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Hay autores cuyos nombres resuenan en tu cabeza, pero cuyas páginas no has tenido todavía entre tus manos.  Es el caso de Sara Mesa. Había leído sobre ella, pero no la había leído a ella. Como colaboradora habitual de Anika Entre Libros, tuve la suerte de poder descubrir Un incendio invisible, novela ganadora del Premio Málaga en 2011, que fue revisada por la autora para la edición que publicó Anagrama en febrero de 2017.

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Argumento

El doctor Tejada llega a la ciudad de Vado para hacerse cargo de la residencia de ancianos New Life. Este dato podría resultar poco relevante en otros lugares, pero en este caso lo es, porque lo hace justo en el momento en que toda la población está abandonando la ciudad. A Tejada no parece importarle. Busca la soledad, no conectar con nadie, huir de sí mismo y su pasado. Pero, curiosamente, a pesar de los escasos habitantes, su propósito se verá truncado. Poco a poco irá entrando en contacto con individuos que parecen tan perdidos como él: la recepcionista del hotel en el que se hospeda, un investigador de fenómenos migratorios y una niña solitaria a la que le gusta que la llamen Miguel.

Y mientras a su alrededor la gente se va marchando y la ciudad se va desmoronando, abandonada y olvidada, ellos permanecen, observan y contemplan cómo todas aquellas piezas que creemos inamovibles van cayendo, cómo esa solidez de asfalto que tanto nos reconforta, lentamente, se va rompiendo.

 

Opinión

Hay algo fascinante en las novelas que podrían entrar en la categoría de distopía sin necesidad de grandes cataclismos ni poderes totalitarios que nos ahogan en control y sumisión. Resultan fascinantes porque pueden mostrar sin necesidad de justificar, sin necesidad de dar una razón plausible a por qué ocurre lo que ocurre. Simplemente pasa. El lector tendrá que atreverse a interpretar. Y ese es otro de los rasgos fascinantes de Un incendio invisible: que te invita a reflexionar, a ir más allá de ir pasando simplemente páginas. Te pide, te exige y a la vez te lleva sin esfuerzos por ese universo extraño y personal que la autora sitúa en una ciudad imaginada pero que es, a su vez, muy real.

Como la propia autora comenta en la nota a esta edición, esta novela fue publicada en 2011. Desde entonces, Sara Mesa ha publicado otras novelas y un volumen de relatos. Ella misma comenta que, tras haber revisado Un incendio invisible ha descubierto ciertos rasgos que después ha ido desarrollando en sus otros libros, temas y elementos que han ido apareciendo, creciendo… No puedo opinar al respecto porque, como ya he dicho antes, esta es la primera novela que leo de la autora, pero debo reconocer que tiene un universo propio que resulta llamativo y que invita a leer más, porque es realmente suyo, difícil de comparar y de clasificar, y eso siempre es algo a celebrar.

Acostumbrados a historias con un principio y un final claro, con razones y porqués claramente delimitados, aquí nos sumergimos en un lugar que está siendo abandonado. ¿Por qué? Podría ser por la crisis, como ha ocurrido con Detroit. Pero ¿la decrepitud de la ciudad es el origen o la causa del abandono? ¿La abandonan porque está muriendo o es a la inversa? También podría ser por algún tipo de confabulación extraña organizada por los poderosos, como sugiere Benmoussa, el investigador de fenómenos migratorios que insiste en explicarle todas sus teorías a Tejada. Quizás también podría ser porque hay un desencanto generalizado en la sociedad, que intenta huir, buscar en otro lugar la respuesta que no ha encontrado en la ciudad. Quizás en otra ciudad la encuentre. Quizás en el campo… Aunque quizás no halle ninguna respuesta porque la pregunta debe planteársela en otra dirección un poco más interna.

Poblada de personajes extraños, la ciudad de Vado parece el reflejo de un mundo que se viene abajo, de un sistema que ha intentado brillar sin importar cómo ni a qué precio y que ahora va cayéndose, haciendo que todos corramos a resguardarnos en otro lugar probablemente idéntico. Entonces, ¿por qué hay gente que se queda? ¿Son los desarraigados? ¿Son aquellos a los que no les importa desaparecer? Es difícil saberlo. En torno a Tejada encontramos personajes peculiares como un viejo que espera con ansias en Fin del Mundo y el Juicio Final; una anciana en silla de ruedas que habla con Dios en la sopa o un enfermero convertido en jardinero por culpa del alcohol que parece obsesionado con destruir a Tejada… Encontramos a una enfermera que resiste a pesar de las pésimas condiciones; una recepcionista de hotel vestida con un kimono y decidida a no marcharse de Vado o una niña acompañada de un galgo esquelético que recoge tesoros rotos que la gente ha abandonado. ¿Qué une a todos estos personajes? ¿Es su relación con la ciudad o con Tejada? ¿Es su deseo de permanecer allí o la sensación de que tampoco tienen nada mejor en otro lugar? ¿Por qué nos quedamos en un sitio si éste se está desmoronando?

Las relaciones que se establecen entre los personajes resultan chocantes, extrañas y, en algunos casos, incluso incómodas por su ambigüedad. Pero, ¿cómo establecer una relación normal, estable y abierta en un mundo que parece que se está cayendo a trozos? Además, ninguno de ellos es del todo sincero, ni entre ellos ni con el lector, porque nunca sabes realmente cómo son, qué hacen allí. Intuimos, como lectores, algunos elementos, pero son eso, intuiciones, pequeños fragmentos que cazamos al vuelo entre la narración, creando una atmósfera extraña que nos sumerge aún más en ese universo de Vado. Tejada, con ese mantra personal con el que se va recordando que él es un gran hombre con una gran misión y ese fantasma con nombre que le acompaña pero no sabemos realmente por qué. Benmoussa, con otra gran misión entre manos, aunque con una tendencia paranoica que hace que uno dude de todo… Cada uno de los personajes tiene una forma precisa y a la vez difusa, como el mapa de Vado, que poco a poco se va vaciando.

Un incendio invisible es un libro extraño, que nos habla de una ciudad que se va vaciando, sumida en un calor asfixiante y un abandono paulatino que choca y fascina, y que parece un reflejo, una metáfora de aquellos que la habitan. Es un libro que nos muestra los caminos de unos seres que se cruzan, cada uno con una maleta a cuestas, real y simbólica. Es una novela alegórica, que sirve de espejo a la crisis que teóricamente ya se ha superado, pero que sigue vaciándonos, como a Vado, no de ciudadanos, pero sí de otras cosas sin las cuales, como la ciudad, podemos venirnos abajo o dejarnos derruir.

Un libro interesante y distinto que nos recuerda que la literatura es algo más que ir pasando páginas. La literatura, por suerte, sigue siendo una excusa, una chispa para hacernos pensar.

Inés Macpherson
Fuente: Anika Entre Libros (http://www.anikaentrelibros.com/)

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