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En noviembre de 2012, Salamandra publicó La gran casa, de Nicole Krauss, una novela coral que nos permite acercarnos a la memoria, personal e histórica, a las relaciones humanas, a las pérdidas y los silencios que guardamos, y a esos objetos que son testigos silenciosos de nuestro paso por el mundo y que, en ocasiones, son mucho más que objetos.

la gran casa

ARGUMENTO
En Nueva York, una escritora ha unido su capacidad creativa, su mundo literario a un escritorio del que fue depositaria en 1972. El escritorio, propiedad del poeta chileno Daniel Varsky le fue cedido cuando él decidió abandonar Estados Unidos. Pero antes de que pudiera recuperarlo, la dictadura chilena lo convirtió en otro más de sus desaparecidos. Años después, una joven que dice ser hija de Daniel viene a recuperar el mueble.
Dicho escritorio, como una sombra al acecho, como una presencia imperturbable y abrumadora, casi omnipresente, es el hilo conductor de esta novela coral que va desde Nueva York a Londres, de Jerusalén a Budapest, circulando por la historia del siglo XX. De la escritora de Nueva York pasamos a una pareja londinense que oculta, tras su silenciosa felicidad, un secreto que la vejez desvelará por sorpresa. Un padre abrumado por el muro infranqueable que ha creado su hijo, quien dejó atrás su país natal para huir a Londres, intenta hablar con su hijo sobre el papel, ya que no se atreve a hacerlo en persona. Una estudiante norteamericana que tiene una beca en Oxford conoce a dos jóvenes hermanos cuyo padre es un anticuario israelí especializado en recuperar muebles que los nazis expoliaron. Vidas ajenas unidas por ese monumental escritorio, con sus cajones y sus secretos, con su presencia y su ausencia, pero, sobre todo, con la memoria que guarda su madera.

OPINIÓN
La memoria es un universo extraño y tiene extraños mecanismos para sobrevivir, para evocar, para permanecer. Hay quienes asocian los recuerdos a un olor, a una canción… y hay quien los asocia a los muebles. Hay muebles que nos acompañan toda la vida, que se convierten en una parte imprescindible del hogar, sin los que nos sentiríamos perdidos. Es el caso de Nadia, una escritora norteamericana que lleva media vida creando novelas sobre un escritorio que le fue prestado, del que siempre sospechó que algún día tendría que desprenderse, y que, sin embargo, tras ver el vacío que deja su ausencia en la casa, se sabe perdida, desamparada, como si le hubieran arrancado un pedazo de vida, el ancla que la mantenía ligada a la vida, a su vida, y sin la que ahora no sabe quién es ni qué hacer. La angustia del vacío, pero también la angustia de saber cuán vacías están las otras partes de su vida ahora que no tiene a qué aferrarse, dónde esconderse.

Pero, ¿qué ocurre si los muebles que formaron parte de esa vida, de la infancia de algunas personas, les fueran arrebatados junto con la inocencia? ¿Qué pasaría si esos muebles se convirtieran en el recuerdo de lo que fue la felicidad antes del horror? ¿Y si fuera lo único que puede evocar el recuerdo de los seres queridos que la guerra y el odio se llevaron por delante? ¿Cómo lidiar con el vació que esa ausencia genera? ¿Cómo recuperar la memoria que guardan los muebles? Ahí entra el personaje de Weisz, un anticuario israelí que se dedica a recomponer el pasado que algunas personas perdieron a causa de los nazis. También su pasado, pues en su casa de Jerusalén tiene una habitación sólo para él en la que recrear el despacho de su padre fallecido a manos de los alemanes. Porque cuando te lo han quitado todo, cuando te han arrancado los recuerdos felices, es difícil desprenderse de lo único que puede devolvértelos. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando el rompecabezas está completo? ¿Qué ocurre cuando todo lo que perdiste ese día vuelve a formar un todo en una habitación? Que descubres que, a pesar de tener todos los muebles, hay ausencias que no pueden reemplazarse.

Pero en La gran casa de Nicloe Krauss hay muchos otros personajes, muchas otras almas que lidian con la pérdida y los secretos, con la memoria, con la ausencia y el dolor, con la incapacidad de tratar con los demás. Nadia se aísla de los otros seres humanos y vuelca su pasión en un escritorio de madera al que no debe rendir más cuentas que las de escribir unas cuantas páginas al día pero sin el cual, de repente, se pregunta qué ha hecho con su vida, si realmente alguna de esas páginas ha valido la pena; si eso es lo que realmente es ella o se ha estado engañando. Los hijos de Weisz, Yoav y Leah, han vivido la lucha de su padre por recuperar la memoria que guardan los muebles. Pero esa lucha por recomponer la presencia de un hogar pasado los ha dejado a ellos sin uno actual, perdidos en su universo particular, sometidos a una voluntad que los ignora. Y también tenemos a Lotte y su marido, una pareja maravillosa cuyo tempo es perfecto, cuyo amor se puede medir también en el silencio. O eso piensa él ya que, poco a poco, va descubriendo que esos silencios, esos muros que construía su mujer alrededor de ciertos aspectos de su vida, eran una manera de proteger su pasado, sus recuerdos y la pérdida, no sólo de la inocencia que le arrancó la guerra, sino de algo mucho más personal, más visceral que abandonó años atrás y que no compartió con nadie; una decisión que la abruma por la culpa y que prefiere ocultar en el rincón más recóndito de su memoria. Y por último encontramos a Dov, un joven israelí que decidió marcharse, tras una de las guerras que lidió su país, a vivir a Londres. Un joven al que su padre recuerda, analiza y evoca, dispuesto a mostrar todas las sombras de una relación que ha brillado siempre por su ausencia y en la que, sin embargo, hay cierto amor escondido en lo más profundo de cada uno de ellos.

Si de algo habla La gran casa es de la pérdida y de la memoria. De la pérdida de los seres queridos, de la identidad, del deseo; de la pérdida de la inocencia; de la ausencia que deja una persona al irse de casa o al irse definitivamente, pero también de la ausencia que puede habitar una habitación en la que falta un mueble. Y de la memoria: de cómo a veces, cuando los muros que hemos creado durante toda una vida se derrumban por el paso del tiempo o el alzheimer, los recuerdos luchan por salir para, tal vez, permitir que otras personas puedan perdonarnos lo que nosotros no pudimos perdonarnos; de cómo la memoria sabe guardarse en los objetos, en los gestos…

Nicole Krauss ha conseguido crear una novela coral repleta de sentimientos contenidos, de reflexiones vitales y de preguntas sin respuesta sobre el sentido de las vidas de cada uno de los personajes que habita estas páginas ya que, por mucho que se pregunten qué hacer o por qué hacerlo, ciertas incógnitas quedan sin resolver. Quizás esos personajes las resuelvan más adelante. Pero eso el lector no puede saberlo. Quizás el escritorio sí lo sepa. Quizás en su madera quede grabada la historia de todos ellos. Pero la autora nos deja con esa sensación de haber contemplado a través de una ventana retazos de diversas vidas que siguen sin nosotros, más allá de las páginas del libro.

Escrita con delicadeza, esta novela ahonda en las profundidades de la memoria, de la pérdida y de los muros que cada uno crea a su alrededor para sobrevivir, tanto a su tristeza como a su incapacidad de amar o de amarse realmente. Una historia plural que hay que degustar con tranquilidad para saborear la pasión por la escritura que la autora transmite en cada página.

Inés Macpherson
FUENTE: ANIKA ENTRE LIBROS (http://www.anikaentrelibros.com/)

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