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Es extraño cómo funciona la memoria. Hay recuerdos que afloran con un olor, con una frase. En este caso, mi memoria ha aflorado con un libro. La merceria, de Teresa Roig (Columna, octubre 2015,), ha sido como una puerta a la infancia, cuando me dedicaba a observar, fascinada, los expositores de la mercería de mi barrio, con todos los carretes de hilos de colores, las cajitas con los distintos botones, las cintas… También ha abierto la puerta a otra memoria, la de la librería, un lugar al que muchos íbamos no solo a comprar libros, sino a que nos los recomendaran, a charlar, a discutir sobre literatura, política o a hablar simplemente de la vida. Se llamaba La Gabia de Paper, y ahora ya no existe. Y debo reconocer que siento un vacío importante. Es cierto que han abierto nuevas librerías pequeñas como aquella, pero la historia que se había ido creando allí, los recuerdos, los lazos de amistad y compañerismo, quedó sesgada en cierta manera con el cierre. Y tengo la sensación de que, aunque es mucho más que eso, La merceria, de Teresa Roig, es un canto a esos lugares, a la importancia de esos espacios que, a veces, las prisas de estos tiempos y la propia ciudad, ha devorado. A las vidas que habitan esos lugares y a las vidas que los transitan, que comparten, que aprenden y encuentran un pequeño hogar en ellos. Es una magia maravillosa que, por desgracia, hay que defender a capa y espada para evitar que la borren del todo de las ciudades. Y es que hay muchas librerías, mercerías, cafeterías y otros establecimientos que llevan en la sangre la historia de una ciudad, pero, sobre todo, sus historias. Y eso es lo que nos trae Teresa Roig: las pequeñas historias que habitan la Historia.

La merceria

ARGUMENTO

Tonet, un chico humilde que no tiene casi nada, salva la vida de Eudald, un joven rico que lo tiene todo, y a partir de ese momento, crece una amistad que sortea el abismo de clase que los separa. Poco a poco, cada uno va creando su propia historia, su propia familia… Gracias a esa amistad, Tonet y Mercè, su mujer, consiguen un pequeño local con vivienda y lo convierten en una mercería: L’Amistat. Y aunque inanimada, la mercería se convierte en otro personaje más. Esa observadora silenciosa contempla los acontecimientos históricos que sacuden la ciudad, y los acontecimientos vitales que hacen vibrar de alegría y de tristeza a las personas. Y poco a poco, como si alguien tejiera una red con los hilos que se venden en la mercería, asistimos a la extraña manera que tiene el destino de unir y desunir a esas dos familias, creando una danza amarga y dulce, trágica y hermosa.

OPINIÓN

Escrita con un lenguaje elegante, sencillo y preciso, esta novela de Teresa Roig sabe tejer dos historias a la vez: la de la ciudad y la de las personas. Y lo hace de tal manera que podemos diferenciarlas perfectamente. Sabemos que los acontecimientos históricos afectan a los personajes, pero dichos acontecimientos están narrados como si fuera un marco, una situación en el espacio tiempo, que después golpea a los protagonistas; se mezclan, pero sin mezclarse, como si la autora nos quisiera advertir que no se trata tanto de una historia sobre los acontecimientos, sino sobre la manera en que se vivieron, sobre la forma en que lo que ocurre fuera puede tocar nuestras vidas. Y es que es difícil que lo que sucede a nuestro alrededor no nos afecte, y menos en el momento en que está situada la novela, con la crisis del 29, las guerras europeas y, sobre todo, la Guerra Civil española y la dictadura franquista que la siguió. A través de estas páginas, vemos pequeños retazos de las décadas que se suceden, los pequeños y grandes cambios, las ideas, las modas, los avances tecnológicos… y los sueños, esos que prevalecen contra viento y marea.

Para mostrarnos la vida de esa Barcelona, Teresa Roig escoge dos familias muy distintas que, como si estuvieran unidas por uno de los hilos de las Parcas, se encuentran y desencuentran a lo largo de los años. No quiero ahondar mucho en la relación que se establece entre todos los personajes, porque sería desvelar los entresijos de este tapiz tejido por la autora con una precisión y una ternura que se desprende de las páginas para llegar al autor. Solo diré que el elenco de personajes está bien diseñado y evolucionan al ritmo de la ciudad y de la historia que los rodea, sin perder jamás su identidad. Ha creado personajes fuertes, con carácter y con las ideas claras; en algunos casos, esas ideas prevalecen; en otros casos, se difuminan por las circunstancias y la pareja… Pero al final, todos los personajes tienen un peso específico y saben abrirse camino y mostrarse tal como son.

Un relato que se inicia con una amistad y que, además de ser un retrato histórico de la ciudad a través de sus personajes, se convierte en un canto a la tenacidad de unas mujeres fuertes que, a pesar de las tragedias que les depara la vida, saben adaptarse a su manera para sobrevivir y vivir. Un relato costumbrista pero que oculta en su interior mucho más: un homenaje emotivo, tierno y sincero a una ciudad, a unos espacios con alma, a unas generaciones de mujeres luchadoras que nos han legado esa capacidad de perseguir sueños incluso en los momentos más difíciles. Un canto a la amistad, a la familia, al amor… y a la vida.

Inés Macpherson

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