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Se acercan las fiestas navideñas, ese momento en el que nos reunimos con familiares que quizás no vemos a menudo o con los que quizás no tenemos mucho en común. Uno de los comentarios habituales por estas fechas es aquello de «mejor no hables de política». Uno puede tomarse el consejo como una muestra de interés por nuestra salud: discutir con un polvorón en la boca no puede ser bueno para nadie. Pero normalmente es porque la gente quiere tener unas fiestas tranquilas, políticamente correctas, nunca mejor dicho. De hecho, a veces da la sensación de que hay cierta corriente que pide que seamos políticamente correctos en todos los ámbitos. Muestra de ello es uno de los capítulos del programa Polònia, de TV3, donde vemos a un matrimonio políticamente correcto llevar esta idea al extremo:

http://www.ccma.cat/tv3/alacarta/polonia/polonia-el-matrimoni-politicament-correcte/video/5633795/

Pero cuando una servidora piensa en lo “políticamente correcto” no puede evitar pensar en el escritor James Finn Garner, y más en estas fechas. En 1997, la editorial Circe publicó sus Cuentos navideños políticamente correctos. Entre sus páginas encontramos reflexiones sobre los derechos laborales o sobre el consumismo y el sexismo de los juguetes infantiles, un tema que ahora resuena en las noticias y en internet, pero que hace tiempo que es bastante obvio. Y para muestra, un botón:

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Era Nochebuena, de James Finn Garner
(Cuentos navideños políticamente correctos, Circe Ediciones, diciembre de 1997)

Era Nochebuena, en la cooperativa
nadie alborotaba, nadie se movía.
Los niños dormían: por todo consuelo,
sueños de lentejas y pan de centeno.
Después del colegio, habían saludado
con bailes y cantos el invierno helado;
para honrar la Tierra con más eficacia
que comprando dulces a la tía Engracia
o arrancando un árbol para mutilarlo
y luego vestirlo de puesta de largo.
Tras bajar un poco la calefacción
y acostarnos todos en nuestro jergón,
se oyó en el jardín un estrépito tal
que al suelo me vine de un golpe infernal.
Repté a la ventana, descorrí el pestillo:
«¿Dónde está el sereno?», grité en calzoncillos.
Y observé allí abajo, entre la penumbra,
un trineo con renos de escasa estatura.
Sentado a las riendas, un anciano agriado
que trataba a todos como sus esclavos.
Recordé su rostro de anuncios variados:
Juguetes, champañas y coches usados.
Por lo que expresaba su faz jactanciosa
muy mal no debían de marcharle las cosas.
Por más reforzar sus tiránicos modos
llamaba a los renos con viles apodos:
«Negrito», «Morito»… palabras provistas
de fuerte desprecio y de tintes racistas.
No les permitió reposar en el suelo:
chasqueó los dedos y alzaron el vuelo,
pero la techumbre ya estaba tan vieja
que al posarse en ella partieron las tejas.
Al verle trepar sobre la chimenea
supe cuál sería mi siguiente tarea.
Me puse la bata y bajé a toda prisa;
sólo con pensarlo, ya muerto de risa:
estaba cubierto de pies a cabeza
con desechos fósiles de enorme pureza.
Su casaca roja se hallaba adornada
con pieles de armiño aún ensangrentadas.
Le encaré gritando con voz resonante:
¡No a los que torturan a los animales!
Me miró aturdido, con gesto agradable,
desde su gordura, nada saludable.
Puesto en pie era, el pobre, más ancho que largo
(muchos alimentos, más dulces que amargos).
Mas no sólo era eso lo que me asqueaba:
lo más espantoso es que, encima… ¡fumaba!
No podía creerme lo que había entrado:
¡un carcinogénico sobrealimentado!
Le vaticinaba – tal era su aspecto –
un fallo cardíaco en cualquier momento.
Tras de sí arrastraba una bolsa roja
en la que portaba yo qué sé qué cosas.
«¿Dónde está vuestro árbol?», preguntó extrañado.
«En el jardín – dije –-. Como está mandado».
«¿Y qué hago con todo lo que os he traído?»
«Por mí, te lo llevas por donde has venido.
Seguro que topas con seres humanos
más materialistas de los que aquí estamos.
Gentes entregadas al vil consumismo,
de esas que alimentan el capitalismo».
Mi expresión severa no sirvió de nada:
su única respuesta fue una carcajada.
Añadió: «¿Y los niños? No seas riguroso:
crecer sin juguetes es algo espantoso».
[…]
«¿Y qué hago yo ahora? – preguntó el anciano –.
No tengo costumbre de viajar en vano».
«Me estás resultando un poquito creído…
Anda, abre esa bolsa; a ver qué has traído».
Y ante mis narices, va el muy sinvergüenza
y saca una Barbie enjoyada y con trenzas.
«¡Traerle esto a mi hija no es más que un ultraje!
¡No ella es tan sexista, ni yo tan salvaje!
¡Con esa tripita y con esa figura,
idiotizaría a mi criatura!
Querría someterse en plena adolescencia
a dietas sin grasas y a graves carencias.
Tomando su aspecto normal del revés
en vez de aceptarse tal y como es».
Él seguía buscando dentro del capazo:
«¡Mira este juguete! ¡Es un exitazo!»
Al ver lo que era, solté un alarido:
¡Una metralleta de aire comprimido!
«¿Llamas exitazo a ese trasto dañino?
¿Al arma perfecta para un asesino?
¿Por qué no una bazuca o quizá una granada?
¿Por qué no un machete o una recortada?
¿Qué otros disparates transportas ahí dentro?
Ábrelo ahora misma, a ver lo que encuentro…
¡Una cocinita! ¡Esto es repugnante!
¡Qué idea tan machista y tan esclavizante!
[…]
Palés y Monopolys… valiente inmundicia:
escuelas primarias para la codicia.
Y aquí hay aún más armas, esto no termina…
¡Y aquí hay más muñecas y aquí hay más cocinas!»
Tan sólo eso había en su cargamento:
juegos de incultura y aburguesamiuento.
(Aunque vi una cosa que era interesante:
un libro de cuentos de un tal James Finn Garner).
«¿Sabes qué te digo? – anuncié finalmente –.
Que nada hay aquí que interese a mi gente.
Aquí predicamos valores más altos,
de los que estos “juegos” se revelan faltos».
El viejo granuja, por fin derrotado,
se echó el saco al hombro y me dijo apenado:
«Qué lástima siento de todos tus niños
y de que les tengas tan poco cariño.
Recorren los pobres, por lo que has contado,
en vez de una infancia, un voluntariado».
Respuse: «Ya basta, no montes un drama
porque los criemos de una forma sana.
Viven y se nutren de buenos principios,
ya te lo he explicado en no sé cuántos ripios».
Preguntó: «¿Y podría conocerlos, al menos?»
«Están ocupados soltando a tus renos».
Se enfadó el anciano, y sin más despedida
que una palabrota, salió de estampida.
Subió como un rayo por la chimenea
y oí que las cosas se ponían feas.
Era obvio que aquel asesino de armiños
no apreciaba el gesto de mis nobles niños.
Los espantó a todos y, sin gran trabajo,
volvió a uncir los yugos de todo su hatajo.
(Pienso hoy que, de aquello, lo único agradable
es que su retorno resulta improbable).
Mas, ¿saben qué dijo aquel viejo truhán
después de desearnos Feliz Navidad?
«Me voy sin rencores, tenéis mi palabra;
pero, ojo, que conste: ¡estáis como cabras!»

¡Felices fliestas y felices lecturas!

Inés Macpherson

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