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Este año que nos ha dejado, el 2014, me ha permitido descubrir a un autor brillante creando redes de personajes rotos, oscuros y llenos de secretos: Víctor del Árbol. Tras disfrutar como una enana de Respirar por la herida, pude leer Un millón de gotas (Destino, mayo 2014). Se trata de una novela psicológica que nos sumerge en la historia europea (de la Revolución rusa pasando por la Guerra civil española), que nos muestra los entresijos de la memoria y el poder de la venganza.

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ARGUMENTO

Gonzalo es un abogado independiente pero mediocre, con pocos clientes y con unas perspectivas de futuro que no le interesan mucho, porque supondría dejar de ser independiente para formar parte del gran bufete de abogados que lleva su suegro, un hombre de negocios, poderoso y sin escrúpulos, que no soporta a su yerno por ser hijo de Elías Gil, un rojo, un comunista, un pobre en comparación con su familia. Elías Gil desapareció a finales de los 60, dejando una leyenda sobre sí mismo, más que recuerdos reales. Una leyenda que pesa sobre la memoria de su hijo, Gonzalo, que siempre intenta estar a la altura de esa imagen.

La vida de Gonzalo se mueve entre el despacho y su hogar, donde Lola, su mujer, lo aguarda sin cariño; donde su hijo, Javier, lo esquiva constantemente y donde Patricia, su hija pequeña, es la única que le ofrece un afecto sincero.

Pero toda esa monotonía fría está a punto de cambiar.

Un día recibe la noticia de la muerte de su hermana, Laura. Según fuentes policiales, Laura mató al hombre que secuestró y asesinó a su hijo pequeño, Roberto, y luego se suicidó. Pero Gonzalo sabe que hay algo más tras ese asunto. Su hermana no mataría a alguien y menos de esa forma tan cruel. Y tampoco haría que un extraño le entregara su ordenador portátil si no hubiera algo más.

Gonzalo decide iniciar una investigación personal para comprender lo que ocurrió con su hermana. Pero al tirar de la manta, se sumerge en un mundo que va mucho más allá de la muerte de su hermana.
Adentrándose en el pasado, Víctor del Árbol nos lleva hasta la URSS, a la Guerra civil española, a los campos de refugiados de la costa francesa y a la isla de Názino, donde tuvo lugar una tragedia que se prolonga a lo largo del tiempo.

OPINIÓN

Aunque hay muchas personas que odian a las arañas, hay que reconocer que saben tejer una trampa de hilos que se entrecruzan y se relacionan hasta crear una red de la que es difícil escapar. Pues, bien, Víctor del Árbol lo ha vuelto a hacer: ha creado una red de hilos que se van uniendo, atrapando a sus personajes en un juego de luces y sombras, de luchas y venganzas, de relaciones que se prolongan en el tiempo y el espacio, y también atrapando al lector, que quizás pueda intuir por dónde van los tiros, pero que se deja llevar por esa narrativa precisa que el autor domina.

Y por si eso fuera poco, además, nos ofrece dos novelas en una: la que sigue a Gonzalo en su día a día, en su investigación sobre la muerte de su hermana y todas las sombras que llenaban su vida; y la que nos muestra el viaje de Elías a los infiernos, externos e internos, a través de su estancia en la URSS, en la Guerra civil española o en los campos de Argelès. Un thriller y una novela histórica que se sumerge en algunos de los episodios clave de nuestra historia reciente.

Cada uno de ellos, Gonzalo y Elías, transitan por caminos dispares, pero similares en cierto sentido. El primero deja de lado esa vida sencilla y metódica, en la que todo encaja, para ser lo que creyó que era su padre: un hombre de principios, con ideales. Decide arriesgarlo todo para descubrir la verdad sobre su hermana y sobre la investigación que estaba llevando a cabo y que, probablemente, acabó con su vida. Poco a poco, Gonzalo contempla el infierno que habita en nuestras calles: mafias, prostitución infantil, extorsión, corrupción… Y es absorbido en él hasta llevarlo a la dicotomía que, años atrás, su padre tuvo que vivir: salvarse a sí mismo o salvar a otro; seguir sus principios o sus instintos.

Por su parte, Elías, representa ese hombre de principios que, poco a poco, va dejando de lado las ideas junto con su humanidad cuando, por las circunstancias crueles de la vida, se ve lanzado a la boca del lobo: la isla de Názino, un lugar sin ley donde el hambre y el poder convierten a los seres humanos en monstruos. Un infierno que lo persigue durante toda la vida y que intenta esconder de sus seres queridos… Y es que, ¿hasta dónde llegarías para mantenerte con vida? ¿Qué estarías dispuesto a dar a cambio de unos cuantos días más en el mundo de los vivos?

Como en sus anteriores obras, Víctor del Árbol navega por las entrañas de la memoria y el dolor, de la culpa y la venganza. Se adentra en esa lucha continua entre lo que se ha hecho y lo que hubiésemos querido hacer. Entre el héroe que la gente cree que eres y el monstruo que sabes que puedes llegar a ser. El pasado se convierte entonces en una losa pesada que te martiriza. Cada vez que te miras al espejo ves la historia de tus actos en tus ojos y no puedes soportarlo. Y poco a poco el monstruo va saliendo, porque la culpa y el dolor no remiten, no perdonan. Y no solo es en el caso de Elías que los actos transforman a las personas. Lentamente, a medida que nos sumergimos en las páginas de Un millón de gotas, descubrimos que todos podemos llegar a ser monstruos cuando la necesidad, la venganza o el deseo nos empuja. Porque a menudo, por muchos ideales que tengamos, el instinto de supervivencia y la rabia tienen más fuerza, y nos dejamos guiar por ellos.

Como se repite varias veces en el libro, «la primera gota es la que empieza a romper la piedra». Se podría interpretar de varias maneras: la importancia de luchar por nuestros ideales para llevar a cabo la revolución; la importancia de hablar para romper el hielo y conocer a alguien; la importancia de decir la verdad para que, al final, esta se sepa… Pero también podría ser que esa primera gota sea la que nos rompe a nosotros, la que hace una herida que no sana y que nos deja abiertos en canal, incapaces de vivir con lo que sabemos, incapaces de dejarnos ir porque no queremos rendirnos.

Se podrían analizar todas las tramas y los personajes de esta obra, uno a uno, y desgranar el tejido que tan bien ha hilado el autor. Pero eso implicaría desvelar los secretos que guardan las páginas, como secretos son los que guarda ese omnipresente medallón que, como su dueña, preside la vida de Elías y de todos los que le conocieron. Porque una gota no solo empieza a romper la piedra. Puede unirse a otras gotas, convertirse en océano y arrasarlo todo.

Inés Macpherson

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