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En la ficción han existido mujeres de todo tipo, pero durante mucho tiempo, parecía que, si hablabas de amor, e incluso de sexo, tenías que encajar en un concepto muy concreto de la feminidad. En cierto tipo de novelas románticas se perpetúa una idea de personaje femenino que pertenece a un concepto estético y social predeterminado, con gestos y comportamientos calcados. Es cierto que la ficción no tiene por qué retratar la realidad, pero llega un momento en el que a una le gustaría encontrar mujeres que puedan hablar desde todos los lugares posibles, desde su humor negro, su mala leche y su necesidad de afecto sin que parezca una contradicción. Por suerte, la realidad y la ficción, sobre todo últimamente, han demostrado que esos esquemas se están rompiendo. Se puede ser femenina y soltar improperios, hablar de sexo, ser asesina a sueldo o comerse el mundo si es necesario, con el pelo corto o a lo Rapunzel, con falda o pantalones o como nos dé la gana. Podemos tener mala leche y hablar de amor; de hecho, podemos echar pestes sobre el amor romántico y desear que nos quieran y poder querer. Como dice Alex, la protagonista de Sueño contigo, una pala y cloroformo, de Patricia Castro (Apostroph, 2019): «La vida puede tener el sentido que le queramos dar, pero hay algo que permanece a pesar de todas las historias trágicas y absurdas que nos montamos. Todos queremos querer y que nos quieran, dejar nuestra pequeña huella en el mundo. Camus, colega, te puede parecer absurdo pero es cierto, esa es la puta piedra que de verdad vamos a cargar siempre».

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¿Por qué he dicho lo anterior? Porque debo reconocer que la protagonista que ha creado Patricia Castro en su primera novela me conquistó en la primera página porque era todo eso. De repente tenía delante a una mujer que hablaba de verdad, no de esa manera impostada que a menudo se utiliza para hacer hablar a las mujeres en la ficción, como si todas viviéramos en un anuncio de compresas y flotáramos por las nubes soñando con una felicidad prefabricada con electrodomésticos incluidos y príncipe azul a la vuelta de la esquina. O como si tuviéramos que desgarrar nuestras entrañas más profundas confesándolo todo de una forma trágica pero dulce, buscando una comprensión casi beatífica. Tenía mala leche. Estaba enfadada consigo misma, con el objeto de su pasión en particular y con el mundo en general, y estaba dispuesta a hablar de una historia de amor sin caer en los tópicos, aunque jugando precisamente con ellos, con los esquemas clásicos de las novelas románticas para romperlos y arrancarles el azúcar.

Este libro es difícil de clasificar. No es una novela de amor, aunque en parte lo sea. Tampoco es un ensayo, aunque la trama se entremezcla con las reflexiones de la protagonista, que ahondan en las relaciones humanas y la actualidad política y social con críticas a diestro y siniestro enunciadas sin pelos en la lengua. De hecho, creo que uno de los logros esta novela es la manera en que la voz narrativa de Alex nos permite entrelazar lo personal y lo social, los anhelos individuales y la sensación de formar parte de una generación precarizada y de un mundo global, que lo ha comercializado todo, incluso el afecto. En una de las múltiples reflexiones que se hacen sobre el carácter de Júlia, esa gestora de las emociones, comprobamos que ella en el fondo podría representar la condensación de una serie de eslóganes que se han promovido desde distintos sectores y que se han convertido en una moda vacía pero llena de palabras que, al final, se rompen cuando las enfrentas con una realidad que son incapaces de observar y analizar realmente.

Es también el retrato de una realidad concreta, porque los referentes geográficos y el bilingüismo marcan un espacio reconocible, pero las reflexiones que subyacen son extrapolables a la sociedad en general. Es como si fuera tomando una pieza tras otra del puzle de nuestra actualidad, en todos sus aspectos, y fuera agitándolas hasta desmontar las construcciones rígidas y absurdas en las que se sitúan cada uno de ellos. Y también es un extraño homenaje a un sustrato cultural que transpira todo el libro, plagado de referencias a música, cine, libros y filósofos, permitiendo que también se rompa otro estereotipo más, pues estamos leyendo cómo una joven nos habla de sexo, de amor y de precariedad en una novela, pero a la vez nos bombardea con reflexiones más profundas de las que a veces se encuentran en los análisis de algunos libros.

En definitiva, creo que estamos ante un libro con ganas de contar una historia, pero también con ganas de ofrecer un espejo, una reflexión afilada que nos recuerda que no se puede dividir el mundo y lo que ocurre en blanco y negro, con etiquetas prefabricadas que buscan una realidad esterilizada que no se puede sostener ni sobre el papel. Una lectura ágil, rápida y con una voz narrativa que sabe jugar con todas las contradicciones que tenemos y que nos hacen humanos.

¡Feliz jueves y felices lecturas!

Inés Macpherson