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Hay películas a las que llegas por casualidad. Supe de la existencia de Hell or High Water por la editorial Dirty Works, que anunció su llegada a los cines con meses de antelación. La música a cargo de Nick Cave y Warren Ellis, y la presencia de Jeff Bridges también me parecieron elementos a tener en cuenta a la hora de ir a verla. Y vale la pena. Vale mucho la pena.

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Hell or High Water es una película redonda. Debo reconocer que la traducción del título en castellano me sorprendió. No entendía cómo un título que hacía referencia a la expresión inglesa «come hell or high water», es decir, «pase lo que pase», o que podía entenderse de manera literal como la encrucijada entre dos malas opciones, podía transformarse en algo así. Sigue sin gustarme como título Comanchería, pero una vez vista la película cobra un sentido especial. Y además, al final, un título es un título, un envoltorio, como el cartel, y lo que realmente cuenta es lo que hay dentro. Y lo que hay dentro es impecable.

La historia, dos hermanos que deciden robar bancos y dos representantes de la ley que los persiguen puede recordar a otras historias de atracos, a otros conceptos de Western. Pero esto es mucho más. Es difícil clasificar esta mezcla de road movie con humor negro y aires de atracos del Western, con un ritmo pausado pero sin tregua y una dosis de crítica social apabullante, que deja en su lugar a los bancos. Como dice un personaje secundario en una cafetería: «estos chicos están robando a los que llevan años robándome». Porque los que realmente roban no son esos chicos (vale, sí, lo hacen, pero por una buena razón y una suma concreta, no por codicia, que de eso sí saben muchos otros hombres con chaqueta y corbata). Los ladrones son los bancos. El compañero de Jeff Bridges, un mestizo, medio indio, medio mexicano, llamado Alberto Parker (interpretado por Gil Birmingham), lo explica a la perfección: estas tierras antes eran de mis ancestros y llegaron los blancos y se las quedaron, nos las robaron; y ahora son los bancos quienes están dejando sin tierra a aquellos que nos la quitaron.

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Por eso esto no es una simple historia de robos. Hay mucho más. Hay crítica, pero también hay una maravillosa historia de amistad y de hermandad que llama a algo atávico que hay en nosotros, a esa necesidad de defender a los nuestros, de cuidar de ellos… “come hell or high water”. Nos habla de esa enfermedad llamada pobreza para la que parece que no existe ni existirá cura, porque siempre habrá alguien dispuesto a pisotear, a ganar más a cuesta de los otros. Y también nos habla de esa extraña línea divisoria entre el bien y el mal que, en algunos casos, se difumina, porque a veces, como dice el propio director, existe la “criminalidad redentora”, ese momento en el que la gente buena hace cosas malas por buenas razones.

Por si todo esto fuera poco, tenemos un elenco de actores fascinante. Jeff Bridges, como siempre, está memorable en su papel de ranger a punto de jubilarse, con un compañero mestizo al que machaca a base de chistes malos; pero son los dos hermanos quienes sorprenden. A Ben Foster no lo conocía, pero a Chris Pine sí. Acostumbrada a papeles en los que parece que sólo puede ser una cara bonita, aquí demuestra que es bastante más. Tiene una densidad y una presencia que impactan. De hecho, todos los personajes, incluso los más secundarios, son memorables. Y el paisaje también: ese nuevo Oeste, crudo, seco e inmenso, quemado por el implacable sol y devastado por un vacío extraño, lleno de carteles que anuncian cómo aligerar deudas, cómo conseguir nuevos créditos, más dinero para sobrevivir, es un personaje más. Las carreteras, los pueblos vacíos con todo cerrado, la imagen del típico vaquero que comprende que sus hijos no van a querer seguir con ese trabajo porque están solos, no hay nada ni nadie. Solos. Hay una desolación lírica y amarga en el universo que nos muestra David Mackenzie, una desolación que, además, va acompañada por una banda sonora que le va como anillo al dedo.

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Tras ver esta película, sus imágenes te acompañan, los rostros de los personajes, esas luces y sombras, ese aroma a tierra quemada, a soledad, a desesperación y también a determinación, se adhieren a la piel. Es una muestra perfecta de que, a veces, se puede decir y mostrar mucho entre la trama de una historia sencilla. Porque esta es una historia sencilla pero cargada de elementos que la hacen fascinante. Intensa, sincera, directa y con un paisaje, físico y emocional, que perdura.

Inés Macpherson

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