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Hace años, descubrí a Ángeles Mastretta de la mano de sus Mujeres de ojos grandes (Seix Barral) y me enamoré de su prosa y de ese universo que sabía plasmar con una elegancia estilística y visual que conseguía que aquellas tías que poblaban sus páginas se convirtieran a su vez en tías propias.

viento

En El viento de las horas (Seix Barral, mayo 201) nos adentramos en un mundo más personal, un mundo de recuerdos y memorias. Ángeles Mastretta nos invita a visitar fragmentos de su pasado y de su presente, anécdotas, instantes de vida, de infancia, de amistad y de intimidad, evocando los detalles cotidianos, las reflexiones personales que la acompañan y nos permiten reflexionar.

Un recorrido por un mundo, externo e interno, lleno de vida, que permite reflexionar sobre temas tan profundos y diversos como el paso del tiempo, la juventud, la memoria, la amistad o ese fuego interno que nos hace ser quien somos. Pequeños fragmentos, fotografías redactadas con el estilo habitual de la autora, que sabe adentrarnos en su universo y hacernos partícipe de su memoria.

Opinión

Hay libros que tienen un principio y un final, un argumento claro, un sentido global buscado por el autor. En cambio, hay libros que tienen la capacidad de atraparte sin que haya principio ni final, sólo momentos, fragmentos que se suceden y que son como ventanas a un universo personal y fascinante, que te seduce sin necesidad de tener que preguntarte qué pasará después. Son libros con pausa, no sé si escritos a fuego lento, pero sí pensados para ser leídos de esa manera. El viento de las horas es uno de estos, una invitación a compartir con la autora su universo, sus reflexiones y, a su vez, probablemente adentrarse en el propio, pues los recuerdos que evoca tienen un regusto especial que hace que, mientras leemos, vayamos rememorando nosotros mismos esas tardes de infancia, esas noches de verano que se quedan guardadas en la memoria, dispuestas a volver cuando los llamas.

Deambulamos entre sus páginas y encontramos recuerdos de infancia, de viajes de madurez, de amigos, de situaciones, de pérdidas y de encuentros. Pero también nos topamos con escenas que permiten a Ángeles Mastretta sacar esa magia que lleva dentro y reflexionar, tras entrar en una tienda para comprar manijas, que lo suyo sería perderse en una tienda de sinónimos, de metáforas y adjetivos, un reino de palabras donde poder jugar hasta cansarse… si es que uno puede cansarse en un lugar así.

Lo cierto es que adentrarse en este libro es toparse con la posibilidad de sentir una extraña nostalgia ajena, pues son recuerdos de otro, pero son también tuyos, pues lo explica con una sinceridad tal, que se nota que sale de dentro y eso busca un eco en el lector, y resuena. Es una prosa que te acuna y te abraza, que es cálida como los recuerdos que transmite. Una maravillosa reflexión sobre el paso del tiempo, la memoria, la vida y uno mismo. Sí, son retazos de historias de la autora, pero, al final, evocan los propios y se crea una danza especial de instantes.

Un libro para leer sin prisas, para saborear a cada rato, a cada frase. Yo me quedo con esta «Tengo mucho que hacer como para hacer lo que tengo que hacer», una declaración de intenciones vitales que explica la forma que tiene de narrar esta mujer fuerte, mágica y hermosa, que sabe transportarte a un lugar que no te suelta.

Inés Macpherson
Fuente: Anika Entre Libros (http://www.anikaentrelibros.com/)

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