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La editorial Acantilado lleva unos cuantos años demostrando su buen hacer. Nos ha regalado autores y obras extraordinarias. Y lo hace en todos los formatos posibles, incluso en estas pequeñas joyas de la colección Cuadernos del Acantilado, donde encontramos esta obra maravillosa del gran Stefan Zweig, Una historia crepuscular (Acantilado, septiembre de 2015).

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Argumento

Bob es un adolescente que va a pasar el verano en la campiña escocesa con unos familiares. Por su corta edad, cuando acaba la cena no puede ir con los hombres, que hablan de cosas importantes, pero tampoco con las mujeres, pues siente que siempre lo tratan como si fuera un niño y no le hacen caso.

Una noche, Bob sale a dar un paseo por el jardín. Y entonces, su vida cambia, porque recibe la visita de una misteriosa joven, con la que tiene un breve y apasionante encuentro amoroso. La muchacha, que no pronuncia palabra alguna, se esfuma entre las sombras, dejando a Bob con un nuevo universo de sensaciones en su interior, y con una incógnita: ¿quién es ella?

Opinión

¿Quién no se ha enamorado alguna vez en su vida? Todos hemos sentido ese flechazo en algún momento. Pero, ¿alguien recuerda cómo fue la primera vez que se enamoró? ¿Qué pasó por su cabeza, por su cuerpo? Pues bien, Stefan Zweig se lo pregunta y lo expone en este pequeño relato de una belleza y sencillez maravillosas, que nos permite acompañar a Bob en ese intenso viaje hacia el descubrimiento de los sentimientos.

Como en muchos relatos, la historia no nos llega en la primera página. Como si estuviéramos adentrándonos en un cuento clásico, encontramos a un personaje que se dispone a narrarnos una historia que necesita explicarse en la hora del crepúsculo, porque sus sentimientos coinciden con ese momento. Y así, como quien no quiere la cosa, empieza el relato del joven Bob. Quizás por deformación profesional y por cierta tendencia a la lectura del cuento gótico, en el momento en que me encontré ante la aparición de la joven, mi mente pensó que estaba ante un fantasma. Pero no lo era. ¿O sí? ¿Qué ocurre cuando recibimos el beso de alguien a quien no podemos poner cara ni nombre? Que lo buscamos. Es una especie de fantasma que evocamos en cada una de las personas que vemos. Eso hace Bob: intentar encontrar el cuerpo de su particular fantasma. Y en esa búsqueda, en esa evocación del sentimiento nacido del primer contacto, empieza a construirse una historia interior de emociones, que desemboca en un enamoramiento ciego y torpe, que se alimenta de una idea que, con cada día que pasa, va tomando más fuerza en su mente.

La prosa de Zweig, a pesar de las escasas páginas, sabe dibujar perfectamente a los personajes y a esa Escocia fascinante, con sus castillos y su vegetación, que sirve también como otros personajes más. La manera en que expone la evolución de Bob, la manera en que se va construyendo ese amor tan súbito y enfermizo, y cómo descubre lo que eso implica, lo que eso cambia, es magnífica, porque, más allá de su belleza estética, sabe introducir un eco en nuestra memoria, que nos hace ponernos en la piel de Bob y reconocer esa torpeza, esa manera de volcar en una persona un sentimiento que hemos ido construyendo a base de sueños, a base de fantasmas y, sobre todo, de deseo.

Una extraordinaria manera de acercarse a la prosa de Stefan Zweig para todos aquellos que deseen descubrir al autor, pero no sepan por dónde empezar. Es un relato corto pero intenso, y destila maestría en una dosis concentrada. Eso sí, al finalizar la historia, a uno le queda un sabor agridulce. Por un lado, porque la historia es realmente breve y uno se queda con ganas de más. Por otro, porque la melancolía que destila nos hace sentir también ese momento crepuscular, ese instante en el que el día se acaba y también se acaba un libro.

Inés Macpherson
Fuente: Anika Entre Libros (http://www.anikaentrelibros.com/)