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El cuerpo es el segundo volumen de la trilogía «Cegador» (1996-2007) que publicó Impedimenta en marzo de 2020. Es el cuerpo central de la mariposa que Mircea Cărtărescu escogió como imagen para este ejercicio que bucea en el yo, en la figura de la madre y del padre, pero también en la ciudad. Una ciudad que se observa desde la ventana, pero también a pie, aprendiendo a caminar, a bajar las escaleras, a descubrir el cuerpo de los edificios, del asfalto y todas las criaturas que lo habitan, reales o imaginadas, en un caleidoscopio que permite contemplar a su vez la compleja realidad del momento histórico en el que estaba sumida Bucarest y Rumanía. 

Con esta segunda entrega, Cărtărescu retoma su viaje, una arqueología emocional y vivencial de su familia y su ciudad, un viaje que va más allá del yo para contemplar un sinfín de historias que nos hablan del descubrimiento y el dolor, del silencio y la miseria, de los sueños y el deseo, la magia rota de aquellos que intentan volar, pero solo tienen alas imaginadas. Nos muestra la Bucarest de los años sesenta y setenta, una capital y un país marcados por la realidad política que se cuela entre las rendijas de su observación, de la narración que fluye a través de sus dedos, desde su cráneo que sabe leer lo que sus ojos retuvieron para guardarlo en forma de recuerdo. Todo va y viene, entre presente y pasado, pero también entre lo palpable y lo onírico, entre el yo y el otro. Es un retrato que se convierte en exploración, bajando las escaleras, seleccionando fragmentos de vidas y sueños que van tejiendo un cuadro complejo donde el cuerpo se torna cada vez más presente, consciente de un yo que es y no es.

Sobrecubierta

Quien ya haya leído a Cărtărescu, y se haya acercado al primer volumen de «Cegador», sabrá que adentrarse en su prosa es adentrarse en el asombro, en lo inesperado, en un viaje único que fluye a través de las páginas. Esta segunda entrega de la trilogía, de nuevo con una extraordinaria traducción de Marian Ochoa de Eribe, sigue ahondando en los recuerdos de la infancia, pero de una infancia que está abandonando el universo del niño para adentrarse en la adolescencia; un joven Mircea que, movido por la curiosidad, la de su cráneo y la de su cuerpo, bucea por la ciudad de forma más presente, observando no solo aquello que sueña, lo que resuena en su interior, sino lo real, la historia que palpita y transforma su mundo. Por eso no escatima en descripciones, mostrando la miseria y el desencanto que rezuman las casa y las calles. Porque aquí entramos en el cuerpo, en el humano, pero también en el de la ciudad: los edificios, los rincones, azoteas y escaleras tienen piel, carne… Y para que eso quede claro, nos ofrece descripciones que juegan con lo que vemos y lo que está más allá, buscando una simbiosis entre la carne y el cemento, entre la forma estática y el cambio, entre la luz y la oscuridad, mostrando la materia, las entrañas y las raíces de un edificio y una ciudad que, como cuerpos que son, pueden respirar y morir, ser destruidos o descubiertos.

En esta segunda parte, en este cuerpo central de la trilogía, la ciudad tiene una importancia quizá mayor, porque sin decirlo, nos muestra esa Bucarest sombría, marcada por la situación política que quizá esos ojos de niño empiezan a intuir. Quizá por eso la piel y el cuerpo, las terminaciones nerviosas y las entrañas del cuerpo y del cemento se confunden, se entremezclan en este extraño viaje. Pero entre la realidad encontramos un universo inmenso que se adentra en el laberinto de las calles y se cuela por las rendijas de esa fina línea que separa lo que vemos de lo soñado, de lo imaginado. Y el relato crece, fusionando el pasado y el presente para abrirnos la puerta entre las paredes de la ciudad, donde descubrimos historias fascinantes que destilan distintas capas de imposible: las alfombras que teje su madre, donde hay quien cree ver secretos de Estado; la niña María, a quien le crecen alas de mariposa y se eleva cada noche más allá de la ciudad, más allá de esta realidad tangible que nos liga a un cuerpo que no sabe mudar, o los hombres estatua que nos invitan a imaginar qué ocurriría si todos aquellos que fueron desde siempre estatua decidieran abandonar su inmovilidad.

El cuerpo es la parte central de la mariposa, de esa imagen escogida para hablar de la transformación, de aquello que cambia sin dejar de ser, sin abandonar lo que ha sido. El lenguaje fluye, pero entre las páginas de este libro nos vamos encontrando con muchas mariposas, todas ellas con una función simbólica y narrativa; con efectos cegadores que son como un flash de luz que nos sorprende entre frases, como si fuera un toque de atención, una forma de recordarnos que hay que mirar más allá de la palabra, de la piel, ver el esqueleto, lo que ocurre, esto que es y que se escapa en cuanto lo escribes. La palabra y el lenguaje son importantes en la obra de Cărtărescu, al igual que la mirada, como si se buscara recordar que los ojos crean una realidad, que todo lo que vemos, lo que escribimos, lo que decimos, pasa por un filtro, el nuestro, y que cuando volvemos hacia dentro, hacia la creación de la escritura, mundo ficticio y mundo real transitan por los espacios del cuerpo, del cráneo de aquel que emplea la palabra, la imaginación, la vista o la observación…  

Su prosa está marcada por su capacidad poética, por las imágenes que saben tejer una membrana donde cohabitan lo real y lo espectral, lo onírico y lo político, la carne y el pensamiento. Sus frases fluyen entre la descripción y la filosofía, entre la vida cotidiana y las reflexiones sobre la creación, salpicando de imposibles un relato bello y extraño, que se mueve entre lo histórico y auténtico para escaparse después a la fábula fantástica, las leyendas que construyen una cartografía personal.

El cuerpo es un libro extraño, abrumador; una muestra más del genio de Cărtărescu y su capacidad para moverse entre lo visible y lo invisible, lo real y lo irreal, la imaginación y la memoria como elementos para construir un cuerpo donde la historia y las historias sirven también para reflexionar sobre la vida y la muerte, la creación y el deseo, lo carnal y lo espiritual en un relato evocador, que nos muestra las alas y las entrañas, la oscuridad y la luz cegadora de una mariposa de la que nos queda por descubrir su ala derecha. 

Inés Macpherson

(Reseña escrita originalmente para Anika Entre Libros)