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Hay libros que son pequeños y perfectos engranajes literarios. El Domingo de las Madres, de Graham Swift (Anagrama, marzo 2017) es uno de ellos. Una historia sencilla pero llena de fuerza, hermosa y envolvente, como una caricia literaria.

El domingo de las madres

 

Argumento

Inglaterra, 30 de marzo de 1924. Es el Domingo de las Madres, una jornada en que es tradición que los señores den el día libre a sus criadas para que puedan festejarlo con sus familias. Y así lo hacen los Niven con sus dos criadas, Milly y Jane. Pero Jane Fairchild es huérfana, por lo que no tiene con quien celebrarlo. Podría emplear el tiempo en lo que quisiera, en ir en bici o pasarse el día leyendo, pero no hace nada de eso, porque justo antes de que los señores se vayan, recibe una llamada telefónica que le ordena ir a casa de los vecinos.

La llamada la ha hecho Paul Sheringham, el único hijo vivo de los vecinos, quien está a punto de casarse con una mujer de su misma clase social. Pero eso no impide que quiera ver de nuevo a Jane, con quien hace tiempo que queda en secreto. Ella sabe que ese será probablemente el último día que podrá estar con él, y lo disfruta. Lo disfrutan. Pero tras la despedida, algo ocurre. Algo que cambiará para siempre la vida de Jane.

Opinión

Sé que Graham Swift forma parte de una generación de novelistas británicos brillantes, como Ian McEwan, pero debo reconocer que esta es la primera vez que me adentro en su prosa. Y ha sido un verdadero placer.

La manera en que Swift nos regala la voz de Jane Fairchild es extraordinaria. Jane es una criada, y como muchas otras parece destinada a ser una especie de fantasma, la fuerza invisible que mantiene un hogar en funcionamiento. Pero ella no es simplemente eso. Pasa sus ratos libres leyendo, fascinada por las novelas de chicos, como dice el señor Niven al referirse a las novelas de aventuras, y fascinada por nada más y nada menos que Joseph Conrad. Quizás por su origen, por su trabajo o por su pasión lectora, ella acaba siendo mucho más que una criada. Se transforma en una observadora de las vidas ajenas, de los detalles, de lo que ocurre a su alrededor. Por eso, a sus 98 años, nos relata su vida… la vida de una escritora, y lo que significó para ella ese Domingo de las Madres.

Nos explica su historia, pero no en primera persona, sino en tercera, con una distancia cercana extraordinaria, saltando de un recuerdo a otro, dejando huecos, creando elipsis que le permiten ir desgranando y a la vez construyendo el pasado y el presente. La prosa que encontramos es suave, como una caricia literaria, donde la voz narrativa, poderosa y a la vez sutil, transmite una intensa carga emocional sin estridencias, sin grandes sentencias. Fluye como si fuera otra piel. Y es que la piel también tiene mucho que ver en esta historia: la piel desnuda de Paul y de Jane. Nunca entra en detalles, no se recrea en explicar el erotismo del roce, del tacto, y sin embargo la narración está impregnada de ese cálido aroma, de esa sensualidad pausada.

No sabría decir qué tipo de novela he leído. Cuesta ponerle una etiqueta para acotarla, porque no creo que deba acotarse. Es simplemente hermosa, conmovedora y envolvente; una historia pequeña pero llena de fuerza, llena de ideas, de pensamientos; un reflejo de la inquietud interior que puede llevarnos a arrancarnos esas etiquetas para construir unas nuevas. Una historia femenina pero universal, intensa, elegante y singular.

Inés Macpherson
Reseña redactada originalmente para Anika Entre Libros