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«No me toques el pelo» podría ser una de las frases para definir, sin entrar a valorar la película, La gran estafa americana. Ni el pelo, ni las uñas, ni la ropa. Porque la estética de esta película es una de sus bazas más logradas, su manera de mostrar, sin juzgar, como todos, a nuestra manera, engañamos un poquito: sea con una permanente, sea con el maquillaje, con los tacones altos o, de forma más radical, con la cirugía estética. A veces son pequeñas manipulaciones, adornos, como el de muchos animales, para atraer a la pareja, para agradar al prójimo o a nosotros mismos porque no nos gusta lo que vemos. El engaño, la estafa, no es patrimonio únicamente de las acciones o el poder: puede llegar a bañarlo todo. Y esta película lo demuestra.

american  hustle

Eric Singer y David O. Russell, que además de dirigir también firma el guión, han conseguido perfilar unos personajes que le van como anillo al dedo a esta historia. Nos muestran un mosaico de individuos insatisfechos que se lanzan a la calle a buscar una oportunidad de cambiar su vida, de transformarse, de reinventarse y escapar de lo que parece esperarles a la vuelta de la esquina. Todos quieren mejorar, prosperar, obtener reconocimiento… ser amados.

El primer nivel de engaño en el que se mueven los personajes es en el de su aspecto. En la escena inicial descubrimos a un Christian Bale entrado en carnes (lejos del musculoso Bruce Wayne o del esquelético Trevor Reznik de El maquinista) que necesita más horas que muchas mujeres para acicalarse el pelo, y sobre todo el peluquín. También se muestra a un Bradley Cooper capaz de cubrirse de rulos diminutos para conseguir unos rizos diminutos y lustrosos que le hagan parecer más cool, o a una Amy Adams que pasa del liso al rizado infernal sin pestañear y que modula su acento a su antojo. Incluso Jennifer Lawrence nos enseña su necesidad de lucir: adicta a un esmalte de uñas en concreto, parece capaz de pasarse horas recibiendo rayos UVA con resultados no siempre buenos.

El siguiente nivel de engaño se adentra en las relaciones de pareja, y en este caso el hilo que separa la mentira de la verdad es más fino. Entrar a desgranar este tema sería desvelar ciertos aspectos de la trama que es mejor ir descubriendo. Pero lo que está claro es que en el aspecto emocional engañan y se engañan en muchos momentos sin ser conscientes, sin saber que lo que están diciendo es, de hecho, una mentira. Algo que no solo ocurre a ese lado de la pantalla… Y por último está el gran engaño, la gran estafa. El apelativo “americana” puede hacer referencia a ese sueño americano que, en muchos casos, ha resultado ser una estafa, valga la redundancia. Pero las grandes estafas existen en todas partes. Solo hace falta leer la prensa un día.

Un apartado diferente merece el vestuario. Ellos rozan en muchos momentos el mal gusto. Ellas… bueno, digamos que uno puede salir del cine conociendo a la perfección la curva exacta del escote de ambas actrices. Es una mezcla de glamur y decadencia fascinante, que refleja el intento por aparentar, por demostrar que, aunque por dentro están hundidos y no soportan tu vida, pueden ser perfectos y brillantes.

Si bien es cierto que argumentalmente uno puede presuponer cómo va a acabar la cosa, también es cierto que David O. Russell sabe mezclar registros en una misma cinta consiguiendo un equilibrio que, aunque le cuesta arrancar, acaba resultando agradable e incluso divertida. Pasamos de momentos cotidianos del hogar, aunque cotidianos sería quedarse corto, sobre todo teniendo en cuenta los incendios hogareños que provoca Rosalyn (magnífica Jennifer Lawrence, por cierto), a momentos en los que se puede olfatear un regusto a película mafiosa. No digo que no sea previsible, pero el engranaje funciona.

«No more fiction», dice una de las protagonistas. Quizás ella ya esté cansada de ficción, pero nosotros podemos seguir disfrutándola.

Inés Macpherson

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