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En septiembre de 2015, Gallo Nero publicó Estética del Polo Norte, de Michel Onfray, un libro extraño, hermoso, donde adentrarse no sólo en un espacio, sino en una cultura que, en general, nos es desconocida; pero, sobre todo, nos permite compartir una reflexión profunda sobre la humanidad, la civilización y la hipocresía y el desprecio con el que nos enfrentamos a lo que es diferente.

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Argumento

Cuando era joven, Michel Onfray le preguntó a su padre qué lugar escogería si un genio se presentara ante él y le propusiera regalarle el viaje de sus sueños. Su padre lo miró y dijo: «el Polo Norte». Su padre era un hombre que no había abandonado jamás su hogar y que había dedicado toda su vida a trabajar, por lo que, cuando cumplió los ochenta años, él decidió hacerle ese regalo e ir a la Tierra de Baffin, más allá del círculo polar… en el Polo Norte.

Ese viaje le permitió observar de cerca una cultura, la de los inuit, que es bastante desconocida para nosotros, llena de tópicos y observada siempre desde el velo de aquellos que la han contado desde sus propias culturas. Michel Onfray nos relata la historia de dicha civilización, su evolución, los contrastes entre lo que fue y lo que es, entre la oralidad y la occidentalización que ha sufrido… Y entre el frío, la piedra y los animales, convierte un diario de viaje en un compendio de reflexiones sobre la vida, sobre la cultura y las civilizaciones, sobre la hipocresía de nuestro mundo y nuestra incapacidad de comprender lo que nos es extraño. Un texto lleno de belleza, tanto a nivel visual como léxico, que se adentra en el pensamiento en su más amplia concepción y nos regala una reflexión profunda sobre la humanidad.

Opinión

A veces, hay títulos que extrañan al lector, que lo sitúan en una posición de no saber muy bien qué va a leer. Estética del Polo Norte es un título amplio, que podría implicar varias cosas, desde un libro de viajes basado en el paisaje del lugar, hasta la concepción más amplia del término «estética», utilizado en filosofía. Pero lo cierto es que la obra de Michel Onfray es un texto complejo y completo, lleno de matices y reflexiones que abarcan un abanico impresionante: desde el comentario de libro de viajes, adentrándose en el paisaje y las costumbres y anécdotas del trayecto, pasando por la historia y la observación de la evolución de una cultura, como si de un antropólogo se tratara, hasta la crítica precisa a un comportamiento que se puede ver en particular en el ejemplo de la civilización inuit, pero que tiene unos tentáculos mucho más amplios en el tiempo y en el espacio.

Este libro se compone de tres partes. La primera parte recibe el nombre de «El tiempo elemental: la rareza». A grandes rasgos se podría decir que se trata de un apartado que plantea la extrañeza que podemos sentir ante el paisaje y el clima de esa zona polar. Pero eso sería mentir, porque es mucho más. Esta primera parte es la que podríamos considerar más reflexiva. La belleza del paisaje se mezcla con la belleza del lenguaje para dar paso a unas reflexiones llenas de simbolismo y de verdades que, muy a nuestro pesar, se extienden más allá del Polo Norte. Porque señala la sensación de comunión que uno siente con la naturaleza en espacios así… comunión que se ha perdido porque el paisaje está mutando por culpa del calentamiento global y porque parece que hemos perdido la capacidad de comprender que vivimos en el planeta, no lo poseemos. No es nuestro, de la misma manera que ni sus animales ni su riqueza lo es. Hemos olvidado que convivimos con ellos, que debemos cuidarlo para que nos cuide, porque si no, algún día, no quedará nada. Y nosotros desapareceremos, pero la piedra quizás persista y la naturaleza vuelva a surgir. El problema es que en la vorágine de nuestro mundo, donde el tiempo natural se ha olvidado, parece que vivimos de espaldas a la tierra, y a la Tierra.

Planteada en tres capítulos, la primera parte ahonda en el paisaje (el tiempo geológico, es decir, la piedra), en el frío (el tiempo climático) y el espacio (el tiempo expandido). Estos tres elementos permiten que Onfray reflexione sobre la vida y la muerte en su concepción amplia. Desde la reflexión más filosófica, aúna mundo y vida de forma precisa y nos recuerda que todo se puede reducir al mineral, incluso nuestros huesos, cuando ya no estamos. Y es curioso, pues a pesar de la dureza de algunas conclusiones y pensamientos, la belleza con la que está redactado hace que las palabras se deslicen por nuestro interior sin darnos cuenta.

La segunda parte se adentra en el tiempo vivido y empieza a ahondar más en la observación y reflexión de la cultura inuit y su historia. Pero aún lo hace desde una perspectiva un poco general. Repasa la civilización inuit, algunas de sus costumbres, y cómo su occidentalización ha destruido el sustrato del pasado; cómo la oralidad (la tradición oral y todos los valores y símbolos que iban asociadas a ella) se ha ido perdiendo y se ha quedado en la escritura, petrificada, creando una dualidad esquizofrénica que ha afectado de forma global a ese pueblo que ha sido destruido y borrado, convertido solo en un recuerdo que se explota de cara al turismo, pero en el que se están perdiendo costumbres y tradiciones. Una cultura que se ha vuelto dual, donde algunos siguen manteniendo sus rituales y otros buscan parecerse cada vez más a esa cultura que los ha colonizado y ahogado; esa cultura que los masacró y los obligó a ser otra cosa distinta. En esa segunda parte, también se ofrece una reflexión interesante sobre un tema que no tiene sólo que ver con los inuit, sino con todas las culturas y civilizaciones. Y es el respeto a los ancianos. Allí, apunta Michel Onfray, incluso los ancianos respetan a los más ancianos, porque saben que son el sustrato de nuestro mundo, los poseedores de una experiencia que el resto no tiene (algo que aquí, en occidente, se ha perdido; nos llenamos la boca de buenas palabras, pero los geriátricos están llenos de personas a las que se aparcan y a las que nadie va a ver).

La tercera parte, titulada «El tiempo destruido: la desaparición», se adentra de lleno en la civilización inuit, en su historia y en su realidad actual. Y lo que explica es desgarrador. La historia del “colonialismo” del siglo XX por parte de USA y Canadá y la consecuente destrucción de una cultura por intereses ajenos es apabullante. Desconocía por completo la relación de dichos gigantes con el pueblo inuit (estamos más acostumbrados a saber lo que ocurrió con los sioux), y la forma en que Onfray transmite lo que otros inuit le explican es impresionante. Por intereses políticos, militares, empresariales, energéticos, el lugar en el que habitaban fue colonizado; ellos desposeídos de su cultura, de su tradición y de sus tierras y lanzados a una vida estática que nada tiene que ver con la suya. Se han quedado en tierra de nadie, cultivando una cultura que les es ajena, creando unos vínculos cerrados, sin futuro y con una frustración inmensa, sin saber ya cuál es su lugar.

Como se puede ver, la obra es una especie de crescendo. Empieza con la belleza de lo general, del paisaje, que sirve como reflexión respecto a la relación que el hombre ha tenido con la naturaleza y que ahora parece haber olvidado; la falsa creencia del ser humano, sobre todo el occidental, de su superioridad, cuando el frío y la piedra muestran que no somos nada y que, al final, todos somos polvo, piedra. Y que incluso la piedra muere.

Después, poco a poco, llegamos al tiempo vivido, a lo cotidiano, a la observación de una cultura y sus vestigios; a las historias que se pueden intuir en ciertas costumbres que los mayores aún contemplan, pero que se van perdiendo. Y cuando nos ha enseñado la belleza del lugar y sus inclemencias, cuando ya hemos hecho un pequeño paseo por la relación con los animales, a los que veneran, y con algunos de los elementos de su cultura, llega el golpe, la crítica mordaz pero elegante. Una crítica a un concepto de imperialismo que sigue existiendo, aunque los grandes imperios de la historia, supuestamente, ya no existan. Una invasión cultural que sigue pisoteando lo pisoteado, despreciando lo que no es uniforme y no encaja en el concepto capitalista de producción. Porque el tiempo natural, el tiempo vivido, el elemental, no encaja en el mundo occidental, pautado según lo que Foucault consideró como la vigilancia; una vigilancia que no está solo en los lugares donde debe estar, como en la cárcel, sino en todo: todo son pautas, todo estructuras marcadas donde vigilar y controlar, donde encorsetar la vida, que se va olvidando de su esencia, de su capacidad de vivir, para simplemente transitar, sobrevivir y quedar estancado en ese horario, en ese concepto vital que poco tiene que ver con el mundo real, la tierra, la piedra, el frío, y la existencia.

Aquel que se adentre en este texto debe tener en cuenta que no es un libro para leer y punto. Se trata de una obra que requiere ser degustada para poder absorber su belleza léxica y conceptual; una obra que requiere tiempo. Y es que por algo los títulos de sus capítulos se refieren a diferentes tipos de tiempo…

Inés Macpherson