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Probablemente ya se habrá dicho todo lo que cabe decir sobre Manual para mujeres de la limpieza, título publicado por Alfaguara en 2016 y que nos ha permitido descubrir a Lucia Berlin. Pero tengo ganas de hablar de él, porque sus cuentos tienen algo especial. Lydia Davis, la encargada del prólogo a esta edición, dice que sus historias «son eléctricas, vibran y chisporrotean como unos cables pelados al tocarse». Es una manera de verlo. Para mí, son historias que resultan palpables. Quizás sea porque sabemos que la ficción que encontramos en estas páginas está relacionada con su vida; no es que todo lo que leamos sea autobiográfico, sino que entra dentro de la autoficción. Hay parte de su vida en esos cuentos, pero también hay ficción, observación… Ella misma comenta que, en el fondo, algunas de sus historias acabaron por ser un reflejo de sus procesos inconscientes. Sin ir más lejos, en el primer relato del libro, «Lavandería Ángel», ella describe el comportamiento y los síntomas de un alcohólico, cuando ella todavía no era consciente, o no quería ser consciente, del problema que tenía. Por lo tanto, lo que escribe es ficción, aunque tenga un eco en su vida, un paralelismo que en ocasiones se ve claramente y, en otros casos, se puede intuir.

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Pero quizás sean palpables por la manera en que están escritas. Son historias crudas y a la vez poéticas, con una sinceridad sin filtros y sin atrezo. Insisto, sí, hay ficción, simbolismo, momentos cómicos y momentos salvajes, pero la sensación que uno tiene es que está ante una prosa sincera y sin pretensiones.

Si nos centramos en la vida real de Lucia Berlin, descubrimos que fue una mujer que tuvo mil vidas en una. Su infancia la pasó en distintas ciudades, siguiendo a un padre que trabajaba en la industria minera. Después, durante la guerra, vivió con sus abuelos, en El Paso, y poco después en Chile. Vio la pobreza y la riqueza más ostentosa. Se casó tres veces y crió a sus hijos como pudo, luchando con su alcoholismo y trabajando en todo lo que encontró, incluido mujer de la limpieza. Y escribió. Escribió desde las entrañas, consciente de la realidad que estaba describiendo y, a la vez, incapaz de abandonar ese humor, esa extraña manera que tiene de desdramatizar situaciones que, a otros, les parecerían increíbles. De hecho, algunas parecen increíbles. Pero, ¿lo son?

La recopilación de relatos consta de más de cuarenta historias. Algunas centradas en su experiencia laboral, como el magnífico «Manual para mujeres de la limpieza» o el desgarrador «Mijito», que entra dentro del grupo de historias basadas en su experiencia trabajando en urgencias, en la recepción de un ginecólogo… Personalmente, debo reconocer que uno de los cuentos que se ha quedado conmigo es el de «Toda luna, todo año», una preciosa historia de amor llena de simbolismo y con imágenes extraordinarias. Pero también hay relatos sobre su experiencia en Chile, sobre lavanderías y, por supuesto, sobre el alcoholismo. Algunas son brutales, otras cómicas, pero en general destilan un toque real que choca, no porque pretenda chocar o remover, sino todo lo contrario, porque da la sensación de que simplemente fluye, que no pretende nada, sólo mostrar.
También nos habla de la soledad, de la adicción y del dolor de la pérdida, de los abusos… Las historias dedicadas a la familia, en especial a la enfermedad de su hermana, son fascinantes, sobre todo «Penas», que entronca precisamente con cierta isla que aparece en «Toda luna, todo año».

Habrá quien pueda decir que no hay nada sorprendente en una prosa que muestra el sufrimiento de una vida vivida; que hay mucha gente que tiene esas vidas o algunas peores. Por supuesto. Pero ella lo escribe, lo muestra y lo comparte. Encuentra en la prosa una manera de mantenerse a flote, de desgarrar sin desgarrarse. No todo el mundo es capaz de vivir una situación trágica y escribir sobre ella. De hecho, no todo el mundo es capaz de crear una ficción donde ese sufrimiento y esa realidad puedan quedar plasmados. Por eso mismo, creo que es interesante adentrarse en estas historias, degustarlas con calma y dejarse llevar por esta prosa sencilla pero hermosa, cruda y a la vez simbólica, capaz de mostrar el horror del síndrome de abstinencia y, a su vez, narrar un amor fraternal intenso.

Para aquellos que ya la conozcan, y para aquellos que tengan ganas de conocerla un poco más, el próximo miércoles 22 de marzo, a las 19:30, los cuentos de Lucia Berlin se darán cita con los de Antón Chéjov, uno de los escritores que la norteamericana admiraba, en la librería Nollegiu, en la quinta sesión de la #NoExpliqueu, dedicada al cuento literario.

Hasta entonces…

Feliz lunes y felices lecturas.

Inés Macpherson

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