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Normalmente en este blog aparecen criticas a libros, películas, series… Y en contadas ocasiones, un cuento. Esta semana me gustaría compartir un ejercicio creativo que estoy realizando desde hace un tiempo. Consiste en escoger una pieza musical y crear una historia inspirada en lo que nos cuenta la música. Probablemente, a cada uno de nosotros nos despierte algo distinto y nos transporte a lugares, escenas y personas diferentes. Ahí reside la magia, en abrirse a las posibilidades que cada nota, que cada melodía nos regala.

Y para esta semana escojo compartir uno relato inspirado en la extraordinaria música de Daniel Lumbreras, al que podéis descubrir en este link: https://daniel-lumbreras.bandcamp.com/

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ATLÁNTICA

Aaron se hizo a la mar como cada mañana. Más allá de la estela que dejaba su barca dibujada en la superficie del agua se hallaba su hogar, o lo que se había convertido en él, pues sabía que había nacido en otro lugar. Llegó a aquella costa frondosa, de arena áspera, perfil rocoso y horizonte de bosques un día de verano, ya adulto y con la memoria borrada, dispuesto a reescribir su historia. Sin embargo, cada vez que cogía la barca y salía con los otros pescadores que habitaban su poblado, sentía que pequeñas porciones del pasado volvían a él. Eran recuerdos acuosos, del fondo del mar: edificios sumergiéndose en las profundidades, una sonrisa tornándose en una mueca de tristeza y una despedida y una mano dejando a otra mano… y la nada. El vacío de la oscuridad bajo el agua. No lograba comprender ni cómo ni por qué se repetían aquellas imágenes, pero había acabado por reconocer los perfiles rocosos que rodeaban aquellas escenas. Los había visto en uno de los islotes que los pescadores siempre evitaban porque creían que estaba encantado.

Aquella mañana, solo y sin ninguna barca que hiciera de guía para marcarle el camino, Aaron se alejó de la ruta establecida y se acercó a los islotes. Arrastró la barca sobre la arena del más grande y, esperando no estar equivocado, se lanzó al agua a encontrar lo que sus sueños relataban.

Al principio vio rastros de arena mezclándose con la roca, pero poco a poco, la roca fue ganando terreno. Las islas estaban unidas bajo el agua y su aspecto amenazante que tanto asustaba a quienes veían su escarpada silueta exterior, se tornaba en una suave ondulación que parecía producto del hombre y no del mar.

Y entonces Aaron lo vio. Entre aquellas ondulaciones, una abertura, una entrada a un túnel. Sin pensar en el aire que necesitaría coger en breve, Aaron se adentró en esa cueva. A pesar de la oscuridad, pudo ver perfectamente el camino, como si una luz extraña iluminara las paredes… aunque no hubiera luz alguna. Y es que eran los ojos de Aaron, que volvían a brillar ahora que se acercaban a casa. Una casa que había caído, sumergida para siempre en el mar y en el olvido de los hombres. Pero no de Aaron, quien acabó por reconocer entre aquellas paredes el hogar que lo había visto crecer, medio hombre, medio mar.

Al llegar al centro de lo que en otro momento fue su ciudad, sintió cómo una corriente marina se enredaba entre sus dedos y reconoció, en aquella pequeña caricia de agua que ahora le rozaba el rostro, la sonrisa de sus sueños.

Y feliz, al fin, decidió olvidar su parte humana y convertirse en ola para no necesitar nunca más tomar aire o comer. Solo mecerse entre el mundo que conocía, acariciando las piedras que le daban cobijo cuando quería descansar y dejarse llevar por la fuerza del océano, que guarda en sus entrañas todos los recuerdos del mundo.

Inés Macpherson

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