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A veces, hay novelas que golpean, que remueven, que te retuercen por dentro las entrañas. Y hay algunas que lo hacen con apenas 100 páginas. Es el caso de la novela de Christine Angot, Una semana de vacaciones, publicada en febrero de 2014 por Anagrama. Se trata de una novela corta que se adentra en el sexo, la iniciación sexual, la dominación o el incesto sin tapujos, sin piruetas, directa al grano, apuntando donde duele.

Maquetación 1

ARGUMENTO:

Una pareja ha alquilado una casa para pasar una semana de vacaciones. No parece nada especial, pero la pareja resulta no ser convencional (si es que realmente podemos considerarla pareja), ni tampoco su relación. De hecho, no hay nada convencional en lo que la autora nos deja ver al levantar el velo de su narrativa. La sumisión, el sometimiento, la violencia y el sexo descrito sin tapujos pero sin piruetas se abren paso en estas escasas páginas de las que no se puede decir nada más sin desvelar lo que ocultan.

OPINIÓN:

A veces, resumir el argumento de una novela es complicado. Sobre todo cuando intentas evitar revelar más de lo necesario. Pero en el caso de Una semana de vacaciones, es difícil hablar del libro sin explicar toda la historia, ya que, desde la primera página, la autora te lo suelta a bocajarro y nos movemos continuamente en el mismo espacio, en la misma situación, que va tomando diferentes matices, diferentes enfoques, pero que gira siempre en torno al mismo tema: el sexo. Desde el minuto cero estamos en tensión, y no porque estemos delante de un thriller, sino porque el lenguaje con el que la autora se adentra en la relación que se narra en el libro es directo, concreto, sin tapujos, sin rodeos, y sin embargo, en cierto sentido, distante, frío. Y es quizás esa distancia, esa calculada frialdad y exactitud en las palabras la que hace que sea tan violento, tan intenso, tan real.

Ya desde el principio Christine Angot nos estremece, nos violenta y nos muestra una cara del sexo que dista mucho de acercarse ni a la narrativa supuestamente erótica que tan de moda está ahora, ni a la que se adentra en el universo de los juegos sexuales más extremos. Es una cara sin filtro, sin romanticismos, sin aliños ni afeites, sin piedad, sin disimulo. No hay deseo, ni erotismo, ni amor, ni placer: solo exigencia y obediencia. Es un sexo descarnado que la autora expone utilizando las palabras justas y que, en casi todo momento, produce una reacción física en el lector que se mueve entre el horror y la curiosidad. A veces, parece un manual, pues las explicaciones calculadas y metódicas que escuchamos de la voz del hombre son casi las de un maestro intentando enseñarle a su aprendiz. Incluso la forma pausada en que se relata el acto resulta extraña: eres un espectador de lo que ocurre. No hay implicación: solo observas.

Además, en este caso, la aprendiz se somete a todas las exigencias del hombre, pero no porque estén practicando un juego de seducción, ni descubriendo los secretos de los límites del placer, ni porque hayan iniciado una relación de dominación al estilo Grey… En este caso, el sometimiento procede de otro lugar, uno mucho más sibilino y comprometedor. Aunque en ningún momento se dice explícitamente, sabemos que existe una diferencia de edad importante entre el hombre y la chica. Una diferencia que a él le otorga un poder en el que ella no tiene voz ni voto. ¿Está pactado? ¿Ella lo acepta realmente? ¿Por qué lo acepta? ¿Por qué no huye? ¿Qué fuerza ejerce él sobre ella para dominarla así? Si nos adentramos en la historia de la autora, descubriremos una realidad estremecedora y comprenderemos por qué esa distancia, esa frialdad con la que habla. Nos abre una ventana sin ningún filtro que dulcifique lo narrado, porque no se puede dulcificar.

Ahora que está tan de moda hablar de la sumisión, de la dominación, del juego de la obediencia en las relaciones sexuales, una mirada de estas características hace que contemplemos una vertiente mucho menos lúdica del sexo. Una en la que la falta de libertad no es escogida. Una en la que te conviertes en un muñeco en las manos de quien manda. En este caso, un personaje que produce un intenso rechazo no solo en el trato sexual, sino en el trato en general. ¿Y ella? Bueno, ella parece que no exista. En ciertos momentos vislumbramos retazos de sentimientos, de emociones. Lo único que el lector puede saber realmente es que ella no dice nada, solo obedece y deja que él haga lo que quiera. Quizás el silencio narrativo del personaje femenino responda a una necesidad de despegarse, de desconectarse de la realidad que está viviendo. Quizás sea su forma de no sentir lo que ocurre. Pero es imposible saberlo. Porque lo que nos ofrece Angot en este relato condensado es una ventana, una muestra, un vistazo a una realidad que hace que queramos apartar la vista, pero que sigamos leyendo.

INES MACPHERSON
FUENTE: Anika entre libros (http://www.anikaentrelibros.com/)

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