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Teniendo en cuenta el panorama político y social con el que se está vistiendo últimamente el mundo, que se estrene este 2019 la adaptación de Buenos Presagios, de  Terry Pratchett y Neil Gaiman (Timunmas, abril 2009; el original en inglés, Good Omens, es de 1990) no me parece mala idea  ¿Porque habla del fin del mundo? No, aunque es un aliciente. Es interesante por la reflexión que subyace, por el retrato de la humanidad, ese grupo de seres vivos que busca religiones, dioses o monstruos para establecer la dicotomía entre el bien y el mal, como si fuera algo externo y así poder justificarse. Pero, como Crowley dice a lo largo del libro, las mejores ideas para sembrar “el mal” no han sido suyas, sino de los hombres. No necesitamos ayuda para entrar en guerra o destruir el planeta. Con un par de excusas y un toque de avaricia podemos devorarlo todo, incluso a nosotros mismos.

Por eso, cuando alguien me pregunta cómo es posible que en mi estantería puedan convivir libros clásicos como La Divina Comedia con las obras de Neil Gaiman o Terry Pratchett, reconozco que me sorprendo. ¿No se pueden valorar obras completamente distintas por lo que cada una de ellas aporta? ¿Existe únicamente una literatura válida? De la misma manera que sabes que, cuando abres un libro de Mircea Cartarescu, vas a adentrarte en un universo literario poético, onírico y profundo que requiere que leas con los cinco sentidos y probablemente alguno más, sabes que al abrir uno de Gaiman o Pratchett vas a viajar a un lugar donde poder desconectar y disfrutar. Son contadores de historias. Y las historias pueden tener todas las formas y colores que uno les quiera dar. Puedes quedarte con la lectura superficial, la que te empuja a pasar páginas y sonreír cuando el autor sabe que vas a sonreír, o puedes aprender a mirar siempre un poco más allá, incluso entre las líneas de libros que, teóricamente, no pretenden nada más. Porque, al final, casi siempre hay algo más si te apetece buscar.

buenos presagiosEs el caso de Buenos presagios (Good Omens). Divertida, con momentos absurdos, de enredos, de encuentros y desencuentros, de planes torcidos y personajes variopintos, es una novela que avanza a buen ritmo, que te seduce y te atrapa en los intentos de unos y otros por controlar lo inevitable… o no. El color que saben darle Pratchett y Gaiman a todos los que habitan estas páginas es extraordinario, porque incluso los que podrían parecer personajes más planos acaban teniendo una esquina imprevista, un momento que te hace sonreír y los convierte en personas. ¿Es alta literatura? Probablemente no. Pero es una historia perfectamente montada, que sabe conducirte, sin necesidad de perderte, por un camino que los autores conocen y disfrutan. Porque disfrutan. Y tú con ellos.

Por otro lado, creo que, teniendo en cuenta el éxito de la película Bohemian Rhapsody, se merece una mención especial lo que ocurre con las cintas de música que hay en el coche de Crowley: cualquier cinta que pasa más de dos semanas dentro del coche se convierte en éxitos de Queen. Da igual que sea Mozart. Al darle al play, suena una canción de Queen. Y entremedio, aparece la voz del portavoz del Infierno para comunicarse con él. ¿Por qué? Eso habría que preguntárselo al Diablo, porque parece que tiene buen gusto.

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Y también han tenido buen gusto los creadores de la serie al seleccionar a los actores que interpretan a Crowley y Azirafel, David Tennant y Michael Sheen respectivamente. Pero, mientras no llega la serie, lean el libro, señoras y señores, porque observar el fin del mundo a través de la pluma de Gaiman y Pratchett es un placer, divertido, entretenido y muy humano.

¡Feliz lunes y felices lecturas!

Inés Macpherson

 

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