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Cuando uno está acostumbrado a asociar un nombre con la calidad, a veces espera demasiado de ese nombre y luego se lleva un chasco. Y eso es lo que ocurre con la nueva película de Ridley Scott, El consejero. Por supuesto, todos sabemos que el director tiene extraordinarias películas a su espalda, como Blade Runner, Alien, el octavo pasajero, Thelma y Louis… Pero también tiene ciertas sombras, como El reino de los cielos. Sin embargo, no me refería al director del film, sino a su guionista: Cormac McCarthy, aclamado novelista que se ha pasado a la creación de guiones cinematográficos… Y nos ha dejado una historia coja por todas partes.

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McCarthy fue el creador de la novela No es país para viejos, que los hermanos Cohen llevaron a la gran pantalla. También fue galardonado con el Pullitzer por su novela La Carretera, que también llegó a la gran pantalla y que, como libro, conseguía transmitir una claustrofobia física y emocional que la película no logró captar. Ha escrito obras de teatro, novelas cortas, novelas… y esta vez ha decidido pasarse al cine. No debe ser fácil para una persona acostumbrada a poder ahondar en sus personajes a través de páginas y páginas, de compartir lo que piensan y lo que sienten mediante un narrador que puede entrar en todos los recovecos del personaje, pasar a escribir una obra en la que no existe el narrador, solo los personajes, sus diálogos y la acción. Pero al ver El Consejero, uno se queda con la sensación de que se han dejado fuera de la pantalla algo importante que debía salir en el guión… porque si no, no se entiende el resultado.

El Consejero es una película en la que se habla mucho (y en ocasiones con diálogos increíbles), pero en la que nos perdemos (o al menos eso me pasó a mí). Uno se queda con la sensación de que no comprende las motivaciones de los personajes y, en muchos casos, tampoco sus relaciones. No sabemos realmente quién es quién, ni por qué se explican cosas que no vienen a cuento. Además, como si estuviéramos jugando a la creación de expectativas, los personajes al principio explican ciertas técnicas macabras que, y aquí va un spoiler, se perpetran al final sin, tampoco, venir a cuento. Porque, en el fondo, al no comprender las motivaciones de los personajes, tampoco podemos comprender sus acciones.

Uno puede intentar ahondar y leer entre líneas, y encontrará una crítica a la voraz sociedad en la que vivimos (un capitalismo sin escrúpulos que arrasa con todo lo que encuentra), en la que muchas personas están dispuestas a seguir con su nivel de vida a costa de cualquier cosa y de cualquier persona; podemos ver una crítica a la hipocresía, a la doble moral, a la maldad que habita en el ser humano… Hay incluso una sensación de destino infranqueable: si accionas una bomba, acabará explotando, y si te metes en el mundo de las drogas, sea por el motivo que sea, acabarás cubierto de mierda, hagas lo que hagas y seas lo listo que seas. Pero no es suficiente. Porque, por desgracia, a pesar del posible trasfondo crítico, la historia no funciona y uno sale del cine preguntándose qué ha visto y por qué.

Inés Macpherson