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A veces, la belleza reside en la sencillez, en la palabra justa, en la manera en que, diciendo poco, se transmite mucho. Y ese es el don de Patrick Modiano. La elegancia y sobriedad de su estilo transita las páginas de sus novelas para narrar historias que nos envuelven con suavidad y nos demuestran que no hace falta abusar de las frases recargadas para decir las cosas. Reconozco que no había leído nada de este Noble de la literatura, pero tras adentrarme en su Para que no te pierdas en el barrio (Anagrama, junio 2015), uno se queda con ganas de sumergirse de nuevo en esa sencillez elegante y perfecta.

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ARGUMENTO

Un día, el escritor Jean Daragane recibe una extraña llamada telefónica. Un hombre dice haber encontrado su vieja libreta de direcciones y teléfonos y se ofrece a llevársela. Jean, incómodo ante la idea de tener a un extraño en casa, se cita al día siguiente con él en una cafetería. El individuo, Gilles Ottolini, se presenta allí con una joven, Chantal Grippay. Jean siente que hay algo que no encaja en ese cuadro, que hay algo más que no le están diciendo. Y tiene razón pues, al devolverle la libreta, Gilles pregunta por uno de los nombres que figuran en ella.

Ese nombre resuena en la memoria de Jean como un eco, y lo lleva a rastrear en su pasado, a recordar un episodio que había quedado casi difuminado a pesar de haber marcado su vida por completo. Poco a poco, los nombres irán surgiendo y los retazos de memoria irán tomando forma, apuntando, sugiriendo lo ocurrido y mostrándonos un pedazo de la historia de ese hombre que una vez fue niño. Porque a veces hay que mirar atrás para comprender quiénes somos, aunque el pasado esté sumido en la extraña bruma del olvido.

OPINIÓN

Hay quienes consideran que la buena literatura es aquella en cuyas líneas uno encuentra construcciones cargadas y donde el orden natural de la frase está tan alterado que hay que leerla varias veces para poder entenderla. Leer al Nobel Patrick Modiano demuestra que la buena literatura no necesita nada de eso: su prosa fluye con una elegancia y una cadencia sencilla, sumergiéndote sin esfuerzos y sin excesos en un universo que solo necesita la palabra precisa para mostrarse completo. Sin embargo, la capacidad de seducir que tiene no solo se debe a ese lenguaje cuidado, sino al arte de mostrar sin decir, de hacer intuir con pequeñas pinceladas, de sugerir con las reflexiones del personaje, que dibujan sin perfilar y permiten que nuestra mente disfrute construyendo el cuadro sin necesidad de que nos lo den masticado.

La cita de Stendhal que aparece al inicio del libro, «No puedo aportar la realidad de los hechos, sólo puedo ofrecer su sombra», es una declaración de intenciones y una advertencia para el lector. No vamos a encontrar una historia pormenorizada, sino un recorrido por los recuerdos, que nunca son completos ni del todo reales, pues siempre pasan por el tamiz de nuestra mente y de nuestra memoria, capaz de ocultar detalles, ideas y nombres, creando meros apuntes, bocetos de imágenes que poco a poco van encajando en un puzle que debemos interpretar. Se trata de una historia donde no existe una única línea, sino una narración llena de ambigüedades y sugerencias, donde un hombre debe adentrarse en el pasado para comprender un suceso que había quedado enterrado. Se podría decir que nos encontramos ante un detective forzoso, un hombre llevado por las circunstancias a investigar su niñez, a sortear los escollos que el olvido ha creado en su interior para intentar dar sentido a un acontecimiento que, en su momento, cuando era niño, no lo tuvo.

Para ello, Modiano teje una red entre el presente y el pasado, donde las escenas de hoy traen ecos del ayer, donde un nombre lleva a otro nombre, y donde una pregunta, en vez de respuestas, lleva a más preguntas. Mediante el recorrido por su memoria, por los retazos que él conserva y que ha ido recopilando, podemos ir dibujando la infancia del pequeño Jean Daragane, quien pasó cierto tiempo apartado de sus padres, en compañía de una misteriosa mujer que siempre ha estado presente pero que nunca acabó de situar, de comprender.

Como aquella mujer, los personajes que le devuelven la libreta, y que hacen las preguntas precisas para que él empiece a recordar, son como fantasmas, presencias que se difuminan en la historia para demostrar que su existencia no es tan importante como el camino que recorremos entre los recovecos de la memoria. Y es que nadie recuerda de corrido, ni de forma lineal, ni con todos los nombres y apellidos. A veces alguien pronuncia una frase y eso nos retrotrae a un instante, que enseguida desaparece para convertirse en otro. Damos saltos, fluimos y nos dejamos llevar por el recuerdo. Y eso es lo que consigue Modiano en este libro: que fluyamos con su prosa y con la memoria del protagonista, sumergiéndonos en el pasado e intentando, como él, construir el puzle definitivo y darle un sentido.

Debo reconocer que esta es mi primera incursión en la literatura de Modiano, pero estoy convencida de que no será la última, porque es una muestra de elegancia y precisión literaria, donde menos es más y donde la mente del lector debe trabajar a pesar de fluir con las palabras.

Inés Macpherson
Fuente: Anika Entre Libros (http://www.anikaentrelibros.com/)

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