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Hay libros que atraen por la portada. Otros, como en este caso, por el título. Y es que La mujer que vivió un año en la cama es un título que llama la atención. Esta novela, escrita por la recientemente fallecida Sue Townsend, es una de esas historias intimistas, donde se se lleva hasta el límite surrealista la capacidad de decir “basta” que puede tener una mujer cansada de que su vida gire en torno a su familia, a su marido y a hacer feliz a todo el mundo menos a ella misma. El problema es que, a pesar de la idea inicial que subyace a lo largo de la novela, la historia a veces se pierde, se diluye y se vuelve tan histriónica que uno no sabe cómo valorar lo que está leyendo.

la mujer

ARGUMENTO:

Eva es un ama de casa que se pasa la vida trabajando para sus hijos y su marido. Su vida gira en torno a sus necesidades: hace la comida que les gusta para que esté perfecta a la hora que la necesiten, hace las compras, limpia la casa, hace la colada, prepara la Navidad perfecta… Pero el día en que los mellizos acaban la escuela y se van a la universidad, algo cambia. Al encontrarse la casa vacía y descubrir el sillón bordado en el que tanto trabajo manchado de sopa de tomate, decide que esto no puede seguir así.
Tras vaciar sobre el sillón los restos de sopa de tomate, sube a su habitación y se mete en la cama. No está enferma. No tiene el síndrome del nido vacío. Simplemente, toma la decisión de meterse en la cama, de aislarse del mundo para pensar y para decir basta.

OPINIÓN:

Vivimos en una sociedad en la que se habla mucho de la liberación de la mujer, de la importancia de tratar a mujeres y hombres por igual, con los mismos derechos y las mismas posibilidades, que las tareas del hogar sean compartidas… Y es cierto que, en muchos casos, esa igualdad y ese compartir es algo real, pero no siempre. Hay generaciones en las que eso todavía cuesta de encajar. Y la televisión no ayuda. Solo hay que mirar los anuncios para descubrir la cantidad de mujeres que ponen lavadoras o limpian los platos y la cantidad de hombres que lo hacen… Por eso mismo, un libro como el que plantea Sue Townsend es tan interesante: la idea de una mujer que, cansada de vivir una vida en la que no se reconoce, en la que todo gira en torno a su marido y a sus hijos y la casa, decide decir basta, declararse en huelga y meterse en la cama; dejar de ser lo que los demás quieren que sea y parar, para así poder descubrir quién es realmente. De esa manera, su marido se verá obligado a llevar la casa y comprender lo que implica… o no.

El problema es que la idea es buena, pero se pierde, se diluye y desaparece en la historia, que se convierte en una especie de crítica a nuestra sociedad salpicada de situaciones absurdas y personajes histriónicos y, en ocasiones, poco creíbles. Pongamos, por ejemplo, los personajes de los mellizos, Brienne y Brian Junior. Estos jóvenes son un ejemplo perfecto de falta de inteligencia emocional. Incapaces de pensar en algo que no sean las matemáticas, su comportamiento puede recordar en algún momento al famoso Sheldon de la serie Big Ban Theory. Sin embargo, no llegan a ser tan histriónicos como él y no alcanzan el grado de humor absurdo al que podrían llegar los personajes de dicha serie. Por lo tanto, su comportamiento acaba siendo incomprensible y su falta de empatía, irritante. Lo mismo ocurre con Brian, el marido. Las conversaciones que tiene con Eva o las reacciones que tiene resultan poco creíbles. Es difícil conectar con él o con sus hijos. Y ya no digamos las reacciones que provoca el descubrimiento de la amante de Brian… Rozan lo absurdo, pero sin ser delirantes, por lo que arrancan pocas carcajadas. El personaje de Poppy también resulta algo incómodo. Tanto su comportamiento como sus reflexiones parecen o demasiado infantiles o demasiado exageradas. Es probable que esa reacción sea la que busca la autora, pero todos ellos están tan al límite, que es difícil congeniar con ellos.

En cambio, hay otros personajes, más secundarios, al menos en lo que a apariciones se refiere, que tienen mucha más fuerza y presencia. Las madres de Brian y de Eva, por ejemplo, tienen situaciones y conversaciones muy divertidas. Y el papel del limpiacristales es entrañable.

Por supuesto, el peso de la novela recae en los personajes de Eva y en el de Alexander, el manitas que va a arreglar un día el cobertizo de la familia y entabla una extraña relación de comprensión con Eva, a la que cuidará mucho mejor que el resto de su familia. Su inteligencia emocional contrasta completamente con la de Brian y sus hijos, demasiado preocupados por sí mismos y por su inteligencia como para preguntarse tan siquiera qué le pasa a Eva. Deciden que está loca y punto. Y aunque al principio no lo parezca, llega un momento en el que parece que Eva se vuelva loca. Pero, ¿cómo no volverse loca cuando te has estado negando toda tu vida y ya no sabes quién eres ni lo que quieres ni, mucho menos, qué puedes hacer si no eres esa otra persona?

A pesar de los personajes, la historia tiene reflexiones y situaciones interesantes. Los capítulos dedicados a la navidad son impresionantes, y también lo son los que analizan las repercusiones televisivas y de las redes sociales ante eventos que no son, a priori, noticia. Es en estos momentos cuando el libro parece despuntar como crítica y sátira social, señalando el consumismo, la obsesión y el fanatismo que se promueve en nuestro mundo, pero también señalando lo poco que valoramos las acciones de los demás o lo que hacen por nosotros.

La mujer que vivió un año en la cama es un libro extraño. En ocasiones no sabes qué busca ni qué quiere mostrarte. Hay algo de crítica, algo de humor ácido, algo de reflexión… Hay momentos en los que funciona como crítica a lo vacía que está nuestra vida; otros momentos en los que podría ser una excusa para reflexionar sobre el problema de la inactividad y de las dudas paralizantes, así como sobre los esfuerzos y sacrificios que se hacen por otros y que ni siquiera se valoran; también podría ser un canto al feminismo y al «basta» que debiera decir toda mujer ante las desigualdades con las que esta sociedad la sigue tratando. Pero lo cierto es que es difícil saber cuál es el mensaje. Quizás todos ellos juntos. Quizás ninguno de ellos.

Inés Macpherson
FUENTE: ANIKA ENTRE LIBROS (http://www.anikaentrelibros.com/)

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