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La primera vez que vi el tráiler de Snowpiercer pensé que sería una película normalita, de acción, con sus subidas y sus bajadas, pero sin nada más. Pero debo reconocer que el film de Bong Joon-ho sorprende gratamente y, sin que lo parezca, te pone ante los ojos un magnífico y preciso retrato de lo que es el sistema, la sociedad…

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No he tenido el placer de leer el cómic en el que está basada la película, Le Transperceneige, de Jacques Lob y Jean-Marc Rochette, publicado en Francia en 1982 y que llegó a nuestro país de la mano de TOTEM bajo el título El Transglacial (fue reeditado hace algunos años por la editorial Bang!), pero hay que agradecer a los autores que pudieran crear una distopí como esta: claustrofóbica (no puedes salir del tren porque mueres congelado), con un toque de crítica al mundo sectario y maleable en el que vivimos, donde las imágenes y los eslóganes acaban por encorsetar nuestro cerebro para darle la forma deseada (la escena en el vagón-escuela y los cánticos repetitivos que se suceden en apenas cinco minutos hace que a uno se le revuelvan las tripas y comprenda lo fácilmente manipulables que somos) y con un retrato magnífico de la diferencia entre clases, la rabia contenida de los que son pisoteados y la desesperante y horrible certeza de que el sistema nos engulle a todos, incluso a los que quieren romperlo. Porque la ruptura, la revolución, acaba formando parte de ese ciclo, de ese círculo vicioso que llamamos sistema, sociedad. O eso creen, pues siempre puede existir una variante que decida que si el sistema quiere absorberles, pues a la mierda el sistema. No entro en detalles por no entrar en spoilers, aunque de hecho, es una de esas películas que querrías comentar plano a plano, vagón a vagón, pues cada uno de ellos representa un cuadro de nuestro mundo. Y como espectador… ese mundo da mucha pena, mucha rabia e incluso asco. Ya sabemos que las distopías saben resaltar alguno de los rasgos característicos de la sociedad hasta llevarlos al extremo. La gracia aquí es que la situación exterior es el extremo: el tren es el mundo, como dice Curtis (el personaje interpretado por Chris Evans)… nuestro mundo.

Además, esta distopía, que tiene cierta relación con Noé y su arca (el tren es el arca donde sobreviven los humanos), pero en este caso no es Dios quien nos castiga. Hemos sido nosotros, arrogantes humanos que creemos que podemos explotar la Tierra sin consecuencias, quienes hemos provocado el desastre. Primero provocamos el calentamiento global, arrasamos con todo y después, viendo que la cosa no tiene solución, lanzamos a la atmósfera un compuesto especial para bajar la temperatura. ¿Qué pasa? Que acabamos congelando el planeta. ¿No sería más fácil cuidar el planeta? Probablemente, pero pecamos de soberbia, tanto en la película, como en el mundo real. La misma soberbia que hace que los ricos consideren que todo el mundo está en su sitio, refiriéndose, por supuesto, a que los pobres deben permanecer en la cola y los ricos en la cabeza (una reflexión que recuerda a ese “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, que era aplicable únicamente a los de abajo, a los que intentaban prosperar, tener una vida mejor, porque los ricos pueden pisotear, robar y malgastar, pero ellos nunca hacen nada malo…). , por supuesto, a los que han intentado prosperar, porque los ricos están en otra liga). Por eso los de la cola sueñan con asaltar la parte delantera del tren, cueste lo que cueste, y hacerse con el motor. Porque quien controla el motor, controla el mundo (en nuestro caso, quien controla la economía lo controla todo, así que no estamos tan lejos de ese tren, aunque tengamos más espacio).

Además de Chris Evans, la película cuenta con un elenco extraordinario, como la siempre maravillosa Tilda Swinton, una actriz polivalente, impresionante y capaz de representar papeles totalmente dispares y llenar siempre la pantalla con su presencia. Tiene premios, ha participado en un sinfín de película, algunas comerciales, otras con pequeños presupuestos, como Io sono l’amore o Young Adam, junto a Ewan McGregor, y por supuesto, ha participado también en el maravilloso universo de Wes Anderson y en el peculiar universo de Jim Jarmush, con Only Lovers Left Alive. También cuenta en el reparto con Ed Harris, John Hurt, Jamie Bell o Song Kang-ho.

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El microuniverso creado por Bong Joon-ho es impecable. No pierde el ritmo ni el rumbo. Con dos pinceladas, presenta situaciones, personajes. La violencia, sin llegar a ser explícita, es palpable, ya que el director suprime la música y nos deja la respiración, el golpe. Y no lo hace a cámara rápida, sino que nos da, fotograma a fotograma, el avance a hachazo (tanto literal como metafóricamente). Aunque no es trepidante, te mantiene en tensión. Sabes que lo más probable es que el protagonista, interpretado por un Chris Evans que está mucho más acertado que en su Capitán América, llegue al frente, al motor. Lo que pase después depende de él. Porque por mucho que el sistema crea tenerlo controlado, un individuo tiene cierto margen de libertad, de decisión. Y en un espacio tan reducido como un tren, donde todo depende de un equilibrio impuesto, si se quita una pieza…

En definitiva, una película que sorprende y que ofrece la posibilidad de hacerse unas cuantas preguntas sobre nuestra “maravillosa” sociedad.

Inés Macpherson

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