.

Narrada en primera persona, jugando con el presente y el pasado, Las lágrimas de San Lorenzo destila poesía tanto en su temática como en su forma, llena de matices y aromas. Plagada de descripciones que transportan al lector a los campos de León, a las playas de Ibiza, al frío de Uppsala y a otros muchos lugares y tiempos, la narración consigue transmitir los olores, las texturas de cada lugar que el protagonista visita hasta conseguir que nuestro imaginario sea el mismo que el de este profesor enamorado de las estrellas desde el momento en que pudo verlas con su padre; desde el momento en que le contaron que su abuelo muerto era ahora una estrella y que todos los seres humanos viven dos veces: una en la tierra y otra en forma de estrella. Sin ser él ni haber vivido lo que él nos cuenta, podemos sentirnos identificados con cada vivencia, con cada emoción, con cada reflexión. Y es que Julio Llamazares consigue que cada palabra desprenda una verdad vital que se cuela por nuestros poros, por nuestra mente, y no nos abandona.

Esta novela ahonda en las relaciones familiares (en las que aquí no entro porque creo que una de las características más interesantes de este libro es ver cómo el narrador va desgranando su vida personal y familiar hasta que el lector puede juntar todas las piezas y comprender sus razones y sus emociones), en la pérdida de los seres queridos y en las ansias de comerse el mundo que uno tiene cuando es joven y que de repente, un día, se da cuenta que ya no tiene. También nos habla de la renuncia, del miedo a la soledad, al silencio y, sobre todo, al paso del tiempo. Aunque quizás miedo no sea la palabra adecuada. Es una constatación: el tiempo se nos escapa; nosotros pasamos, como las estrellas, y un día ya no nos queda más tiempo de vida.

Las lágrimas de San Lorenzo es una historia sobre la vida en todas sus vertientes. Es una historia precisa, preciosa y escrita con brillantez y mesura. Es, en definitiva, una pequeña joya a degustar con tranquilidad, disfrutando de cada palabra, de cada imagen, de cada reflexión. Y de las estrellas.

Inés Macpherson
FUENTE: ANIKA ENTRE LIBROS (http://www.anikaentrelibros.com/)