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Hay libros a los que llegas sin darte cuenta y agradeces las casualidades, la posibilidad de adentrarte en sus páginas sin saber qué esperar. Cuando en 2019 vi la ilustración de Cuántos de los tuyos han muerto, de Eduardo Ruiz Sosa, publicado por la editorial Candaya, me llamó la atención esa Matrioska vestida de Muerte, esa Muerte convertida en Matrioska.

Al acabar de leer el libro, comprendes que hay un juego de historias dentro de historias, no porque haya relatos dentro de otros relatos, sino porque todos ellos están relacionados en cierto sentido por todas esas muertes que son muertes, pero también son otras cosas. Porque no se trata tanto de la muerte en sí, la física, la corporal, sino de lo que los muertos nos dejan, los recuerdos del vínculo, las incógnitas, el vacío. Y luego esas otras pérdidas: enfermedades, desaparecidos, incertidumbres, pérdidas, olvidos, que pueblan nuestra vida y nos arrancan pedazos. Eduardo Ruiz Sosa nos recuerda que, a veces, la única manera de guardar esos fragmentos que se pierden, esas vidas que se escapan, es a través del relato; un relato que se escapa a las certezas, como la memoria. Por eso las ausencias convertidas en historias son siempre aproximaciones, variaciones, ficciones. Unas ficciones que en estas páginas saben jugar con las palabras y los espacios, creando escaleras de frases para crear un ritmo, una cadencia, una determinada pausa en el discurso.

El primer relato que encontramos es «Desaparición de los jardines».  En él nos adentramos en el dolor de la enfermedad degenerativa, de la pérdida de la memoria, pero lo hacemos de una forma que va más allá de lo obvio, de lo palpable. La pérdida de la memoria de la abuela tiene un paralelismo en el hogar, en la forma en que el espacio también se va desintegrando: «No sé qué empezó a morirse primero, si la casa o la abuela». Cuando perdemos un hogar, perdemos una parte de nosotros. Cuando perdemos a una persona, perdemos una parte de nosotros, y cuando esta persona se va perdiendo, la sensación es que también perdemos espacios de memoria, esos lugares donde construimos relaciones, recuerdos… Por eso la unión de las dos desintegraciones,  ese irse apagando y rompiendo, dejando a oscuras pedazos de una vida. «Creo que a veces es la muerte la que nos hace miembros de la misma familia. Ciertas formas de la muerte. O específicas muertes con nombre y apellido», nos dice el narrador. Y nos regala imágenes como la de su abuela observando los azulejos de la cocina o fijando la vista en la puerta de la habitación, para después seguir avanzando por la memoria y la tristeza de ver cómo el tiempo y los recuerdos se mezclan, se pierden, duelen:

«Supe que lloraba durante la mayor parte del día

que le dolían los recuerdos

            pero ella misma no conocía

                        el origen de su llanto

que en cada objeto de la casa anidaba una memoria como una mordida, que esa forma de vivir en el ahora todos los momentos del pasado no tenía descanso».

Con el segundo relato, «La garra de la estatua», nos adentramos en una pérdida muy real: la pérdida de un ser querido, en este caso, la madre. El duelo se mezcla con el dolor de vaciar una casa, de preguntarse cómo reconstruir a una madre que ya no está y que ha dejado un vacío, el suyo, lleno de incógnitas, plagado de cosas que no sabías y que no sabes cómo convertir en historia, en relato. Vaciar una casa también es una manera de vaciarse, de reconstruir la memoria, la parte de la vida compartida y aceptar que habrá zonas en blanco que tendrás que rellenar con tus recuerdos, con ficciones o aprender a convivir con el silencio. La presencia de una estatua sin mano, el descubrimiento de ciertas supersticiones, leyendas y deseos permiten preguntarse por la madre, pero sobre todo aprender «que el mundo tiene dos dimensionas: una donde puede morir el cuerpo […] otro donde puede morir la memoria».

«El dolor los vuelve ciegos» es un relato que te rompe. Hay que tener en cuenta que, en este libro, Eduardo Ruiz Sosa nos habla de la muerte desde dos lugares: desde una tradición que sabe aunar simbolismo y supersticiones, y desde la cruda realidad de la muerte violenta, el dolor de la crueldad humana, la sumisión, la explotación, el maltrato, y los desaparecidos. Es el caso de este tercer relato, donde nos desgarra la incertidumbre, la repetición del ritual de ir a reconocer cadáveres y tener que decir «él no es»; una repetición de la herida en forma de palabras que nos recuerda el sufrimiento de esos vacíos que impiden reconstruir un relato, porque no sabes qué ha ocurrido y nada en el exterior parece capaz de decirte algo.

Con «La mirada médica», el autor explora un tema complejo, el de las decisiones que los padres pueden tomar para cuidar, teóricamente, de los hijos. Decir que el relato solo habla de esto sería ser injusto: hay amistad y hay dolor; hay la certeza que la muerte de los padres de los demás nos hace pensar en la muerte de nuestros padres, y la nuestra propia; encontramos la dificultad de vivir en el mundo cuando uno no encaja, y encontramos un punto de humor macabro que aligera el peso.  

En «El sanatorio de la intemperie» Eduardo Ruiz Sosa nos muestra la muerte natural y la muerte violenta, la del enfermo y la del asesinado, la muerte lenta y la muerte rápida. El autor explora la enfermedad, el sufrimiento que supone estar encerrado en un cuerpo que ya no funciona: alguien que vive en la frontera, porque la mitad de su cuerpo funciona y la otra no. Reflexiona sobre lo que significa ser hombre, ser cuerpo, estar expuesto al tiempo, al olvido, a la muerte, y cómo las personas reaccionan ante esa muerte en vida, el dolor que podemos llegar a sentir ante la muerte lenta de un ser querido al que ya no reconocemos en esos ojos y pensar que no podemos hacer nada para ayudar a un amigo.

Exploramos la ceguera como soledad, como experiencia de amputación del mundo a través de la oscuridad en el relato «Una voz sin cuerpo», una historia en la que dos hermanos saben que se quedarán ciegos y, en un momento, nos dicen que no salen de casa porque así, cuando se queden ciegos, no echarán de menos la variedad de lo perdido. Con «No tiene nariz ni ojos, pero sí boca», Eduardo Ruiz Sosa nos ofrece uno de los relatos más extraños del libro, el más simbólico, quizá, o el que sabe explorar mejor la reflexión sobre el relato, sobre la forma en que las historias nos cuentan, pero también nos pueden ocultar.

El fanatismo religioso, el machismo y el sometimiento aparecen en «Naturaleza de los fieles», un relato donde vemos la amputación de la dignidad de una mujer que «aprendió a sentirse segura si desaparecía de la mirada de los otros». Exploramos el perdón en «Muerte de David Brodie» y observamos a un actor que busca experimentar la muerte a través de sus actuaciones en «Que el mundo arranque tus ojos». Nos invita a observar la pérdida, a reflexionar sobre ser presencia, sombra, el fantasma de los demás, para contemplar el poso que deja la gente cuando muere. ¿Y si nuestra vida fuera nuestra en la medida en que es de los otros, en que los otros la hacen suya? Si nos acogen tras la muerte, si nos recuerdan, tal vez construyan a través de sus recuerdos lo que fuimos nosotros.

Llegamos al final del libro con «La desaparición de los siervos», un relato que nos habla de la pérdida del hogar y la identidad, y nos explica que las historias, los relatos y los sueños también son maneras de lidiar con esa pérdida. Creamos historias. Historias que nos llevan hasta el Post Scriptum, donde nos encontramos de nuevo con esa estatua, esa mano, ese deseo que no sabíamos si se había cumplido o no, ese vacío que tenemos que llenar y que estas historias intentan acompañar. Un libro fascinante y poético que indaga en los aspectos de la muerte, la pérdida, pero, sobre todo, de la vida.

¡Feliz lunes y felices lecturas!

Inés Macpherson