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Los mitos, las leyendas, los cuentos… todos son maneras distintas de condensar las preguntas, sueños y temores del ser humano. Son formas de recordarnos los peligros que nos acechan, los dilemas a los que nos podemos enfrentar y los caminos que puede tomar la vida; nos hablan de la pérdida, del camino del héroe, del aprendizaje y el sacrificio, y de los monstruos que habitan, escondidos en las sombras, que no son otros que los que llevamos dentro. También son formas de recoger la historia de forma simbólica, de exponer las consecuencias de la realidad, de la llegada a la edad adulta, ese momento en que comprendemos que hay que escoger un camino y aceptar las consecuencias de lo que decidimos… y lo que deseamos. A lo largo de los siglos, la tradición oral se encargó de pasar esos cuentos, esas leyendas, de generación en generación. Seguramente se añadieron y transformaron elementos y personajes, pero, al final, todas las historias se parecen, porque, por mucho que algunos no quieran verlo, en el fondo los seres humanos compartimos mucho más de lo que nos pensamos, sobre todo cuando llega el momento de enfrentarse al mundo, a la vida y a la muerte. Muestra de ello es que la idea del diluvio universal como castigo a la humanidad se encuentra en diversas culturas y religiones.

Si los hermanos Grimm ya se dedicaron a suavizar algunas de las historias que recopilaron, la factoría Disney se encargó de edulcorarlas por completo. Actualmente, son muchas los cuentos que han sido tomados por Hollywood y reconvertidos. Algunos han intentado retomar la oscuridad que se ocultaba tras los relatos populares; otros, convertirlos en historias de héroes modernos o de princesas fuertes. Hablar de cada uno de ellos daría para mucho, pero yo hoy quería hablar de El cuento de todos los cuentos (Tale of Tales), de Matteo Garrone. Y es que su última película se sumerge en lo extraño de los cuentos, mostrando uno de los elementos predominantes en casi todas las historias humanas: el deseo. Y no el deseo entendido únicamente a nivel sexual, sino el deseo en sí, la necesidad de poseer lo que uno quiere, sea lo que sea, al precio que sea y sin importar lo que ocurre si lo tenemos.

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Por un lado, tenemos el deseo de la reina Longtrellis (Salma Hayek) por conseguir la maternidad. Dicho deseo, salvaje, primario y sin importar las consecuencias, lleva a su marido a enfrentarse a un monstruo marino para arrancarle el corazón que debe comerse la reina para quedarse encinta inmediatamente. Como era de esperar, hay consecuencias. Y no son buenas.

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Por otro lado, tenemos la historia del rey de Strongcliff (Vincent Cassel), donde el deseo primario sexual hace que busque acostarse con quien quiere cuando quiere… hasta que se encapricha de la voz de una joven… que no resulta ser tan joven. Dora, la anciana, intenta engañar al rey, pero éste descubre el engaño y, despreciando a la anciana, la tira por el balcón. Por suerte para ella, queda enredada en un árbol y una bruja la salva, otorgándole el deseo de tantos y tantos humanos: volver a ser joven. Pero, ¿a qué precio? ¿Qué pasaría si alguien descubriera el secreto de la juventud? ¿Lo compartiría o se callaría? ¿Y si mintiera, qué consecuencias habría?

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Por último, tenemos al rey Highhills (Toby Jones), un rey que prefiere la compañía de una pulga a la de su hija. Su obsesión por el animal lo lleva al encierro, a olvidarse de los demás… hasta que la pulga muere y decide entregar a su hija en matrimonio (algo que su hija desea sobre todas las cosas; bueno, quizás desearía que su padre le hiciera caso, pero se ha dado cuenta de que es imposible). ¿Cómo escoger marido? Haciendo que pasen una prueba. Como pasa en muchos cuentos, la joven es entregada a un ser monstruoso. Pero a diferencia del mito de Eros y Psique, donde el supuesto monstruo es, de hecho, un dios hermoso, el monstruo es simplemente eso, un monstruo, y ella tendrá que hacer lo posible por sobrevivir y aprender. ¿Qué precio paga ella por ver cumplido su deseo de tener pareja? El precio de perder la inocencia. Porque al final, todos los deseos de los cuentos se cumplen, pero siempre se pierde algo a cambio.

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Tres deseos distintos acompañados de una atmósfera que se mueve entre el aire gótico y el cuento clásico. Desde el castillo octogonal de Highhills hasta el elegante castillo de la reina Longtrellis, pasando por cavernas, laberintos, estrechas grutas y bosques de altos árboles, Garrone nos sumerge en un imaginario que resuena y a la vez sorprende. No intenta reinventar los cuentos ni darles una explicación nueva; los muestra con su extrañeza y crudeza, regalándonos escenas crueles y salvajes, donde el egoísmo de los personajes lleva a los demás a un infierno, creando una fábula visual de una inusual e inquietante belleza. Eso sí, hay que reconocer que se podría haber reducido un poco el metraje, porque hay momentos en que se hace un poco larga. Pero más allá de este tema, resulta una película distinta, “friki” y difícil de etiquetar. Para una adicta a los cuentos, es imposible no verla.

Inés Macpherson