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En abril de 2014, la editorial Acantilado publicó La nieve estaba sucia, de Georges Simenon, uno de esos genios fascinantes que consiguen tambalearte manteniendo la distancia con una voz narrativa fría y extraña que es, a su vez, muy humana.

La nieve estaba sucia

ARGUMENTO

Frank es un joven que quiere perder la virginidad… pero no en el sentido sexual, sino en el sentido criminal. Y decide matar. Lo hace casi sin pensar, sin dificultad, como si fuera el siguiente escalón que debe subir para tener las puertas abiertas.
No sabemos en qué ciudad vive, pero sí en qué tipo de hogar: una casa de citas regentada por su madre, a la que acuden muchos oficiales. Porque están viviendo bajo ocupación militar.
La crudeza del tiempo, la degeneración moral y social, la escisión entre los que quieren poder y los que simplemente quieren seguir respirando, son algunas de las realidades que Simenon plasma en esta novela que nos lanza hacia el descubrimiento de las aberraciones de las que es capaz el ser humano, pero también de sus logros, de sus proezas, de la pequeña brizna de honor que a veces apunta en los momentos más inesperados.

OPINIÓN:

El blanco de la nieve en contraste con el negro de la pólvora, el rojo de la sangre y la suciedad, que todo lo invade. Porque la suciedad persiste. Y no para de nevar para que el blanco vuelva a cubrirlo todo, o para que los pecados y las mentiras queden marcadas en esa capa que luego se congela y se petrifica. Solo el sol puede borrar esas marcas. Pero solo las de la nieve. Las que se quedan dentro no las borra nadie. Quizás las neguemos, pero en algún momento saldrán a la luz, ni que sea para enfrentarse a nosotros directamente para demostrar que están allí. ¿Qué hacer con ellas? Reconocerlas. Solo así podremos estar en paz, ni que sea con lo que hemos hecho.

Georges Simenon es un maestro, de eso no hay duda. La voz narrativa de esta novela adquiere la justa distancia para que nos sintamos tan extraños como el protagonista ante lo que ocurre. La naturalidad con la que hace las cosas, con las que decide matar o utilizar a alguien parece tan lejana que resulta casi más incómoda que si fuera cercana, narrada en primera persona. La frialdad, la amoralidad que desprende el personaje de Frank y sus compañeros (la misma frialdad y amoralidad que podríamos encontrar en personajes de películas mafiosas, pero con un toque más simple, más directo) es un espejo de la sociedad, donde solo prosperan los que se saltan todas las normas, todas las leyes, sociales y morales, y consiguen escapar a los otros. La corrupción bajo la ocupación militar (y sin ocupación, pues ya hemos visto que la corrupción, la manipulación y el engaño funcionan en todas las sociedades) permite corromper a los demás, que parezca que no haya límites, que se pueda ascender pisando a quien haya que pisar, despreciando y dañando a quien haya que dañar. Sin embargo, siempre hay límites: propios o ajenos, pero siempre encontramos un punto de no retorno. Y Frank, el protagonista, se da de bruces con él.

El dibujo de los personajes secundarios a través de los ojos de Frank es un retrato excelente pero distante de la sociedad que le rodea. El desprecio con el que habla, la manera de analizar la forma de vestir, de moverse, de actuar y sacar conclusiones de todo ello hacen que, además de tener un cuadro general del mundo en el que él vive, podamos ver sus mecanismos mentales, ese punto entre ingenuo y déspota en el que se mueve: la ingenuidad de ver las cosas con simpleza y el despotismo del que se cree siempre mejor que todos ellos y desprecia al prójimo sin miramientos y tratándolo con superioridad y prepotencia.

Sin embargo, hay una evolución. Una extraña y curiosa evolución en el personaje que no se puede explicar para no desvelar el final de la historia, pero que nos plantea varios retratos de una crudeza dolorosa. Por una parte tenemos el confinamiento de los presos en celdas que no son celdas, esperando un final que no saben cuándo llegará, y quizás no sepan ni por qué. Por otro lado, la capacidad del ser humano de adaptarse a las situaciones, de comprender que a veces, cuando sabes que ya no te queda nada, puedes disfrutar de las pequeñas cosas. Y por último, la complejidad emocional de los seres humanos, capaces de negar los hechos o aceptarlos sin más, con todas sus consecuencias. Un viaje de subida y bajada, de redención (o no) y perdón (o no). Porque, a pesar de la distancia narrativa, solo sabemos lo que ve y siente Frank. El resto, solo lo intuimos, como él. Y nos lo creemos.

La nieve estaba sucia es una novela pausada, precisa y bien perfilada que camina entre las calles del crimen y la corrupción sin mancharse, para encerrarse en una cárcel, física y mental, en la que desarrollar uno de los procesos más complicados que existen: el de comprender cómo sobrevivir al aislamiento, a la tortura, al miedo. Podemos gritar, patalear, intentar escapar, llorar, desesperar, sucumbir… O podemos responder con silencio. A veces, callar es lo único que podemos hacer; es nuestro reducto, nuestro reino. Nos lo pueden quitar todo, pero podemos seguir callando, por mucho que nos obliguen a hablar. En este caso, y ya estoy desvelando más de lo que debiera (podríamos decir incluso que estoy soltando un par de spoilers), es una opción personal, una decisión de permanecer en silencio por sí mismo, no por nadie más: ni para defender ni para proteger a alguien; simplemente porque necesita el silencio para comprender lo que realmente ha ocurrido, lo que realmente ha hecho. Y aceptarlo. Quizás así su nieve quede limpia, aunque la que hay fuera siga cubierta de sangre.

Inés Macpherson
FUENTE: ANIKA ENTRE LIBROS (http://www.anikaentrelibros.com/)