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Slawomir Mrozek es único. Durante años, ha formado parte de mis sesiones de cuentos y, de hecho, durante algún tiempo, fue rebautizado en un programa de radio en el que colaboraba porque mis compañeros eran incapaces de pronunciar correctamente su nombre, por lo que acabaron llamándole Swarovski. No sé si al autor polaco semejante brillo en su nombre le hubiese gustado, pero reconozco que, gracias a su difícil pronunciación, conseguí que los componentes del programa se acordaran de él, que ya es mucho. No sé si conseguí a su vez que se interesaran por sus cuentos, pero si hay algo que un enamorado del relato corto debe hacer una vez en su vida es leer a Slawomir Mrozek.

La editorial Acantilado ha publicado sus relatos en distintas recopilaciones. Si me detuviera a analizar cada una de ellas, probablemente necesitaría un libro, y no una entrada de blog. Todos y cada uno de sus textos son recomendables: por su inteligencia, por su juego con el lenguaje, por su ironía y sarcasmo, por su sentido del humor y, sobre todo, por esconder tras esos pequeños retazos de historias una crítica brutal a la sociedad, a los sistemas totalitarios y al ser humano y su incapacidad de mirar un poco más allá.

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En enero de 2014, Acantilado publicó una obra fascinante de Mrozek. Se trata de Baltasar (Una autobiografía), escrita por el autor tras sufrir un ictus y una afasia que le obligó a volver a aprender a utilizar el lenguaje. Se publicó unos meses después de su muerte, pues Mrozek murió en agosto de 2013, aunque él estaba convencido de que moriría en mayo, porque durante toda su vida, las cosas terribles siempre sucedían en mayo. De hecho, el ictus le sobrevino en mayo de 2002.

Cuando recuperó el habla, su logopeda le propuso, como parte de la terapia, escribir un libro donde intentara plasmar sus recuerdos. Baltasar es fruto de ese nuevo descubrimiento de su capacidad de expresarse. Quizás por eso se cambió el nombre. Como dice al principio del libro: «Me llamo Slawomir Mrozek, pero a causa de las circunstancias que se produjeron en mi vida hace cuatro años mi nuevo apelativo será mucho más corto: Baltasar».

Podría hacer un resumen histórico de su vida, pero entonces estaría eliminando el placer del descubrimiento, por parte del lector, de la vida de este extraordinario hombre. Sí puedo decir que vivió la Segunda Guerra Mundial, la ocupación nazi y la convivencia con el estalinismo. Según él, los cambios que vivió le causaron una enfermedad, una inadaptación general que lo marcó de por vida.

Lo cierto es que recorrer la historia de su mano es interesante, porque más allá de mencionar los acontecimientos, nos deja ver ese pequeño universo que fue su hogar, su vida, sus dudas… Cómo saltó de una carrera a otra; cómo acabó trabajando como dibujante satírico y como periodista para ganarse la vida; cómo se dedicó al teatro… y cómo decidió abandonar Polonia por voluntad propia.

Aquí no se encuentran grandes nombres ni grandes acontecimientos. Es la vida misma. Una vida narrada en serio, con apuntes ácidos y cierto regusto a crítica en algunos momentos. Los que busquen cotilleos, no los encontrarán. Esta es una ventana a un hombre extraordinario con un estilo propio increíble que fue capaz de escribir relatos como «La revolución» (La vida difícil, Acantilado, julio de 2002), donde en poco más de una página nos da una bofetada memorable. Y como buena ventana a la vida, está llena de pequeños momentos, anécdotas personales, familiares y hechos comunitarios con el telón de fondo de una serie de hechos históricos dramáticos que todos conocemos.

Baltasar es un libro serio y en serio. Con esto no quiero decir que sea aburrido, sino que, entre sus páginas, no encontramos el humor y sarcasmo habitual de la obra de Mrozek. Sí encontramos su mirada aguda y su capacidad de lanzar un dardo casi sin que uno se dé cuenta. Y sobre todo sí encontramos una escritura limpia, elegante, llena de observaciones  que destilan su toque personal, pero sin llegar al universo de sus cuentos. Como él mismo explica, su amigo Jan Blonski, crítico literario, decía que Mrozek escribía como si no fuera capaz de afrontar ningún tema en su estado natural y que, para decir algo importante, tenía que recurrir a un estado sobrenatural, elevarse al nivel de lo esperpéntico, de lo absurdo y lo grotesco; sólo entonces sabía hablar del mundo, del hombre o la historia. No es el caso de Baltasar, donde escribe de forma sincera y directa. Quizás por eso se cambia el nombre, porque es otro quien escribe, o al menos la forma en que escribe.

Aprovecho el comentario de este libro para decir que el miércoles 26 de octubre se inicia el ciclo #NoExpliqueu, un ciclo que una servidora realizará en la librería Nollegiu (http://www.nollegiu.cat/), donde cada sesión estará dedicada a dos autores, de los que descubriremos la vida y, sobre todo, los cuentos. Este miércoles 26 está dedicada a los extraordinarios Pere Calders y Slawmoir Mrozek. Así que si os apetece saber un poco más de ellos o descubrir algunos de sus relatos de viva voz, ya sabéis…

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¡Feliz lunes y felices lecturas!

Inés Macpherson