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Hay libros que, en su momento, debieron marcar un antes y un después, no solo a nivel literario, sino a nivel social. Leyendo La garçonne, de Victor Margueritte (Gallo Nero Ediciones, mayo 2015) uno comprende que este pudo ser uno de ellos. Una novela realista llena de crítica social, donde se habla abiertamente del feminismo, de la igualdad y de la liberación de la mujer, tanto a nivel social como sexual. Una obra extraordinaria sobre un tema que sigue siendo muy actual.
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ARGUMENTO

Monique Lerbier es una joven parisina de familia burguesa. Como toda buena joven de esa época, su deber es casarse, y si además es con un buen partido que apoya los negocios familiares, aún mejor, porque eso supone un buen negocio. Enamorada de Lucien, el hombre en cuestión, Monique no se plantea lo que ese negocio supone realmente y accede encantada a todas las peticiones de su padre, de su madre y de su futuro marido. Lo único que pide a cambio es sinceridad. Pero la sinceridad es algo que en la sociedad de principios de siglo no existe, y menos con las mujeres, por lo que Lucien le promete fidelidad eterna sin tener ninguna intención de cumplir dicha promesa. Lo que él no espera es que Monique lo descubra en brazos de otra mujer. Esa revelación, el descubrimiento de la hipocresía y la mentira en las que vive, hace que Monique decida romper con todo y tomar las riendas de su vida.

Liberada de lo que esperan de ella los demás, Monique decide transgredir todas las normas sociales, todo lo que se espera de una mujer y aboga por ser abiertamente sincera: no oculta su sexualidad ni sus vicios; encuentra un trabajo con el que ganarse la vida y se muestra tal como es, sin importar el qué dirán. Impulsada por esa búsqueda de sí misma, pero también intentando huir de las heridas que la vida le va regalando, Monique pasará por etapas diversas, desde la homosexualidad a las drogas, intentando encontrarse a sí misma y su lugar en el mundo. Porque por mucho que haya quienes consideran que el papel de la mujer en la vida es uno y está marcado, ella está dispuesta a demostrar lo contrario. Porque ella decide, ya que ella es dueña de su vida, nadie más.

OPINIÓN

«Cuando una mujer tropieza, busque dónde está el hombre», dice el personaje de Vignabos a la señora Ambrat, al final del libro. Y ella le contesta: «¡El hombre, siempre el hombre!». Con estas dos frases se podría resumir a la perfección la intención y la ideología que defiende este libro: la tendencia a considerar que el hombre es el centro del universo, incluso cuando la mujer intenta liberarse de él, como si por ella misma no fuera capaz de tomar la decisión de ser libre y no atarse a las convenciones sociales que la convierten irrevocablemente en esposa y madre, sin que pueda ser nada más. Estamos hablando de un libro escrito en los años 1920; un libro que fue censurado en su momento en Francia y que le valió al autor perder la Legión de Honor. Y es que la liberación de la que habla, tanto mediante los actos de la protagonista como mediante las charlas ideológicas que salpican la obra, era algo muy moderno para su tiempo… y, en algún caso, incluso para el nuestro, que aún se escandaliza ante según qué expresiones de amor e independencia por parte de mujeres y hombres. Pero vayamos por partes.

La garçonne no es un libro convencional, tanto a nivel estilístico como a nivel argumental. Con un narrador extraño, que juega con la omnisciencia, paseándose sutilmente entre la simple narración y la observación psicológica (de vez en cuando hace algún comentario sobre el sufrimiento de la protagonista que es difícil saber si proviene de ella o de ese narrador que contempla sus procesos, sus tropiezos y sus nuevos comienzos), nos encontramos con un retrato social y personal de Francia, pero también de la sociedad occidental. Sin tapujos, sin escatimar en descripciones y en opiniones, Victor Margueritte utiliza ese narrador para exponer la doble moral, la hipocresía y los instintos masculinos más primarios, incapaces de aceptar la igualdad de la mujer en ningún aspecto, y que se manifiestan en los celos más ridículos y en la obsesión del control y la posesión por encima de todo. Y es que, por muy modernos que seamos, por desgracia, y eso lo demuestran cada día las noticias, algunos siguen teniendo la espantosa idea de que la mujer es una propiedad y que el amor es posesión. Incluso el lenguaje nos delata: «es mi mujer», como si al casarnos dejáramos de ser personas y pasáramos a formar parte de la otra persona. Hay culturas en las que la mujer incluso pierde su apellido y adquiere el del marido… Pero ese ya sería otro tema y se trata de hablar del libro.

Uno de los logros de Margueritte es saber narrar todos los episodios de la vida de Monique sin juzgarla, algo difícil teniendo en cuenta el tipo de narrador que utiliza y la forma en que, a veces, se escapa alguna opinión ante lo que está ocurriendo. Pero lo cierto es que hay un perfecto equilibrio entre esos comentarios y el hilo argumental. De hecho, es la propia Monique la que se va juzgando. Quizás juzgar no sería la palabra más adecuada. Lo que hace es analizarse, observarse, buscar en sus profundidades y dejarse arrastrar por ellas. Gracias a su caída a los infiernos, el autor puede mostrar la hipocresía social, que juega a ser virtuosa por fuera, pero que por dentro se deja llevar por orgías y vicios diversos. También nos muestra el peligro de las drogas, ese refugio al que acuden algunos para no pensar, para no sentir, porque la vida y la soledad duelen demasiado. También aprovecha para exponer lo difícil que a veces resulta ser fiel a las propias convicciones; eso lo hace de la mano de Monique, pero también de Vignabos, Boisselot o Blanchet, pensadores y escritores que representan el progreso, pero también esa dualidad que acepta dicho progreso en algunos casos, pero no en la liberación de la mujer.

Y es que, a pesar de ser una novela centrada en el personaje de Monique, Margueritte sabe utilizar a los otros personajes para retratar los estereotipos de la sociedad y de las ideologías. Los hombres acechantes, que incluso ofrecen dinero para que sea su esposa. Las amigas que fingen ser mojigatas, pero después se van a habitaciones oscuras con más de un hombre. Los hombres que dicen ser progresistas, pero después se vuelven unos animales posesivos, celosos y enfermizos hasta el punto de prohibir a su pareja ver a otras personas, por si acaso… Y curiosamente, nos muestra este último aspecto de la mano de Monique, una mujer supuestamente liberada que, sin embargo, pierde por un momento la perspectiva y acepta este maltrato por amor, cuando eso no es precisamente amor.

Se podrían escribir páginas y páginas analizando este libro, a cada uno de los personajes, que interpreta a la perfección su papel como estandarte de un planteamiento y una ideología social. Se podría comentar también el ambiente histórico que plasma, los acontecimientos que rodean la vida de Monique, que vivió la guerra, aunque desde cierta distancia. Pero entonces estaría escribiendo hasta mañana. Solo puedo decir que es un libro fascinante, importante y admirable, sobre todo por el momento en el que se escribió.

Es comprensible que precisamente en su época este libro provocara un escándalo, pues defiende abiertamente la libertad de la mujer, la necesidad de que se la empiece a tratar como a una igual, no solo como a un objeto, una mercancía que se puede intercambiar, que se puede comprar o que se puede regalar al mejor postor, digo, al marido. Por desgracia, algunas de las reacciones sociales que plasma el autor ante el comportamiento de la protagonista, como por ejemplo cortarse el pelo, siguen siendo criticadas por algunos sectores de la sociedad en pleno siglo XXI. Hay quien considera que la mujer debe llevar el pelo largo para ser femenina; también los hay que consideran que la mujer es una igual, pero si se comporta en las relaciones sexuales como cualquier hombre, es decir, con libertad y sin necesidad de estar locamente enamorada y casarse al día siguiente, es una prostituta, no una mujer libre. Por lo tanto, la apuesta filosófica e ideológica que presentan las páginas de este maravilloso libro aún está por llegar, pues hay una gran parte de la humanidad que sigue considerando que la mujer es menos, que la mujer es un objeto… Los personajes del libro, en sus reuniones filosóficas, abogan por la necesidad de una revolución, de un cambio en la educación, en los valores. Y se ha hecho… pero aún queda un buen camino. Por suerte, siempre existirán libros como este, que nos recuerdan que la literatura es mucho más que una buena historia: es una ventana al mundo y al pensamiento.

Inés Macpherson
FUENTE: Anika entre libros (http://www.anikaentrelibros.com/)