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Aunque no habían cerrado del todo, porque podíamos acudir a ellas desde las webs, las librerías están empezando a abrir sus puertas poco a poco, adaptándose a estos tiempos extraños. Unos tiempos que no tienen nada que ver con la realidad que explica Édouard Louis en Quién mató a mi padre (publicada en castellano por Salamandra y en catalán por Més Llibres), pero que nos conectan con la realidad con todos sus matices, siempre que uno quiera mirar.

Quien mató a mi padre es un monólogo personal, una carta abierta dirigida al padre y un j’accuse breve y demoledor que señala uno de los orígenes de la precariedad y las desigualdades sociales que asolan Francia y, en general, nuestra sociedad.

Escrito desde el yo, esta especie de repaso familiar, esta reconciliación con uno mismo y los propios orígenes, nos lleva a contemplar de cerca un retrato humano y social, la narración de unos acontecimientos personales marcados por un sistema que parece dispuesto a dar la espalda a aquellos que no encajan en la imagen de éxito prediseñada de la sociedad. Una tormenta íntima en la que se mezclan recuerdos y reflexiones personales sobre la relación paterno-filial del protagonista con denuncias mordaces y directas, con nombres propios incluidos, que apuntan a los responsables de una desigualdad cada vez mayor y que se pavonean defendiéndose en esa nueva moda de decir que, si uno es pobre, es porque no se esfuerza suficiente en no serlo.

Para aquellos que nunca se han enfrentado a un texto de Édouard Louis, como es mi caso, hay que reconocer que este Quién mató a mi padre es una bofetada escueta, pero directa. Y no solo a nivel político, sino a nivel personal, porque de la misma manera que hay una denuncia abierta a los recortes y a las políticas que han ido dejando de lado a toda una clase social a la que, además, se desprecia a menudo con una condescendencia deplorable, también hay un retrato brutal de lo que supone le perpetuación de unos mecanismos educativos y conceptuales, donde la feminidad, la masculinidad, el trabajo o el valor quedan acotados por definiciones que lo único que hacen es impedir ver más allá de la etiqueta encorsetada y censuradora.

Lo que nos muestra Louis en este monólogo o carta abierta es el retrato e interpretación de una realidad. Durante mucho tiempo, se insistió en un discurso que defendía la escalera social, la igualdad de posibilidades. Pero como nos enseñó claramente la película Comanchería (Hell or High Water), dirigida por David Mackenzie en 2016, la pobreza a menudo se hereda y sobre todo en un mundo donde cada vez se recortan más las ayudas y los derechos laborales, donde la precariedad se ha convertido en norma aceptada y a veces aplaudida por algunos sectores de la sociedad que contempla sin inmutarse cómo el sistema público que permite aspirar a cierta igualdad se desmorona.

Édouard Louis expone el mundo que vive la Francia de abajo, los que han sido arrollados por una crisis que ha beneficiado y sigue beneficiando a los mismos y que les ha dado una excusa para seguir recortando, para seguir pisando. Pero también nos habla de un padre marcado por unas ideas preconcebidas de lo que es ser un hombre, que luchaba constantemente entre el afecto que sentía y la obligación de seguir siendo lo que le habían enseñado a ser. Un padre que también le marcó a él y a quien, a través de los recuerdos y las conversaciones, muestra en todas sus facetas posibles mientras, a su vez, también nos habla de sí mismo y su viaje personal.

Este texto, que no llega a las cien páginas, nos habla de la destrucción social y personal, física y emocional. Nos habla de la cadena de medidas políticas que alimentan la desigualdad mientras se alaba y venera a un sistema que lo único que hace es triturar a los que lo mueven para deglutirlos mejor. «Tienes razón, tienes razón, creo que nos hace falta una buena revolución», dice el padre al final del libro. Teniendo en cuenta la situación actual, no sé realmente qué nos hace falta, pero despertar del letargo sería interesante porque, desde hace un tiempo, incluso esas revoluciones, esas exigencias para conseguir un mundo mejor se convierten en eslóganes que después el propio sistema utiliza, y la rueda vuelve a girar.

¡Feliz lunes y felices lecturas!

Inés Macpherson
(Reseña escrita originalmente para Anika Entre Libros)