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Érase una vez un libro imaginario, digo, imaginado. Fue el primero, pero luego llegaron muchos más. Y es que la imaginación no tiene límites, y podemos darle la forma que queramos. Algo similar pasa con los amigos imaginarios e imaginados, que se supone que podemos darles la forma que queramos. Pero, ¿qué piensan ellos? ¿Qué les ocurre cuando no estamos? ¿Y si les olvidamos? ¿Y si descubren que son imaginarios y sufren una crisis existencial? Hay personas que se sienten invisibles y saben lo que es que nadie te vea, que nadie te note. ¿Es así como se siente un amigo imaginario?

Este año, dos editoriales españolas han decidido publicar dos magníficos libros que se han atrevido a contestar alguna de estas preguntas. Blackie Books publicó en febrero Los imaginarios, de A. F. Harrold, con ilustraciones de Emily Gravett. Y en abril, Puck ha publicado Confesiones de un amigo imaginario, de Michelle Cuevas. Ambos deambulan por el mundo habitado por los imaginarios, pero de maneras distintas y complementarias. Ambos están pensados para lectores de entre 9 y 12 o 14 años, pero lo cierto es que pueden arrancar una sonrisa a más de un adulto, porque no sólo nos cuentan una historia para jóvenes lectores, sino que nos hablan de la imaginación, la amistad y la identidad, temas que, en definitiva, tienen cierto aire universal.

Los imaginarios

Los imaginarios nos presenta a Amanda y Rudger. Rudger es el mejor amigo de Amanda. Y Amanda es la mejor amiga de Rudger. Hasta aquí todo parece normal, pero es que Rudger no existe. Es un imaginario. Un día apareció en el armario de Amanda y desde entonces no se han separado… Hasta que Amanda tiene un accidente. Separado de su mejor amiga y de la única que cree en él, Rudger empieza a apagarse. Consciente de que eso se debe a que Amanda está lejos, hará todo lo posible por llegar a ella. Pero, ¿cómo hacerlo si nadie más en el mundo real lo ve? ¿O está equivocado y alguien más puede verle? Pero, ¿por qué?

Confesiones de un amigo imaginario nos presenta a Jacques Papier, un niño que cree que, excepto su hermana Fleur, todo el mundo le odia, porque nunca lo escogen en el patio para formar un equipo, en clase los profesores le ignoran y nunca le devuelven el saludo. Pero un día descubre la verdad: es imaginario. ¿Eso significa que no existe?
¿Quién es él en realidad? Dispuesto a descubrirse a sí mismo, le pide a Fleur que lo imagine libre, aunque no tiene muy claro qué significa eso realmente. A partir de ese momento, emprenderá un viaje hacia lo desconocido lleno de aventuras y descubrimientos que harán que, poco a poco, vaya construyendo un mapa de sí mismo.

Confesiones de un amigo imaginario

La historia de A. F. Harrold es una historia sencilla pero hermosa, llena de humor y de una calidez entrañable. Con una dosis equilibrada de sombras y luz, jugando con las diferentes facetas del miedo y de la amistad, Harrold crea una pieza amable que te envuelve y te acompaña. Es divertida, ingeniosa y con diálogos maravillosos, como el momento en el que, tras ensuciar la moqueta de barro, la madre de Amanda le pregunta a su hija cuándo aprenderá. Amanda, ni corta ni perezosa, responde: «El lunes, en el colegio». Con esta frase, el autor consigue presentar perfectamente a la protagonista. Y la vemos, no sólo gracias a las magníficas ilustraciones de Emily Gravett, sino porque su manera de pensar, de hablar, están perfilados al milímetro.

Por su parte, Confesiones de un amigo imaginario utiliza una primera persona magnífica, la de Jacques Papier. La imaginación que desprende no sólo la historia en sí, sino las ideas e imágenes que Jacques crea hacen que este libro sea una oda a la imaginación en sí misma. Es un canto a los sueños, a la capacidad de crear, de pensar y de cambiar las cosas. Divertida, con unos dibujos con un toque gamberro e ingenioso, como su protagonista, la novela seduce porque hace referencia a la amistad, pero también a la identidad, a la capacidad de ser por uno mismo, algo que, seamos o no imaginarios, a veces nos cuesta. Las transformaciones de Jacques y sus otros amigos imaginarios (hay una Vaquera con patines, un calcetín maloliente y muchos otros seres imaginados que van de los animales más clásicos a las formas más insólitas, como la de una pelusa parlante) son un pequeño muestrario de lo que cabe en la mente de un niño.

Por supuesto, en ambos libros se plantea la preocupación que pueden tener los padres ante la imaginación desbordante de los hijos, así como el miedo que pasan los imaginarios al no saber qué les pasará si dejan de imaginarlos. Pero lo cierto es que, aunque dejen de estar allí, a nuestro lado físicamente, si es que eso es posible para un ser que sólo vemos nosotros y nadie más, siguen allí, forman parte de nosotros y nosotros de ellos. Porque la imaginación se transforma, no se seca a no ser que la sequemos, a no ser que la coartemos y la encerremos en una caja fuerte de autoimpuesta seriedad, como si ser adulto significara ser aburrido y atado a lo palpable, a la realidad. La mente vuela, siempre lo hace, y la imaginación es el fruto de esos saltos al vacío que hacemos de vez en cuando al soñar, al desear, al pensar que podemos hacer algo…

Dos libros que son un canto a la infancia, a la imaginación y a la amistad. Dos historias que nos hablan de la identidad, de la capacidad de superación y de la fuerza de voluntad que podemos tener para ser realmente nosotros: únicos y cambiantes, reales e imaginados.

¡Feliz lunes y felices lecturas!

Inés Macpherson

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