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Cuando el miércoles pasado fui a ver Mother!, de Darren Aronofsky, no había leído nada al respecto. Sabía que había quien salía del cine indignado, pensando que le habían tomado el pelo, y quien salía fascinado. En ocasiones, las películas que nos explican mucho más de lo que se puede ver a simple vista molestan, incomodan. A menudo queremos que lo que vemos sea lo único que hay, pero al señor Aronofsky siempre le ha gustado jugar con los símbolos, y en Mother! lo hace desde el minuto uno y durante toda la película. Debo reconocer que yo soy de las que ha salido fascinada ante esta cinta que es brutal en su crítica a la humanidad en todos y cada uno de sus aspectos. Es difícil hablar de esta obra sin hablar de lo que ocurre en ella, de las imágenes que se suceden, por lo que hace un comentario libre de spoilers es casi imposible. Haré lo que pueda, pero lo veo complicado.

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Ante todo, debo reconocer que, durante una parte de la película, el espectador puede pensar que está ante una cinta de terror: la tensión de la visita de unos extraños, esas sombras que a veces tiñen las paredes, el sótano… Y sí, podría ser de terror, porque es el terror que siente ella ante esa intrusión, ante esas personas que rompen ese paraíso que tienen Él y Madre (una gran Jennifer Lawrence que va in crescendo a lo largo de la película). Pero, ¿es un paraíso? ¿O lo es sólo para ella, que intenta cuidarlo, tenerlo todo perfecto, restaurar la casa quemada? Él casi ni la mira, obsesionado por ese bloqueo creativo que lo vuelve arisco e incluso despreciativo, únicamente pendiente de sí mismo, de su creación, de ser valorado, querido, seguido (como ocurre ahora en las redes sociales). La forma en que Él (un contundente Bardem) la mira es brutal. No hay amor, sino algo extraño. Sí, ella es su hogar, pero parece que nada más.

Sólo con ese juego de miradas que dicen tanto sobre la relación entre hombre y mujer, sobre ese machismo recalcitrante que sigue salpicando nuestra sociedad, ya podríamos hablar largo y tendido. Podríamos pensar que estamos ante una cinta que nos habla de la sumisión, una sumisión que le duele tanto a ella que la casa lo siente, y por eso, de vez en cuando, tiembla, muestra su corazón que poco a poco va sufriendo, se va rompiendo, se va quemando.

Pero Aronofsky nos da mucho más. Hay un relato bíblico y la evolución del ser humano en relación a Dios, desde la veneración sutil al fanatismo más peligroso. Hay momentos de ese relato bíblico que son brutales, simbólicamente extraordinarios, como esa sangre que se cuela por las paredes, que siguen temblando, que siguen sintiendo que la están rompiendo…. Y relacionada con esas paredes, con esa simbiosis entre Madre y la casa, pues son lo mismo, nos encontramos, para mí, con el mensaje más importante de toda la película. Habrá quien se moleste por ciertos acontecimientos que se narran hacia la parte final porque quizás consideren que es una visión muy salvaje de algo que teóricamente es también un símbolo religioso. Pero es una muestra más de algo que el ser humano está haciendo. Es una concreción de la destrucción y el egoísmo salvaje de una humanidad que ha olvidado demasiadas cosas, centrado en su propio ombligo, pendiente de que lo admiren en Internet como Él está pendiente de que lo admiren y por eso invita a extraños a su hogar. Ese mensaje entronca con un relato de la mitología más pagana y clásica, donde Ella, la Diosa Madre, la Madre Naturaleza, lo es todo, pues ella nos da la vida. Es nuestro hogar, nos cuida, nos alimenta… En algunos mitos, la agricultura nace después de la muerte y destrucción de un dios al que se entierra y, de él, nace el grano. La vida y la muerte relacionadas en un círculo que nunca se rompe, que siempre gira, que siempre se repite… El problema es que, en esos mitos, se venera a la Madre Naturaleza, se cuida de la Tierra. Y eso nosotros no lo hacemos. Hace siglos que no lo hacemos, pero últimamente se nos está yendo de las manos. Despreciamos, explotamos, maltratamos y ninguneamos nuestro hogar, el único que tenemos, como si fuera algo que podemos cambiar. Señores, no podemos comprar un planeta nuevo. Si destruimos este, adiós muy buenas. Y lo estamos haciendo. Este es otro de los mensajes que podemos leer a través de las imágenes brutales que nos muestra Aronofsky en uno de los momentos más salvajes, crueles y humanos de la película. Estoy intentando no explicar lo que ocurre en la cinta, pero es complicado, porque en esa espiral de locura que muestra en muy pocos minutos, hace un retrato preciso de la estupidez humana, de nuestra crueldad, egoísmo y violencia, algo que se está viviendo hoy en día en demasiados lugares del mundo, vestido de bandera, patria o religión. Da igual lo que enarbolemos sobre nuestras cabezas. Si seguimos así, no habrá nada… pero nada bajo nuestros pies, porque habremos matado a nuestra Madre.

Creo que Aronofsky ha hecho una obra preciosa. A nivel estético y visual es extraordinaria. Y a nivel simbólico es impresionante, impecable y brutal. Imprescindible, no sólo por su belleza y por las interpretaciones, sino porque de vez en cuando va bien que nos muestren una parte de lo que somos, dónde estamos y que nos recuerden la importancia de empezar utilizar un poco ese cerebro que teóricamente tenemos porque no vivimos en un mito, y de las cenizas probablemente no podamos volver a nacer.

¡Feliz lunes y felices lecturas o visitas al cine!

Inés Macpherson