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Desde pequeños, imaginamos al monstruo que se esconde bajo la cama, en el armario. No sabemos muy bien cuál es su forma (o como adultos no lo recordamos), pero sabemos que está allí, al acecho, esperando para atacarnos o, todavía peor, atacar a nuestros seres queridos, arrancarlos de nuestro lado y dejarnos solos. Hay quien viste a los monstruos con capas sobrenaturales, para alejarlos de la realidad y tranquilizar el espíritu. Pero, como demostraba la película The Babadook, esos monstruos, por mucho que los queramos negar, pueden aparecer, porque pueden nacer de nosotros; nosotros los alimentamos con nuestro miedo, y es nuestro miedo el que acaba cogiendo la forma de un ser aterrador. Sin embargo, ¿qué pasa cuando el monstruo se oculta tras el rostro de una persona normal? ¿Podemos pedirle a alguien que mire debajo de la cama para asegurarnos de que no está allí?

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La serie de la NBC Grimm juega precisamente con esa idea: los monstruos de los cuentos existen, pero bajo un rostro de humano normal. Y los autores Vicente Garrido y Nieves Abarca también juegan con esa idea: bajo la imagen de una persona corriente, incluso amable y servicial, puede ocultarse un monstruo capaz del horror más aberrante. Y por si eso fuera poco, juegan con otra dualidad fascinante que ya la película de El juego de Ripley, con John Malkovich, mostraba: la posibilidad de tener un alma asesina y, a su vez, admirar el arte. Hay quien cree que eso es imposible, que una persona capaz de matar y de hacer atrocidades a otra persona no puede apreciar la belleza sublime del arte. Pero, ¿qué pasa si, como en el caso de los monstruos de Garrido y Abarca, esa belleza sublime es no solo una pasión, sino el escenario y la esencia del crimen, y una está unida a la otra por una conexión enfermiza?

Ya en sus anteriores novelas (Crímenes exquisitos y Martyrium, ambas muy interesantes), los autores se adentraban en ese universo donde, el horror se adueñaba del arte y lo convertía en vehículo para cometer los crímenes. Esta vez, en El hombre de la máscara de espejos, encontramos una intrincada red de referencias artísticas y literarias que sirven de marco para provocar en el lector una sensación de horror que, sin embargo, no está exenta de belleza, algo que incomoda y aterra aún más. Sin querer entrar en muchos detalles sobre el argumento, porque la gracia de este tipo de novelas es, a menudo, ir a ciegas, como los protagonistas, lo que muestran los autores es una perversión que incomoda y que nos gustaría pensar que es imposible, que solo es fruto de la mente de los escritores. Pero, por desgracia, el ser humano ha sido capaz de horrores inimaginables, así que… ¿Cómo saber cuál es el límite de la oscuridad de la naturaleza humana?

En este libro volvemos a encontrarnos con Valentina Negro y Javier Sanjuán, así como con Lúa Castro y muchos otros personajes que ya aparecían en las anteriores novelas. Personalmente, para mí uno de los aciertos del trabajo de personajes es Valentina Negro. Desde la primera novela sabemos que es de armas tomar. A pesar de que comete errores, sufre en su propia piel el horror de las víctimas y tiene una dificultad importante para aceptar sus sentimientos, es un personaje femenino fuerte; es guapa, pero no es algo que le guste ni explote, y patea traseros como el que más. Cuando leí el principio de El hombre de la máscara de espejos, sentí que, con esa escena, habían creado a una inspectora de policía que, a pesar de todos sus defectos, despierta una empatía especial, porque la rabia y la ira que siente ante el horror que ve, es el que sentimos nosotros. También es cierto que el proceso final que hace la protagonista puede resultar un poco forzado, pero esta mujer me enamoró desde la primera novela, y no sé encontrarle fallos. Si se le quiere encontrar algún problema a los personajes, quizás el comportamiento de Lúa Castro siempre resulte un poco sorprendente, porque se mete en la boca del lobo sin tan siquiera pensar, y puede parecer poco creíble, pero el peso de la trama no recae en ella. Otro personaje en el que no recae ese peso y que, sin embargo, es fascinante, es el inspector Hugh Macfarlain. Aparece poco, pero ¡qué aparición!

A nivel argumental y estilístico, es cierto que, en ocasiones, los cambios de tiempo verbal y de escenario confunden un poco al lector, pero creo que es algo que los autores buscan: crear confusión, para que experimentemos lo que pueden estar viviendo sus personajes. Podría jugarse menos con esas variaciones verbales, porque chocan bastante, pero la trama engancha suficiente como para que uno pueda seguir leyendo sin que eso suponga un problema. Y sí, hay algún fallo a nivel ortotipográfico, pero eso ya es harina de otro costal, porque es algo que no ocurre únicamente en este libro, ni con estos autores o con esta editorial, así que…

En definitiva, que El hombre de la máscara de espejos es un buen cierre para la historia de Valentina Negro y Javier Sanjuán, y también para cerrar el círculo iniciado por el Artista, en Crímenes exquisitos. Destila la misma estética y atmósfera que las novelas anteriores y, aunque es posible que la resolución final pueda resultar un poco chocante, la angustia que saben transmitir a través de sus personajes hace que no puedas soltar el libro, aunque, en ocasiones, querrías hacerlo para dejar de ver el horror del que es capaz el ser humano.

Inés Macpherson

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