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Ayer fue el estreno en el Teatre Lliure de la obra “L’arquitecte”, de David Creig, dirigida por Julio Manrique y con un reparto encabezado por Pere Arquillue. Para empezar, debo señalar que desconocía a este dramaturgo escocés y que me quedé gratamente sorprendida. Su ácido retrato de la sociedad en la que vivimos a través de los proyectos de un arquitecto – no sólo los que realiza en el papel, sino los que también se aplican a la vida – es acertado, crítico y en algunos momentos incluso hiriente. Muestra ante el espectador esa incapacidad que tiene el ser humano de poder cambiar ciertas cosas, por mucho que las planee. En palabras del propio director, “esta obra es una historia sobre el fracaso”. Y lo mejor de todo es que, al final, no hay culpables.

En un único escenario que, gracias a la iluminación, puede convertirse en cuatro escenarios diferentes, vemos una disección de una familia llena de miedos, obsesiones y silencios que van desgranando, poco a poco, la dificultad de mostrar sus sentimientos. Leo Black, el arquitecto y padre de familia, sigue soñando en sus proyectos, mientras a su lado, su mujer va acumulando miedos y obsesiones; los hijos deben huir del hogar para encontrar un espacio en el que ser ellos mismos… En definitiva, el proyecto de una vida perfecta parece no haber sido construido como se esperaba, porque no funciona. Igual que los edificios. Sobre el papel, en nuestra cabeza, todo parece perfecto – las ideas, los sueños, los proyectos, los planes y los planos – pero a la hora de la verdad, simplemente somos humanos, y muchas veces las cosas no salen como esperábamos. Por eso, a veces es necesario borrar y empezar de nuevo, por muy grande que fuera el sueño; por muy grande que fuera el edificio.

Una soberbia actuación y una excelente puesta en escena para iniciar el año teatral.