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Hace unos días, leí una crítica sobre El lobo de Wall Street que comentaba que ver esa película era como un colocón, como estar presenciando un subidón de anfetaminas que no te suelta hasta que llega la última media hora. Bien, algo de razón tenía.

el lobo de wall street-cartel

Martin Scorsese, ese cineasta ambivalente que ha sabido navegar a lo grande entre películas del calibre de Taxi Driver, Uno de los nuestros o La última tentación de Cristo, así como aburrirnos con cintas como El aviador, nos propone en El lobo de Wall Street un viaje alucinante por la locura del dinero, la ostentación, el despilfarro y la completa falta de escrúpulos de un grupo de hombres que supo aprovecharse del sistema. Un viaje de tres horas que pasa a una velocidad sorprendente y que solo se vuelve algo tedioso al final.

Se trata de una película nerviosa y adictiva, con un ritmo frenético que encadena escena tras escena como si estuviéramos en una montaña rusa de sexo, alcohol, juego, diversión y ansias de riqueza; es un canto a una especie de espíritu juvenil y juguetón que no piensa en el futuro, sino en el ahora, en ganar, ganar y ganar, sin importar lo que pase después ni lo que ocurra a su alrededor, consciente de que no habrá consecuencias. O al menos que no serán graves. Conociendo la historia real de Jordan Belfort sabemos que alguna consecuencia hubo…

Estamos ante un cóctel perfecto, ideal para mostrar la penosa y ridícula estrategia especuladora que ha llevado a Occidente a perder la cabeza y el dinero, jugando con el que ni tenía. Porque he ahí la clave: todo ese dinero que se mueve, que crece, que sube y cambia de manos… realmente no existe. No es palpable. Nos muestra una selva donde mentir, engañar y estafar es normal, donde sobrevive el depredador que es capaz de manipular mejor a su presa para que no se sienta presa. Y nos dice que eso es siempre adictivo, siempre quieres más. Algo que resuena en esta vorágine de corrupción que asola nuestro país, pero que llega a muchos otros lugares del planeta. Lo que pasa es que Scorsese envuelve todo esto en un papel brillante, espectacular y divertido que le quita la pátina de crítica y le da un aire de retrato a leer personalmente como a cada uno le plazca. Cosa que también está bien, pues cada espectador podrá hacer su lectura sin que le lleven de la mano.

Respecto al reparto, hay que reconocer que Leonardo DiCaprio está impresionante. Lo ves en pantalla y piensas: «se lo tiene que haber pasado en grande haciendo esto». Y es que parece que se desfogue, que saque toda la adrenalina que tiene dentro, que se recree en cada una de las escenas para dibujar un personaje histriónico, desbocado y hambriento que es capaz de seducir a todo el mundo, incluso al espectador. Otro actor que destaca, a pesar de aparecer escasos minutos, es Matthew McConaughey, que interpreta al agente de bolsa Mark Hanna. La escena del canto iniciático e inspirador es uno de los momentos clave de la película. Vemos, en apenas cinco o diez minutos, una filosofía de vida que marca el camino que seguirá Belfort: ambición, sexo, drogas y lo que sea necesario para estar siempre en ese estado entre alerta y colocado. Porque se trata de eso: de colocarse a base de tener más. No hay límites. El problema es que para tener siempre más alguien se tiene que quedar sin nada. Y es que como dijo la revista Fobres, Belfort era «una especie de Robin Hood que le roba a los pobres para dárselo a sí mismo». Y algo de razón tenían…

El lobo de Wall Street es una película que gusta y desagrada a partes iguales. Si eres capaz de conectar con el viaje y el colocón que te propone Scorsese, probablemente se disfrute.

Inés Macpherson

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