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Debe haber algo últimamente en la nieve que llama la atención de los directores de cine. Quentin Tarantino se recrea en ella durante la primera parte de sus The Hateful Eight (lo sé, en castellano el título es Los Odiosos Ocho, pero debo reconocer que me gusta más la sonoridad en inglés), regalándonos escenas de una potencia visual bastante interesante. Pero Alejandro González Iñárritu lleva la plasmación del paisaje a otro nivel. Su última película, El renacido (The Revenant) es un canto a la estética y a la naturaleza en estado puro, principal protagonista de la cinta. La fotografía de Emmanuel Lubezki es abrumadora. Capta la luz natural, la oscuridad, los brillos de la nieve, las densidades del río… Y lo hace todo de una forma sobrecogedora, que te abraza y no te suelta. Es precioso. Y merece una admiración brutal, tanto hacia él como hacia todo el equipo que ha trabajado en la película, pues el frío se palpa (aunque en la sala de cine decidan compensarlo con una calefacción excesiva).

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Sin embargo, quizás por exceso de estética, la sensación que transmite es que nos están narrando una historia desde fuera. A mí, personalmente, me ha costado conectar con los personajes y su sufrimiento. No porque lo hagan mal, pues tanto DiCaprio como Tom Hardy hacen una muy buena interpretación (aunque quizás no sea la más memorable de DiCaprio, todo sea dicho), sino porque parece que todo se queda fuera, en la forma estética, en los primeros planos de ese rostro descompuesto por el dolor y la rabia, por el afán de sobrevivir; primeros planos que, sin embargo, pueden no acabar de conectar con el espectador (como ha sido mi caso).

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Quizás tampoco ayuda el excesivo metraje y las escenas simbólicas y religiosas que, de vez en cuando, vamos encontrando a lo largo del film. En su momento, Ridley Scott nos regaló algunas escenas memorables sobre los sueños y la muerte en Gladiator, pero Iñárritu aquí creo que abusa de ellas. Resultan un poco reiterativas y, por desgracia, no hay un cierre completo que explique la necesidad de tantas (en la cinta de Ridley Scott aparecían en los momentos en que el personaje de Russell Crowe entraba en contacto con la muerte, nada más, y tenía un sentido ya que, al final, abría la puerta al mundo de los muertos, puerta que al principio no consigue abrir, porque sobrevive). Es cierto que asistimos a la lucha de Glass (DiCaprio) por seguir con vida; y es normal que en esos momentos se acoja a esas visiones, a esas palabras de su mujer muerta, a esa simbología del árbol que tiene un tronco y unas raíces firmes, lo que permite que, aunque el viento parezca romper las ramas y, en consecuencia, el árbol, éste resista, como el personaje. La imagen es bella, pero ¿es necesario que se repita una y otra vez? Quizás si la película fuera menos larga no llamaría la atención, pero hay tantos planos estéticos, tantos paisajes y tantas escenas sublimes, que parece excesivo.

La historia de supervivencia es brutal. Lo cierto es que en ocasiones cuesta creer que un único hombre pueda sobrevivir a tantas desgracias, pero él lo hace. Y lo hace casi despojándose de su humanidad. Cubierto por su piel de oso, a veces parece camuflarse con la naturaleza, formar parte de ella. Lo que lo une todavía a los hombres es su sed de venganza, las ganas de castigar al que le ha traicionado: John Fitzgerald (magnífico Tom Hardy, por cierto). Así que asistimos a una lucha entre la naturaleza salvaje y la civilizada, entre el hombre y la bestia, entre la resignación y la superación…

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Asistimos a una persecución pausada, marcada por el paisaje frío y cruel que no perdona a nadie, que no hace distinciones, y que se lleva a todos por igual, pues la naturaleza no entiende de nacionalidades ni colores ni religiones. La naturaleza sabe defenderse sola, sabe cubrir los rastros que deja el hombre. No le importa sus necesidades o su avaricia, sus luchas racistas o sus ansias de poder. La naturaleza está allí, protagonista silenciosa de la barbarie humana, cubriendo la sangre con más nieve, llevándose los restos río abajo, hacia el olvido. El oso nos recuerda que tenemos tendencia a creer que lo podemos todo, pero la naturaleza también sabe atacar. Lo que pasa es que, en el caso de Glass, parece que hay algo de naturaleza en él y sobrevive, se recompone, se cubre de oso y sigue adelante, movido por la rabia y el dolor.

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El renacido es una historia de superación y venganza que, aunque de una intensidad estética abrumadora y fascinante, puede resultar un poco tediosa por su metraje. ¿Vale la pena verla? Por supuesto. Pero hay que tener en cuenta que es una película larga, estética y que, en ocasiones, puede resultar un poco fría, y no por el paisaje.

Inés Macpherson