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Hay libros que son amables, que te dejan buen sabor de boca, te distraen o te enternecen. Luego están los libros que te despiertan, que te mueven y te hacen pensar. Esos son los que me recuerdan por qué me gusta tanto la literatura, porque puede abrir puertas a mundos imaginarios, pero también a puertas interiores a reflexiones, a un observatorio magnífico de la realidad. El Sistema, de Ricardo Menéndez Salmón es uno de estos. Brillante en todas sus facetas, tanto en argumento como en estructura o en estilo, es una distopia extraña, un fábula crítica y concisa de lo que es nuestra socidad y hacia dónde avanza.

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Argumento

En una época futura, nuestro planeta se ha convertido en un archipiélago donde la humanidad se ha dividido en dos: los Propios y los Ajenos. Los Propios habitan las islas, y los Ajenos viven al margen, desterrados, despreciados y temidos. Dentro del Sistema, existe una isla llamada Realidad. En ella, se alza una Estación Meteorológica, donde un hombre vigila el horizonte por si aparecen los enemigos del orden. Pero ese hombre, el Narrador, también lee. Y sobre todo escribe. Y la palabra es peligrosa, porque alimenta las preguntas, las dudas, la sospecha…

Mientras el Narrador va convirtiéndose en un pensador, en un observador de la realidad en minúscula y en general, no sólo de la Realidad en mayúscula, su isla, el Sistema empieza a resquebrajarse. Una isla, Empiria, se ve abocada al desastre, y los que hasta hace poco eran Propios, pasan a ser Ajenos. Porque el Sistema no acepta nada que no encaje en su orden, y ellos ya no sirven.

Movido por este cambio, el Narrador empieza a preguntarse quién es él y quiénes los Otros, esos Ajenos a quienes tanto temen y que, sin embargo, parecen iguales. Estas reflexiones, lo llevan a iniciar un viaje, al principio no deseado, después quizás buscado, que lo llevará a comprenderse y a comprender una humanidad que se está rompiendo.

Opinión

Hay libros que nos cuentan historias, libros que nos transportan a otros universos, a otros tiempos… Y después hay libros que nos despiertan, nos ponen un espejo ante los ojos para mostrarnos el reflejo del mundo y de nosotros mismos y nos invitan a pensar. Como ya he dicho antes, perdonad la repetición, El Sistema, de Ricardo Menéndez Salmón es uno de estos, una novela que es mucho más que una simple novela. Porque a medida que nos adentramos en la trama, que seguimos el viaje del Narrador, vamos desgranando, a través de sus pensamientos, un retrato de la sociedad occidental, de su maniqueísmo e hipocresía, de su fanatismo sin cuartel, incapaz de aceptar al prójimo, siempre despreciando al Otro, siempre temiendo lo que no encaja en el sistema, en el Sistema.

Hablar de este libro es una labor compleja, pues se podrían escribir páginas y páginas sobre un simple párrafo. El Premio Biblioteca Breve de este año sabe condensar reflexiones sobre el arte, la literatura, la historia y la Historia, y lo hace en una distopía que es, a su vez, una alegoría, una metáfora brutal que bebe de la actualidad, pero también de los mitos clásicos. Quizás, por eso, cuando nos encontramos ante el desastre de la isla de Empiria, ante el desprecio con el que la trata el Sistema, nos viene a la memoria nuestra Grecia o la forma en que tratamos a los refugiados, a los que están fuera de nuestra sociedad porque no siguen los mismos patrones, porque son una amenaza para el orden… Es un paralelismo que, al seguir leyendo, ves confirmado, pues Empiria decide romper la dicotomía Ajeno/Propio, y reclama ser Libre, recuperar la dignidad perdida, la individualidad que tuvo la cuna de los mitos, la cuna de nuestra civilización, que se está consumiendo y pudriendo por exceso de progreso, por exceso de tecnología, que nos hace olvidar que, al final, todos somos humanos.

La mención de los mitos no es algo al azar. El Sistema está dividido en cuatro partes. Están narradas desde distintos narradores, aunque, en realidad, siempre es el mismo, y es que parece que hay una voluntad de observar desde el «él», desde el «yo» e incluso desde el «tú», es decir, las diferentes maneras en que nos vemos y vemos a los demás, en que pensamos y hablamos. Pero además de tener distintos puntos de vista narrativos, cada parte puede recordarnos a otras obras, a otras historias. De hecho, el propio Narrador hace referencia a obras cumbre de la literatura y a mitos que van cobrando sentido y forma. Si en las primeras dos partes de la novela, de una belleza literaria y filosófica extraordinaria, podemos encontrar ecos de Orwell o Huxley y sus desgarradoras distopías, en las siguientes partes descubrimos un barco y un viaje que rememora a Jasón en busca de un vellocino que parece imposible, o a Ulises intentando regresar a casa. Pero en este caso, ¿los viajeros buscan el hogar o están buscando un sentido, una respuesta al vacío que se está apoderando de la humanidad?

Hay que tener en cuenta que lo que encontramos en estas páginas no es fácil y, en ocasiones, duele. Es un retrato metafórico pero preciso de nuestro mundo y nuestro comportamiento. Es cierto que, en las dos últimas partes de la novela, escritas con una prosa que va brillando cada vez más, convertida en fábula, en mito, hay momentos de esperanza que animan a revelarse, a decir basta, pues «esa búsqueda no pertenece a este barco ni a sus tripulantes, sino que es la vis movendi que anima a quien se atreve a escribir “no”». Y es que la escritura, como dice en Narrador, es insubordinación. Como el pensamiento. Y aunque lo que encontramos en estas páginas pueda ser una «representación de sus contemporáneos, el testamento vuelto polvo, detritus, basura» del que tendría que surgir un nuevo ciclo de la historia, de la humanidad, quizás si retomamos la palabra y despertamos el pensamiento que parece que se ha quedado dormido, enterrado tras tanta tecnología e inmediatez, podamos seguir nuestro viaje y recordarnos… recuperarnos, y volver al hogar como Ulises, esperando que alguien nos reconozca pero, sobre todo, que nosotros seamos capaces de reconocernos.

El Sistema es un libro extraordinario en todos los sentidos. Por un lado, por la profundidad de lo que relata, pues desnuda la sociedad en la que vivimos y a la que estamos abocados si seguimos igual, reflexionando sobre grandes y pequeños temas con una precisión impresionante que denota la formación filosófica del autor. Por otro lado, por la elegancia estilística que destila toda la obra, jugando con distintos tipos de narrador, pero siempre con una belleza en la prosa que es sobrecogedora. Sí, es un libro denso y abstracto en muchos momentos, pero es un viaje maravilloso por nuestro mundo y por la evolución interior de un personaje que deja de ser el Narrador, el centro, para ser otro, para ser Nadie.

Inés Macpherson
Fuente: Anika entre Libros

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