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El pasado viernes, 2 de diciembre, en la librería Casa Usher de Barcelona tuvimos el placer de escuchar a Enrique Redel, editor de Impedimenta, una de esas nuevas editoriales, aunque ya llevan diez años regalándonos joyas literarias, que, como Libros del Asteroide, Nórdica Libros, Sajalín, Males Herbes, Edicions del Periscopi y muchas otras, han demostrado que se puede tener un catálogo coherente, de calidad y con un trato cercano con los editores y con los lectores.

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Como comentaron tanto él como los creadores e impulsores de Casa Usher, desde hace unos años hay una nueva corriente de editoriales y de librerías. Lugares como Casa Usher, Llibreria Calders o la Nollegiu han demostrado que en un espacio acotado se puede ofrecer no sólo la oportunidad de comprar libros, sino de acudir a presentaciones, charlas, ciclos de poesía, de filosofía, de cuentos, clubs de lectura y un largo etcétera. Son librerías de barrio, que han generado una sensación de “caliu”, que se dice en catalán, una atmósfera cercana y amable que hace que te sientas en casa. Y eso es algo que, como lectora, se agradece. Porque fue precisamente en una de esas librerías donde yo me hice lectora y donde descubrí el arte de amar la palabra escrita.

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Precisamente el pasado viernes, Enrique Redel habló de uno de los títulos de Libros del Asteroide, El quinto en discordia, de Robertson Davies. Como si se tratara de la mítica madalena de Proust, ese título me hizo recordar la librería en la que crecí, al menos como lectora: la desaparecida La Gabia de Paper, en la calle Marià Cubí. Esa librería, regentada por Mercedes y Celia, era una segunda casa y un lugar al que acudir para descubrir libros, charlar en el pequeño despacho que tenían para intentar arreglar el mundo, sin mucho éxito, o ayudar un poco en Sant Jordi. Si no tenían el título que buscabas, lo pedían, lo encontraban; como estudiante de Filosofía, les agradecí enormemente aquella sección de las estanterías dedicada a la editorial Gredos y sus clásicos, y su capacidad por encontrar libros que en la biblioteca de la universidad casi siempre estaban perdidos en la inmensidad. Si querías regalar un libro, podías dar referencias de los títulos anteriores que se había leído la persona homenajeada, y siempre encontraban algo… y acertaban. Porque leían lo que vendían. No todo, por supuesto, pero lo que realmente necesitaba ser leído. Me explico: los títulos de las grandes editoriales, con sus campañas de marketing y sus anuncios a todo color, no necesitaban ser recomendados; la gente iba a comprarlos sin dudarlo. Pero lo otros, los de las pequeñas editoriales, los que en otras librerías de grandes superficies quedaban relegados a segunda fila o ni siquiera aparecían por aquel entonces, esos sí que necesitaban una voz que hablara por ellos. Y ellas lo hacían. Fueron ellas quienes me presentaron editoriales como Libros del Asteroide o Impedimenta. Fueron ellas las que tiñeron las estanterías de casa de esos lomos de colores de Asteroide, y de los teñidos de negro y letra blanca y roja de Impedimenta.

La semana pasada hablé del libro Rue de l’Odéon, de Adrienne Monnier (Gallo Nero) y de esa figura fascinante de una librera enamorada de su trabajo. La Gabia de Paper era, salvando las distancias históricas, un lugar similar, un hogar para lectores intrépidos y con ganas de descubrir, de enamorarse de un autor desconocido. Recuerdo los comentarios jocosos sobre la compra de lecturas ligeras como el Decamerón de Boccaccio o La Divina Comedia, de Dante Alighieri, a una temprana edad, o las conversaciones con otros lectores, precisamente comentando las grandezas de ese memorable título de Libros del Asteroide, El quinto en discordia, que no se cansaron de recomendar durante mucho tiempo.

La sensación de entrar en una librería y no estar simplemente rodeado de libros, sino de estar en un lugar que te invita, que te acoge, es una sensación que he vuelto a tener gracias a estos nuevos lugares que ofrecen la posibilidad de, si cabe, enamorarse de nuevo de la palabra escrita y retomar el placer de degustarla, pero no sólo comprando, sino compartiendo, descubriendo, charlando… Y si encima puedes ir conociendo autores con las presentaciones y las charlas, puedes introducirte en el mundo del arte, de la filosofía, los cuentos o la música y puedes ir descubriendo nuevas o no tan nuevas editoriales y escuchar a sus editores, que te hablan de su trabajo y su catálogo con tal pasión que estás tentada de comprarlo entero, mejor que mejor.

Así que, ¡larga vida a las librerías y a las editoriales!

Inés Macpherson

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