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Descubrí a Fernando Iwasaki en una sesión de cuentos. Al finalizar la sesión, las narradoras mencionaron los autores y libros de los que habían extraído sus historias y me quedé con el nombre de uno de ellos: Ajuar funerario, de Fernando Iwasaki. Al entrar en aquel universo de relatos cortos donde la muerte, lo macabro, lo sorpresivo y el humor se daban cita, me quedé fascinada. Y sigo haciéndolo cada vez que me dejo llevar por alguna de sus historias.

Para acabar el ciclo #NoExpliqueu, dedicado al cuento literario, escogí a Fernando Iwasaki y a Lydia Davis como una pequeña muestra de la manera en que se puede tratar el cuento corto o el microcuento. Pero ambos tienen relatos que exceden ese concepto. La obra de Lydia Davis es un universo en sí misma, a menudo difícil de clasificar, pero fascinante igualmente. La de Fernando Iwasaki podría etiquetarse más fácilmente bajo la idea de cuento, aunque sabe perfectamente cómo maniobrar entre géneros, estilos y temas sin inmutarse. Es extraordinario, con una capacidad de narrar inusual y elegante, a la par que gamberra y sutil.

Un milagro informal

En 2003, Alfaguara publicó Un milagro informal, una recopilación de catorce cuentos. Algunos de ellos fueron publicados con anterioridad en sus libros Tres noches de corbata o A Troya, Helena (dos títulos que, por cierto, fueron recopilados en Papel Carbón, un libro publicado por la editorial Páginas de Espuma en 2012), pero otros son nuevos. Gracias a ese paseo por sus distintos relatos, sus distintos años, podemos ver el abanico de historias, estilos y temas que han ido surgiendo de las manos de este autor peruano afincado en Sevilla que domina el arte del cuento. Pero antes de adentrarnos en los relatos, Iwasaki ofrece un pequeño texto preliminar donde nos explica “Por qué escribo relatos o para cuándo novela”. Es un texto que, en sí mismo, aunque no sea un cuento, podría serlo, porque nos explica una historia. Pero no sólo eso. Nos habla, a través de una metáfora culinaria, de la diferencia entre la novela y el cuento. Para él, «la novela quita el hambre y el cuento abre el apetito». Y sus cuentos abren el apetito… de más cuentos.

Entre los relatos de Iwasaki encontramos historias que nos hablan de la irrupción de lo fantástico en lo cotidiano, del erotismo y el humor, pero también encontramos alguna parodia al género policial o juegos intertextuales. El propio autor explica que le encanta jugar con las palabras, con los dobles sentidos. De hecho, en el título de otro de sus libros, Helarte de amar, publicado por Páginas de Espuma en 2006 y cuyo comentario podéis encontrar en este blog, ya deja claro que le gusta la sutileza del lenguaje, la extrañeza que produce leer unas palabras que hacen referencia a ese arte de amar del que también nos habló Erich Fromm, pero que, en el fondo, nos hablan de otra idea, de ese helado, ese hielo que también nos puede recubrir al amar… literalmente. Pero me voy por las ramas.

Son catorce relatos, por lo que no hablaré de todos ellos, pero sí me gustaría destacar alguno. Ante todo, me gustaría destacar «Un muerto en Cocharcas», una especie de parodia sobre las historias policíacas donde encontramos a un muerto a quien muchos querían muerto, pero ninguno parece ser el culpable. Más allá de los diálogos, memorables, y de las explicaciones que dan cada uno de ellos para justificar que ellos no son los asesinos, el final esconde una reflexión sobre el machismo y el maltrato interesante. También en esta línea encontramos «La invención del héroe», un relato policíaco plagado de referencias literarias al género y que demuestra cómo, a veces, la lectura puede servir para mucho más que para dejarse llevar por la ficción.

Otro de los elementos que Iwasaki sabe tratar es el erotismo, pero no en el sentido más ortodoxo del término, ni buscando los extremos más románticos o casi pornográficos a los que se podría llegar en este terreno. No, lo que hace Iwasaki es crear historias donde el erotismo es un elemento más, a veces acompañado de humor, otras veces de un realismo relacionado con la mitología a la que hace referencia el título, como «A Troya, Helena», y otras con cierto toque fantástico, como en «Erde», un relato extraordinario con un final que también tiene ecos mitológicos y demuestra que lo erótico y lo macabro pueden congeniar en buenas manos.

En Ajuar funerario ya demostró su capacidad para manejar lo macabro, los finales sorpresivos y las historias sobre rituales, costumbres y muerte. «El ritual», aunque mucho más largo que los pequeños relatos de ese Ajuar funerario, podría entrar perfectamente en esa categoría. Desde los ojos de un niño, descubrimos la enfermedad del hermano, todo lo que intentan hacer para curarle… y poco a poco nos adentramos en un mundo que no está en la sala de espera de un médico, sino en otro lugar un poco más secreto, quizás más oscuro y ancestral, con regusto a tierra.

Quizás también merece una mención especial «La otra batalla de Ayacucho», una historia donde el paso del tiempo, la soledad y el miedo a la misma quedan patentes en el encuentro entre los soldados de plomo y Luke Skywalker.

Los cuentos de Fernando Iwasaki son una invitación a reencontrarse con el placer de la lectura. El próximo miércoles 19, sus cuentos y los de Lydia Davis se encontrarán en la librería Nollegiu para cerrar el ciclo #NoExpliqueu dedicado al cuento literario.

Hasta entonces, ¡feliz lunes y felices lecturas!

Inés Macpherson

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