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En mi entorno, a menudo se ha considerado el cine y la literatura de terror como algo desagradable y, sobre todo, innecesario. La frase más habitual suele ser «No sé qué necesidad tienes de ir al cine a pasar miedo». También recibían comentarios mis cuentos de adolescencia, donde las ciudades devoraban a la gente o la oscuridad se comía todo aquello que necesitabas hasta dejarte solo en medio de la nada, viendo cómo tu cuerpo era digerido por esa negrura que no podías entender. Durante un tiempo intenté explicar lo que implicaba para mí descubrir cómo otras personas daban forma a sus propios miedos, pero me costaba hacerles comprender que en esas historias yo veía ventanas y espejos: ventanas a los miedos colectivos, ancestrales, que nos atraviesan y que palpitan en nosotros, aunque no queramos verlos ni hablar de ellos, y espejos, porque en algunas de esas historias también veía, y veo, mis miedos y siento que los comparto. No sé por qué, pero creo que las historias de terror siempre han sido para mí una forma de observar, de ahondar en una parte de la psicología humana, de comprender el pánico que tenemos a convertirnos en monstruos, a encontrarnos con uno en el mundo real, sin necesidad de elementos fantásticos; miedo a perdernos, a dejar de ser nosotros mismos o a que el mundo se desmorone y deje de ser un lugar conocido, comprensible. Y os preguntaréis, ¿a qué viene toda esta introducción? La razón es sencilla: tenía muchas ganas de leer el libro de Desirée de Fez, Reina del grito (Blackie Books, octubre 2020), porque tenía la sensación de que iba a leer un relato sincero sobre el miedo y sobre el género de terror, sobre la forma en que se relacionan y hablan entre ellos, y sobre la forma en la que el miedo es visto cuando lo viven las mujeres. Y tenía razón. Es un libro sincero, a ratos muy divertido, atravesado por el cine de terror, que sirve como ejemplo, como espejo, como el espacio en el que uno proyecta o ve los miedos. Los miedos a través de las películas, las películas como forma de hablar de los miedos, en este caso, de los miedos femeninos.

Dicho esto, vamos a hablar un poco del libro, que de eso se trata. Y, ante todo, haré un apunte sobre lo que acabo de decir. Que hable de los miedos femeninos no significa que sea un libro exclusivamente para mujeres. Sí, se habla de maternidad, de menstruación (hay varias apariciones de tampones, pero quizá va siendo hora de que normalicemos también eso), de la violencia sexual y del machismo (hay anécdotas que probablemente nos resuenan a muchas), pero se habla de mucho más, de miedos que, en el fondo, van más allá del género, que nos pueden afectar a todos y que en cada uno de nosotros adoptan una forma. Es cierto que, como mujeres, muchas nos sentiremos identificadas con esos miedos y con esas reflexiones. Pero a mí me han parecido muy interesantes las ideas que se plantean respecto a los miedos asociados a la maternidad, y no soy madre. Como siempre, todo depende de la forma en que te adentres en la historia, en los pensamientos que pueblan estas páginas.

Este no es un libro sobre cine, aunque la autora hable de él. El cine aparece como apoyo, como elemento que ayuda a adentrarse en la reflexión, a ahondar en una idea muy importante: las películas narran una historia, pero cómo la vemos nosotros, cómo nos afecta, es algo nuestro. Lo que quiero decir es que, como con muchos libros, el espectador acaba en cierto sentido la obra. Es su lectura quien le da un sentido u otro; sentido que, por cierto, puede variar con los años. Esta mirada personal queda clara en la manera en que Desirée de Fez analiza e identifica miedos y películas de una forma personal, no sé si íntima, pero sí auténtica. Eso hace que sientas curiosidad por aquellas que no has visto o que sonrías ante las que sí has visto y coincides con ella. También hace que, de repente, visites las calles de La noche de Halloween (John Carpenter, 1978) y te des cuenta de algo muy curioso. Ves a Jamie Lee Curtis y a sus amigas salir del instituto y caminar por la calle y piensas: están solas. Son tres y, sin embargo, lo primero que piensas es en su soledad, en su vulnerabilidad. Es una reacción buscada, porque las calles están desiertas, y a pesar de saber que las casas están habitadas, la sensación es de soledad. Pero, aunque detectes el mecanismo narrativo, te das cuenta de la forma en que tu cerebro va a buscar esa idea con la que creciste, mucho antes de ver películas de miedo: el terror a estar sola en la calle, a que te pueda pasar algo. Y a aceptar ese miedo como algo normal, sin rebelarte, sin preguntarle a tus padres por qué ese terror a que salgas, a que vuelvas sola, cuando tus hermanos pueden hacerlo.

Hablando de Jamie Lee Curtis, debo decir que me encanta la forma en que la autora enfoca la figura de la reina del grito. Puedes verla como víctima, como alguien vulnerable, pero en el fondo es mucho más que eso. Es una mujer que ha estado aguantando el horror y, cuando ya no puede más, grita. Es lo que hacemos muchas mujeres: aguantamos los golpes, los físicos y los emocionales; aguantamos los miedos, la rabia, la injusticia y, de repente, cuando ya no podemos más, gritamos. Hay quien te llama histérica, quien te recrimina que seas demasiado emocional, que tengas demasiada pasión o que no te sepas contener, pero al final estás cansada: cansada de ser silenciada, de que te hagan creer que nunca estarás a la altura por el mero hecho de ser mujer, de no poder volver sola a casa… Sí, algunas cosas están cambiando, pero ¿habrían cambiado si no hubiésemos gritado? Gritamos porque tenemos la necesidad de expresarnos, y las reinas del grito manifiestan su miedo y siguen adelante, siguen corriendo, siguen luchando.

El diálogo que establece Desirée de Fez con el cine es muy interesante. Es cierto que hay un enfoque narrativo íntimo, una especie de diario-ensayo personal de miedos que se mezcla con experiencias y anécdotas, con diálogos, en algunos casos cargados de humor, y reflexiones personales, pero también es un canto a lo que es el cine para muchos de nosotros: un refugio, un acontecimiento asociado a algo, a un día, a una persona, a una idea. Puede ser entretenimiento, por supuesto, pero a menudo es mucho más que eso. Puedes establecer una conversación con él, puedes mirarte al espejo a través de sus imágenes y comprender al otro y comprenderte, aprender a ser consciente de los miedos que compartes, los que son tuyos, los que se transforman o desaparecen.

Antes de acabar, un pequeño apunte. La magnífica ilustración de portada, de Martine Johanna, contiene un guiño, no sé si consciente o inconsciente, a un elemento del libro: el color. Es algo que está bastante presente en diferentes capítulos: el negro de las camisetas de los asistentes al Festival de Sitges, entre los que ella desentonaba por su colorido, como si se hubiese colado en El pueblo de los Malditos vestida de flamenca; el rosa de un chándal y el azul de un vestido. Estos dos últimos colores son los que destacan en la portada, creando un diálogo interesante que nos recuerda que nuestros miedos también dialogan: los de la infancia y los de ahora, la forma en que los enfocamos y las herramientas que tenemos para lidiar con ellos.

Esto es una recomendación y, en el fondo, también es un agradecimiento. Se agradece un espejo de los miedos tan bien contado, tan personal y a la vez tan universal. Se agradecen los momentos de risa y la lista de películas que tienes ganas de volver a ver o descubrir para ver qué te dicen a ti. Y se agradece esta visión de los miedos y la vida, del cine y del género.

¡Feliz viernes y felices lecturas!

Inés Macpherson