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Ya lo dice Neil Gaiman en la introducción a la Edición X Aniversario de American Gods: «Con este libro no hubo medias tintas: a unos les encantaba y otros lo odiaban. […] Algunos se quejaban de que el libro no era lo bastante americano; otros decían que era demasiado americano…». Yo no sé qué opinar sobre este aspecto. No he viajado a Estados Unidos y lo que “sé” lo he descubierto a través de los libros y las películas, que no es mucho y parte casi siempre de la ficción, así que… Pero, sinceramente, no me importa si es o no americano. Sólo sé que es brillante, fascinante y una muestra de que Neil Gaiman sabe llevarte de viaje por un mundo conocido que, poco a poco, se va volviendo extraño, oscuro, mítico y casi mágico.

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Este libro estaba en mi estantería observándome desde hacía tiempo, pidiéndome ser leído. ¿Por qué ahora? No es tanto por el hecho de que vaya a aparecer en breve la serie, sino porque reconozco que leí una crítica en El Biblionauta (que podéis leer aquí: http://elbiblionauta.com/es/2017/01/30/american-gods-2001-neil-gaiman/), que me empujó a dejar de lado los libros que estaban a medias y sumergirme en este. Y es un problema, porque, después de leer American Gods, me está costando volver a las otras lecturas con la misma mirada.

Y es que American Gods es un viaje increíble, físico y simbólico, por el presente y el pasado de un país que es muchos países en sí mismo, muchas culturas, razas, historias… Y es un viaje simbólico no sólo por lo que normalmente implica el viaje de descubrimiento de uno mismo, que lo es, sino por toda la carga que acompaña dicho viaje, lleno de referencias y de pequeñas reflexiones que dan pie a más de una lectura. Tenemos a Sombra, un nombre magnífico para un hombre que debe encontrarse y descubrirse y, por el camino, curiosamente, parece irse perdiendo, como una sombra, como alguien que está vivo, pero no del todo, como le recuerda Laura, su mujer, en un momento de la novela. Tenemos a Wednesday, un hombre enigmático que dice escoger su nombre porque el miércoles es su día, pero claro, encerrado en ese nombre hay mucho más que un día. Y en ese juego de palabras ya hay una declaración de intenciones. Mencionamos los días sin recordar que provienen de algo distinto. En castellano, miércoles nos recuerda que era el día de Mercurio, como el martes lo era del dios Marte. En inglés, Wednesday proviene del dios nórdico Odín, como Thursday del dios del trueno, Thor… Y así sucesivamente.

Ese olvido del origen es clave en este libro. Porque nos encontramos en un país creado por distintas culturas: inmigrantes, viajeros y exploradores que se adentraron en esas tierras para quedarse y para dejar parte de su ser y de sus creencias, de sus mitos. Con ellos llegaron los dioses y los dejaron allí. Durante un tiempo los hombres y mujeres siguieron creyendo, practicando sus ritos, recordando los mitos, las historias, hasta que poco a poco fueron mezclándose con el polvo y el silencio, relegados, olvidados y, actualmente, machacados y pisoteados por otros dioses de metal y cables, los dioses de la tecnología.

La manera en que Gaiman intercala el viaje del presente con otros viajes, estos del pasado, para explicar cómo llegaron a América ciertos dioses, es magnífica. Vamos contemplando su llegada y, después, contemplamos su declive, convertidos en maleantes, prostitutas, adictos y seres perdidos, que se van difuminando a pesar de seguir siendo dioses. Pero, ¿qué los hace dioses? ¿Sus poderes o que la gente creyera en ellos? ¿De dónde provienen los dioses, si van con nosotros? De nuestra cabeza, de nuestras creencias y esperanzas; nosotros los forjamos, por necesidad normalmente, para dar respuestas, para buscar protección, seguridad; los invocamos, los llamamos para que aparezcan y nos ayuden. Y ellos vienen, toman forma, nos acompañan y después… los olvidamos, los relegamos a meros recuerdos en forma de historia sin poder, convertidos en iconos vacíos y sin sentido. Hay un momento en que Sombra hace una reflexión extraordinaria al respecto:

«La gente cree ―pensó Sombra―. Eso es lo que la gente hace: creen. Y luego no se responsabilizan de sus creencias; invocan cosas, y no confían en sus invocaciones. La gente puebla la oscuridad con fantasmas, dioses, electrones, cuentos. La gente imagina y cree: y es esa creencia, esa creencia firme como la roca, la que hace que las cosas sucedan».

Probablemente haya páginas y páginas de críticas y comentarios sobre esta novela. En 2002 ganó el premio Hugo, el Locus, el Nébula y el Bram Stoker a mejor novela, así que creo que, con eso, se puede presentar por sí misma. Es hábil, con personajes extraordinarios que van apareciendo poco a poco, seduciéndote a seguir viajando con ellos, a adentrarte en su presente y en su pasado, para comprenderlos, para perderte tú también, como Sombra, en ese universo que nos va grande y, sin embargo, en el que encajamos a la perfección. Debo reconocer que mi fascinación por la mitología ha ayudado a que me enamore de estas páginas. La forma en que van apareciendo las distintas culturas, los distintos dioses, hace que tengas ganas de coger una libreta e ir apuntando las referencias que desconocías, que son unas cuantas.

Sólo puedo decir que vale la pena leerlo. Por supuesto, no se trata de una novela realista, ni de un estudio de mitología o del origen de los Estados Unidos a nivel histórico. Es un viaje magnífico en compañía de unos personajes para enmarcar que hacen que creas, no sé si en los dioses, pero sí en la capacidad de la literatura para crear y hacerte soñar. Y eso ya es mucho.

Inés Macpherson

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