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Y ya que ayer tuvo lugar la gala de los Globos de Oro… voy a hablar de una de las películas que no estaba nominada para casi nada (creo que banda sonora y ya está): Interstellar. ¿Por qué? Porque aunque no sea lo mejor de Christopher Nolan, es interesante.

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Vaya de antemano que soy una adicta a las películas de Christopher Nolan. Me dejó tan fascinada por Memento y, años después, por la original Inception, que siempre le doy un voto de confianza. Y no podía faltar a la cita del año con Interstellar. Se trata de una película ambiciosa, que provoca sentimientos encontrados en los espectadores: hay quienes la encuentran fascinante, hay quienes la encuentran engreída, excesiva, alargada y los que incluso la comparan con Gravity (aunque más allá de la coincidencia de ocurrir en el espacio, ambas películas son muy distintas). Yo soy de las que disfrutó, se dejó atrapar por las sinfonías visuales y musicales que él y Hans Zimmer han creado; soy de las que sintió más tensión en la escena del anclaje de la nave tras salir del planeta helado (no digo más por no crear spoilers, pero hay que reconocer que, incluso sin la imagen, la música genera una angustia increíble) que en toda la película de Alfonso Cuarón. Quizás porque no soporto a Sandra Bullock y creo que fue una pésima elección porque no puedo conectar con ella, porque no me transmite nada y porque el final me resultó azucarado a más no poder. Hay que reconocer que Nolan también se pasa un poco de azúcar al final y que Anne Hathaway tampoco transmite gran cosa en la pantalla… Pero está Mathew McConaughey, que sigue en estado de gracia… Y hay un inicio espectacular, con una premisa argumental que me pareció de lo más interesante de la película (más allá de las danzas visuales en el espacio, que son extraordinarias).

¿Cuál es dicha premisa? Se trata de una distopía, pero algo distinta a las que nos tienen acostumbradas las sagas juveniles y películas actuales. No hay un gobierno totalitario (como en Los juegos del Hambre) ni una sociedad separada entre ricos y pobres (como en Elysium que, sea dicho de paso, me pareció también una gran idea). En Interstellar estamos en una Tierra que está muriendo porque la hemos matado. La hemos agotado, secado, destruido… Y ahora sólo hay polvo. Como si recuperáramos esa mítica frase de «en polvo eres y en polvo te convertirás», la Tierra ya no nos deja cultivarla y únicamente nos regala polvo y más polvo. La sociedad, el gobierno ha decidido que los culpables de esto fueron los científicos. Hay un momento extraordinario en el que el personaje de Mathew McConaughey visita a los profesores de su hija y le dice que la NASA no existe, que los viajes estelares no existieron y nadie pisó la Luna. Creen que la pasión por el espacio exterior, por mirar las estrellas hizo que dejaran de lado la Tierra (afirmación falsa, pues somos los que pisamos la Tierra cada día, contaminándola, agotándola y explotándola sin escrúpulos quienes la destruimos, no los que miran estrellas y sueñan con pisar Marte). Pero fue precisamente esa fascinación por las estrellas la que hizo que los primeros filósofos aparecieran, que se empezaran a realizar preguntas sin respuesta pero que nos hizo querer saber más… Y es esa fascinación la que Cooper (Mathew McConaughey) transmite a su hija. Y es esa fascinación la que impulsa la película, pues ante ese panorama desolador, hay que buscar otro lugar para que la raza humana sobreviva…

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Podría extenderme analizando cada parte de la película y acumulando spoilers, pero no lo haré. Diré que esta es una de esas películas que, bajo la historia que podríamos tildar de ciencia ficción (viajes interestelares, agujeros negros, paradojas espaciotemporales y planetas inimaginables), esconde algo más. Además del paseo por las estrellas, Nolan nos pasea por una humanidad que ha perdido la esperanza, que ha tirado la toalla y que no es realmente consciente de la responsabilidad que cae sobre sus hombros, porque han sido todos ellos los que han destruido el planeta. Pero, sobre todo, Nolan nos habla del sacrificio, de la esperanza y de las relaciones humanas, en especial la que hay entre padres e hijos, en la importancia del amor (ahí es donde quizás se le va un poco el azúcar, pero se le perdona por todo lo demás), pues el amor es una constante espaciotemporal…

Es cierto que, como espectador, quizás no necesitemos que todo esté conectado y explicado para disfrutar de la película – una de las críticas que ha recibido es que se pasa demasiadas secuencias atando cabos –, pero lo cierto es que Nolan ha creado una obra hermosa visualmente (los maizales, el polvo cubriéndolo todo, el agujero negro y esas estrellas omnipresentes o el movimiento circular de la nave, que podría ser considerada como metáfora, ese círculo de la vida que hemos destruido y queremos volver a iniciar en otro lugar), con conceptos interesantes y una banda sonora impactante. Y con una frase poética que se va repitiendo constantemente, de Dylan Thomas: «no entres dócilmente en esa noche tranquila»… Lo que, en este caso, vendría a ser un canto al no dejarse llevar por la muerte, por el destino fatal que nos aguarda; un canto al inconformismo, a la lucha, al no dejarse arrastrar por lo que nos espera y plantarle cara. Porque, aunque el polvo lo cubra todo, aún podemos mirar las estrellas. Porque, aunque vayamos a desaparecer, podemos hacer algo para que el planeta no se vaya a la mierda, para que los que vienen puedan seguir mirando el cielo…

Inés Macpherson

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