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Hace unos días fui a ver “El discurso del rey”, de Tom Hooper. A primera vista, la película narra un episodio muy concreto de la vida de la realeza británica: la problemática que representaba el tartamudeo del Duque de York para su condición social, sus obligaciones públicas y para una posible subida al trono. En sí misma, la historia no parecería más que eso, pero la narración que ha creado Tom Hooper a través del guión de David Seidler consigue que traspasemos la frontera de la anécdota y podamos ahondar en unos personajes cuyo laberinto mental y emocional se va desenredando a lo largo del film.

Visualmente, la película es impecable. Los planos, el vestuario, la iluminación… todo está meticulosamente cuidado. Los actores realizan un gran trabajo. El excelente Geoffrey Rush, en el papel de Lionel Logue, nos da una muestra más de su capacidad de crear personajes excéntricos. Collin Firth consigue mostrar la complejidad emocional de su personaje, su sufrimiento y su miedo, además de un tartamudeo extraordinariamente real, que transmite al espectador la impotencia que él debía sentir.

Llena de diálogos que, sorprendentemente, arrancan sonrisas de complicidad en el espectador, esta película me sorprendió por acabar siendo más de lo que aparentaba.