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Caperucita no necesita un cazador. Y las princesas no necesitan un príncipe para despertar, sólo romper el espejo que las tiene encerradas en un mundo de cristal donde les han repetido hasta la saciedad que ellas no pueden, que deben liberarlas, salvarlas, porque, por lo visto, ellas solitas no pueden crecer. Pueden. Y, de hecho, pueden hacerlo con ingenio, como Caperucita.

¿Por qué hablo de Caperucita? Pues porque ahora que se acerca la Navidad, un libro siempre puede ser un gran regalo. Y este lo es. No se trata de ninguna novedad, es del 2009, pero es magnífico. Estoy hablando de Una caperucita roja, un album ilustrado de Marjolaine Leray, publicado por Océano Travesía.

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Sencillo, con unas ilustraciones extraordinarias que demuestran que, a veces, con poco se puede hacer mucho, el texto nos recuerda al original, con esas preguntas insistentes a las que, en su momento, Slawomir Mrozek también supo sacar jugo en uno de los relatos que se pueden encontrar en La vida difícil (Acantilado, 2002). Tanto en ese caso como en este, hay un giro en la historia. Pero mientras Mrozek lo llevaba a su terreno del absurdo y ese humor tan particular que lo caracterizaba, transformando el final en una referencia casi metaliteraria,  Marjolaine Leray lo hace de forma más sutil y directa. Los textos, en rojo para Caperucita y en negro para el lobo, acompañan las figuras del feroz animal y la supuestamente ingenua niña de la caperuza roja de forma escueta, porque no estamos ante un relato típico, con su narrador descriptivo o con elementos que acompañan la acción. Aquí tenemos el encuentro con el lobo en estado puro, sin condimentos. Y con un giro final maravilloso.

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Así que si queréis descubrir otras caperucitas, ya sabéis.

¡Feliz lunes y felices lecturas!

Inés Macpherson

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