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A veces hay películas que no puedes ver en su momento por diversas razones. Pero no importa esperar cuando lo que hay al otro lado es bueno. Y en este caso lo es. Porque The Babadook, de Jennifer Kent, es una de esas películas que van más allá del miedo y se adentran en las sombras de la mente humana. Porque, ¿dónde habitan los monstruos? ¿Bajo la cama? ¿Dentro del armario? ¿En esa sombra que se mueve al fondo del pasillo? ¿O en nuestra cabeza? ¿Están fuera o somos nosotros quienes les damos forma, quienes los alimentamos hasta que tienen tanto poder que nos rodean y solo vemos esa oscuridad que nos acecha y nos consume?

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ARGUMENTO

Seis años después de la muerte de su marido, Amelia (Essie Davis) lucha por recuperarse del trauma y por controlar los miedos de su hijo, Samuel (Noah Wiseman), un niño que tiene constantes pesadillas y que teme que haya monstruos por todas partes. Un día, Samuel encuentra en casa un libro, The Babadook, donde el protagonista es un ser monstruoso del que no te puedes deshacer una vez dejas entrar. Amelia insiste en que solo es un cuento pero, ¿y si ese terrorífico ser ya estuviera habitando su casa, su alma?

OPINIÓN

¿Cuánto poder tiene una palabra? ¿Y una idea? Cuando alguien planta una semilla en nuestra mente, ¿cuánto tarda en tomar forma? Esta podría ser la premisa de The Babadook, una historia donde la idea del monstruo y su poder, que acecha desde las páginas de un libro, va tomando forma de manera aterradora, convirtiendo la vida en una pesadilla.

Lo interesante en este caso es que la pesadilla empieza antes de que realmente se adueñe de la casa la oscuridad. Y es que la atmósfera claustrofóbica que crea Kent es impecable y nos secuestra en ese universo frío y abrumador en el que conviven madre e hijo. Kent plantea un imaginario alejado del ideal: una viuda y su hijo viven en una casa fría, blanca, con un sótano al que no se puede entrar, con unos espacios que, a pesar de tener muebles, parecen huérfanos, vacíos, a punto de romperse. Por si eso fuera poco, la relación que presenta tampoco es la ideal. Más allá del trauma que uno puede suponer que la madre arrastra tras haber perdido a su marido el mismo día en que dio a luz a su hijo, hay en ese hogar una relación difícil, dominada por el terror que siente Samuel, el niño, ante todo. Está convencido de que existen monstruos que acechan en su casa, tanto a él como a su madre, y piensa protegerla a cualquier precio. Por eso la madre encuentra trampas, armas caseras… Hace lo que puede por explicarle a su hijo que los monstruos no existen, pero él sabe que eso no es cierto.

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A partir de aquí, una película al uso apostaría por los sustos, lo truculento, los monstruos palpables y un terror a base de imágenes claras. La gracia es que en este caso, la autora se centra más en la atmósfera sutil, presentando una oscuridad que va en aumento, pero que no reside estrictamente en el exterior, sino en el interior. El miedo está supeditado al proceso interno de los personajes, porque en este caso el miedo nace de nosotros, no a la inversa. Y somos nosotros los que lo alimentamos. Kent entrelaza el suspense a ese ambiente claustrofóbico y malsano en el que habitan los personajes, en el que se van encerrando ellos por miedo, dejando a su vez que el miedo entre por la puerta y no los suelte.

Para hacer esto, cuenta con una inestimable ayuda: la de los dos protagonistas. Essie Davis, en el papel de Amelia, muestra a la perfección la espiral de cansancio, culpa, desesperación y locura en el que se sumerge su personaje. Y Noah Wiseman, en el papel de Samuel, consigue sacarnos a nosotros también de quicio, aterrados no solo por los monstruos, sino por su capacidad de entrar en ataques de histeria que exasperarían al más valiente.

Con un cuadro de actores escaso pero perfectamente diseñado, el círculo iniciado con ese espacio del hogar claustrofóbico y frío queda cerrado y se inicia un diálogo a tres en el que The Babadook lo va impregnando todo, no tanto como un cuarto personaje, sino como una extensión de los tres anteriores. Ese ser que aparece en el papel y que poco a poco va tomando forma en las sombras es espeluznante, no tanto por su aspecto como por su presencia en sí. Está al acecho, pero no viene a matarte o a secuestrarte. Viene a colarse en tu interior y, como en un momento descubre Amelia al abrir el libro, a transformarte con él para que afloren tus peores temores.

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En sí, la historia parece sencilla. Y lo es. Pero está llevada con maestría por la directora, que sabe cómo hacer que unas simples sílabas, “Ba-ba-dook-dook-dook”, se cuelen bajo tu piel y no te suelten en toda la noche, ni en los días siguientes. Están allí, recordándote no solo la película, sino lo que subyace. Porque más allá de la trama, más allá del terror que sufren los personajes y la lucha que deben emprender para deshacerse del monstruo, hay una idea extraordinaria, de un simbolismo increíble, y que queda perfectamente plasmada en la escena final de la película: nosotros dominamos nuestros miedos; somos nosotros los que los alimentamos o los que los desbancamos. Que seamos capaces de hacerlo o no es otro tema. Uno que Kent sabe plasmar de forma magnífica.

Inés Macpherson

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