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Hay libros que es difícil clasificar. Y La niña gorda, de Mercedes Abad (Páginas de Espuma), es uno de ellos. Aunque está estructurado como una recopilación de cuentos, existe un personaje principal que está en todos ellos, Susana, y una continuidad, tanto temporal como temática, que hace que tenga aires de novela sin serlo. La propia autora, en una entrevista concedida al portal de literatura Llegir en cas d’incendi, comenta que podría definirse como una “cuentela”, y es que, aunque son historias cerradas, como relatos, existe una sensación de evolucionar de la mano de Susana, observar cómo se va gestando el cambio y cómo se va rebelando…

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Uno de los aspectos que nos recuerda que estamos ante una serie de cuentos y no una novela es el cambio de narrador. Los primeros cuatro cuentos, El endocrino, El castillo, Amiguitas y La excursión, están escritos desde la distancia, con una especia de narrador omnisciente que sigue a Susanita: en su visita al médico; en sus veranos en familia rodeada de personas no gordas y gráciles que son un espejo que le recuerda cómo es ella; en el descubrimiento de la complicidad y la necesidad de la amistad, o en esa sensación de no pertenecer a ninguno de los grupos de personas que te rodean (como vemos en el relato La excursión, su desarrollo físico, en especial sus pechos, hace que no se atreva a jugar con los más pequeños, pero tampoco con los mayores, pues sabe que tampoco la aceptarán). Después, cambiamos a una primera persona, a un yo más íntimo, más directo, que comparte con el lector sus emociones y sus intimidades sin caer en la confesión autobiográfica. ¿Por qué ese cambio? Quizás por la edad, quizás porque en el cuento de Las hermanas Bruch hay una conciencia mayor del yo que en los anteriores, quizás porque ha habido un cambio en la mente de Susana, una nueva percepción del mundo y de sí misma, o una ojeada al mundo de los adultos… Aunque ella ya sabe muy bien cómo es el mundo de los adultos: un mundo donde te juzgan, donde se miente y donde el poder puede cambiar de manos, pero siempre lo tiene alguien.

Con sus relatos, con estas ventanas a la vida de Susana, Mercedes Abad muestra una realidad que, por mucho que se quiera negar, existe: la tendencia, casi la obligatoriedad, de ser como se supone que hay que ser, sin importar lo que le supone a esa persona tener que encajar. Susana es diferente y en lugar de enseñarle a aceptarse, le enseñan a adelgazar, a encajar en ese mundo en el que todo es apariencia. Por las entrevistas a la autora, sabemos que hay, en estos cuentos, un componente autobiográfico. Se podría esperar que, con el paso del tiempo, lo que nos cuenta Susana hubiese cambiado, hubiésemos mejorado y aceptado al diferente, pero no. Ha empeorado y la exigencia a ser un clon de la imagen estereotipada por la pantalla cada vez es mayor.

De la mano de Susana, se nos muestra una sociedad donde las mujeres debían aprender a coser en el colegio, porque eso es lo que las mujeres hacen (como también deben ser guapas, atentas, saber cocinar y contentar al prójimo y no a sí mismas…). Y si son niñas buenas, todavía más. Lo interesante aquí es que, Susana, siempre buena, siempre dispuesta a hacer lo que se le decía, decidió seguir esas instrucciones que el médico le dio, y tomó el poder, se rebeló (como bien cuenta en el primer relato, El endocrino, magnífico retrato de ese proceso mental que ocurre al descubrir que puedes tener poder). Y dejó salir a la niña respondona, salvaje, valiente incluso, porque por algún sitio tenía que salir: si uno se niega algo, tendrá que compensarlo, ¿no?

Además de seguir el proceso interior de Susana, además de compartir con ella esa fuerza de voluntad de la que a veces ella misma se burla, la vemos crecer y descubrir las transgresiones. Algunas son tan ingenuas como romper un juguete o lanzarlo por la ventana (curioso que tras aprender a lanzar cosas por la ventana acabe la recopilación lanzando otra cosa al mar en un intento de liberación que es, a su vez, un intento de conquistar a otra persona, en lugar de conquistarse a sí misma). Pero otras, como en El regalo, son mucho más intensas, mucho más dolorosas y mucho más provocadoras. Es interesante descubrir a su vez cómo Susana se adentra en la escritura, ese lugar al que acudimos para encontrarnos, para escondernos, para transgredir, para vaciar lo que llevamos dentro…

Es difícil decir con qué cuento quedarse. Cada uno aporta su granito de arena en la comprensión del universo interior de Susana; cada uno aporta una nueva manera de comprender ese proceso de renuncia, esa comprensión del cuerpo y de uno mismo que marca el pasado, el presente y quizás el futuro de la protagonista. Como retrato de una época, y también como uno de los relatos con más peso y densidad tanto argumental como emotiva, quizá el de Las hermanas Bruch sea el más acertado. Pero todos y cada uno de ellos desprenden una autenticidad, una sinceridad estilística y temática que te permite seguir sus pasos y comprenderla.

Como bien dicen en la contra del libro, bienvenidos a “un menú de cuentos y un personaje principal. Sírvanse. Se leen al gusto”. Y es un gusto leerlos.

Inés Macpherson

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