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¿Qué hace que una historia pueda ser clasificada como “de terror”? Cuando el género gótico se estableció como tal en el siglo XIX, la idea del miedo, la idea del terror sobrenatural era muy distinta al que tenemos ahora. Actualmente, parece que si no pegamos un salto cada dos por tres y no nos sorprenden con varios giros inesperados, no estamos ante una historia de terror. Sin embargo, la belleza de las historias de Poe, de E.F. Benson, de Guy de Maupassant o de Bram Stoker no radica en el susto o en el sobresalto; no hay giros inesperados ni argumentos rebuscados. Ante todo, es el universo que crean, la atmósfera que dibujan con una perfección milimétrica, lo que nos atrapa y nos seduce; es esa extraña oscuridad, llena de recovecos, de silencios y de sobreentendidos, la fina línea entre la cordura y la locura, entre el deseo y las sombras lo que nos cautiva. Los lugares son un personaje más o uno de los más importantes, pues es esa presencia la que nos prepara para lo que se nos va a contar.

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Algo similar ocurre con La cumbre escarlata, la última película de Guillermo del Toro: no ha pretendido engañarnos ni sorprendernos con giros inesperados. Desde el principio sabemos que la historia estará habitada por fantasmas, y desde el principio sabemos que la pareja de hermanos Sharpe tienen algo entre manos. Pero no importa, porque es el conjunto, la presencia de ese hogar que se está descomponiendo por momentos lo que nos seduce, la certeza de que hay algo oculto y que la protagonista va a descubrirlo tarde o temprano. Las paredes llenas de polillas, los suelos con tablones por los que se cuela esa arcilla roja tan parecida a la sangre, el ascensor, los pasillos con esos arcos fascinantes, el techo abierto y los rincones oscuros… Allerdale Hall es una atmósfera perfecta y clásica que puede recordar a la mansión en los pantanos de La mujer de negro, de Susan Hill. Y como en aquella casa, el pasado espera en forma de fantasma.

crimson-peak-14-2-1500x844La película de Guillermo del Toro narra una historia sencilla y elegante, como su fotografía y sus personajes. Quizás por eso ha ido a una habitual del género como Mia Wasikowska, que ya interpretó papeles clásicos como Jane Eyre en la película de Cary Joji Fukunaga, de 2011, junto a Michael Fassbender en el papel de Mr. Rochester. Y quizás por eso ha buscado para los hermanos Sharpe a dos actores con un porte impactante y seductor como son Tom Hiddlestone y Jessica Chastain, que, en este caso, transmiten una imagen fascinante e inquietante por partes iguales, extraños y atrayentes, expertos en un juego peligroso y macabro que interpretan de forma impecable. El personaje de Thomas Sharpe (Tom Hiddlestone) representa a la perfección el prototipo de caballero inglés, mientras que su hermana, Lucille (turbadora Jessica Chastain), representa a su vez el papel de joven adusta que podría perfectamente haber acabado siendo una institutriz intratable si no fuera porque tiene otros planes en mente. De hecho, el personaje de Lucille es uno de los aciertos de la película, pues su mera presencia, de una belleza romántica, transmite un terror sutil, pero que hace mella. Es la imagen del amor perturbado y perturbador, de la locura y la tenacidad, y de la frialdad que puede ocultar los fantasmas más oscuros.

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Hay que reconocer que se podrían criticar algunos aspectos de la película, a la que algunos han tildado de previsible o vacía, pero la belleza de su factura y el homenaje magnífico que hace a los relatos góticos clásicos, hace que no importe que no nos sorprenda con una vuelta de tuerca. Y hablando de vueltas de tuerca… El clásico de Henry James tampoco entraría en el concepto de “terror” que ahora se busca, pero es otro ejemplo perfecto de la fuerza de la atmósfera y la sugerencia, de la importancia de la descripción y de la maestría del narrador, que te deja intuir, que te muestra para que tú ahondes y comprendas que el pasado, los fantasmas y el peligro pueden tomar muchas formas distintas.

Una mención especial a la banda sonora, de Fernando Velázquez, que acompaña de forma magistral las imágenes. Tras haber visto la película, uno vuelve a escuchar la banda sonora y se descubre rememorando los diferentes fotogramas, algo que indica que la unión entre película y música está muy bien conseguida.

No voy a decir que La Cumbre Escarlata sea una obra maestra ni una película de terror al gusto actual, pero sí que es un ejemplo de buen hacer, de la capacidad de contar una historia de amor y de fantasmas sin recurrir a los clásicos sustos, y de la belleza de las historias góticas, llenas de simbolismo, intriga y de personajes que se mueven en la fina línea entre el amor y la locura.

Inés Macpherson

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